Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—¡Oh, me están atacando! —grité al mismo tiempo que sonaba el timbre.

Lo ignoré.

No era mi casa.

No me importaba.

—Es tu culpa —espetó Neron, sentado en el sofá de Demon y Elsa—. ¿Tenías que flirtear con ese tío?

—Pues sí. Necesito un sugar daddy y ese tiene pinta de tener más dinero que cerebro.

Neron no dijo nada.

De hecho, nadie dijo ni hizo nada.

Ni siquiera me enviaron refuerzos, y el ataque estaba a menos de un minuto.

Los miré, preparada para gritarles, y los encontré mirando hacia atrás como si tuvieran delante a la mismísima Chim.

Miré yo también.

Y, de verdad, no esperaba ver a Ash al lado de Elsa.

—Mira quién ha llegado —dijo ella, sonriendo.

Ash no me quitaba los ojos de encima.

Y no.

No era una buena mirada.

—¿Sugar daddy? —preguntó con esa voz grave que ya había empezado a conocer y, en algunas ocasiones, a temer por mi ropa interior y mi supervivencia.

—Sí —explicó Kookie, encantada de traicionarme—. Nuestra Denci tiene la regla irrompible de no gastar dinero en el juego.

—Dinero suyo —añadió Neron—. No tiene ningún problema con el dinero de otros.

Lo miré.

—Tú cállate, que estoy muriendo.

Me esperaba cualquier cosa.

Una amenaza.

Un sermón.

Una de esas frases posesivas que Ash soltaba como si tuviera licencia para arruinarme el pulso.

No esperaba que Ash cruzara la habitación, me agarrara de la nuca y me besara delante de todos.

No fue largo.

No hizo falta.

Me dejó sin ataque, sin refuerzos y sin una respuesta decente.

Luego se enderezó, metió la mano en el bolsillo, sacó una tarjeta negra y me la puso entre los dedos.

—Deja de buscar un sugar daddy —dijo—. Ya tienes uno.

Se sentó a mi lado como si nada.

Como si no acabara de entrar en mi vida social, besarme delante de mis amigos y financiar mi decadencia digital con la tranquilidad de un hombre que compraba territorios antes del café.

Miré la tarjeta.

Luego a él.

—No sé si esto es romántico o preocupante.

Ash se acomodó a mi lado.

—Las dos cosas.

Kookie soltó un grito.

—Me cae bien.

—A ti te cae bien cualquiera con dinero —dijo Lukas.

—Eso no es cierto. También me gustan los hombres altos con traumas.

Neron miró a Ash.

Ash lo miró a él.

Yo miré la pantalla.

El ataque había empezado.

—Perfecto —murmuré—. Se conocen y yo muero. Qué bonito todo.

—No parece que vayas ganando —dijo Ash.

Lo miré.

—Llevas aquí treinta segundos y ya estás cerca de dormir en el jardín.

Kookie se inclinó hacia él con una sonrisa enorme.

—No le hagas caso. Está perdiendo porque flirteó con el enemigo.

—Era diplomacia —dije.

—Era un señor con demasiado dinero y poca vergüenza —añadió Neron.

—Mi tipo favorito de jugador.

Ash no dijo nada.

Solo me miró.

Lukas, sentado en una butaca con el portátil sobre las rodillas, levantó la vista de la pantalla.

—Ash, ¿quieres una cuenta? Tengo demasiadas y no suficientes dedos.

Poppy, desde el suelo junto a Sally, levantó otro móvil.

—Yo también tengo una libre. Nivel decente, tropas malas, nombre vergonzoso, pero se puede salvar.

Ash miró los móviles como si le hubieran ofrecido un arma extraña en un idioma aún más extraño.

—Prefiero mirar.

—Eso dicen todos al principio —murmuró Kookie—. Luego están poniendo alarmas a las tres de la mañana para recolectar recursos.

—Yo no hago eso —dijo Lukas sin apartar la vista del portátil.

Todos lo miramos.

Lukas suspiró.

—Ya no tanto.

Ash estaba demasiado cerca para ser casualidad y demasiado tranquilo para un hombre rodeado de locos con móviles. Pasó un brazo por detrás del sofá, no encima de mí, pero sí lo bastante cerca para que su mano rozara mi nuca cuando se inclinó para mirar mi pantalla por encima de mi hombro.

No dije nada.

Porque estaba ocupada.

Y porque si decía algo, todos iban a notar que no me molestaba.

—¿Ese es el que te ataca? —preguntó.

—Sí.

—Tiene menos poder que tú.

—Gracias por la observación, general.

—¿Entonces por qué está llegando a tu ciudad?

—Porque estoy sola.

—No estás sola —dijo Lukas desde el portátil—. Refuerzos enviados.

—Los míos también —añadió Poppy.

—Y los míos —dijo Kookie—. Aunque si mueren, quiero funeral con honores.

Neron ni siquiera levantó la vista de su móvil.

—Ya están entrando.

Miré la pantalla justo cuando los primeros refuerzos llegaron a mi ciudad.

Ah.

Qué bonito.

Qué amistad tan útil.

—Retiro lo de estar sola —dije.

—Más te vale —murmuró Elsa desde el otro sofá—. Esta alianza no abandona a sus miembros.

Ash no dijo nada.

Pero noté cómo su mirada se movía de la pantalla a mis amigos, uno por uno, como si acabara de entender algo que no venía en el tutorial.

Yo di la orden de contraataque.

—Ahora sí —dijo Lukas—. Espera a que choque contra los refuerzos y lo quemamos.

—Me encanta cuando hablas sucio —dijo Kookie.

—Estoy hablando de estrategia.

—Exacto.

El ataque enemigo se estrelló contra las tropas que mis amigos me habían mandado. Mi pantalla se llenó de números, avisos y pequeñas desgracias digitales que me alegraron la tarde.

—Ahora —dijo Neron.

Lancé el contraataque.

Kookie entró por un lado, Poppy por el otro y Lukas coordinó el golpe desde el portátil como si estuviera dirigiendo una guerra real y no una masacre pixelada con gente demasiado adulta para comportarse así.

El castillo enemigo empezó a arder.

—Eso —susurré.

Ash bajó un poco más la cabeza.

—¿Siempre juegas así?

—¿Ganando?

—Con todos cubriéndote.

Me quedé quieta un segundo.

Muy poco.

—Solo cuando se portan bien.

—Mentira —dijo Kookie—. Siempre la cubrimos. Es insoportable, pero es nuestra insoportable.

No miré a nadie.

Habría sido peligroso.

Ash tampoco dijo nada, pero su mano rozó mi nuca otra vez, apenas, y esa vez no pareció casualidad.

—Ataque ganado —dijo Lukas.

—Por supuesto —respondí—. Soy brillante.

—Has tenido refuerzos —dijo Ash.

Lo miré.

—Retira eso.

—No.

—Estás gastando muy rápido tu crédito como sugar daddy.

Ash se inclinó un poco más, me besó la sien y volvió a mirar la pantalla como si aquel gesto no acabara de hacerme perder tres neuronas importantes.

—Usa la tarjeta.

—No.

—Denci.

—No voy a gastar tu dinero en tropas.

—Entonces gástalo en ganar.

Qué horror.

***

Era tarde.

Después de la batalla, de la tarde con mis amigos donde Ash se los ganó a todos menos a Neron, cosa que no contaba porque Neron no entregaba su aprobación ni aunque una se la arrancara con alicates.

Después de llevarme a casa y tomarme hasta que ya no pude ni levantarme a cepillarme los dientes.

Yo estaba boca abajo, con media cara hundida en la almohada y el cuerpo en ese estado inútil en el que una podía aceptar la muerte, una mudanza o un matrimonio concertado siempre que nadie le pidiera moverse.

—Me gusta —dijo.

Abrí un ojo.

—¿Hmm?

Su mano me rozó la espalda, despacio, desde la nuca hasta la cintura, como si estuviera comprobando que seguía allí.

—La Denci de esta tarde me gusta.

Eso me despertó un poco.

Ash no sonrió. Me miraba con esa calma suya que a veces parecía una amenaza y otras, mucho peor, parecía paciencia.

—Pensaba que me gustaba la mujer peligrosa —dijo—. La que entra en una habitación como si ya hubiera decidido a quién matar y dónde esconder el cadáver. La del hielo en las venas y el corazón igual.

Bueno.

Eso era ofensivo.

No del todo incorrecto, pero ofensivo.

—Tiene mucho encanto —murmuré contra la almohada.

—Lo tiene.

Su mano bajó a mi cadera y se quedó allí.

—Pero esta tarde te vi con ellos. Riéndote. Gritando por un juego absurdo. Dejando que te mandaran refuerzos. Dejando que alguien te cubriera sin convertirlo en una guerra.

Me quedé quieta.

Error.

Ash lo notó.

—Creo que esa versión me gusta más.

Cerré el ojo.

No porque tuviera sueño.

Porque una mujer debía protegerse de ciertas cosas, y Ash diciendo que le gustaba una parte mía que yo ni siquiera sabía si tenía era una de ellas.

—Te has golpeado la cabeza entrando ilegalmente en mi casa —dije.

Su pulgar se movió apenas sobre mi piel.

—Puede ser.

—Deberíamos llamar a un médico.

—Mañana.

No dijo nada más.

Se quedó ahí, tocándome como si no quisiera nada, como si no estuviera intentando abrir una puerta que yo llevaba años manteniendo cerrada con llave.

La Denci de esta tarde.

Qué estupidez.

Yo no sabía quién era esa mujer.

Solo sabía que había sonreído demasiado, que mis amigos me habían cubierto, que Ash se había sentado a mi lado sin burlarse de mi mundo extraño, y que por unas horas mi vida no había parecido una casa llena de salidas de emergencia.

Había parecido una casa con gente que sabía dónde estaba el sofá.

Ridículo.

Peligroso.

Mucho más peligroso que un hombre con una pistola.

—Ash.

—¿Sí?

No sabía qué decir.

Eso era nuevo.

Horrible, también.

—Nada.

Su risa me tocó la nuca.

Baja.

Cálida.

Cerca.