Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

Denci

A veces la vida te da limones y hay que tirarlos a la basura, coger unas limas y preparar un mojito.

Vamos a ver los limones.

Mi plan de celebración se convirtió en una escena de película mala con la aparición espectacular del personaje masculino que decidió jugar a “yo quiero a esta mujer y no me importa demasiado lo que ella opine”.

El personaje femenino, o sea yo, cayó como una estúpida durante unos pocos minutos.

Ya.

Pero no por cualquier beso.

Y no en cualquier boca.

Pasamos al siguiente limón: Bianca.

Mi plan genial era hacerle lo mismo que ella hacía a sus amigas. No todo, por supuesto, porque yo tenía límites y Bianca no, pero sí lo suficiente para que despertara con miedo, vergüenza y una idea bastante clara de lo que se sentía cuando otra persona decidía sobre tu cuerpo, tu noche y tu vida.

Muy educativo.

Casi poético, si una no tenía buen gusto.

El problema fue que elegí mal a mi cómplice.

El sinvergüenza, un viejo amigo llamado Ben, echó un vistazo a una Bianca dormida, escuchó tres frases sobre lo que hacía con sus amigas casadas y decidió que esa mujer tenía que ser suya.

No en el sentido normal.

Nada en Ben era normal.

Ben era muchas cosas, casi todas preocupantes, pero no era de esos hombres que necesitaban tocar a una mujer inconsciente para sentirse poderosos. Eso habría sido vulgar, y Ben tenía demasiados problemas en la cabeza como para permitirse además ser vulgar.

Lo suyo fue peor.

Dijo que iba a enderezarla.

Yo pensaba que quería castigarla, asustarla o hacerle una advertencia de esas que dejan marcas emocionales y facturas de terapia, pero no.

Ben, con toda la seguridad de un hombre que debería estar encerrado en algún sitio bonito, caro y acolchado, decidió que Bianca Ziegler iba a convertirse en la mejor esposa, madre y ama de casa del mundo.

Cerré la boca por una vez en mi vida y me marché como si tuviera a todos los demonios del infierno detrás de mí.

El tercer limón fue ese momento precioso en el que vi el coche que me seguía.

Y sí, Ash me lo había dicho, pero mi cerebro no entendió exactamente lo que significaba tener a alguien pegado a mi espalda cada vez que salía a la calle.

Ben podía arreglárselas solo. Que Ash supiera algo sobre sus negocios no podía importarle menos, y probablemente le daría igual incluso si se lo explicaban con dibujos, amenazas y una pistola encima de la mesa.

Pero yo sí tenía un problema con un par de espías a mis espaldas.

Una cosa era pedir ayuda si la necesitaba.

Otra muy distinta era tener a Ash veinticuatro horas al día detrás de mí, vigilando cada movimiento como si yo fuera una niña, una bomba o una propiedad mal cerrada.

No puse rumbo a casa después de despedirme de un Ben encantado con su nuevo proyecto doméstico.

Paré el coche, hice una búsqueda rápida en Google Mapas y encontré mi destino.

La casa de Ash.

Porque soy muy lista, pero eso ya lo sabías, ¿verdad?

Presté atención a cada detalle que escuché durante la comida en casa de su familia, y su hermana fue una fuente de información generosa, ruidosa y muy fácil de querer si una tenía debilidad por la gente que hablaba demasiado.

Verás, ella le tenía un poco, bastante, muchísima envidia por haber conseguido al gran arquitecto Valdez para que le diseñara la casa.

Yo entendía esa envidia.

También envidiaba a todos los clientes de Valdez y podía decirse que los acosaba.

Virtualmente.

No literalmente.

Bueno, depende de lo estricta que seas con la palabra acosar.

Encontrar la casa no fue difícil. De hecho, fue un juego de niños, pero solo porque yo sabía lo que tenía que buscar.

Buen barrio.

Colinas.

Agua.

Privacidad.

Y un hombre como Ash convencido de que nadie llegaría a su puerta sin que él decidiera antes quién, cuándo y por qué.

Qué mono.

Eran las cuatro de la mañana.

Una hora loca, una idea loca y, aun así, mientras detenía el coche delante de la verja y esperaba a que el guardia me diera el visto bueno, me sentí bien.

Loca, sí.

Pero correcta.

Las puertas se abrieron y conduje hasta la entrada principal.

La casa se veía bien de noche.

Grande.

Fuerte.

Demasiado perfecta para un hombre que fingía no necesitar nada.

Me tomó menos de treinta segundos salir del coche y llegar a la puerta principal.

No tuve que tocar el timbre.

Ash abrió.

Medio desnudo.

Por supuesto.

Pantalón negro. Torso descubierto. Pelo revuelto. La marca de una sábana todavía en un lado de la cara y esa calma insultante de hombre al que una mujer furiosa en su puerta a las cuatro de la mañana no le parecía una sorpresa, sino una consecuencia.

Lo miré.

No quería mirarlo.

Lo hice igual.

Hombros anchos. Pecho firme. Abdomen marcado sin necesidad de presumir de ello. Una línea oscura bajando desde el ombligo y perdiéndose en la cintura del pantalón.

Qué asco.

No él.

Mi capacidad de observación.

Ash se hizo a un lado, invitándome a pasar.

Entré.

—¿Cuál es tu puto problema, Ash?

Me miró con una ceja levantada, como si la respuesta fuera tan obvia que explicarla le diera pereza.

Luego la explicó de todos modos.

—En este preciso momento, tú.

—No. Yo ya no soy tu problema. Cometí el error de pedirte ayuda, y eso me llevó a pasar días encerrada en mi casa, a meterme en el punto de mira de la mafia rusa y a tener espías siguiéndome por la ciudad, pero ya está. Todo está arreglado.

—Y aun así estás en mi casa de madrugada.

—¡Obvio! Porque yo no soy tuya para que me toquetees cuando te da la gana.

Su mirada bajó a mi boca.

Un segundo.

Nada más.

Me puso de peor humor.

—¿Qué mierda fue eso?

Ash apoyó un hombro contra la pared, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Como si yo no estuviera a dos segundos de incendiarle la casa bonita.

—Ah, ¿no lo sabes? —dijo—. Diablos, estoy perdiendo mi toque.

—No estás perdiendo nada. Tal vez la cabeza.

Oh.

Me di cuenta del error en cuanto vi su sonrisa.

Aunque, si era honesta, Ash ya lo sabía. Lo sabía antes de que yo abriera la boca, antes de que viniera a su casa, antes de que me plantara delante de él a las cuatro de la mañana como una mujer razonable con una queja completamente normal.

Maldita sea.

—No —espeté.

—¿No?

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

Su sonrisa creció un poco. Lo suficiente para arruinarme la noche.

—¿Y por qué estás protestando, Denci?

—Por…

Mi cerebro eligió ese momento para morir.

Muy oportuno.

Ash se acercó.

No rápido.

Peor.

Con esa calma suya que hacía que todo pareciera decidido antes de que una pudiera defenderse. Di un paso atrás por instinto y mi espalda encontró la pared.

Fantástico.

Ni siquiera tuvo que empujarme.

—Qué manía tienes con las paredes —murmuré.

Ash apoyó una mano junto a mi cabeza.

—Tú has venido a mi casa.

—A quejarme.

—A las cuatro de la mañana.

—Mis quejas tienen horarios flexibles.

Su mirada bajó a mi boca otra vez, y esta vez no hizo el esfuerzo de disimularlo.

Tragué saliva.

—He venido para…

—No.

—Ash, ¿me dejas hablar?

—No, porque vas a mentir.

La frase me golpeó más que su cuerpo contra el mío habría podido hacerlo.

—No sabes lo que voy a decir.

—Sí.

Su voz bajó.

—Vas a decir que has venido por los hombres que te siguen. O por el club. O por lo que pasó con Bianca. Cualquier cosa menos la verdad.

—¿Y cuál es la verdad?

Ash acercó la boca a mi oído.

No me tocó.

No hacía falta.

—Que no viniste a recuperar tu libertad, Denci. Viniste a recuperar lo que dejé a medias.

Me reí.

Fatal.

Demasiado tarde. Demasiado alto. Demasiado falsa.

—Tú sueñas mucho, Ash.

Un segundo estaba frente a mí y al siguiente me tenía contra él.

No contra la pared esta vez.

Contra su cuerpo.

Peor.

Mucho peor.

—No —dijo, con la boca demasiado cerca de la mía—. Duermo poco.

Iba a contestar.

De verdad.

Tenía una respuesta.

Probablemente buena.

Probablemente cruel.

Pero Ash me besó y mi cuerpo, que últimamente estaba tomando decisiones sin consultar con nadie, abrió la boca bajo la suya.

El beso no explotó.

Yo sí.

No fue como el beso del club, ni como el del cuarto de empleados, ni como esa cosa breve, pública y ridícula que hice delante de mis amigos para convencerlos de que no me estaba marchando con un desconocido peligroso.

Esto fue peor.

Porque no había público.

No había excusa.

No había Bianca, ni rusos, ni familia, ni una mujer rubia esperando en una mesa para que yo pudiera fingir que estaba enfadada por otra cosa.

Solo Ash.

Su boca.

Mis manos cerrándose en su pecho como si quisiera apartarlo.

Mentira.

No lo aparté.

Lo agarré.

La piel bajo mis dedos estaba caliente. Firme. Demasiado real. Y él estaba medio desnudo, claro, así que no había tela suficiente entre mi rabia y su cuerpo para ayudarme a mantener una sola idea decente.

Ash me besó más profundo.

Yo hice un sonido pequeño, involuntario y horrible.

Él lo tragó como si lo hubiera estado esperando.

Su mano subió por mi espalda y se cerró en mi nuca, no para sujetarme a la fuerza, sino para inclinarme la cabeza justo como quería. Eso me habría molestado muchísimo si no hubiera funcionado tan bien.

Le mordí el labio.

No mucho.

Lo suficiente para recordarle que seguía siendo una persona peligrosa y no una mujer cualquiera deshaciéndose contra él a las cuatro de la mañana.

Ash soltó un sonido bajo.

No fue dolor.

No del todo.

Eso me gustó demasiado.

Me empujó entonces contra la pared del pasillo, esta vez sin cuidado disfrazado de educación. Su cuerpo llegó conmigo, alto, duro, caliente, y la pared a mi espalda dejó de parecer una amenaza porque lo tenía delante.

Qué desastre de evolución personal.

—Creía que venías a quejarte —murmuró contra mi boca.

—Eso hago.

Su mirada bajó a mis manos, cerradas en su pecho.

—Se nota.

Lo odié.

Me besó otra vez antes de que pudiera decirlo.

Mis manos bajaron por su pecho, por su abdomen, por esa línea absurda que había visto al entrar y que no había querido mirar. La seguí con los dedos porque, al parecer, mi dignidad se había quedado en el coche junto con cualquier plan razonable.