Capítulo 16 #2
—Sobre una mujer en mi vida.
Parpadeé una vez, y algo dentro de mí, algo muy aburrido de estar encerrado, levantó la cabeza.
—Perdona, creo que esto puede salvar mi semana.
Ash no reaccionó, pero su mandíbula sí. Un poco.
—Gracias a tu espectáculo en el club, Viktor cree que eres alguien.
La diversión se apagó lo justo.
No por completo.
Nunca por completo.
—Me senté en tu regazo porque no me hacías ni puto caso. No finjas ahora que fue una estrategia mía y no una consecuencia de tu talento para ignorarme.
—Te sentaste en mi regazo delante de hombres que no creen en accidentes.
—Funcionó.
—Demasiado bien.
El apartamento pareció volverse más silencioso. Las ventanas devolvían una versión borrosa de nosotros dos en la mesa: él oscuro y quieto, yo con los dedos alrededor de la copa de agua sin recordar cuándo la había cogido.
—Si digo que no eres nadie —continuó—, Viktor va a querer saber por qué mentí.
—Y si no mentiste…
—Entonces eres una debilidad.
No me gustó esa palabra.
No en su boca.
No conmigo dentro.
—No soy tu debilidad.
—No he dicho que lo seas.
—No, claro. Solo has elegido una palabra preciosa para dejarla en la mesa y ver si muerde.
Ash sostuvo mi mirada demasiado tiempo.
—Yo todavía estoy decidiendo qué eres.
Ah.
Eso sí entró.
No como un insulto, sino como una mano fría en la nuca.
—Qué romántico.
—No lo es.
—Menos mal. Estaba a punto de emocionarme.
Ash dejó pasar la frase como si no tuviera tiempo para mis ganas de pelear.
—Mi familia también ha oído el rumor.
Me quedé mirándolo.
El giro fue tan absurdo que durante un segundo no encajó con nada. Viktor, rusos, Greg, mafia, peligro, familia.
—Tu familia.
—Mi abuela.
La sonrisa me llegó sola, lenta e inevitable.
Ash la vio y pareció arrepentirse de haber nacido.
—No.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando demasiado alto.
—Tu abuela pregunta por mí.
—Mi abuela pregunta por la mujer que vio conmigo.
—Ash, no me quites esto. Llevo seis días encerrada. Necesito una alegría.
—No es una alegría.
—Para ti. Para mí es lo mejor que me ha pasado desde que Viktor llegó por correo.
Ash se pasó una mano por la mandíbula. Un gesto pequeño, humano, casi imperdonable.
—Mi abuela no cree que seas una amiga.
—Tu abuela tiene instinto.
—Mi abuela tiene demasiada influencia.
Eso me hizo mirarlo con más atención.
Ahí estaba el otro filo.
No era solo una señora curiosa. No era solo una anécdota familiar incómoda. Si la abuela de Ash preguntaba, otros escuchaban. Si otros escuchaban, el rumor crecía. Si el rumor crecía, Viktor podía usarlo.
La jaula cambiaba de forma.
Seguía siendo jaula.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
Ash se quedó un segundo en silencio.
Luego dijo:
—Mañana vienes conmigo.
Me reí una sola vez.
—No puedo salir.
—No puedes salir sola.
—Ah. Qué bonito. Ya tenemos letra pequeña.
—Necesito que te vean conmigo en un lugar normal. A plena luz. Sin música, sin alcohol y sin puertas cerradas de por medio.
—Dicho así, parecemos muy ocupados.
—Denci.
Su tono me rozó la piel, no por deseo, o no solo por deseo, sino por advertencia.
—Si Viktor cree que eres una mentira, irá a por ti. Si mi familia cree que eres una mentira, harán preguntas. Necesito que ambos crean lo mismo durante el tiempo suficiente para arreglar lo de Greg.
—¿Y qué tienen que creer?
Ash no apartó los ojos de los míos.
—Que eres importante.
El aire cambió lo suficiente para que mi casa dejara de parecer mía durante un instante.
Miré la comida, la mesa, las ventanas enormes y su reflejo oscuro en el cristal antibalas que él todavía no sabía que lo era.
—Eso es peligroso.
—Sí.
—Para ti.
—Para los dos.
—Y aun así has venido a pedírmelo.
—He venido a decírtelo.
Sonreí sin ganas.
—Claro. Casi olvido que no sabes pedir.
Ash se levantó demasiado pronto, o quizá no. Quizá el aire ya estaba demasiado cargado y los dos lo sabíamos.
—Mañana, a las doce.
Lo miré.
—¿A conocer a tu abuela?
—A comer con mi familia.
Me quedé quieta un segundo más de lo necesario.
—Eso es mucho peor.
—Sí.
—¿Debo llevar armas o flores?
—Solo intenta no llevar un cuchillo visible.
—Qué específico.
—Te estoy conociendo.
Eso no debería haberme gustado.
No me gustó.
Mucho.
Ash recogió la bolsa vacía y caminó hacia la puerta. Yo lo seguí porque era mi casa y porque no quería quedarme sentada mientras él decidía cuándo terminaba la visita.
En el umbral, se detuvo.
—La semana sigue en pie.
—Mañana salgo.
—Conmigo.
—Eso no cuenta.
—Cuenta menos.
Qué generoso.
Ash me miró como había mirado mi apartamento al entrar, buscando puntos débiles, o quizá encontrándolos.
—No abras a nadie más.
—¿Y si viene otro hombre con comida?
—Lo sabría.
El silencio se estiró un poco demasiado.
Luego Ash bajó la mirada a mi boca.
Fue mínimo.
Casi nada.
Suficiente.
—Cierra todas las cerraduras, Denci.
No dijo buenas noches. No me tocó. No intentó besarme.
Solo se fue.
Cerré la puerta con todas las cerraduras, una por una, y apoyé la frente contra la madera mientras escuchaba sus pasos alejarse por el pasillo.
Luego miré la mesa, la comida a medio terminar, la lámpara horrible en la esquina y mi reflejo en las ventanas enormes.
Al día siguiente iba a comer con la familia de Ash.
A mediodía.
Como una persona civilizada.
Qué horror.
Iba a sentarme delante de una abuela demasiado lista, proteger una mentira demasiado útil y evitar que Viktor Orlov decidiera comprobar cuánto valía mi vida.
Respiré hondo y miré la lámpara horrible de la esquina.
—Bueno, Viktor —murmuré—. Parece que vamos a necesitar un vestido.
La lámpara no respondió.
Sabia decisión.
Día 7: estoy nerviosa.
Verás, mi querido diario, yo nunca he tenido novio oficial. Nunca he tenido una relación, ni corta ni larga, ni sana ni tóxica, ni de esas en las que una conoce a la familia y finge que sabe qué hacer con las manos mientras una abuela decide si eres aceptable o un error con buen pelo.
He tenido enamoramientos secretos, rollos de una noche, hombres que no merecían pasar de la puerta y alguno que, por desgracia, sí pasó. Pero nunca he tenido que elegir un vestido para conocer a la familia de un hombre.
Y causar buena impresión.
Qué concepto tan violento.
Abrí el armario y lo miré como si me hubiera traicionado personalmente.
¿Vestido blanco de virgen?
No quería mentir tanto. Mentir era mi segundo nombre, por supuesto, pero una cosa era falsear identidades, coartadas y estados emocionales, y otra muy distinta era aparecer vestida como una promesa de pureza delante de una abuela que, según Ash, tenía demasiada influencia.
No.
El blanco era insultante.
¿Vestido negro?
Clásico, seguro, elegante. Imposible equivocarse con negro.
Pero era domingo, hacía sol, había comida familiar y había una abuela, así que todo eso decía vestido de flores y pelo suelto, como si yo fuera una mujer capaz de llevar una fuente de ensalada a la mesa y reírme con naturalidad cuando alguien mencionara la palabra “futuro”.
Me miré en el espejo y luego miré el vestido de flores, que me devolvió la mirada con una inocencia sospechosa.
—No —le dije.
No era culpa suya.
Bueno, un poco sí.
Lo saqué del armario de todas formas. Después saqué uno negro, uno rojo y otro negro, porque había diferentes tipos de negro y cualquier persona que no entendiera eso no merecía opinar sobre moda ni sobre moral.
A las once y ocho, mi cama parecía haber sido atacada por una boutique con problemas de identidad.
Viktor, la lámpara, observaba desde la esquina.
—No empieces.
No respondió.
Lista.
A las doce menos tres estaba dando los últimos retoques a mi maquillaje cuando sonó el timbre. Sin echar otro vistazo al espejo, lancé el pincel sobre el lavabo y fui a abrir.
Ash estaba al otro lado de la puerta.
Traje oscuro. Camisa clara. Esa expresión suya de hombre que podía entrar en una habitación llena de enemigos y decidir en tres segundos quién iba a morir primero.
La expresión le duró poco.
No desapareció, pero algo cambió. Muy poco. Lo suficiente.
Su mirada se quedó en mí un segundo más de lo educado. Bajó desde mi cara al cuello, al escote discreto del vestido, a la cintura marcada, a la tela blanca con flores azules y doradas que caía suave hasta mis piernas. Después volvió a subir, más despacio de lo necesario, y se detuvo en mi pelo.
Siempre llevaba el pelo recogido. Coleta alta, moño rápido, algo práctico. Algo que no pudiera estorbarme si tenía que correr, mentir, golpear o fingir que no estaba a punto de perder la paciencia.
Hoy lo llevaba suelto.
Ondas suaves, oscuras, demasiado cuidadas para mi estado mental y demasiado sedosas para una operación de cobertura familiar. Me caía sobre los hombros y por la espalda como si yo fuera una mujer de domingo, de comida educada, de flores en la tela y respuestas correctas delante de una abuela.
Era mentira, claro.
Pero una mentira preciosa.
Y Ash la vio.
No como miraban otros hombres. No con hambre barata ni con esa vulgaridad que convertía cualquier vestido en una invitación que nadie había hecho. Ash miró como si acabara de descubrir un problema nuevo. Uno que no estaba en sus planes.
Uno que quizá podía imaginar en su cama.
La idea me llegó sin permiso, sucia y bastante inoportuna, y me calentó la sangre con una rapidez ofensiva.
Porque Ash no dijo nada.
Ese fue el error.
Si hubiera dicho que estaba guapa, habría sido fácil. Podría haberme reído de él. Podría haberle recordado que llevaba seis días encerrada por su culpa y que cualquier elogio suyo llegaba tarde, mal y con olor a manipulación.
Pero se quedó callado.
Y el silencio, en él, decía demasiado.
Me apoyé en el marco de la puerta.
—Cierra la boca, Ash. Voy a pensar que te gusto.
Ash levantó los ojos a los míos.
Ahí estaba otra vez el control. Recompuesto, no intacto.
Mucho más interesante.
—Ese vestido no ayuda.
Sonreí despacio.
—¿A qué?
Ash sostuvo mi mirada, y durante un segundo no hubo abuela, ni familia, ni Viktor Orlov, ni rusos buscando grietas en una mentira que todavía no sabíamos sostener.
Solo él en mi puerta.
Yo en un vestido blanco que no tenía nada de inocente.
Y la distancia exacta para recordar que ya sabía cómo besaba.
—A mantener esto simple —dijo.
Mi sonrisa se afiló sola.
Por fin algo salía como yo quería.
—Qué tragedia —dije—. Y yo que me vestí pensando en facilitarte la vida.
Ash bajó la mirada otra vez. Solo un instante. Al vestido, a mi boca, a mi pelo. Luego dio un paso atrás, como si no confiara del todo en la puerta, en mí o en sus propias manos.
—Vamos tarde.
Miré la hora en el móvil.
—Son las doce menos tres.
—Precisamente.
Cogí el bolso de la consola junto a la entrada y cerré la puerta detrás de mí. Ash esperó mientras activaba las cerraduras, una por una, sin comentar nada, aunque lo noté mirando el panel, el cierre superior y la cámara pequeña encima del ascensor.
El hombre no sabía dejar de leer habitaciones.
Ni puertas.
Ni mujeres.
Su mirada bajó entonces a la bolsa negra de regalo que llevaba en la mano. Pequeña, elegante, con asas de cordón y papel de seda oscuro asomando por arriba.
—¿Flores o armas?
—Diplomacia.
Ash me miró.
—Eso no responde a mi pregunta.
Levanté un poco la bolsa.
—Un regalo para tu abuela. Me llamó mujerzuela y he decidido responder con educación cara.
Durante un segundo, no dijo nada. Ni siquiera parpadeó.
Luego su mirada bajó otra vez a la bolsa.
—¿Y las armas?
Sonreí.
—No visibles.
Por primera vez en la mañana, algo parecido a una sonrisa le tocó la boca. Apenas, pero estuvo ahí.
—Te dije que no llevaras un cuchillo visible.
—Y he obedecido.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía.
Caminamos hacia el ascensor.
Yo delante.
Él detrás.
No me tocó. No dijo que estaba hermosa. No me ofreció el brazo. Ash no era tan torpe.
Pero lo sentí detrás de mí, demasiado consciente, demasiado callado, demasiado cerca de pensar cosas que no pensaría si yo llevara el pelo recogido, botas negras y la intención clara de arruinarle el día.
Qué pena.
También llevaba esa intención.
Entramos en el ascensor y Ash pulsó el botón de la planta baja.
—Recuerda —dijo—. Educación.
Sonreí al reflejo de ambos en el espejo.
—Cariño, la educación cara es mi especialidad.
Por la cara que puso, no pareció tranquilizarlo.