Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

Denci

Diario de una mujer loca.

Ash dijo una semana.

Después dijo otra.

Y yo, por razones que todavía no entiendo y que algún día pienso investigar con violencia, acepté.

Pero ya no podía más. Necesitaba salir o morir, y como morirme me parecía una derrota bastante vulgar, hice lo más sensato.

Esperé.

Día 14: recibí un mensaje.

Ash: Problema resuelto.

Y así, sin más detalles, sin una llamada, sin una explicación decente, recuperé mi vida.

Mi libertad.

Mi paz.

Quería celebrar, obvio.

No de una forma normal. Una mujer normal habría salido a comer con amigas, habría comprado un vestido, habría respirado aire fresco y habría dicho algo ridículo como “qué bien me sienta volver a la rutina”.

Yo no tenía rutina.

Tenía una lista.

Y llevaba catorce días de retraso.

Abrí mi laptop y eché un vistazo, aunque ya sabía a quién iba a elegir.

Bianca Ziegler.

Treinta años, niña de papá, influencer de día e hija de puta de noche. No exactamente. Su madre era una buena mujer y no había razón alguna para culparla de la maldad de su hija.

La especialidad de Bianca no eran los hombres.

Eran las amigas.

Las elegía casadas, felices o lo bastante asustadas para creer que tenían algo que perder.

Les ponía algo en la copa, las dejaba en manos de hombres que no preguntaban demasiado y, cuando despertaban con la vida hecha pedazos, Bianca aparecía con pruebas, una sonrisa y una cuenta bancaria donde ingresar el silencio.

Así que me vestí.

No demasiado provocadora.

Solo lo suficiente.

Y fui al club donde le encantaba destruir la vida de sus amigas.

Que también era el mismo club al que no debería ir, pero ya sabemos que me gusta jugar con fuego cuando alguien acaba de devolverme las cerillas.

Era ruidoso y oscuro, como siempre.

Reconocí a Bianca en un abrir y cerrar de ojos.

Era hermosa. Vestido negro, elegante. No vulgar. Elegante, que era peor, porque la maldad siempre resultaba más ofensiva cuando sabía vestirse bien.

Estaba en una mesa, sonriendo a su amiga y al hombre que la acompañaba, pero cada pocos segundos sus ojos se iban hacia la derecha.

Seguí su mirada y vi lo que le había llamado la atención.

Un hombre.

No cualquier hombre.

Mi hombre.

Espera.

¿Qué?

¿Desde cuándo Ash era mi hombre?

No era mío. Ni siquiera era mi novio falso. Ni amigo. Ni nada. ¿Y qué si me había besado? Había besado a muchos hombres en mi vida. Ash no significaba nada.

Podía ignorarlo porque no importaba y yo tenía un trabajo que hacer.

Suspiré y me encaminé hacia Bianca.

No llegué a dar más de dos pasos.

Ash apareció delante de mí como si el club lo hubiera escupido desde las sombras.

Lo odié.

Era demasiado alto, maldita sea. Me obligaba a levantar la cabeza para mirarlo, y eso ya me parecía una falta de respeto.

—Esta noche no, Denci.

Me quedé quieta.

No porque obedeciera.

Porque no lo había visto venir.

Ash estaba delante de mí, demasiado cerca, demasiado tranquilo, con esa calma suya que siempre parecía una amenaza educada.

—¿Perdona?

—Ahora no.

—¿Acaso no dijiste que era libre?

—Dije que el problema estaba resuelto. No que podías venir a mi club a buscar otro.

Mi club.

Claro.

Miré por encima de su hombro.

La rubia seguía en la mesa, con una pierna cruzada sobre la otra, una sonrisa preparada y la paciencia de una mujer que sabía exactamente para qué la habían elegido esa noche.

Guapa.

Muy guapa.

Eso no me importó.

Nada.

Ni un poco.

La sensación rara en mi pecho opinó otra cosa.

La ignoré.

—Parece que estabas ocupado.

Ash no miró hacia atrás.

Eso fue peor.

—Lo estaba.

La respuesta me dio donde no debía.

Qué ridículo.

Qué ofensivo.

Qué ganas de romper algo.

—Pues no dejes que te detenga.

Sus ojos bajaron a mi boca.

Luego volvieron a los míos.

—Ya lo hiciste.

Ah.

Eso no era una respuesta.

Era una acusación.

Tragué saliva antes de poder evitarlo y lo odié por verlo.

—Tengo un trabajo que hacer.

—Lo sé.

Me tensé.

—¿Lo sabes?

—Sé que saliste de casa hace cuarenta y dos minutos. Sé que entraste aquí con otro nombre, otro pelo y una intención bastante mala. También sé que Bianca Ziegler lleva veinte minutos haciendo exactamente lo que esperabas que hiciera.

El aire se me enfrió en los pulmones.

No por miedo.

Por rabia.

—Me estás vigilando.

—Sí.

Lo dijo sin vergüenza. Sin disculpa. Sin una sola grieta.

—Qué bonito. ¿Hay flores también o solo control enfermizo?

—Doce días —dijo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Doce días sin un mensaje.

No supe qué decir.

Y eso sí fue un problema.

—Ni gatos —continuó—. Ni vestidos. Ni amenazas absurdas. Ni compras que no necesitabas. Nada.

Oh.

Mierda.

Esto no iba de Bianca.

Ni del club.

Esto era mucho peor.

Sonreí porque no tenía otra arma a mano.

—¿Me echabas de menos?

Ash no sonrió.

Ni un poco.

—Ten cuidado.

Demasiado bajo.

Demasiado serio.

La rubia se movió detrás de él, quizá cansada de esperar. Yo no la miré. No podía. Si la miraba, iba a hacer algo estúpido, y esa noche ya tenía un trabajo esperando.

—Vuelve con ella —dije.

—No.

—¿Por qué?

Ash se acercó un paso.

Yo no retrocedí, pero mi espalda entendió antes que yo que ya no había sitio.

—Porque no es ella.

La frase me golpeó en un sitio absurdo.

No el corazón.

Qué horror.

Más abajo.

Peor.

Miré por encima de su hombro, hacia la rubia, hacia Bianca, hacia cualquier cosa que no fuera él.

—Tengo trabajo.

—Lo sé.

—Entonces apártate.

—No.

—Ash.

—Doce días, Denci.

Su mano se cerró alrededor de mi muñeca.

Firme.

Sin hacerme daño.

Suficiente para recordarme que podía soltarme si quería.

No lo hice.

Ese fue mi primer error.

Ash me llevó hacia la parte trasera del club, lejos de la música, de la gente, de Bianca y de la rubia que, por lo visto, ya no tenía ninguna utilidad.

No fuimos muy lejos. Solo lo suficiente para que las luces bajaran, el ruido se volviera un golpe sordo y una cuerda roja separara a los clientes de un pasillo estrecho reservado al personal.

—Ash.

No contestó.

—Si esto es otra de tus lecciones, te juro que…

Me giró contra la pared.

No fuerte.

Peor.

Con cuidado.

Como si incluso enfadado supiera exactamente cuánto podía empujar antes de cruzar una línea.

Eso me dejó sin aire un segundo.

No por el golpe.

Por la memoria.

Mi mano fue directa al muslo, donde llevaba el cuchillo.

Ash bajó la mirada.

Lo vio.

Claro que lo vio.

Luego volvió a mis ojos.

Y no se apartó.

—No —dijo en voz baja.

Una palabra.

No para mi cuchillo.

Para mí.

Para esa parte de mí que todavía confundía una pared con una jaula, una mano con una amenaza y a un hombre demasiado cerca con el principio de algo que no pensaba volver a vivir.

Me quedé inmóvil.

Ash también.

No me quitó el cuchillo. No me agarró la mano. No intentó demostrarme que podía.

Eso fue peor.

Porque podía.

Los dos lo sabíamos.

Y aun así esperó.

Su cuerpo no me tocaba, no del todo, pero estaba ahí, demasiado cerca, demasiado real y demasiado enfadado para fingir que aquello era solo protección.

—Mírame.

No obedecí enseguida.

Por orgullo.

Por rabia.

Por esa cosa vieja que me cerraba la garganta y no tenía nada que ver con él hasta que él decidió ponerse tan cerca.

—Denci.

Mi nombre no sonó suave.

Tampoco sonó bonito.

Sonó como una orden que él mismo estaba intentando no convertir en otra cosa.

Levanté la mirada.

Sus ojos estaban oscuros, quietos, demasiado controlados para un hombre que me había llevado a un pasillo solo porque yo había dejado de escribirle durante doce días.

—Doce días sin saber de ti —dijo—. Y cuando por fin sales, vienes aquí.

—Estaba trabajando.

—No. Estabas ardiendo.

Quise reírme.

No me salió.

—No sabes nada de lo que hago cuando ardo.

—Sé bastante.

Su voz bajó un poco más.

—Sé que miraste a esa mujer como si quisieras arrancarle la piel. Sé que miraste a Bianca como si ya hubieras decidido qué parte de su vida ibas a romper primero. Y sé que me miraste a mí como si te molestara encontrarme con otra.

Eso sí me hizo reír.

Mal.

Tarde.

—No te des tanta importancia.

Ash bajó los ojos a mi boca.

Luego a mi cuerpo.

Luego volvió a mirarme.

—Estaba a punto de irme con ella.

—Felicidades.

—A dejar que se arrodillara delante de mí.

La imagen me golpeó antes de que pudiera fingir que no.

La rubia.

Su boca.

Él.

Qué asco.

Qué ridículo.

Qué ganas de romper algo que no tuviera nada que ver conmigo.

—Entonces vuelve con ella —dije—. No sé por qué pierdes el tiempo conmigo.

Ash se inclinó apenas.

No me tocó.

No todavía.

—Porque no era ella.

Maldición.

Eso fue peor que la imagen.

Porque no lo dijo como una frase bonita. No intentó seducirme. No sonrió. Solo lo dejó ahí, entre nosotros, como si fuera un hecho y no una forma muy eficaz de arruinarme la respiración.

—Entonces tienes un problema —dije.

—Sí.

No intentó negarlo.

Eso me molestó más.

—Y ahora lo tienes tú.

Levanté la barbilla.

—¿Eso es una amenaza?

—No.

Su mano libre bajó despacio, no hasta tocarme, solo hasta quedarse cerca de mi muslo, demasiado cerca del cuchillo y de todo lo demás.

—Es justicia.

Solté una risa baja.

—Qué palabra tan bonita para un hombre que acaba de ponerme contra una pared.

—Si quisiera ponerte contra una pared de verdad, Denci, no tendrías dudas.

La forma en que lo dijo me cortó la respiración otra vez.

Mala señal.

Muy mala.

—Pues si crees que voy a arrodillarme porque tu rubia se quedó con las ganas, estás peor de lo que pensaba.

Ash me miró en silencio.

Muy quieto.

Muy serio.

Y eso fue lo que hizo que mi pulso tropezara.

—No he dicho que fueras tú a arrodillarte.

Parpadeé.

Una vez.

Despacio.

Oh.

No.

No, no, no.

—Ash.

—Esta vez no vas a dar nada, Denci.

Su mirada bajó a mi boca.

Luego volvió a mis ojos.

—Vas a recibir.

No pude evitarlo.

Me reí.

Una risa real, incrédula, estúpida, que me salió de algún sitio donde todavía quedaba una mujer con ganas de burlarse de los hombres antes de que intentaran decepcionarla.

Ash no sonrió.

Ni un poco.