Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

Denci

—Mi mundo es un desastre —dijo Ash.

Abrí un ojo porque era lo único que podía hacer. El resto de mi cuerpo había renunciado a cualquier responsabilidad básica y parecía hecho de gelatina, sudor y malas decisiones.

Había sido tan ingenua como para pensar que la primera vez con Ash fue fenomenal.

Error.

Grave.

Ash celoso, furioso, entrando en mi casa como un delincuente y dejando claro, con las manos, la boca y otras partes muy convincentes de su cuerpo, que mi vida solo admitía un hombre por el momento, era…

No.

No tenía palabras.

Y eso, viniendo de mí, era preocupante.

Mi cerebro seguía en algún tipo de coma inducido por exceso de placer y no parecía tener ninguna intención de volver para ayudarme a mantener una conversación digna.

—Arréglalo —susurré.

—Lo intento.

Volví a cerrar los ojos. Por cansancio, sí, pero también porque ver a Ash tumbado en mi cama, en mi dormitorio, me gustaba demasiado y yo ya tenía suficientes problemas como para añadir ese recuerdo a la lista de cosas que iban a atormentarme el resto de mi vida.

—Mi padre se niega a aceptar que las cosas han cambiado —dijo—. Que su manera de hacerlas ya no sirve. Cada vez que intento mover una pieza, aparece él para empujarla en dirección contraria.

—Pobrecito Ash.

Me ignoró.

Qué maduro.

—Luego están los rusos, los armenios, los colombianos y todos los hombres con más ego que paciencia que han decidido que quieren un pedazo de mi negocio.

—Mátalos.

—El asesinato no siempre es la solución.

—Pero es divertido.

—Denci.

—Aquí estoy. No podría moverme aunque quisiera.

Sentí su mirada sobre mí.

No abrí los ojos.

Había cosas que una mujer no debía hacer estando desnuda, destruida y demasiado cómoda al lado de un hombre que acababa de arruinarle el sistema nervioso por segunda vez en una semana.

—Pasaron dos días hasta que me di cuenta de que no había tenido noticias de ti —dijo.

Ah.

Abrí los ojos.

Solo un poco.

—Dos días —repetí—. Qué golpe para mi autoestima. Y yo pensando que era traumáticamente memorable.

—Estar ocupado no es una excusa.

—Buen comienzo.

—Pero en mi defensa, tú tampoco pareces el tipo de mujer que espera sentada una llamada. Pareces el tipo de mujer que coge el teléfono y hace lo que quiere.

Me callé por un segundo.

Muy poco.

La curiosidad se me adelantó al orgullo.

—¿Y el tercer día?

—Un problema en el banco. Eran las tres de la mañana cuando llegué a casa.

—Claro.

—¿Y tus excusas, Denci?

—Mi teléfono funciona para emergencias, delitos y pedir comida. No para preguntar a un hombre si se acuerda de que existo.

Ash no contestó enseguida.

Bien.

—Además —añadí—, te estaba dando espacio para decepcionarme sin presión.

—¿Y?

—Aprobaste con honores.

—No soy un hombre fácil, Denci.

—Qué sorpresa.

—Pero soy bastante simple. Si quieres que vaya, llama. Si quieres que me quede, dilo. Si quieres guerra, también sé hacer eso.

—¿Y qué es lo que quieres tú, Ash?

Ash no contestó enseguida.

Eso fue lo primero que me preocupó.

Después me miró como si la respuesta fuera obvia, como si yo fuera la única estúpida en la habitación que todavía necesitaba palabras.

—¿Ahora mismo?

—No te hagas el tonto.

Su mano subió por mi espalda, lenta, pesada, demasiado segura para un hombre que acababa de admitir que suspendía exámenes emocionales con honores.

—A ti.

Me quedé quieta.

Fatal.

—De todas las formas en que me dejes tenerte.

Ah.

Qué hombre más imbécil.

Qué respuesta más peligrosa.

Qué ganas de fingir que no me había gustado.

—Eso suena muy ambicioso para alguien que tardó dos días en acordarse de mí.

—No tardé dos días en acordarme de ti.

—Acabas de decir…

—Dije que tardé dos días en darme cuenta de que no habíamos hablado.

Su boca bajó a mi hombro.

No me besó.

Peor.

Se quedó allí, rozándome apenas.

—No he dicho que dejara de pensar en ti.

Me quedé quieta.

Cualquier hombre podía pensar en una mujer después de tenerla desnuda, furiosa y dispuesta a morderle medio cuerpo si se ponía arrogante.

Yo quería otra cosa.

Quería que viniera antes.

Quería que no dejara pasar dos días para darse cuenta, ni siete para aparecer. Quería que mi nombre le molestara en mitad de una reunión, que mi silencio le hiciera mirar el móvil, que mi ausencia le tocara las narices aunque fuera un poco.

Quería sitio.

No en su cama.

Bueno, también.

Pero no solo.

Quería no tener que romper una puerta, una alarma o una noche entera para que alguien se acordara de hacerme hueco.

La idea me dio tanto asco que casi me reí.

Casi.

Ash levantó la cabeza.

—Denci.

No.

Ni de broma.

No iba a mirarme con esa cara justo cuando mi cabeza acababa de cometer un delito emocional.

Le agarré la nuca y tiré de él hacia mí.

—Hablas demasiado —murmuré.

Y lo besé antes de que pudiera notar que, por una vez, no estaba mintiendo del todo.

***

Me desperté feliz.

No contenta.

Feliz.

Qué asco.

Sonreí como una boba antes incluso de abrir bien los ojos, con el cuerpo todavía inútil, la cabeza blanda y esa sensación peligrosa de haber dormido en un sitio donde no hacía falta vigilar todas las esquinas.

Se me pasó en cuanto vi la cama vacía a mi lado.

Vale.

Estaría en el baño.

Claro.

Ash no era el tipo de hombre que decía cosas peligrosas de madrugada y luego desaparecía como un idiota.

Me levanté, fui hacia allí desnuda y abrí la puerta.

No estaba.

El baño estaba vacío.

Silencioso.

Perfecto.

Me duché porque ya que estaba allí, por qué no, pero mientras me limpiaba el cuerpo de las pruebas de lo ocurrido, mi mente empezó a ensuciarse con pensamientos.

Feos.

Sucios.

Sangrientos.

Me cubrí con una toalla y salí de la ducha con el agua goteándome del pelo. Cogí el móvil y, en menos de diez segundos, escuché su voz.

—Denci.

—¡Hijo de puta!

Silencio.

—Denci…

—¡No! Para alguien que no dejó de pensar en mí, tardaste muy poco en marcharte como un cobarde. ¿Qué pensabas que iba a hacer? ¿Pedirte que oficializáramos nuestra relación? ¡Jódete! No necesito nada de ti. No te necesito. ¿Entiendes, Ash? Nada.

Otra vez silencio.

Y entonces me vi en el espejo.

El pelo mojado. La toalla mal cerrada. La boca apretada. El enfado brillándome en los ojos como una cosa viva, fea, desesperada.

Wow.

¿Cuándo había pasado esto?

¿Cuándo le había permitido a un hombre colarse en mi casa, en mi cama, en mi cabeza y…?

No.

Eso no.

Nunca, Denci.

Nunca.

—Repítelo —dijo Ash.

Me quedé quieta.

No por la voz en el teléfono.

Por la voz detrás de mí.

Lo vi en el espejo.

Apoyado en el marco de la puerta, con una bolsa de papel en una mano, el móvil en la otra y esa cara de hombre que había vuelto antes de que yo terminara de odiarlo como se merecía.

Despeinado.

Sin afeitar.

Vivo.

Allí.

—¿Ves? —dijo, guardando el móvil—. No es tan difícil decirme lo que quieres.

Abrí la boca.

—Eres un…

No terminé.

Ash se movió demasiado rápido, o yo estaba demasiado ocupada intentando no desmoronarme por dentro. Una mano se cerró en mi nuca, la otra en mi cintura, y su boca ahogó el insulto antes de que pudiera hacer algo útil con él.

Lo besé.

No sé si por rabia.

No sé si por alivio.

No sé si porque verlo allí, de vuelta, con esa seguridad insoportable en la cara, me hizo más daño que la cama vacía.

Me levantó en brazos y caminó conmigo hacia la cama.

—No me fui —dijo contra mi boca.

—Cállate.

—Fui a comprar desayuno.

—Cállate mejor.

Me dejó sobre el colchón.

No con cuidado.

Con intención.

La toalla se abrió un poco y su mirada bajó.

Luego volvió a mis ojos.

—La próxima vez —dijo—, me llamas antes de imaginar mi muerte.

Tragué saliva.

Fatal.

—La próxima vez deja una nota antes de comportarte como un trauma con piernas.

Su boca se curvó.

No mucho.

Lo suficiente para arruinarme el orgullo.

—Habrá próxima vez, entonces.

Lo odié.

Casi.

—Eso no he dicho.

Ash apoyó una rodilla en la cama y se inclinó sobre mí.

—No con la boca.

***

—No.

—¿Qué has dicho?

Suspiré mientras hacía malabares para colocarme la pulsera y mantener el móvil pegado a la oreja con el hombro.

—Que no, Ash. ¿Sabes el significado de la palabra no? Pues eso. Voy a comer con mis amigos.

—Después.

Suspirar no servía de nada, pero lo hice igualmente.

—Después hay Castillo.

—¿Perdona?

No tenía tiempo de explicarle esa parte de mi vida.

Ni ganas.

La mayoría de la gente pensaba que los adultos no deberían jugar a videojuegos y, la verdad, estaba en un buen momento con Ash. No quería estropearlo.

No quería ver esa mirada de desaprobación en su cara.

—Es una cosa nuestra. Te llamo mañana, ¿ok? No hagas nada que yo no haría y, si estás tentado, llámame. Te echaré una mano.

Colgué antes de que pudiera responder y terminé de vestirme con una sonrisa en los labios.

Lo hacía mucho últimamente.

Sonreír.

Llevaba cuatro semanas con Ash en mi vida.

En mi cama, sobre todo.

Sí, en la mía, porque por alguna razón no me llevaba a la suya. No me importaba. Estaba disfrutando del momento, y una mujer inteligente no hace preguntas cuando el momento incluye orgasmos, café decente y un hombre que sabe usar las manos mejor que el sentido común.

No dejé de sonreír ni siquiera cuando mis amigos hicieron equipo contra mí.

—Cuenta, Denci, dinos quién es él —pidió Kookie.

—¿Quién ha dicho que hay un él?

—La sonrisa de tu cara, obvio. Y sé de sonrisas. Esa es de las de me están follando hasta perder el conocimiento.

—Jesús, Kookie, no necesito escuchar eso —se quejó Lukas.

—Yo sí —dijo Elsa—. Dime, diez, quince centímetros. Solo di el número.

Me estremecí al recordar a Ash la noche anterior y esa misma mañana antes de irse, y cómo mi cuerpo todavía parecía guardar pruebas en sitios donde una mujer decente habría puesto hielo.

Yo, por desgracia, solo quería volver a poner sus manos.

—No voy a hablar de centímetros —dije.

Kookie abrió mucho los ojos.

—Eso significa que hay centímetros.

—Eso significa que tengo dignidad.

Elsa soltó una carcajada.

—Cariño, esa sonrisa dice que la dignidad salió de tu casa caminando raro.

***