Capítulo 17 #2
Denci dejó el vaso sobre la mesa.
—A varias cosas.
—Qué interesante.
No lo dijo como si fuera interesante. Lo dijo como si “varias cosas” significara nada.
—Ash siempre ha estado rodeado de mujeres que entienden este mundo —continuó Marcy—. Familias conocidas, buena educación, discreción. Ya sabes, esas cosas que no se aprenden solo siendo guapa.
Mi madre, que hasta ese momento había estado ignorando a Denci con una educación impecable, levantó apenas la mirada.
Lo suficiente para escuchar el accidente.
Denci parpadeó una vez y luego se giró hacia mí con la cara más preocupada que le había visto en toda la mañana.
—Oh, Dios mío, Ash.
Me quedé quieto.
Mala señal.
—Lo siento muchísimo —dijo.
—¿Por qué?
—No sabía que graduarme en la Universidad de Sídney y dirigir X Marketing no era suficiente para sentarme a tu lado.
El silencio fue limpio.
Marcy perdió la sonrisa durante medio segundo. Mi madre levantó la cabeza del todo. Mi hermana dejó escapar una risa pequeña y se tapó la boca demasiado tarde.
Yo miré a Denci.
X Marketing.
Conocía esa empresa.
Todo el mundo la conocía. Una de las agencias más caras de la ciudad. Agresiva, rápida, discreta. Hacían campañas que parecían simples hasta que te dabas cuenta de que ya habías comprado lo que vendían antes de saber que te lo estaban vendiendo.
Y yo no había encontrado su nombre en ningún sitio.
Nada.
Ni un papel.
Ni una firma.
Ni una foto.
Ni una puta línea.
Denci me sonrió, dulce, falsa, terrible.
—Espero que puedas perdonarme.
Maldita mujer.
No estaba respondiendo a Marcy.
Me estaba castigando a mí.
Y lo peor era que se lo merecía.
—Lo intentaré —dije.
Su sonrisa creció un poco.
—Gracias, cariño.
Cariño.
Delante de mi madre, de Marcy y de mi abuela.
Mi hermana se rindió y empezó a reírse de verdad.
Marcy recuperó la compostura, pero ya era tarde. La mesa había cambiado de aire. Mi madre miraba a Denci como si acabara de descubrir que la copa que llevaba media hora ignorando era de cristal caro.
Eleonor no dijo nada. Solo cogió la copa de vino y brindó en silencio hacia Denci.
Muy poco.
Casi nada.
Pero Denci lo vio.
Por supuesto que lo vio.
Levantó su vaso de agua y le devolvió el gesto sin exagerar, como si entendiera perfectamente cuándo una guerra se ganaba con una sonrisa y cuándo con un expediente académico.
Yo apoyé la mano en el respaldo de su silla.
No para controlarla.
Esta vez no.
—Pudiste decírmelo —murmuré.
Denci no me miró.
—Pudiste investigar mejor.
Golpe justo.
No me gustó.
Me gustó muchísimo.
Y eso sí fue un problema.
Nunca me gustaron las comidas familiares.
Demasiadas preguntas. Demasiadas cosas que prefería no ver o saber. Demasiadas personas fingiendo que una mesa larga, vino caro y niños corriendo por el jardín convertían todo aquello en algo normal.
Pero ninguna fue tan incómoda como esta.
Y no porque Denci hubiera cometido un error.
Ese era el problema.
No lo había cometido.
La culpa era mía.
Bueno.
Mía y de ella.
Porque la maldita mujer no paraba de tocarme.
No de una forma obvia. No como en el club, cuando se había sentado en mi regazo delante de Viktor Orlov y había convertido una amenaza en una escena absurda. Aquí era peor porque parecía natural.
Una mano en mi brazo mientras se inclinaba para escuchar a mi hermana. Los dedos rozándome la muñeca cuando me pedía que le pasara la sal. Su rodilla contra la mía bajo la mesa. El hombro pegado al mío cuando reía por algo que Leo había dicho.
Pequeños contactos.
Nada.
Todo.
Mi cuerpo reaccionó como si yo tuviera quince años y no treinta y cinco. Como si la noche anterior no hubiera llevado a dos mujeres a mi cama. Como si no supiera distinguir entre deseo, estrategia y una mujer jugando con ventaja.
Pero con Denci era distinto.
Esa era la parte que me estaba jodiendo.
Porque no parecía estar haciéndolo a propósito.
Denci podía usar el cuerpo como un arma. Eso ya lo sabía. La había visto hacerlo. La había sentido hacerlo. Sabía cuándo una sonrisa suya era un anzuelo y cuándo una mano en la camisa era un desafío.
Esto no era eso.
O no del todo.
Estaba cómoda.
Dios.
Esa era la palabra.
Denci estaba cómoda a mi lado.
Y cada vez que me tocaba como si fuera normal, como si mi brazo, mi hombro o mi pierna fueran lugares a los que podía volver sin pensarlo, yo tenía que recordarme que aquello era una mentira.
Una cobertura.
Una maldita operación para que Viktor Orlov no decidiera comprobar cuánto valía ella para mí.
El problema era que mi cuerpo no entendía de operaciones. Ni de rusos. Ni de mentiras útiles.
Mi cuerpo entendía que Denci olía a algo suave y floral, que llevaba el pelo suelto y que, cada vez que se inclinaba hacia mí para murmurar una barbaridad con una sonrisa educada, yo quería ponerle la mano en la nuca y sacarla de aquella mesa.
No para protegerla.
O no solo para eso.
El camino de vuelta fue peor que el de ida.
Denci estaba callada otra vez, pero ya no era el mismo silencio. El de antes había tenido nervios. Este tenía cansancio, orgullo satisfecho y algo más que no quise mirar demasiado de cerca.
Se había quitado los zapatos nada más entrar en el coche. Los dejó sobre la alfombrilla, cruzó las piernas sobre el asiento y apoyó el bolso en el regazo como si hubiera sobrevivido a una guerra diplomática y quisiera conservar el trofeo.
—Bueno —dijo al fin.
La miré de reojo.
—Bueno, ¿qué?
—No seas insoportable. Sabes qué.
Volví la vista a la carretera.
—Lo hiciste bien.
Denci se quedó quieta.
Solo un segundo.
Pero lo vi.
—Qué respuesta tan seca.
—Era una pregunta seca.
—Yo soy muchas cosas, Ash, pero seca no.
No respondí.
Ella suspiró y miró por la ventanilla. El sol le daba en el pelo suelto y me obligué a no mirar más de lo necesario.
Ya había cometido suficientes errores durante la comida. Uno había sido permitir que Denci me tocara como si aquello fuera real. Otro, mucho peor, había sido no apartarla.
—Tu abuela me odia menos de lo esperado —dijo.
—Mi abuela no odia a la ligera.
—Entonces ha sido una evaluación profesional.
—Algo así.
Denci sonrió un poco.
—Tu hermana me adora.
—Mi hermana adora a cualquiera que entienda sus obsesiones.
—Eso es mentira. Tiene buen gusto.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
El silencio volvió unos segundos.
Luego Denci giró la cabeza hacia mí.
—¿Entonces?
No tuve que preguntar esta vez.
—No.
Su sonrisa se apagó.
—Ash.
—No.
—He pasado la comida. He sonreído. He sido encantadora. He soportado a Marcy sin lanzarle un cuchillo de mantequilla. He llevado un regalo. He dejado que tu abuela me mirara como si estuviera intentando decidir si servía para decoración o para abono para sus rosas.
Hizo una pausa.
Pequeña.
Peligrosa.
—Creo que merezco algo.
—Sigues viva.
—Qué generoso. ¿Lo envuelves o me lo llevo así?
Apreté las manos en el volante.
No quería hacerlo.
Esa era la parte que más me molestaba. Ordenarle que se quedara encerrada había sido fácil cuando estaba borracha, furiosa y a dos pasos de cometer otro error. Ahora no.
Ahora iba sentada a mi lado, descalza, con el vestido arrugado en las rodillas y la cara más tranquila que le había visto desde que la conocía.
Y aun así tenía que hacerlo.
—Una semana más —dije.
Denci no habló.
Eso fue peor.
—No.
—Sí.
—No me hagas esto.
La frase salió baja.
Sin veneno.
Sin teatro.
Y me golpeó más fuerte de lo que debía.
—Denci.
—No uses ese tono. No después de meterme en tu casa, en tu familia, en tu mentira y en tu maldito coche caro. No después de decirme que lo he hecho bien.
Me miró.
Sus ojos no estaban dulces. No estaban suplicando. Eso habría sido más fácil.
Estaban enfadados.
—Dijiste una semana.
—Lo sé.
—Entonces cumple tu palabra.
—No puedo.
—¿Por qué?
Giré hacia su calle y reduje la velocidad.
Su edificio apareció al fondo, ladrillo oscuro, ventanas grandes, demasiado bonito para parecer una fortaleza y demasiado fortaleza para ser solo bonito.
Aparqué frente a la entrada y apagué el motor.
Solo entonces la miré.
—Porque Viktor sigue interesado en ti.
—Qué honor.
—Entraste donde no debías y yo te protegí delante de él. Eso lo convirtió en su problema.
—¿Me estás culpando de que seas protector?
—Te estoy diciendo que Viktor vio algo que no entiende. Y los hombres como Viktor no dejan cosas sin entender.
El coche se quedó demasiado silencioso.
Denci apartó la mirada hacia su edificio.
—Una semana más —dijo, como si la frase le supiera mal.
—Sí.
—Te odio.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Te odio de verdad.
No discutí.
Rodeé el coche y abrí su puerta. Esta vez no protestó. Recogió los zapatos con una mano, el bolso con la otra y salió sin mirarme.
La acompañé hasta la entrada.
Una cerradura. Otra. El panel. La cámara.
Todo correcto.
Nada suficiente.
Denci abrió la puerta, pero no entró enseguida.
—¿La comida no sirvió de nada?
La miré.
El vestido. El pelo. La boca seria.
Todo lo que había pasado esa tarde y todo lo que no podía permitirme pensar.
—Sí sirvió.
—Entonces déjame salir.
Me acerqué un poco.
No la toqué.
—No. El problema no está resuelto. Te necesito fuera de vista por una semana más.