Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 24
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Capítulo 24

Denci

—¿Qué?

Ash se acercó, rodeó mi cintura con los brazos y nuestras miradas se encontraron en el espejo donde yo me estaba maquillando. O por lo menos lo intentaba, porque él no paraba de interrumpir.

—Fiesta. Ya sabes lo que es una, ¿verdad?

Le eché una mirada que debería haberlo enviado directamente al fuego eterno, pero mi munición estaba un poco baja y falló.

—Es el cumpleaños de la abuela. Todos estarán ahí. Y no solo familia. Socios, clientes…

No dijo más.

No hacía falta.

Me dejaba elegir.

Hablábamos lo suficiente para que yo supiera, aunque él no me lo hubiera explicado con dibujos y delitos, en qué tipo de negocios estaban metidos él y su familia. No es que no me lo imaginara ya.

Con los legales no tenía problema.

Con los ilegales, sorprendentemente, tampoco demasiado. Solo un poquito, porque si algo salía mal Ash sería el primero en caer y las visitas conyugales en la cárcel no me apetecían mucho.

Que sí, que él podría decir lo mismo.

Pero en las últimas cuatro semanas yo había terminado mi lista.

La mía.

La que no necesitaba permiso, ni testigos, ni un hombre apareciendo en los sitios exactos donde yo iba a ensuciarme las manos.

Ash apareció igualmente.

No se lo pedí.

El insufrible hombre parecía saber cuándo, dónde y qué iba a hacer. Casualmente, claro. Muy casual todo. Según sus propias palabras, le gustaba verme en acción.

Y sí, le gustaba.

Lo sabía porque después, pobre de mí, no dormía en toda la noche.

Yo pensaba que era retorcida, pero Ash me ganaba. Que sí, sabía cómo hacerme perder la cabeza en la cama, pero esas noches el hombre se ponía insoportablemente creativo.

Y no, no me estaba quejando.

Ash bajó la boca a mi cuello, no para besarme, sino porque al parecer había decidido que maquillarme en paz era un privilegio inmerecido, y sus dedos resbalaron por mi hombro desnudo.

Se quedaron ahí.

Su pulgar rozó la cicatriz pequeña, casi blanca, que tenía cerca de la clavícula. Una de esas marcas que había aprendido a ignorar porque, si una empezaba a hacer inventario, no terminaba nunca.

—¿Y esto?

Me encogí de hombros.

Error, porque su mano seguía allí y lo notó.

—Una tontería.

Una ventana.

Un árbol.

Una niña convencida de que el suelo era mejor opción que quedarse donde estaba.

Ash levantó la mirada en el espejo.

No dijo nada.

Odiaba cuando no decía nada. Era mucho peor que cuando hablaba.

—Me corté —añadí.

—¿Con qué?

Sonreí un poco.

No porque tuviera gracia.

Porque era eso o dejar de respirar durante dos segundos, y yo tenía una reputación.

—Con una mala decisión.

Su mano se cerró apenas en mi cintura.

Apenas.

Lo suficiente para que mi cuerpo entendiera que él había escuchado lo que yo no había dicho.

—Denci.

—Ash —contesté con el mismo tono, como si así pudiéramos empatar.

No empatamos.

Nunca empatábamos en esas cosas.

Él volvió a acariciar la cicatriz, más despacio, casi con cuidado, y yo miré mi reflejo como si la mujer del espejo tuviera más respuestas que yo.

No las tenía.

Qué sorpresa.

—¿Entonces? —preguntó.

—Demonios. Sí, iré a tu fiesta.

—Buena chica.

Eso, y un beso.

Maldito hombre.

***

No estaba nerviosa, nop.

Pero luego el hombre de mi vida, actualmente, nunca se sabe lo que va a pasar mañana, decidió que estaba demasiado relajada y me soltó un:

—Eres mi novia. Oficialmente.

Sí.

Tres segundos después de pasar las verjas de la casa de su abuela. A cinco segundos de bajar del coche y entrar en esa mansión donde…

Oh, Dios.

No podía hacerlo.

—Denci.

—¿Qué? —grité.

Su mano me cogió la barbilla y me obligó a mirarlo.

—No te mientas. Ni a ti ni a mí. Sabes más de mí que la mayoría de mi familia, y yo sé de ti todo lo que me has dejado saber. Encajamos.

No dije nada porque no me había preguntado nada.

Muy considerado por su parte.

—Así que, una vez entremos ahí, serás presentada como mi novia. Habrá preguntas. Miradas. Comentarios que harán que tu cabeza grite asesinato. Ignóralos.

Respirar.

¿Qué era eso?

Mis pulmones habían olvidado cómo hacerlo.

—Cuando tengas mi anillo en el dedo y mi apellido pueda protegerte —añadió—, ya hablaremos de a quién puedes romperle la nariz.

Ah.

Claro.

Muchísimo mejor.

—Ahora sé buena chica y sonríe.

—Vete a la mierda, Ash.

Sonrió.

Luego me besó.

Pero sí, me ayudó a bajar del coche y yo estaba sonriendo porque, cuando Ash me lo pedía así, podía fingir que era una buena chica.

Ash me ofreció el brazo.

Lo miré.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

Sonrió, el desgraciado, y entramos.

Eleonor nos esperaba cerca de la puerta, como si la fiesta fuera suya, la casa fuera suya y todos los pecados cometidos dentro también.

Y lo era.

Ash se inclinó para besarla.

—Feliz cumpleaños, abuela.

—Gracias, cariño.

Luego me miró a mí.

No al vestido.

A mí.

—Señora —dije—. Gracias por invitarme.

Hubo un segundo.

Uno largo, durante el que pensé en las mil maneras en las que ella podría echar mi trasero fuera de su propiedad.

Pero no.

Ella me ofreció la mejilla.

No esperaba eso.

Cualquier cosa menos eso.

Me acerqué y la besé.

—Denci —dijo.

—Eleonor.

Sus ojos se estrecharon apenas.

—Me alegra verte aquí.

—A mí también.

Mentira.

Pero bonita.

Eleonor miró a Ash.

—Cuídala.

—Siempre.

Después volvió a mirarme.

—Y tú procura no romperle la nariz a Marcy. Su padre quiere casarla con un político y todavía necesita salir bien en las fotos.

Parpadeé.

Sonreí.

—Haré lo posible.

Ash me apretó la cintura.

Eleonor sonrió apenas.

—Eso es lo que me preocupa.

Y se giró para saludar a otros invitados como si acabara de pedirme que no derramara vino en la alfombra.

Durante una hora mi comportamiento fue fenomenal.

Sonreí cuando me presentaron hombres y mujeres. Banqueros. Políticos. Actrices. Cantantes.

Estaba impresionada, la verdad.

No iba a admitirlo en voz alta porque tampoco había que darle tantas alegrías al universo, pero lo estaba.

Bebí champán, poco. Comí algo, poco también. Sonreí mucho, y no todo fue mentira.

Ese era el problema.

Había algo ahí, justo en el centro de mi pecho. Un calor pequeño. Ridículo. La sensación absurda de que, por una vez, yo no estaba entrando en un sitio para destruirlo, huir de él o buscar la salida más cercana.

Ash estaba a mi lado.

Su mano en mi cintura.

Su familia miraba, preguntaba, medía, pero nadie me estaba sacando todavía a patadas.

Durante una hora casi me lo creí.

Peligroso.

Y, por desgracia para mi instinto de supervivencia, me gustó.

Entonces pasó.

Le conté un chiste a un señor mayor que, por lo visto, le estaba haciendo ojitos a Eleonor. Fue tan malo, el chiste, que Ash se rió. También se agachó para besarme suavemente en los labios y decir:

—Tienes que trabajar en tu sentido del humor.

Estaba sonriendo, lista para darle una réplica cortante cuando lo sentí.

El peligro.

No como una idea.

Como un cuerpo.

La piel se me erizó, el frío me subió por la columna y el miedo me paralizó cada músculo antes de que mi cabeza entendiera nada.

No.

Mi mente lo gritó.

Mi cuerpo también.

Luego escuché la voz.

—Eleonor, querida, qué alegría verte —dijo.

No miré.

No podía.

Con el rabillo del ojo vi al hombre cogerle la mano a Eleonor y besarla.

—Denci.

La voz de Ash, un susurro en mi oído, pasó de largo.

No podía moverme.

No podía hablar.

Nada.

—Ash, siempre un placer —continuó él.

Y Ash, mi Ash, le estrechó la mano como si fuera un viejo conocido.

Tal vez lo era.

¿Qué sabía yo?

—Carlos —dijo Ash—. Bienvenido.

El nombre no me sorprendió.

Eso fue lo peor.

—¿Y esta belleza? —preguntó él—. Siempre has tenido buen gusto con las mujeres.

Mi cuerpo volvió a funcionar lo justo.

Lo justo para mentir sin mentir del todo.

Giré la cabeza apenas.

No lo suficiente para mirarlo.

—Anne —murmuré.

Mi nombre.

—Y, si me disculpan, necesito ir al servicio.

La suerte no estaba de mi lado.

Ya no.

Tardé mucho, demasiado, en llegar al cuarto de aseo y cerrar con llave la puerta.

Tardé lo justo en subir la tapa del inodoro y no vomitar sobre mis zapatos.

Lo eché todo.

El champán.

La comida.

Las lágrimas.

Cuando terminé, ni siquiera pude ponerme de pie para limpiarme la boca. No había fuerza suficiente en todo mi cuerpo.

No podía pasar esto.

No ahora.

Maldita sea, nunca debería pasar.

Me quedé sentada en el suelo, pensando, recordando cada detalle que había enterrado al fondo de mi cabeza solo para poder seguir respirando.

El móvil vibraba en mi bolso.

Lo ignoré igual que ignoré los golpes en la puerta y la voz de Ash al otro lado.

Traidor.

Todos y cada uno.

Conseguí ponerme de pie y limpiarme la boca. Estaba arreglándome el pintalabios cuando escuché la llave en la cerradura.

Cambié la expresión de mi rostro.

O lo intenté.

No podía hacer milagros, pero algo era algo. Nadie iba a verme rota.

Nadie.

Ni siquiera Ash.

La puerta se abrió.

—Denci, ¿qué mierda ha pasado?

—Nada. Solo un momento de claridad divina.

Su expresión, reflejada en el espejo, me dijo que había que ir con cuidado.

No era el momento de jugar con él.

El problema era que tampoco era un buen momento para mí.

Me giré y suspiré.

—Verás, mi querido, he llegado a la conclusión de que ser tu novia no me conviene.

Ash se quedó quieto.

No mucho.

Lo suficiente para que el aire cambiara.

—Aprecio el tiempo que hemos pasado juntos —seguí, porque al parecer mi instinto de supervivencia había elegido el camino más estúpido posible—, pero es hora de decir adiós. Diría que me gustaría que siguiéramos siendo amigos, pero sería mentira.

—¿Quieres repetirlo?

Su tono casi me dobló las rodillas.

Casi.

—No hace falta. Ya lo has escuchado.

—¿Tú crees que soy estúpido?

Se acercó.

Yo no levanté la cabeza para mirarlo a los ojos. Miré su cuello. El punto exacto donde su pulso se notaba como si hubiera corrido un maratón.

—Esto es todo, Ash.

Y sí, me permitió rodearlo y salir del cuarto de baño.

Esperé oírlo detrás de mí.

No oí nada.

Solo mis tacones.