Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Ash

Su piel era suave.

Eso fue lo primero que pensé al despertar con Denci encima de mí.

No que había entrado en mi casa a las cuatro de la mañana dispuesta a arrancarme la cabeza. No que había dejado mi espalda marcada, mi dormitorio destrozado y mi paciencia en un estado discutible.

No.

Suave.

Olía a flores y a Denci, que no era exactamente un olor seguro para nadie con instinto de conservación.

Tenía la cabeza apoyada en mi pecho, el pelo desordenado haciéndome cosquillas en la piel, una pierna metida entre las mías y la cadera encajada contra mi muslo, como si dormir encima de mí fuera una decisión normal.

Como si nada de aquello tuviera consecuencias.

Su mano descansaba sobre mi abdomen.

Delicada.

Tranquila.

Una mentira perfecta.

Era una sorpresa, y quizá un maldito milagro, que una mano así pudiera hacer tanto daño. Y no, no me refería a los arañazos ni a las marcas de sus dientes repartidas por mi cuerpo.

Eso podía soportarlo.

Lo otro era el problema.

Mi móvil vibró sobre la mesita de noche.

Lo miré sin moverme durante un segundo, porque una parte absurda de mí no quería romper aquella quietud. Después lo cogí.

El movimiento no despertó a Denci.

Mi maldición al ver el mensaje de mi padre, tampoco.

El trabajo era un dolor en el trasero la mayoría de los días. Era peor cuando mi padre decidía que sabía hacerlo mejor que yo y me mandaba órdenes desde su jubilación falsa, cómoda y tremendamente molesta.

Se había retirado, por decirlo de una manera bonita, hacía menos de un año, dejándome a la cabeza del negocio familiar.

Pasé meses intentando poner orden. Recuperar territorio donde habíamos perdido. Hacer dinero para la familia sin iniciar una guerra cada martes.

Y aun así, mi padre no estaba feliz.

Nunca lo estaba.

Tal vez por eso, cuando me notificaron que algunos de nuestros clientes desaparecían sin dejar rastro, vi una oportunidad para relajarme.

Muy sano por mi parte.

Decidí investigarlo yo mismo pensando que no me iría mal un poco de guerra con algún bando de barrio. Algo simple. Algo claro. Una deuda, una traición, un idiota creyéndose más listo de lo que era.

Pero no.

No había un ajuste de cuentas.

No había una deuda.

No había un grupo intentando probar suerte en mi ciudad.

Lo que había era una mujer dormida sobre mi pecho, con el pelo enredado, la respiración tranquila y una boca que la noche anterior casi me había hecho olvidar mi propio nombre.

Denci.

Peligrosa incluso cuando no estaba intentando parecerlo.

Denci abrió un ojo.

Solo uno.

—Tu cama es cómoda —murmuró.

La miré.

Tenía la voz ronca, el pelo enredado y una marca mía en el cuello.

También tenía el descaro intacto.

—Me sorprende que te dieras cuenta —dije—. Has dormido sobre mí toda la noche.

—Dos horas no son toda la noche.

—Dos horas encima de mí cuentan como ocupación ilegal.

Cerró el ojo otra vez.

—Llámalo homenaje.

—¿A mi paciencia?

—A tu utilidad.

Casi sonreí.

Denci se quedó quieta un segundo más.

Después abrió los dos ojos.

Ahí estaba.

El momento.

Su cerebro alcanzando al cuerpo.

La cama. Mi pecho bajo su mano. Su pierna entre las mías. La sábana baja sobre su espalda desnuda. El vestido en el suelo. La noche anterior tirada entre nosotros como una prueba que ninguno podía negar.

Su cuerpo se tensó.

No mucho.

Lo suficiente.

—Necesito irme —dijo.

—Hmm.

Pero no se movió.

Ni un centímetro.

Se quedó allí, con la mano todavía sobre mi pecho y la mirada fija en algún punto de mi hombro, como si pudiera negociar con la realidad si no me miraba directamente.

Así que hice lo único razonable.

Le metí una mano en el pelo, le incliné la cabeza hacia atrás y la besé.

Denci soltó un sonido contra mi boca.

De protesta, seguramente.

No sonó como protesta.

Intentó apartarse.

Más o menos.

Lo suficiente para que su orgullo pudiera levantar acta, no lo suficiente para que su cuerpo colaborara.

—Ash.

—Dime que pare.

Abrió los ojos.

Estaban oscuros, furiosos, despiertos del todo.

—No me des órdenes tan fáciles de desobedecer.

—Entonces no te vayas.

—Eso no es una orden. Es una trampa.

—Sí.

Me miró como si acabara de confirmarle una teoría horrible sobre los hombres, la vida y mi cama.

—Eres muy malo negociando por la mañana.

—No estoy negociando.

—Ya veo. Eso explica la falta de inteligencia en tu estrategia.

Volví a besarla.

Esta vez no hizo ni siquiera el intento digno de apartarse.

Mucho mejor.

La tomé y ella se dejó.

Eso fue lo distinto.

La primera vez, Denci había sido fuego. Rabia. Uñas. Dientes. Una guerra en la que los dos fingimos que el placer era solo otra forma de ganar.

La segunda fue más lenta.

No más suave.

Más peligrosa.

Como si los dos supiéramos que mentir seguía siendo posible, pero empezaba a costar más.

La tercera apenas tuvo pelea. Estaba demasiado cansada para sostener el orgullo con las dos manos, y aun así lo intentó. Porque era Denci. Porque seguramente habría discutido con la muerte si la muerte se hubiera acercado con demasiada confianza.

Pero la mujer de esa mañana era otra cosa.

No distinta.

Solo más expuesta.

Lo tenía en la respiración. En la piel. En esa forma de cerrar los ojos un segundo tarde, como si le molestara confiar incluso cuando su cuerpo ya lo había hecho por ella.

Intentaba esconderlo.

No le salía.

Y yo no supe qué hacer con eso.

Alguien podría haber dicho que le hice el amor, si supiera qué mierda significaba eso.

Yo solo sabía que no tuve prisa.

Que le besé el cuello, los hombros, el pecho, el vientre.

Que aprendí dónde se tensaba.

Dónde se rendía.

Dónde dejaba de fingir durante medio segundo.

Tocarla fuerte era fácil.

Esa mañana no quería lo fácil.

***

La dejé en el baño con una camiseta limpia, una toalla y una advertencia sobre mi navaja.

Denci me miró a través del espejo.

Tenía el pelo revuelto, la sábana alrededor del cuerpo y una expresión de mujer insultada por la existencia de los objetos.

—¿Por qué asumirías que voy a usar tu navaja?

—Porque te conozco.

—No me conoces tanto.

Miré el vestido que había dejado sobre el banco del baño. Un tirante estaba roto. La tela parecía demasiado inocente para haber terminado en el suelo de mi dormitorio.

—Conozco bastante.

Su mirada siguió la mía.

—Me lo vas a pagar.

—Te compraré otro.

—No quiero otro. Quiero ese.

—Está roto.

—Pues lo arreglas. Con tus manos. Para que aprendas respeto por las prendas ajenas.

Casi sonreí.

—No fui el único que no respetó ese vestido.

Denci levantó la barbilla.

—Yo estaba desorientada.

—Claro.

—Y furiosa.

—También.

—Y tú medio desnudo.

—Eso fue antes de que entraras.

—Provocación ambiental.

Esta vez sí sonreí.

Poco.

Lo suficiente para que sus ojos se estrecharan.

—Dúchate, Denci.

—Mal anfitrión.

—Te he dado una toalla limpia.

—No me has hecho un tour.

—Estabas envuelta en mi sábana.

—Eso no impide caminar.

No.

Pero sí me habría impedido a mí dejar de tocarla.

Así que cerré la puerta antes de cometer otra mala decisión tan temprano.

Bajé a la cocina.

Mi casa era silenciosa por la mañana. Demasiado grande, según mi hermana. Demasiado fría, según mi abuela. Perfecta, según Valdez, que se había tomado mi falta de instrucciones emocionales como una invitación para construir un lugar bonito, privado y casi imposible de invadir.

Era lo que yo quería.

Una casa con distancia.

Con cristal suficiente para ver venir el mundo y muros suficientes para mantenerlo fuera.

Mi casa era mi hogar.

Mi único sitio limpio.

Y Denci estaba arriba, usando mi ducha, probablemente criticando mi gel y planeando robar algo pequeño solo por principios.

El pensamiento debería haberme molestado.

No lo hizo.

Eso sí me molestó.

Cuando apareció en la cocina, llevaba mi camiseta negra y nada más. Le caía a medio muslo, el pelo húmedo sobre los hombros y las piernas desnudas caminando por mi suelo como si la casa no tuviera derecho a sorprenderse.

Yo sí lo tenía.

La miré demasiado.

Denci lo notó antes de llegar a la isla.

Por supuesto.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa de hombre que acaba de descubrir que su camiseta me queda mejor.

—Te queda bien.

—A mí todo me queda bien. No te emociones.

Se sentó en un taburete y apoyó los codos en la encimera.

Cómoda.

Falsa.

Una mujer que no sabía qué hacer con las manos, así que fingía que estaba allí porque quería.

Sus ojos pasearon por la cocina, por los ventanales enormes, por la piedra clara, la madera oscura y las líneas limpias que Valdez había diseñado para que todo pareciera tranquilo aunque no lo fuera.

—Tu casa es muy… correcta.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Le puse una taza de café delante.

Denci la cogió con las dos manos y bebió como si necesitara algo caliente entre ella y yo.

—¿Desayuno?

—¿Siempre preparas el desayuno a las mujeres que pasan la noche en tu cama?

La pregunta no fue casual.

Nada en Denci lo era.

Abrí la nevera.

—Eres la primera.

Se quedó quieta.

Solo un segundo.

Después sonrió.

—Oh, qué honor.

—Lo es. Aprécialo.

Denci se echó a reír.

La miré.

Tenía mi camiseta puesta, el pelo húmedo sobre los hombros y una marca mía en el cuello, y aun así conseguía parecer ofendida por recibir demasiada importancia.

—Solo si viene con anillo de diamantes, apellido poderoso y un número ridículo de niños que yo no pienso parir.

—Necesitas ganártelo.

—Jesús. Estaba bromeando. No quiero nada de ti.

—Ah, ¿no?

Su sonrisa perdió un poco de filo.

No mucho.

Pero lo vi.

—¿Y por qué viniste, Denci?

—Porque te quiero fuera de mi vida.

Me eché a reír.

No pude evitarlo.

—¿Hablas en serio?

—Muy en serio. Deuda pagada, Ash. Me ayudaste y anoche cobraste.

La risa se me apagó.

Ahí estaba.

Su salida.

Cadáveres. Favores. Cuentas.

Cualquier cosa antes que admitir que había venido porque quería venir.

Dejé los huevos sobre la encimera.

—No vuelvas a decir eso.

Denci levantó la barbilla.

—¿El qué?

—Que me pagaste con tu cuerpo.

—Cuando me apetece, pago como quiero.

—No.

Su expresión cambió.

Muy poco.

Suficiente.

—No puedes comprar mi salida de tu vida con una noche en mi cama —dije.

—Pues te aguantas. No voy a pagar más.

—No te he pedido que pagues.

—No, claro. Tú solo invades, decides y pones hombres detrás de mí.

—Para protegerte.

—Para controlarme.

—También.

Eso la calló.

No mucho.

Lo suficiente.

Denci dejó la taza sobre la encimera con cuidado.

—No tienes derecho.

—No.

—¿Y aun así?

—Aun así.

La cocina se quedó en silencio.

La luz de la mañana entraba por los ventanales y le tocaba la cara, el pelo húmedo, la marca que yo le había dejado en el cuello.

Denci siguió mi mirada y se llevó los dedos allí.

—No mires eso como si hubieras firmado una obra.

—Te queda bien.

—A mí todo me queda bien. Ya lo hemos hablado.

Intentó sonreír.

No le salió del todo.

Volví a la nevera porque si seguía mirándola iba a cruzar la cocina y volveríamos al principio. Y esa mañana no quería ganar así.

Rompí un huevo en la sartén.

Luego otro.

El sonido fue demasiado doméstico para la conversación que acabábamos de tener.

—No sé ni hervir un huevo —dijo.

La miré.

Mentía.

No del todo.

Pero mentía.

—Entonces es mejor que cocine yo.

—Valiente.

—Siéntate.

—Ya estoy sentada.

—Qué milagro.

Denci bebió café y miró hacia los ventanales.

No estaba tranquila.

Pero tampoco se fue.

Eso era nuevo.

Le serví huevos, tostadas, fruta y más café. Ella observó el plato con sospecha antes de probar un bocado.

Esperé.

Denci masticó despacio.

—Aceptable.

—Mentira.

—No te emociones.

Pero comió otro poco.

Y verla allí, en mi cocina, con mi camiseta sobre la piel y mi desayuno delante, me golpeó de una forma estúpida.

No porque fuera bonita.

Lo era.

Sino porque no molestaba.

No desentonaba.

La casa no parecía más invadida con ella dentro.

Parecía menos vacía.

Eso sí era un problema.

Mi móvil sonó sobre la encimera.

La pantalla se iluminó.

Mi padre.

Denci miró el nombre.

Después me miró a mí.

—Persistente.

Rechacé la llamada y escribí con una mano.

Después. Me encargo yo.

Dejé el móvil boca abajo.

Denci arqueó una ceja.

—¿Problemas familiares?

—Negocios.

El móvil volvió a sonar.

Otra vez.

Mi padre no aceptaba bien un después.

Denci sonrió despacio, como si acabara de encontrar una salida de emergencia.

—Deberías contestar.

—No.

—Vamos. Tengo curiosidad por saber qué negocio es tan importante como para enviar mensajes a las seis de la mañana.

La miré.

—Come.

—Definitivamente familiar.

El móvil siguió vibrando entre nosotros.

Y por primera vez desde que Denci había bajado a mi cocina con mi camiseta puesta, me alegré de tener una excusa para mirar a otro lado.

La estaba aceptando demasiado fácil.

En mi casa.

En mi mesa.

Con mi ropa sobre la piel y mi marca en el cuello, discutiendo conmigo como si tuviera derecho a estar allí.

Y lo peor era que, por unos segundos, no me molestó.

Eso era más peligroso que cualquier llamada de mi padre.