Capítulo 18 #2
Eso fue lo que hizo que la risa se me muriera despacio.
—No hablas en serio.
—Muy en serio.
—Ash, los hombres como tú no hacen eso.
Su mirada bajó a mi boca.
Luego volvió a mis ojos.
—Los hombres como yo hacen lo que quieren.
La frase me golpeó mal.
No por él.
O no solo por él.
Porque los hombres siempre hacían lo que les daba la gana. Con una copa, una puerta cerrada, una mano demasiado segura o una sonrisa que llegaba tarde. Y durante un segundo, el calor se mezcló con algo mucho más feo.
Ash lo vio.
Claro que lo vio.
Su voz bajó.
—Solo tienes que decir no.
Maldición.
Eso fue peor.
Porque no sonó a promesa bonita.
Sonó a control.
Del suyo.
Del que no necesitaba gritar, ni empujar más fuerte, ni demostrarme que podía quitarme el cuchillo antes de que yo pensara en usarlo.
—Cuidado —dije.
—Estoy teniendo cuidado.
Y lo peor era que parecía verdad.
Miré hacia el club. Bianca seguía en la mesa, demasiado cerca de su amiga, sonriendo como si el mundo estuviera lleno de mujeres que podía convertir en dinero.
No tenía mucho tiempo.
Ash siguió mi mirada.
—Cinco minutos —dijo—. Después vas a por Bianca.
Volví la cabeza hacia él.
—¿Y después fingimos que esto no ha pasado?
—No.
—¿No?
—Después vas a intentar fingirlo tú.
Maldición.
Lo odié.
De verdad.
Con ganas.
Con calor.
Con una parte de mi cuerpo que no debería opinar sobre asuntos de odio.
—Ok. Vamos.
—Ok.
No dudó.
No hizo una broma.
No sonrió.
Tragué saliva y lo odié por notarlo.
Era solo su boca.
Nada de besos.
Nada de manos donde yo no quisiera.
Nada que no pudiera borrar después con una ducha, una copa y, tal vez, un asesinato pequeño.
—Vale —dije—. Pero no esperes que lo disfrute.
Ash me miró como si acabara de decir la cosa más tonta de la noche.
Y luego bajó de rodillas.
Maldición.
Si los demonios existieran, tendrían esos ojos.
No por el color. Bueno, también por el color, porque era injusto que un hombre tuviera unos ojos así y encima supiera usarlos. Era la mirada. La calma. Ese brillo de maldad tranquila, como si ya supiera lo que iba a pasar y solo estuviera esperando a que yo dejara de mentirme.
Verlo ahí fue peor de lo que debería haber sido.
Un hombre como Ash, tan alto, tan oscuro, tan acostumbrado a mandar, arrodillado delante de mí en un pasillo sucio de un club, con una mano cerca de mi muslo y los ojos clavados en los míos como si aquello no fuera rendición.
Como si siguiera teniendo el control.
No.
Peor.
Como si lo tuviera más que antes.
Su mano encontró el borde de mi falda.
Me quedé quieta. No porque quisiera, sino porque mi cuerpo, el traidor, decidió escuchar antes que yo.
Ash no apartó los ojos de los míos mientras sus dedos subían despacio, rozando mi muslo, apartando la tela con una paciencia ofensiva, como si tuviera toda la noche y no hubiera una mujer asquerosa a punto de escaparse a pocos metros de nosotros.
—No tengo toda la noche, ¿recuerdas? —espeté.
Su sonrisa apareció un segundo.
Solo uno.
Suficiente para que entendiera que había cometido un error.
No por dejarlo.
No.
Por provocarlo.
Ash inclinó la cabeza y su aliento me rozó la piel.
Me agarré a la pared.
Por dignidad.
Mentira.
Por supervivencia.
—Ash…
No sé qué iba a decir.
Da igual.
Su boca me encontró y todas las palabras se fueron a la mierda.
Supe que estaba perdida en el primer segundo.
En el segundo puse una mano en su pelo.
En el tercero dejé de fingir que aquello no me estaba matando.
Él no tenía prisa.
Ese fue el problema.
No se movía como un hombre buscando algo para sí mismo. No. Se movía como si estuviera aprendiendo cada reacción, cada respiración, cada maldito temblor que yo intentaba esconder y fallaba en esconder.
Y cada vez que intentaba recuperar el aire, él cambiaba apenas.
Lo justo.
Lo suficiente.
Como si no necesitara fuerza para desmontarme.
Como si le bastara con prestar atención.
Me odié.
Lo odié más.
—No… —murmuré, aunque no sabía si estaba negando, avisando o intentando conservar algo de orgullo.
Ash no paró.
Porque no le había dicho que parara.
Maldito hombre atento.
Maldito demonio.
Le clavé los dedos en el pelo y lo mantuve allí, justo donde mi cuerpo decidió que el mundo terminaba y empezaba otra cosa mucho peor. Algo caliente. Ridículo. Imposible de controlar.
Ya sabemos que nada me enciende, ¿verdad?
Mentira.
Ash lo hizo.
En menos de dos minutos.
Un minuto y treinta segundos, si queremos ser humillantes y precisos.
Cuando me rompí, tuve que morderme el labio para no decir su nombre.
Eso sí que no.
Prefería morir.
Ash se puso de pie con mis manos todavía en su pelo, como si yo tuviera algún derecho a sujetarlo después de aquello. Me rodeó la cintura antes de que mis rodillas hicieran algo vergonzoso y me sostuvo contra su cuerpo.
Entonces lo sentí.
No había conseguido lo que quería.
O sí.
Depende de cómo se mire.
Estaba duro.
Mucho.
Demasiado.
Maldición.
Su boca rozó mi oído.
—Eres muy dulce, Denci.
Cerré los ojos.
Solo un segundo.
—Que te jodan —dije.
Fue todo lo que conseguí sacar.
Muy digno.
Muy mío.
Muy patético, teniendo en cuenta que seguía intentando recordar cómo se respiraba.
Ash soltó una risa baja contra mi piel.
No debería haberme gustado.
Obviamente me gustó.
Su mano subió a mi nuca, no para besarme, no para pedirme nada, solo para obligarme a mirarlo mientras mi cuerpo seguía fingiendo que pertenecía a una mujer con algún tipo de autoridad sobre sí misma.
—Tu objetivo está a punto de marcharse.
Eso me devolvió al cuerpo.
Al club.
A Bianca.
A la razón por la que estaba allí antes de que Ash decidiera arruinarme el sistema nervioso con la boca.
Lo empujé.
No mucho.
Lo suficiente para fingir que podía hacerlo.
—Apártate.
Ash se apartó.
Demasiado tranquilo.
Demasiado satisfecho.
Lo odié otra vez, gracias a Dios.
Ya me iba cuando su voz me alcanzó.
—Denci.
Me giré.
—¿Qué?
Levantó la mano.
Entre sus dedos colgaba mi tanga. Pequeño. Negro.
—¿No quieres que te la devuelva?
Lo miré.
Luego miré la tela.
Luego volví a mirarlo a él.
Mi dignidad estaba en el suelo, mi respiración seguía rota y Bianca estaba a punto de largarse.
Así que hice lo único que podía hacer.
Me encogí de hombros.
—Guárdala. Puedes usarla como inspiración más tarde.
Y me fui antes de que tuviera tiempo de sonreír.