Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

Denci

El sonido era horrible.

Lo escuché una sola vez cuando instalé el sistema de alarma y no pensé demasiado en ello. Ahora me daba cuenta de que era una mierda.

Obvio, tenía que ser algo capaz de despertar incluso a los muertos. Había peligro. Entendido. Pero podía hacerlo con algo de ritmo y estilo, ¿no?

En dos segundos estaba de pie. Con una mano cogí la pistola del cajón de la mesita y con la otra comprobé la pantalla de la aplicación de seguridad.

Puerta lateral abierta.

Movimiento en las escaleras.

—Alguien tenía ganas de morir esta noche —espeté, enfadada y con un poco de buen humor.

¿Qué?

Me fui a la cama después de la cena y me quedé dormida solo porque había tomado demasiado vino, no porque estuviera cansada o relajada.

Estaba furiosa y, para ser honesta, tener un intruso o varios era mejor que un regalo de cumpleaños.

Sonriendo, salí al pasillo y caminé tranquila, arrastrando por el suelo el bajo de mi camisón blanco.

Pensé en quitármelo porque era mi favorito y las manchas de sangre no salen totalmente del blanco.

O, escúchame, tal vez podía comprobar si era capaz de hacerlo sin derramamiento de sangre.

Un reto.

Qué ilusión.

Avancé por el pasillo con la pistola pegada al muslo y el dedo fuera del gatillo, porque una cosa era tener ganas de jugar y otra llenar mi propia casa de agujeros como una principiante con problemas de autoestima.

La alarma seguía gritando.

De verdad, horrible.

Tenía que cambiarla cuando sobreviviera.

La luz de emergencia parpadeaba en rojo, encendiendo y apagando las paredes, el suelo, los cuadros y mi camisón blanco, como si mi casa hubiera decidido convertirse en una discoteca para asesinos con muy mal gusto.

Movimiento abajo.

No corrí, porque correr era para víctimas, cobardes y gente que no sabía dónde estaban sus propias esquinas.

Bajé los primeros escalones despacio, con la espalda cerca de la pared y la pistola baja. No porque no quisiera usarla, sino porque había decidido no disparar y yo, para mi desgracia, tenía una relación bastante seria con mis propias estupideces.

El reto era sencillo.

Incapacitar al intruso sin derramar sangre.

O sin derramar demasiada.

No íbamos a ponernos dramáticos con los detalles.

Me detuve a mitad de escalera y escuché debajo de la alarma.

Al principio no hubo nada, solo aquel sonido espantoso mordiendo el aire, pero entonces lo oí.

Un peso distinto sobre la madera. Una respiración contenida.

Alguien subiendo hacia mí con la mala educación de quien no había recibido suficientes golpes en la vida.

Sonreí.

—Muy mal —murmuré—. Las escaleras son una elección horrible si no sabes quién vive arriba.

La sombra apareció en el rellano inferior.

Grande.

Muy grande.

No le vi la cara. Solo una forma oscura, alta, ancha, demasiado segura en una casa que no era suya.

Levanté la pistola por instinto.

Luego recordé el reto.

Maldita fuera mi creatividad.

Bajé el arma, esperé a que diera un paso más y me lancé antes de que pudiera llegar al siguiente escalón.

Fui directa a la rodilla, rápida y baja, con la idea preciosa de hacerlo caer, ponerle el arma contra la nuca y preguntarle con educación quién lo había mandado antes de decidir si merecía conservar todas las articulaciones.

El plan era bueno.

El problema fue que él también.

Se movió justo antes del impacto. No lo bastante para evitarme del todo, pero sí lo suficiente para que mi golpe no lo derribara. Su cuerpo absorbió la fuerza como si yo fuera una molestia interesante, y antes de que pudiera retroceder, su mano atrapó mi muñeca y desvió la pistola hacia el suelo.

Qué falta de respeto.

Giré el brazo, metí el hombro y traté de usar su peso contra él, pero no cedió. Ni un centímetro. Era como pelear contra una pared que había tomado clases y además se lo creía.

Bien.

Reto en revisión.

Le di con la rodilla donde pude, no donde quería, y el golpe arrancó algo de su respiración, pero no su mano de mi muñeca.

Eso ya no me gustó. Una cosa era encontrarme con un intruso torpe y otra con un hombre capaz de entrar en mi casa, subir mis escaleras y sujetarme como si hubiera practicado la escena en su cabeza.

Entonces dejé de divertirme.

Me retorcí hacia atrás, le golpeé las costillas con el codo y usé la pared para impulsarme, pero él me siguió el movimiento demasiado rápido. En un segundo tuve la espalda contra la barandilla, la muñeca doblada y la pistola atrapada entre los dos.

Dolió.

Eso me enfadó muchísimo.

—Te voy a arrancar la piel —siseé.

La sombra no contestó.

Peor.

Me empujó más contra la barandilla, usando su cuerpo para cerrar espacio, y durante un segundo entendí que no estaba intentando asustarme ni hacer ruido ni improvisar.

Estaba intentando desarmarme.

Solo eso.

Como si yo fuera el problema.

Como si mi casa no estuviera gritando porque él había entrado en ella.

Apreté los dientes, solté la pistola antes de que me rompiera la muñeca y la dejé caer entre nosotros, no por rendición, sino porque prefería perder el arma a perder la mano.

En cuanto cayó, le di un cabezazo.

Fue feo.

Muy poco elegante.

Me encantó.

Sentí el golpe, escuché una maldición grave y durante medio segundo su agarre aflojó lo suficiente para que pudiera bajar el cuerpo, meterme bajo su brazo y lanzarme hacia el pasillo.

No llegué lejos.

Por supuesto que no.

Una mano me atrapó por la cintura y me arrastró hacia atrás con una fuerza que me robó el aire.

Me revolví como un animal, clavé las uñas, golpeé con el talón, busqué su cara con el codo, cualquier cosa, lo que fuera, porque el juego se había terminado y mi casa, mi pasillo, mi cuerpo, todo lo mío estaba de pronto en manos de alguien más fuerte.

Y eso no.

Eso jamás.

Me giré lo suficiente para intentar meterle los dedos en la garganta, pero él me atrapó también esa mano, la apartó y me pegó de espaldas contra su cuerpo. Intenté morderlo. No llegué. Intenté golpearle la rodilla otra vez. Tampoco.

El muy hijo de puta era bueno.

Demasiado bueno.

El miedo llegó tarde, como siempre. No entró gritando ni hizo espectáculo.

Solo se colocó debajo de la rabia, frío y práctico, recordándome que no tenía la pistola, que estaba en camisón, que nadie entraba en mi casa por accidente y que, si aquel hombre había conseguido llegar hasta mí, quizá no había venido solo a jugar.

Eso me puso peor.

Me lancé con todo. Sin reto, sin elegancia, sin preocuparme por la sangre, el camisón o el suelo.

Le golpeé la cara con la palma abierta, le arañé el cuello y conseguí meterle una rodilla entre las piernas. Casi lo hice retroceder. Casi. Pero él cambió el peso, me atrapó la muñeca derecha, luego la izquierda, y me giró con una precisión brutal antes de que pudiera entender el movimiento.

Un segundo estaba frente a él, intentando llegarle a la cara con los dientes, y al siguiente tenía un brazo cruzado contra el pecho, el otro atrapado a mi espalda y su pierna barriendo la mía.

Caí boca abajo.

El suelo frío me golpeó la mejilla y el aire se me escapó de los pulmones. La pistola quedó en algún lugar detrás de nosotros, demasiado lejos para ser útil y demasiado cerca para insultarme.

Antes de que pudiera recuperar una sola respiración decente, su peso me cubrió la espalda, una rodilla me atrapó una pierna y una mano me estiró los brazos hacia arriba hasta sujetarme las muñecas contra el suelo.

No me aplastaba.

No del todo.

Pero sí lo suficiente para dejarme claro que podía hacerlo.

Forcejeé.

Nada.

Volví a intentarlo, arqueando la espalda, tirando de los brazos, buscando cualquier hueco, cualquier error, cualquier descuido.

Nada.

Estaba atrapada.

Yo.

En mi casa.

En mi suelo.

Con el camisón subido por los muslos, el pelo pegado a la cara, la alarma chillando alrededor y un hombre encima que me había quitado la pistola, el aire y la diversión en menos de un minuto.

Me incliné para morder lo que pudiera.

No llegué.

La mano en mis muñecas apretó un poco más.

—Suéltame —escupí.

Él bajó la cabeza.

Su boca quedó junto a mi oído.

Y entonces, solo entonces, con su respiración rozándome la piel y la voz rota de furia, lo reconocí.

—¿Necesitas un héroe ahora, Denci?

Respiré.

Una vez.

Aliviada.

Ash.

No iba a morir en mi casa esa noche.

Probablemente.

Después recordé que seguía boca abajo en el suelo, con su peso encima, mis muñecas atrapadas y la alarma gritando porque el muy hijo de puta había entrado como un ladrón.

El alivio se murió joven.

—Nunca —espeté.

Ash no se movió.

Eso fue peor.

La mano que sujetaba mis muñecas aflojó lo justo para hacerme creer que podía respirar mejor, pero no lo suficiente para soltarme.

Luego me giró.

Rápido.

Limpio.

Sin darme tiempo a usar la rodilla, los dientes o la dignidad.

Mi espalda golpeó el suelo y él quedó encima, una pierna entre las mías, una mano cerrada alrededor de mis muñecas, sujetándolas sobre mi cabeza, y la otra apoyada junto a mi cara.

La luz roja de la alarma le cruzó el rostro.

Encendido.

Apagado.

Encendido.

Ash parecía salvaje.

No llevaba chaqueta. No llevaba corbata. La camisa estaba abierta en el cuello, el pelo revuelto, la mandíbula dura y los ojos tan oscuros que por un segundo pensé que tal vez sí había venido a matarme.

No físicamente.

Qué detalle.

—Dilo otra vez —ordenó.

Parpadeé.

—Muérete.

Su boca no sonrió.

Sus ojos sí.

Eso me puso peor.

—Mentira.

—¿Perdona?

Bajó un poco más la cabeza, hasta que su respiración me rozó la boca.

—Te di mi número. Y llamaste.

Me quedé quieta.

No porque me hubiera inmovilizado.

Bueno, sí.

Pero no solo por eso.

—Porque eras útil.

—Porque sabías que podía ayudarte.

—No te emociones. También habría llamado a un fontanero si el cadáver hubiera empezado a gotear.

—Pero me llamaste a mí.

Tiré de las muñecas.

Nada.

—Qué bonito. ¿Has entrado en mi casa a las dos de la madrugada para recordar con nostalgia nuestros primeros encuentros?

—He entrado para recordarte algo mucho más sencillo.