Capítulo 21 #2
Qué gesto tan raro.
Qué tarde.
Tragué saliva, mal, demasiado visible por dentro.
—Sigue andando —murmuró Neron.
No como una orden.
Como una cuerda.
Me aferré a ella porque no tenía otra cosa y di un paso, luego otro.
La mesa de Ash estaba en nuestro camino. No del todo, solo lo suficiente, lo justo para pasar cerca.
Demasiado cerca.
Mi cuerpo quería desviarse.
Mi orgullo no.
Así que seguí con Neron a mi lado, la cabeza alta, el vestido negro perfecto y el corazón haciendo una cosa ridícula, pequeña y horrible debajo de las costillas.
Llegamos a la altura de su mesa.
Y seguimos adelante.
Pasé junto a ellos con la cabeza alta y una sonrisa en los labios, la clase de sonrisa que una usa cuando no quiere que nadie llame a emergencias ni pregunte por qué parece a punto de cometer un delito.
Por dentro, en cambio, algo se me dobló de una forma fea.
Dolía.
Claro que dolía.
También ardía, que era mucho más útil.
El dolor era una pérdida de tiempo si una no lo convertía en algo práctico, y yo siempre había sido una mujer muy práctica.
Así que seguí caminando mientras mi cabeza, traidora y eficiente, empezaba a hacer una lista.
No de preguntas.
De posibilidades.
La cena salió bien.
Demasiado bien, incluso.
Comida cara, vino bueno, Kookie hablando con una copa en la mano como si estuviera a punto de invadir un país pequeño, Lukas intentando impedirlo por cansancio, Sally sonriendo un poco más de lo habitual y Poppy mirándola como si fuera de cristal.
A veces lo odiaba por ser tan protector.
La mayoría de las veces, lo quería por eso.
Elsa estaba feliz.
Demon parecía satisfecho, que en Demon significaba no haber amenazado a nadie en voz alta durante más de diez minutos.
Y Neron…
Neron me miraba demasiado, como si hubiera visto la grieta y, por una vez en su vida, hubiera tenido la decencia de no meter el dedo.
Muy raro.
Muy incómodo.
Casi ofensivo.
Yo hice lo único razonable. Bebí vino, comí cosas pequeñas con nombres largos, me reí más de lo necesario y fingí con una precisión admirable que no había visto a Ash sentado con su familia y Marcy en una mesa donde yo no existía.
Fingí tan bien que hasta casi me lo creí.
Casi.
Al final de la noche, salimos en grupo hacia la entrada, llenando el pasillo con voces, risas, perfumes caros y ese desorden de amigos que nadie controla del todo cuando la noche se está acabando.
Yo fui la última.
No por drama.
Por dignidad logística.
También porque me había quedado un segundo más mirando el mantel, la copa vacía y los restos de una noche en la que había conseguido no romperme delante de nadie.
Todo un éxito.
Al salir, el aire frío me golpeó los hombros desnudos.
—¡Joder! —murmuré—. ¡Qué frío!
Neron apareció a mi lado antes de que pudiera arrepentirme de haber hablado. No preguntó, no hizo un comentario y no sonrió como si acabara de ganar algo.
Solo se quitó la chaqueta y la puso sobre mis hombros.
Pesaba.
Olía a él, a humo caro, a noche y a demasiadas decisiones discutibles.
—Mi héroe —dije.
Neron bajó la mirada hacia mí.
—No te acostumbres.
—Tranquilo. Tengo estándares bajos, pero no tanto.
Entonces los vi.
La familia de Ash estaba saliendo del restaurante al mismo tiempo, detenida a pocos pasos de la entrada, elegante, ordenada, irritantemente cómoda en su sitio.
Ash.
Eleonor estaba a su lado.
Marcy también.
Y él… bueno, él me miraba.
No de buena manera.
Miró la chaqueta de Neron sobre mis hombros y luego subió a mi boca.
Durante un segundo nadie dijo nada, y casi habría preferido un insulto.
Ash llevaba esa cara suya de hombre quieto por fuera y peligroso por dentro. La misma que una parte idiota de mí había empezado a echar de menos en mitad de la noche, como si una pudiera echar de menos una amenaza con buena mandíbula.
Marcy estaba cerca de él.
Demasiado cerca.
No me tocó el orgullo.
Me tocó otra cosa.
Peor.
Eleonor me miró primero a mí, después a Neron y luego regresó a mí, con una lentitud tan educada que habría podido cortar cristal. No le gustó lo que vio.
Qué pena.
A mí tampoco me había gustado lo suyo.
Neron, por su parte, no se movió. Se quedó a mi lado, tranquilo, elegante, insoportable, como si supiera perfectamente que su chaqueta acababa de convertirse en un arma y hubiera decidido no quitármela.
Por una vez en su vida, el muy sinvergüenza tuvo buen timing.
Yo sonreí.
Lo justo para no parecer rota.
—Buenas noches —dije, mirando a la familia perfecta que ya no podía fingir que no existía, y por último a Ash—. Espero que hayáis disfrutado de la cena.
Mi voz salió amable.
Impecable.
Horrible.
Ash no contestó enseguida.
Ese fue su error.
O tal vez fue el mío, porque una parte ridícula de mí todavía esperaba que dijera algo que justificara siete días de silencio, Marcy a su lado y esa forma de mirarme como si yo hubiera sido la que había entrado en su casa, le había robado algo y se hubiera marchado sin llamar.
Pero no dijo nada.
No a tiempo.
Así que incliné apenas la cabeza, sujeté la chaqueta de Neron con una mano y pasé junto a ellos como si no me doliera.
Como si no llevara toda la noche doliendo.