Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Su mano libre bajó de mi cara a mi garganta.

No apretó.

Solo se quedó allí, grande, caliente, demasiado presente, con el pulgar rozando el pulso que yo habría preferido mantener bajo control.

Imposible.

—Si necesitas a alguien, me llamas a mí.

Me reí.

Fatal.

—Yo no necesito a nadie.

—No.

Su mirada bajó a mi boca.

Un segundo.

Nada más.

Suficiente.

—Pero cuando lo haces, soy yo.

—¿Incluso si…?

No me dejó terminar.

—Si necesitas una maldita chaqueta o un paraguas.

Me quedé quieta.

Una chaqueta.

Un paraguas.

Claro.

Como si hablara del clima y no de esa estupidez que me acababa de abrir algo por dentro.

—Qué completo —murmuré—. Héroe, delincuente, servicio meteorológico.

Ash no sonrió.

Me miró demasiado, como si hubiera visto algo.

No.

Eso sí que no.

Levanté la cabeza y lo besé.

No suave, no bonito, no de esa forma ridícula que una podía justificar después con vino, tristeza o mala iluminación. Lo besé para callarlo, para callarme, para hacer algo con la boca que no fuera darle la razón.

Ash se quedó quieto medio segundo.

Después respondió.

Fuerte.

Mal.

Perfecto.

Su mano soltó mis muñecas y mis dedos fueron a su pelo, a su cuello, a la camisa abierta. Tiré de él porque necesitaba que bajara, que dejara de mirarme así, que se convirtiera en cuerpo y no en esa frase horrible sobre chaquetas y paraguas.

Mucho mejor.

Ash me besó como si llevara siete días conteniéndose, y yo lo mordí como si llevara siete días esperando.

Él soltó un sonido bajo contra mi boca.

Bien.

Por fin algo suyo también se rompía.

Me agarró por la cintura y me levantó del suelo con una facilidad ofensiva. El camisón se me subió por los muslos, mis piernas acabaron rodeándole la cadera y mi espalda golpeó la pared del pasillo.

No fuerte.

Suficiente.

—No te emociones —murmuré contra su boca—. Esto no significa nada.

—No necesito que signifique nada.

Mentiroso.

La alarma seguía chillando y mi casa entera parecía indignada con los dos.

—Tu alarma —dijo, bajando la boca a mi cuello.

—Tu culpa.

—Apágala.

—Estoy ocupada.

Sus dientes rozaron mi piel y se me murió una respuesta preciosa.

Qué rabia.

—Denci.

—¿Qué?

—No quiero que venga nadie.

Me reí, pero no salió como quería, porque su mano se había cerrado en mi muslo y sus dedos estaban demasiado altos para mi dignidad.

—Entraste como un ladrón y ahora te preocupa la intimidad.

—Ahora sí.

Tenía razón.

Qué asco.

Alargué una mano hacia el panel de la pared, marqué el código con más violencia de la necesaria y la alarma murió de golpe.

El silencio cayó sobre nosotros.

Peor.

Mucho peor.

Porque ahora solo estaban su respiración, la mía y la mano que seguía debajo de mi camisón como si no hubiera recibido ninguna orden de evacuación.

—Feliz —dije.

—No.

Me besó otra vez, más lento, peor, y yo intenté recuperar algo de control metiendo las manos bajo su camisa y arañándole la piel caliente de la espalda. Ash respiró más fuerte y eso me gustó tanto que lo hice otra vez.

Ahí.

Eso sí podía manejarlo.

Su cuerpo. Su rabia. Su boca perdiendo un poco de calma.

No esa parte de él que decía cosas como si fueran órdenes y promesas al mismo tiempo.

—Estás usando esto para no escucharme —murmuró.

Le clavé las uñas en la nuca.

—Y tú estás hablando demasiado.

—Denci.

—Ash.

—No vas a besarme cada vez que diga algo que te asusta.

Lo odié muchísimo.

Le mordí el labio.

—Mira cómo sí.

Esta vez el beso fue peor, porque ya no había sorpresa, ni excusa, ni pistola, ni reto. Solo él sujetándome contra la pared, yo agarrada a su camisa y mi cuerpo decidiendo que la supervivencia tenía formas muy discutibles.

Ash me levantó un poco más, acomodándome contra él, y el roce me cortó la respiración.

Cerré los ojos.

Error.

Los abrí enseguida, pero demasiado tarde, porque él lo había visto.

Claro que lo había visto.

—Eso —dijo contra mi boca.

—No empieces.

—Eso es lo que quiero.

—Pues qué vida tan triste.

Su mano subió por debajo del camisón, no rápido, no lento, sino a propósito, y yo me agarré a sus hombros antes de hacer alguna cosa humillante como perder la cabeza por completo.

—No vuelvas a llamarlo héroe —dijo.

Sonreí.

Por fin.

—¿A quién?

Sus dedos se clavaron un poco más en mi muslo.

—No juegues.

—Pensé que te gustaba.

—Contigo no.

Mentira.

Le gustaba demasiado. Le gustaba tanto que había entrado en mi casa a las dos de la madrugada, había activado mi alarma, me había quitado la pistola y ahora me tenía contra la pared como si la noche le debiera una explicación.

—No tienes derecho a decirme qué hago con otros hombres —dije.

Ash se quedó quieto solo un segundo.

—No.

Eso no me lo esperaba.

Su boca rozó mi mandíbula.

—Pero voy a hacerlo igual.

Me reí, y esta vez sí salió, un poco rota, pero salió.

—Qué bonito. ¿Tengo voto en esta dictadura?

—Sí.

—Ah, ¿sí?

—Échame.

La luz roja seguía parpadeando sobre su cara, aunque la alarma ya no gritara. Ash estaba ahí, despeinado, marcado por mis uñas, con la camisa abierta y la boca demasiado cerca.

Y me estaba dando una salida.

Maldito fuera.

—Échame, Denci.

Abrí la boca.

Nada útil salió.

Así que hice lo único decente.

Le di una bofetada.

No muy fuerte. Lo justo para quitarle esa seguridad insoportable durante medio segundo.

Ash volvió la cara despacio y me miró.

La palabra mío me cruzó la cabeza.

Una estupidez.

Una enfermedad.

Algo que habría que tratar con medicación fuerte y quizá un exorcismo.

—No te pongas arrogante —dije.

—Entonces dime que me vaya.

Su boca bajó a la mía, casi, sin besarme, solo rozándome, y eso fue peor que besarme.

—Dilo.

—Muérete.

—Eso no es vete.

—Estoy improvisando.

—Improvisa mejor.

Lo besé otra vez porque podía, porque quería, porque si hablaba perdía, y yo no había nacido para perder en mi propia casa contra un hombre que ni siquiera había tenido la educación básica de entrar por la puerta como una persona normal.

Ash me besó hasta que la alarma, la pistola en el suelo y mi enfado empezaron a importar bastante menos de lo que deberían.

Muy responsable por mi parte.

Sus manos me sujetaban, su boca me quitaba las respuestas y su cuerpo me recordaba, una vez más, que yo podía mentir todo lo que quisiera.

Pero no ahí.

No con él.

No cuando me tocaba como si ya hubiera aprendido demasiado.