Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Ash respiró más fuerte.

Ah.

Por fin.

Algo suyo también se rompía.

Eso me devolvió un poco de vida.

Metí una mano en la cintura de su pantalón y tiré de él hacia mí. No porque quisiera, por supuesto. Era venganza. Una venganza bastante específica, sí, pero venganza al fin y al cabo.

Su mano bajó a mi muslo y me levantó la pierna contra su cadera. El movimiento hizo que el vestido subiera, que el aire me tocara la piel y que mi cuerpo recordara, con una claridad humillante, que ese hombre ya había estado entre mis piernas y que yo no había muerto de indignación.

Casi.

Pero no.

—Ash —dije, y odié cómo sonó.

Él se quedó quieto.

Solo un segundo.

Lo justo para mirarme.

No preguntó si estaba bien con palabras, porque habría sido raro y quizá habría arruinado el momento. Pero lo preguntó igual. Con la mano inmóvil en mi muslo, la boca a un centímetro de la mía y esos ojos oscuros esperando.

—Si paras ahora —susurré—, te mato.

Su boca se curvó apenas.

—Eso no es un sí.

—Es lo más bonito que vas a conseguir de mí esta noche.

—Puedo trabajar con eso.

Y entonces volvió a besarme.

Más lento.

Peor.

Su mano subió por debajo del vestido, por mi muslo, por mi cadera, hasta encontrar piel.

Nada más.

Ash dejó de besarme lo justo para que mi cuerpo entendiera antes que mi cabeza que algo había cambiado.

—Has estado caminando por ahí así.

—Tú tienes la culpa.

—No.

Su voz bajó.

—Mi culpa fue quedármela. Tu error fue dejar que otros respiraran cerca de ti mientras no llevabas nada.

Lo miré.

En serio.

Lo miré con toda mi alma, por si mi alma encontraba antes que yo una respuesta decente.

No la encontró.

Traidora.

Me tocó. Una presión justa, firme, insoportable, y mi cabeza cayó contra la pared antes de que pudiera impedirlo.

No cerré los ojos.

No quería darle esa victoria.

Ash lo notó, por supuesto.

Me miró mientras me tocaba, y eso fue casi más indecente que su mano.

—No mires tanto —espeté.

—No.

—Qué hombre más poco colaborador.

Su mano se movió apenas.

Me mordí el labio.

Ash lo vio.

Claro que lo vio.

—Eso —dijo en voz baja.

—¿Eso qué?

—La verdad.

Mi risa salió rota, que era una señal pésima para mi orgullo y estupenda para todo lo demás.

Me incliné hacia él y le besé el cuello, más por necesidad que por estrategia, aunque decidí llamarlo estrategia porque todavía me quedaba un poco de amor propio. Su piel sabía a calor, a sueño interrumpido y a hombre que había abierto la puerta medio desnudo como si no supiera el daño que hacía.

Lo sabía.

Seguro que lo sabía.

Le pasé la lengua por la garganta y sentí cómo sus dedos se clavaban un poco más en mi muslo.

Bien.

No era la única perdiendo.

Ash me tomó la cara con la otra mano y me levantó la boca hacia la suya.

—Denci.

Solo mi nombre.

Nada más.

Pero lo dijo como si fuera una advertencia para los dos.

—No —susurré.

—Sí.

—No vine a hablar.

—Por fin lo admites.

Me reí contra su boca.

Un error.

Porque él aprovechó ese segundo para besarme de una forma que me quitó la risa, la rabia y casi la memoria.

Su mano se movió otra vez entre mis piernas, más segura, más lenta, como si tuviera todo el tiempo del mundo y yo no estuviera a punto de incendiarme ahí mismo, en la entrada de su casa perfecta.

Me agarré a sus hombros.

Fuerte.

No para sostenerme.

Bueno, sí.

Para eso también.

—Esto no responde a mi pregunta —dije, respirando mal.

—¿Qué pregunta?

—Qué mierda fue lo del club.

Ash rozó mi boca con la suya.

—Una advertencia.

—¿De qué?

Su mano se detuvo.

Mi cuerpo protestó antes que mi orgullo.

Traidor.

Ash bajó la voz.

—De que si sigues viniendo a mí para pelear, alguna vez voy a dejar que ganes lo suficiente para que quieras volver.

Me quedé quieta.

La frase entró despacio.

Demasiado despacio.

Y cuando terminó de entrar, ya era tarde.

Porque yo ya había vuelto.

Ash lo vio.

No dijo nada.

Me besó como si eso fuera respuesta suficiente y, antes de que pudiera respirar, sus manos bajaron a mis muslos y me levantó contra él.

Mis piernas se cerraron alrededor de su cintura por instinto.

Por supervivencia.

Mentira.

Lo quería cerca.

Demasiado cerca.

Ash caminó conmigo por el pasillo sin dejar de besarme. Su boca era dura, caliente, impaciente, y aun así había algo en la forma en que me sujetaba que me cabreaba más que cualquier brusquedad. No me estaba dejando caer. No me estaba usando como una pared más contra la que empujar su deseo.

Me llevaba.

Maldito fuera.

Metí los dedos en su pelo y tiré.

Ash soltó un sonido bajo contra mi boca.

Bien.

Eso sí.

Eso era mejor.

Si yo iba a caer, él también iba a perder algo por el camino.

Su mano se cerró en mi muslo, subiendo el vestido hasta mi cintura. La piel de su abdomen rozó la parte interior de mis piernas y mi cuerpo decidió que el orgullo era un concepto bonito, pero poco práctico.

Llegamos al dormitorio.

No lo vi bien.

Cama grande. Oscuridad. Ventanas. Sábanas revueltas.

Me dio igual.

Ash me dejó sobre el colchón y cayó sobre mí un segundo después, con una rodilla entre mis piernas y la boca en mi cuello.

No tuve tiempo de hacer un comentario sobre su decoración aburrida, cosa que me pareció una pérdida personal, porque sus dientes rozaron mi piel y el pensamiento se me murió ahí mismo.

Le arañé la espalda.

No suave.

Él respiró fuerte y me gustó tanto que lo hice otra vez.

Su mano subió por mi costado, por mis costillas, hasta mi pecho. Me tocó por encima del vestido primero, como si fuera a tener paciencia.

No la tuvo.

Gracias a Dios.

Me bajó un tirante, luego el otro, y la tela cedió lo suficiente para dejarme expuesta bajo su mirada.

Me quedé quieta un segundo.

No por vergüenza.

Jamás.

Fue por la forma en que Ash me miró. No como un hombre satisfecho por haber ganado. Peor. Me miró como si el problema no fuera tocarme, sino querer seguir haciéndolo después.

—No mires así —murmuré.

Ash bajó la boca a mi pecho.

La frase se me rompió en la garganta.

Muy digno.

Su lengua me tocó y mi espalda se arqueó antes de que pudiera impedirlo. Mis manos volvieron a su pelo, sujetándolo, empujándolo, castigándolo, no sé. Todo a la vez.

Ash no se quejó.

Ash aprendió.

Eso fue lo peor.

No tocaba como un hombre desesperado por terminar. Tocaba como un hombre que quería saber qué me hacía perder la cabeza para poder hacerlo otra vez.

Y otra.

Y otra.

Metí una mano entre nosotros y bajé hasta su pantalón. Quería devolverle algo. Desordenarlo. Quitarle esa ventaja insoportable. Encontré la dureza de su cuerpo contra mi palma y Ash se quedó inmóvil.

Un segundo.

Solo uno.

Pero fue mío.

Sonreí contra su boca cuando volvió a besarme.

—Ahí estás —susurré.

Fue un error.

Ash me agarró las muñecas y las llevó por encima de mi cabeza, sujetándolas contra la cama con una sola mano.

No fuerte.

Suficiente.

Demasiado suficiente.

—No juegues si no quieres perder.

Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.

Ash lo notó.

Claro que lo notó.

Su otra mano bajó por mi vientre, empujó el vestido más arriba y me tocó sin nada de por medio. Solté aire contra su boca y cerré los ojos.

Victoria suya.

Me dio igual durante tres segundos.

Quizá cuatro.

Su dedo se movió despacio, justo donde tenía que hacerlo, y todo mi cuerpo se tensó debajo del suyo.

—Ash…

Me odié por decirlo así.

Él también lo oyó.

Su boca volvió a mi cuello, bajó a mi pecho, y su mano siguió trabajando entre mis piernas con esa calma insoportable que hacía que el mundo se redujera a su respiración, mi piel y la sábana apretada entre mis dedos.

No podía mover las manos.

Podía haberle dicho que me soltara.

No lo hice.

Quería.

Quería demasiado.

Qué horror.

Qué maravilla.

Qué desastre.

Cuando estuve cerca, demasiado cerca, Ash paró.

Abrí los ojos de golpe.

—Ni se te ocurra.

Su sonrisa fue pequeña.

Peligrosa.

—No tan rápido.

Lo odié.

De verdad.

Con alma, cuerpo y todo lo que quedaba en medio.

Me soltó las muñecas y me levantó el vestido por encima de la cabeza antes de que pudiera insultarlo como se merecía. La tela desapareció en algún lugar del suelo. Mi mano fue a su pantalón.

Esta vez no me detuvo.

Bien.

Porque yo ya no tenía paciencia para su control, ni para el mío, ni para esa mentira absurda de que aquello podía terminar y dejarnos iguales.

No iba a dejarnos iguales.

Lo supe cuando terminó de quitarse la ropa y volvió sobre mí.

Lo supe cuando separó mis piernas con las manos y se acomodó entre ellas.

Y lo supe, sobre todo, cuando no entró todavía.

Solo se quedó ahí, mirándome, respirando como si también estuviera al borde de algo que no sabía nombrar.

Eso me asustó más que su cuerpo.

Mucho más.

Así que hice lo único que sabía hacer cuando algo me asustaba.

Lo agarré por la nuca y tiré de él hacia mí.

—Ahora, Ash.

No fue una súplica.

No.

Jamás.

Fue una orden.

O eso intenté decirme.

Ash me besó.

Y esta vez, cuando entró en mí, no hubo sitio para ninguna mentira.

Ni para la mía.

Ni para la suya.

Me llenó de golpe, profundo, caliente, demasiado. Mi espalda se arqueó y mis dedos se clavaron en sus hombros. Ash se quedó quieto, enterrado dentro de mí, con la frente apoyada contra la mía y la respiración rota.

Quieto.

Como si también necesitara sobrevivir al primer segundo.

Eso casi me deshizo más que el movimiento.

—Muévete —dije.

Mi voz no sonó como yo.

Ash levantó la cabeza.

Sus ojos estaban oscuros, perdidos, furiosos.

Preciosos.

Qué asco.

—Denci…

—Muévete.

Y lo hizo.

Duro.

Lento al principio, como si quisiera hacerme sentir cada centímetro de la mala decisión que acabábamos de tomar. Luego más rápido, más profundo, menos controlado. La cama golpeó la pared. Mi boca encontró su cuello. Mis piernas se cerraron alrededor de sus caderas.

Ya no pensé.

No pude.

Solo existía su cuerpo, el mío, el sonido de su respiración mezclándose con la mía y esa sensación absurda de que mi cuerpo llevaba años fingiendo estar muerto y acababa de elegir el peor momento posible para despertar.

Ash dijo mi nombre.

Una vez.

Roto.

Eso fue suficiente.

Me vine con su nombre mordiéndome la lengua para no decirlo en voz alta. El mundo se inclinó, se rompió y volvió mal colocado. Ash siguió moviéndose, perdió el ritmo, perdió la calma, perdió por fin esa apariencia de hombre que siempre sabía qué hacer.

Y verlo perderse conmigo fue casi mejor que todo lo demás.

Casi.

Cuando terminó, cayó sobre mí sin aplastarme del todo, con la cara hundida en mi cuello y una mano todavía cerrada en mi cadera como si no confiara en que yo siguiera allí si me soltaba.

No me moví.

Durante unos segundos, no pude.

Luego respiré.

Fatal.

Pero respiré.

Y pensé, con una claridad horrible, que había venido a pedir explicaciones.

Qué risa.

Ahora tenía muchas más.