Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

Denci

Diario de un encierro.

De arriba abajo. Cocina, baños, dormitorios. He organizado el cajón de maquillaje y el de ropa interior.

Nota: hace falta comprar más.

Día 2: he leído dos libros.

Vale, treinta páginas y luego el final, porque Dios, qué aburrimiento.

También he limpiado el sótano. Sí, sí. Está todo impoluto y vacío.

Lo odio.

Llevo un retraso en mi misión y no estoy nada contenta.

Día 3: he descubierto que Ash sabe ignorar mensajes.

No me sorprende. Tiene cara de hombre que ignora cumpleaños, emociones y señales de tráfico si no le parecen estratégicas.

Le escribí para informarle de que seguía viva.

No respondió.

Le envié un vídeo de un gatito metiendo la cabeza en un vaso.

Nada.

Le envié una foto de un vestido negro y pregunté si servía para mi funeral social.

Respondió cinco horas después.

Ash: No salgas.

Eso fue todo.

Cinco horas para dos palabras.

Lo odié mucho. Más de lo razonable, que ya era decir bastante.

Día 4: he descubierto que comprar online no llena el vacío.

Lo empeora, pero con envío rápido.

Me llegaron tres paquetes antes de las doce. Uno de ellos era una alfombra que no recordaba haber pedido. La puse en la entrada y decidí que me gustaba porque parecía cara y porque odiarla requería una energía que ya no tenía.

También compré lencería.

No porque la necesitara, sino porque si alguien iba a encerrarme una semana, al menos podía gastar dinero en cosas que no iba a usar por culpa de ese alguien.

Le mandé una foto a Ash.

Denci: Esto es consecuencia directa de tu tiranía.

Ash: Devuélvelo.

Denci: No puedo. Ya me cae bien.

Ash: Es ropa interior.

Denci: Exacto. Tiene más personalidad que tú.

No respondió.

Ganó él.

O eso creyó.

Compré otro conjunto.

Día 5: he dejado de fingir que esto es gracioso.

No de golpe.

Primero intenté jugar. Perdí una batalla porque un imbécil decidió atacar sin esperar mi señal, así que lo expulsé de la alianza durante seis minutos.

Luego intenté leer.

La protagonista perdonó a un hombre que merecía, como mínimo, una fractura.

Cerré el libro.

Después bajé al sótano.

Error.

Estaba limpio, ordenado y vacío.

Asquerosamente vacío.

Me quedé allí de pie demasiado rato, mirando el espacio donde debería haber habido trabajo pendiente. Nombres. Pruebas. Herramientas. Decisiones. Algo que hacer con las manos.

No había nada.

Solo paredes, silencio y mi rabia dando vueltas como un animal con los dientes contra los barrotes.

Llevo cinco días sin salir.

Cinco.

Hay hombres vivos que no deberían estarlo y yo estoy arriba, comprando velas y discutiendo con un hombre por mensaje como si eso fuera una vida.

Le escribí a Ash.

Denci: Me estoy aburriendo.

Ash: Lee.

Denci: Ya he leído.

Ash: Limpia.

Denci: Ya he limpiado.

Ash: Duerme.

Miré el mensaje durante diez segundos.

Luego veinte.

Luego escribí:

Denci: Dame un nombre.

No respondió.

Por supuesto que no.

Denci: Uno pequeño. Uno que no importe. Uno que nadie vaya a echar de menos.

Nada.

El silencio del teléfono me pareció más insultante que cualquier orden.

Denci: No soy un perro al que puedas dejar encerrado con agua y comida.

Ash: Lo sé.

Dos palabras.

Dos.

Las miré hasta que la pantalla se apagó.

Luego el teléfono vibró otra vez.

Ash: Por eso me preocupas.

Qué golpe tan bajo.

Apagué el móvil.

Lo encendí treinta segundos después.

No estoy bien.

Día 6:

El timbre sonó a las ocho y doce, y no me levanté enseguida.

Miré la pantalla del móvil. La cámara de la entrada me devolvió a Ash de pie frente a mi puerta, con un abrigo oscuro, la expresión tranquila y una bolsa de restaurante en la mano.

Comida.

Qué ofensivo.

Seis días encerrada, tres libros abandonados, una lámpara horrible llamada Viktor, doce paquetes abiertos en el salón y un nivel de paciencia que habría asustado a cualquier profesional de la salud mental, y el hombre aparecía con comida.

Peor todavía, me alegré de verlo.

Eso sí que fue imperdonable.

Abrí la puerta con la cara más desagradable que pude encontrar dentro de mí.

—¿Vienes a comprobar si sigo respirando?

Ash levantó la bolsa.

—Tienes pinta de no saber cocinar.

Lo miré a él, luego miré la bolsa y después volví a mirarlo con una paciencia que no sentía.

—Y tú tienes pinta de no saber pedir disculpas.

—No he venido a disculparme.

Claro que no.

Casi me desmayé de la sorpresa.

Ash no sonrió. El muy desgraciado sabía quedarse quieto incluso en el umbral de una casa ajena, como si no necesitara permiso para ocupar espacio. Yo debería haberle cerrado la puerta en la cara. De verdad. Habría sido sano, digno, muy mío.

Pero la comida olía bien.

Y yo llevaba seis días hablando con objetos.

Me aparté.

—Entra antes de que recupere el juicio.

Ash entró y miró.

No como miraban los hombres ricos cuando entraban en un sitio bonito y buscaban algo que comprar, elogiar o tocar. Ash miraba como si estuviera contando salidas.

Mi apartamento ocupaba toda la primera planta.

Techos altos, ladrillo oscuro, vigas negras, suelo de madera vieja restaurada y ventanas enormes que iban casi del suelo al techo.

Demasiadas ventanas para una mujer prudente.

Demasiada luz, demasiada exposición, demasiada confianza en un mundo donde cualquier idiota con una bala podía arruinarte la tarde.

Eso parecía.

Ash no sabía que el cristal era antibalas.

No sabía que los marcos estaban reforzados, que las cámaras no se veían si no sabías dónde mirar, que la puerta del dormitorio tenía una cerradura interior que no venía de fábrica y que el sótano no existía en ningún plano que pudiera conseguir alguien normal.

Pero lo notó.

No todo.

Lo suficiente.

Su mirada pasó por las ventanas, por la esquina del pasillo, por la puerta interior que llevaba a la escalera privada, por el sensor diminuto junto al marco, y luego volvió a mí con una calma que me irritó al instante.

—Vives en una fortaleza bonita.

Maldito.

—Vivo en una antigua fábrica de zapatos con buen gusto.

—No he dicho que no tengas gusto.

—Qué generoso.

Dejó la bolsa sobre la mesa del comedor, una mesa demasiado grande para una persona, demasiado limpia para seis días de encierro y demasiado cerca de la ventana principal si una no sabía lo que había en el cristal.

Ash sí lo miró.

Otra vez.

Me irritó que me irritara.

—¿Esperabas encontrarme llorando en un rincón? —pregunté.

—Esperaba encontrarte intentando salir por una ventana.

—Día tres.

Ash me miró.

—Era una broma.

No dije que había sido una idea durante siete minutos bastante serios.

Él tampoco preguntó.

Sacó la comida de la bolsa con una eficiencia insoportable. Recipientes negros, pan caliente, carne, verduras, una salsa que olía a restaurante caro y discreto.

No había postre.

Lo noté.

No sabía por qué.

—Sin postre —dije.

—No sabía si seguías viva.

—Pero sí me trajiste verduras. Qué detalle tan cruel.

Ash señaló la silla con una mirada.

No con la mano.

Ni siquiera tuvo esa decencia.

Me senté porque tenía hambre, no porque él me hubiera dado una orden muda dentro de mi propia casa.

Ash se sentó frente a mí, pero no empezó a comer enseguida. Dejó el teléfono boca abajo junto a su mano y miró otra vez el salón: las cajas abiertas, los libros abandonados, los tacones nuevos junto al sofá y la lámpara espantosa en la esquina.

—¿Eso es Viktor?

Casi sonreí.

Casi.

—No lo mires demasiado. Se crece.

—Es peor en persona.

—También tú.

Esta vez algo pasó en su boca. No una sonrisa, exactamente, sino una amenaza de sonrisa.

Me molestó que me gustara.

Comimos en silencio durante un rato. No era un silencio cómodo, pero tampoco incómodo. Era una cosa rara, tensa, vigilante, como sentarse frente a un enemigo temporal durante una tormenta y descubrir que ambos sabían usar los cubiertos.

La comida estaba demasiado buena.

Eso también me molestó.

—¿De dónde es?

—De un sitio que no envenena a sus clientes.

—Tus estándares son bajos.

—Esta semana, sí.

Levanté la vista.

Ash no apartó la mirada.

Ahí estaba.

La razón por la que había venido.

No la comida. No mi incapacidad culinaria. No la lámpara. Ni siquiera el teléfono nuevo que seguramente llevaba en el bolsillo como otra orden envuelta en plástico.

Él había venido porque yo llevaba seis días encerrada y el día anterior le había pedido un nombre.

Uno pequeño.

Uno que no importara.

Uno que nadie fuera a echar de menos.

Dejé el tenedor despacio.

—No he salido.

—Lo sé.

—No he llamado a nadie por Greg.

—También lo sé.

—Entonces deja de mirarme como si hubieras encontrado sangre debajo de la alfombra.

Ash apoyó los antebrazos en la mesa.

—Me pediste un nombre.

Mi estómago, traidor, se cerró un poco.

—Estaba aburrida.

—No estabas aburrida.

Y ahí se terminó la parte graciosa.

Ash no llenó el hueco ni me dio una frase contra la que pelear. Solo me miró en mi propia mesa, dentro de mi propia casa, como si el encierro no hubiera servido para volverme menos peligrosa, sino más concentrada.

Y quizá tenía razón.

Eso fue lo que me puso de peor humor.

Me incliné hacia atrás.

Me incliné hacia atrás.

—Oh, Dios.

Ash frunció apenas el ceño.

—¿Qué?

Miré la comida, la bolsa cara, su cara tranquila y el modo en que estaba sentado, demasiado serio para traer solo cena, demasiado medido para decir la verdad de entrada.

—Me van a matar.

—No.

—Claro que sí. Por eso has traído comida.

Ash exhaló por la nariz. No fue una risa, pero estuvo peligrosamente cerca.

—Nadie va a matarte.

—Eso dirías aunque fuera mi última cena.

—También lo diría si no lo fuera.

—Exacto. Cero credibilidad.

Ash dejó de fingir paciencia.

—Denci.

Me callé.

Un poco.

—No he venido porque vayan a matarte —dijo—. He venido porque tenemos un problema.

La palabra tenemos cayó sobre la mesa entre la carne y el pan, y la odié al instante.

—No me metas en tus líos.

—Ya estás dentro.

Me quedé quieta, porque no lo dijo con arrogancia. Lo dijo con cansancio, y eso me inquietó más.

—Hay rumores —dijo.

—Maravilloso. Me encantan los rumores.