Capítulo 17
Ash
¡Maldita mujer!
No había dicho casi nada desde que había subido al coche.
Eso, viniendo de Denci, era preocupante.
La miré de reojo al detenernos en un semáforo. Iba sentada con la espalda recta, las piernas cruzadas y la bolsa negra de regalo apoyada sobre el regazo.
El vestido le caía alrededor del cuerpo con una suavidad que no tenía nada que ver con la mujer que, seis noches antes, se había sentado en mi regazo delante del jefe de la mafia rusa y había convertido una sala llena de hombres en su escenario personal.
Hoy llevaba el pelo suelto.
Ese era el problema.
No el vestido. No la boca. No la forma en que miraba por la ventanilla fingiendo que no estaba midiendo cada calle.
El pelo.
Siempre lo llevaba recogido, apartado del rostro, práctico. Preparado para correr, mentir o pelear. Suelto, en ondas oscuras sobre los hombros, hacía que la mentira pareciera otra cosa.
Una mujer camino a comer con una familia.
Apreté los dedos en el volante.
Denci giró apenas la cabeza.
—Vas a romperlo.
Aflojé la mano.
—Estás callada.
—Estoy practicando una personalidad adecuada.
—No exageres.
—¿Cuál prefieres? ¿Educada con tendencia al crimen o encantadora con posibles antecedentes?
—La que no mencione el crimen.
Se encogió de hombros.
Jesús.
Yo había visto venir problemas desde el primer momento.
Gerry me había hablado de clientes desapareciendo en circunstancias raras, y yo había buscado a un rival. A alguien limpiando terreno. A alguien enviando un mensaje. A alguien jugando a ser más listo de lo conveniente.
Encontré a Denci.
Durante un rato, eso me impresionó.
Después entendí que podía complicarme la vida.
Tuve razón.
Podría haberla ignorado y ahora estaría llegando solo a la comida familiar, sin rusos, sin mentiras y sin una mujer con un vestido blanco de flores sentada a mi lado como si todo aquello no fuera a estallar en cualquier momento.
Pero no la ignoré.
Porque me intrigó.
Porque no era normal encontrar a una mujer capaz de matar con sangre fría y sonreír un minuto después como si acabara de ganar una partida.
Era retorcida.
Y yo debía de estar peor, porque una parte de mí seguía impresionada.
—Necesitamos tener nuestra historia preparada —dijo.
—No hace falta.
Denci giró la cabeza hacia mí.
—Sí hace falta. No me dejarás improvisar, tu familia va a preguntar y a mí me gusta tener las respuestas preparadas.
Suspiré.
No iban a preguntarle nada importante.
La iban a mirar. La iban a medir. Le iban a sonreír con educación, que en mi familia podía ser mucho peor que un insulto, y después la colocarían en una categoría cómoda.
Temporal.
Bonita.
Problema mío.
No lo que querían para mí.
Como primogénito, heredero y solución oficial para todas las crisis familiares desde que tenía edad suficiente para entender que la palabra responsabilidad era una condena con buena prensa, se esperaba que terminara con una mujer de nuestro círculo.
Alguien conocida.
Alguien correcta.
La hija de mi madrina, por ejemplo, que mi madre llevaba empujándome en todas las cenas familiares desde que cumplimos quince años. O la hija del juez Truman, con un apellido útil, una educación impecable y la personalidad exacta de una lámpara cara.
Denci no era nada de eso.
Denci había matado hombres, me había mentido en la cara, se había sentado en mi regazo delante de Viktor Orlov y ahora iba a conocer a mi abuela con el pelo suelto y un regalo en una bolsa negra.
No iban a preguntarle cuándo nos conocimos.
Primero intentarían entender qué diablos estaba haciendo yo con ella.
—Ash —dijo.
La miré de reojo.
—¿Qué?
—Has puesto cara de funeral familiar.
—Estoy pensando.
—Eso explica el ambiente.
—Déjame hablar a mí si preguntan algo complicado.
Denci sonrió.
Ahí estaba.
El problema.
—Cariño, conmigo todo es complicado.
La verja se abrió con un zumbido bajo y conduje hasta la entrada principal.
Denci seguía callada.
Aparqué y apagué el motor. Antes de que pudiera abrir su puerta, rodeé el coche y lo hice yo.
Me miró desde el asiento.
—No te acostumbres.
—Aún no he decidido si vale la pena.
Su boca se movió un poco, como si fuera a contestar, pero no llegó.
Un gruñido salió desde el lateral de la casa.
Denci se quedó quieta.
No gritó. No retrocedió. No hizo nada que cualquiera pudiera señalar y llamar miedo.
Rocco apareció desde el jardín.
Grande, gris, feo como el pecado y con la cara de haber nacido para morder a personas que hacían preguntas estúpidas. Tenía una oreja partida y una cicatriz sobre el hocico. El perro de mi abuela llevaba años convencido de que aquella casa le pertenecía más que a nadie.
Denci dejó de respirar.
Me puse delante de ella.
—Rocco.
El perro se detuvo y gruñó otra vez.
—Fuera.
Rocco me miró con desprecio.
—Ahora.
Resopló, giró la cabeza y se alejó hacia el jardín con la dignidad ofendida de un animal al que acababan de recordar que no mandaba tanto como creía.
No dije nada.
Denci tampoco.
Cuando me giré hacia ella, ya había recuperado la cara.
Casi.
Se puso de puntillas y me dio un beso en la mejilla.
Rápido. Suave. Tan inesperado que me quedé quieto un segundo de más.
Su perfume me llegó antes de que pudiera apartarme. En el club había olido más oscuro, más peligroso. Hoy era algo dulce, floral, limpio.
Otra mentira.
—Mi héroe —murmuró.
No respondí.
No porque no hubiera oído.
Porque sí había oído.
Y ese era precisamente el problema.
Denci sonrió como si no acabara de mostrarme una grieta pequeña y peligrosa, como si ese beso hubiera sido una broma más y no algo que mi cabeza decidió guardar sin pedirme permiso.
Desde la puerta principal, habló mi abuela.
—Rocco solo muerde a la gente que no le gusta.
Denci se giró hacia ella.
—Entonces tenemos algo en común.
Eleonor no sonrió. Sus ojos pasaron de Denci a mí, después a la distancia entre nosotros, demasiado poca para que no notara nada.
—Eso habrá que verlo —dijo.
Denci levantó la bolsa negra.
—He traído regalo.
Mi abuela miró la bolsa.
Luego a Denci.
—¿Para quién?
—Para usted.
—¿Por qué?
Denci sonrió, educada y terrible.
—Porque la última vez que nos vimos me llamó mujerzuela y no quiero que piense que además soy maleducada.
El silencio fue exacto.
Mi abuela la miró durante dos segundos.
Tres.
Después se hizo a un lado.
—Pasa, Denci.
Entramos en la casa y Denci lo hizo sonriendo. Solo dudó cuando puse una mano en la parte baja de su espalda.
No para sujetarla.
No exactamente.
Solo para guiarla por la casa de mi abuela, que era grande, vieja y llena de gente que sabía mirar sin parecer maleducada.
Denci notó mi mano.
Por supuesto que la notó.
Pero no dijo nada.
Eso me preocupó más que si me hubiera amenazado.
A mi abuela le encantó el regalo, aunque no lo mostró. Eleonor podía mirar una cosa preciosa como si estuviera evaluando si merecía sobrevivir al invierno. Pero no la apartó. La dejó sobre la mesa pequeña junto a su sillón favorito, y eso, viniendo de ella, era casi una declaración de amor.
A mi hermana le gustó Denci.
Y sí, lo mostró.
Demasiado.
Bastaron tres minutos, una conversación sobre una banda coreana que yo no sabía que existía y un comentario de Denci sobre comprar online como si fuera un deporte de riesgo para que mi hermana me mirara con una felicidad insultante.
—Por fin —dijo—. Elegiste la mujer adecuada.
Denci sonrió.
Y no hubo manera de borrarle la sonrisa.
Ni siquiera cuando me incliné hacia ella y le murmuré que podía dejarla a merced de los rusos si seguía disfrutando tanto.
—No te atreverías —susurró sin dejar de sonreír.
Lo peor era que empezaba a parecerse demasiado a la verdad.
Mi madre fue otra historia.
No es que Denci no le gustara. Para que algo no le gustara, primero tenía que prestarle atención, y mi madre tenía un talento impresionante para ignorar todo lo que no encajaba con sus planes.
Denci no encajaba.
Así que la saludó con educación, sonrió lo justo y después volvió a hablar con la mujer sentada a su lado como si yo hubiera llegado con una copa nueva, no con una mujer del brazo.
Mi padre fue distinto.
La saludó con amabilidad. Le besó la mano, le dijo que era un placer conocerla y luego me guiñó un ojo cuando ella miró hacia otro lado.
Conocía ese guiño.
No era aprobación.
Era otra cosa.
Más simple.
Más vulgar.
Apreciaba a la mujer que iba conmigo. El cuerpo. La cara. La forma en que el vestido le caía encima.
No su carácter. No su inteligencia. No el peligro.
Nada de lo que importaba.
Denci no vio el guiño.
O eso pensé.
Luego se inclinó un poco hacia mí, todavía mirando a mi hermana.
—Tu padre acaba de felicitarte por mi escote, ¿verdad?
Me quedé quieto.
Solo un segundo.
—No.
—Mientes fatal.
Sí.
Y ella veía demasiado.
Marcy apareció cuando ya estábamos en la mesa.
Claro.
Porque Dios no me quería tanto.
Llevaba un vestido azul claro, una sonrisa perfecta y esa seguridad de mujer que había entrado en mi casa desde niña y nunca se había preguntado si pertenecía allí.
Pertenecía.
Ese era el problema.
Mi madre la besó en ambas mejillas con más entusiasmo del que había usado con Denci. Mi hermana puso los ojos en blanco detrás de la copa y mi padre saludó a Marcy como saludaba a la gente que conocía de siempre: sin interés, pero con costumbre.
Denci miró la escena sin decir nada.
Eso me preocupó.
Marcy se sentó frente a nosotros y me sonrió.
—Ash.
—Marcy.
—No sabía que venías acompañado.
Su mirada fue a Denci, amable, demasiado amable.
—Ash tiene esa costumbre —dijo Denci—. Decide cosas y luego espera que todos nos adaptemos.
La miré.
Ella bebió un sorbo de agua, tranquila.
Marcy sonrió un poco más.
—Soy Marcy. Mi madre y la madre de Ash son mejores amigas desde siempre.
—Qué bonito —dijo Denci—. Eso explica muchas cosas.
No supe si Marcy entendió la frase.
Mi abuela sí.
Lo vi en sus ojos.
Marcy ladeó la cabeza.
—¿Y tú a qué te dedicas, Denci?
Ahí estaba.
No era una pregunta.
Era una escalera.
Marcy quería saber en qué peldaño podía dejarla.