Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 21
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Capítulo 21

Denci

El amor es una mentira.

Siempre lo supe. No por lista, ojalá, sino porque lo vi demasiadas veces en mujeres que juraban tener el control y acababan mirando un teléfono como si fuera a devolverles la dignidad.

Yo no era una de ellas.

Esa fue mi primera mentira de la semana.

Habían pasado siete días desde la madrugada que pasé con Ash. Siete días enteros, por si alguien necesitaba un número exacto para medir mi estupidez.

El primer día esperé un mensaje. No de forma desesperada, claro. Solo miré el móvil demasiadas veces para una mujer con orgullo, trabajo pendiente y una lista bastante sana de malas personas a las que arruinarles la vida.

El segundo día pensé en llamarlo yo. Cogí el móvil, lo desbloqueé, lo miré y lo bloqueé otra vez.

Porque no.

Porque Ash era el tipo de hombre que aparecía cuando quería, tocaba donde quería, daba órdenes como si el mundo hubiera firmado un contrato con él y luego te dejaba en una cocina con su camiseta, café mediocre y la sensación estúpida de que quizá no estabas completamente sola.

Así que si quería algo, podía llamarme él.

Tercer día.

Cuarto.

Nada.

Ni una llamada, ni un mensaje, ni un “sigo vivo”, ni un “no he olvidado que dormiste en mi cama y amenazaste mi desayuno”.

El quinto día dejé de esperar.

Mentira.

El quinto día empecé a esperar con odio.

Mucho más digno.

Pasé de mirar el móvil a maldecir su nombre cada vez que lo recordaba, y lo recordaba mucho.

En el coche, en la ducha, mientras trabajaba, mientras intentaba dormir y, sobre todo, mientras intentaba dormir, porque mi mente era una traidora barata y tenía la mala costumbre de devolverme su boca, sus manos y esa maldita frase sobre ser la primera mujer que llevaba a su casa.

Qué detalle.

Qué honor.

Qué imbécil fui.

Podría decir que me quité parte de la furia cumpliendo con mi misión y no sería mentira. También podría decir que llevé algunas cosas un poco más lejos de lo habitual y tampoco sería mentira.

Pero estaba sufriendo, ¿ok?

Y todos sabemos que si le haces daño a una mala persona no cuenta.

O cuenta menos.

O debería.

No sé.

La moral es muy flexible cuando tienes el corazón herido y acceso a herramientas.

Intenté hacer vida normal.

Llevé a Sally de compras porque la pobre había adelgazado, que sí, cállate, y puedo decir con orgullo que no miré el móvil durante una hora entera.

Una hora.

Casi una rehabilitación.

¿Qué más hice?

Lo de siempre. Jugar, trabajar, comer, hacer justicia.

Incluso acepté la invitación de Elsa para cenar en uno de sus restaurantes con Demon. Hubiera sido estúpido no aceptar. Comida gratis, ambiente relajado y exclusivo, gente guapa fingiendo que no miraba el precio de la carta.

A veces era bueno tener amigos en el negocio de la hostelería.

Era bueno tenerlos en todas partes, en realidad.

Incluso en la morgue.

Ah.

Me olvidé de enviarle un regalo a mi amigo.

La cena era a las nueve.

A las ocho y media yo ya estaba vestida, peinada y mirándome al espejo con una cara que no me gustó nada.

Demasiado correcta.

Demasiado preparada.

Demasiado mujer que no esperaba una llamada desde hacía siete días y aun así había elegido un vestido negro que le hacía la cintura indecente por si el universo decidía pedir disculpas.

Qué patético.

Me cambié de pendientes solo para demostrar que todavía tenía autoridad sobre algo.

No funcionó, pero quedaron mejor.

Bajé al coche sin mirar el móvil.

Mentira.

Lo miré en el ascensor.

Nada.

Lo miré en el garaje.

Nada.

Lo miré antes de arrancar.

Nada.

En mi defensa, podía haber sido una emergencia.

La emergencia era mi dignidad, pero nadie la estaba atendiendo.

Cuando llegué al restaurante, Sally y Poppy ya estaban en la entrada. Poppy parecía a dos segundos de envolver a Sally en plástico de burbujas y pedirle al camarero una silla con cinturón de seguridad.

—Si sigues mirándola así, va a morderte —dije.

Sally sonrió.

—No voy a morderlo.

—Qué decepción.

Poppy me ignoró porque últimamente me toleraba con la misma energía con la que se tolera una fuga de gas: por necesidad, con sospecha y procurando no hacer chispas.

Kookie apareció detrás de mí como si la hubieran invocado las palabras “menú degustación”.

—He visto fotos de los postres —dijo—. Si alguien pide compartir, lo mato.

—Eso es crecimiento personal —respondí—. Antes avisabas menos.

Lukas llegó con ella, serio, guapo y cansado de existir cerca de mujeres con opiniones.

—Por favor, hoy no amenacéis al personal.

—¿Y si se lo merece? —pregunté.

—Especialmente si se lo merece.

Neron llegó el último.

Por supuesto.

Neron nunca llegaba tarde. Llegaba cuando la habitación ya había tenido tiempo de preguntarse si vendría.

Traje oscuro, sonrisa fácil y esa calma insoportable de hombre que había tomado demasiadas malas decisiones sin perder ni una hora de sueño.

—Denci.

—Neron.

—Estás preciosa.

—Lo sé. Intenta decir algo útil.

Su sonrisa se movió apenas.

—No deberías estar tan preciosa si estás de mal humor.

—Y tú no deberías hablar tanto si aprecias tus dientes.

—Te he echado de menos.

—Eso explica tu mal gusto.

Demon nos esperaba dentro, junto a Elsa, que brillaba como si el restaurante, la iluminación y posiblemente la ciudad entera fueran accesorios de su vestido. Me abrazó antes de que pudiera esquivarla.

—Has venido.

—Había comida gratis.

—Sabía que aún quedaba algo bueno en ti.

—No exageres.

Demon me besó en la mejilla.

—Mesa lista.

—¿Hay vino?

—Hay de todo.

—Entonces tal vez sobreviva.

Entramos juntos.

Eso fue lo peor.

No iba sola.

Tenía a Elsa delante, a Demon ocupándose de todo, a Sally y Poppy cerca, a Kookie hablando de postres como si fueran asuntos de Estado, a Lukas intentando que nadie provocara un incidente y a Neron a mi lado, demasiado tranquilo para ser inocente.

Tenía ruido alrededor. Gente. Amigos. Una vida bastante decente, si una bajaba mucho sus estándares y no hacía preguntas incómodas.

Y aun así, durante un segundo, mientras cruzábamos el restaurante, pensé en Ash.

No mucho.

Solo lo justo para odiarme.

Pensé en su cocina. En su camiseta sobre mi piel. En su voz diciendo que yo era la primera. En su mano poniendo café delante de mí como si aquello no fuera peligroso, como si una mujer pudiera sobrevivir a una escena doméstica sin empezar a inventarse una casa en la cabeza.

No lo hice.

Por supuesto que no.

Yo no inventaba casas.

Yo las compraba, las reformaba, las llenaba de salidas de emergencia y, si era necesario, escondía cosas en el sótano.

Mucho más sano.

—Denci —dijo Neron a mi lado.

—¿Qué?

—Estás sonriendo raro.

—Es mi sonrisa normal.

—No.

Qué manía tenía la gente con conocerme en contra de mi voluntad.

—Estoy bien.

Neron me miró un segundo más.

—Eso sí es una sonrisa rara.

Iba a contestarle algo precioso y cruel cuando los vi.

Primero a Eleonor.

No sé por qué mi cerebro la encontró antes que a nadie.

Quizá porque hay mujeres que no necesitan moverse para ocupar una habitación, y Eleonor era de esas.

Estaba sentada al fondo, recta, elegante, con una copa cerca de la mano y esa calma de señora que podría ordenar una ejecución usando el mismo tono con el que pediría sal.

Mi paso cambió.

Un fallo mínimo.

Después vi a la hermana de Ash, riéndose con la cabeza un poco inclinada hacia atrás. Vi a dos hombres de la comida familiar. Vi manos, copas, platos, una mesa grande, llena, cómoda.

Y entonces lo vi a él.

Ash.

Sentado allí.

No como la noche en que abrió la puerta medio desnudo.

No como el hombre que me había besado contra una pared.

No como el hombre que había dormido conmigo dos horas y luego me había preparado café.

No.

Ash estaba vestido, correcto, serio, encajado en su mundo como una pieza que nunca se había movido de sitio.

Y al lado estaba Marcy, por supuesto.

Rubia, bonita, impecable.

No colgada de su brazo. No besándolo. No haciendo nada que yo pudiera odiar con limpieza.

Solo estaba allí.

Sentada junto a él, con su copa, su sonrisa tranquila y esa facilidad horrible de las mujeres que parecen haber nacido sabiendo dónde poner las manos en una cena familiar.

Eso fue lo que me hizo daño, creo. No que estuviera cerca de él, no que sonriera, no que la familia la conociera. Era otra cosa, más pequeña y bastante más miserable.

Marcy estaba sentada allí como si la silla hubiera sido suya antes de que ella llegara. Como si nadie tuviera que explicarle dónde poner el bolso, cuándo reírse o cuánto espacio podía ocupar.

Como si encajara.

Y yo odié esa palabra antes incluso de pensarla.

Encajar.

Qué cosa tan vulgar para quererla tanto.

Nadie me vio.

Ni Eleonor, ni la hermana, ni Ash.

Y eso fue peor.

Porque no hubo mirada fría, ni frase venenosa, ni humillación elegante que pudiera devolver. No hubo enemigo. Solo una mesa donde todos existían sin mí.

Y yo, que una semana antes había dormido en su cama, usado su camiseta y bebido su café como una imbécil con complejo de persona importante, pasé por allí como si fuera parte del aire.

Del que nadie nota.

Me detuve.

No fue dramático. No llevé una mano al pecho, no se rompió la música ni el restaurante entero giró para mirar a la pobre mujer destruida por dentro.

Qué pena.

Habría sido útil.

Solo me paré un segundo.

Quizá dos.

Lo suficiente para que Neron dejara de caminar a mi lado.

—Denci —dijo, bajo.

Esta vez no sonó divertido, y eso casi me rompió más, porque Neron, por una vez en su vida, entendió que no debía hacer una broma.

Yo seguía mirando la mesa. A Ash, a Marcy, a la distancia exacta entre los dos, a la forma en que él inclinaba apenas la cabeza para escuchar algo que ella decía, a su familia alrededor, a esa vida en la que yo no era ni una interrupción.

No era nada.

Una camarera pasó a mi lado con una bandeja, alguien rió en otra mesa y Kookie dijo algo detrás de mí, pero sonó lejos.

Muy lejos.

Neron se movió un poco, apenas, colocándose a mi lado de una forma que tapaba parte de mí desde la mesa de Ash, aunque nadie estuviera mirando.