Capítulo 15 #2
—No vuelves —dijo, y esta vez su voz no dejó espacio—. No hasta que sepa qué eres para Viktor ahora.
Ahí estaba.
La pieza nueva.
Me quedé mirando su perfil.
—¿Y qué soy?
Ash no respondió enseguida. La ciudad pasaba por la ventanilla en líneas de luz sucia.
—Sentarte en mi regazo fue una estupidez —dijo al fin—. Pero funcionó.
No me gustó cómo lo dijo.
—¿Qué significa eso?
—Que ahora no saben si eres una mujer que se coló donde no debía o alguien que me pertenece.
El cinturón me apretó de repente.
O quizá fui yo.
—No pertenezco a nadie.
—Lo sé.
Me giré hacia él.
—Entonces no lo digas.
Ash me miró un segundo.
—No importa lo que sea verdad. Importa lo que ellos crean.
Eso sí dijo algo.
Eso sí era un plan. Horrible, útil y asquerosamente lógico.
Miré por la ventana.
—Así que soy tu coartada.
—Eres mi error.
La frase cayó entre nosotros. No alta. No cruel. Peor.
Exacta.
Volví la cabeza despacio.
—Qué encantador.
—Y ahora tengo que decidir si puedo convertir ese error en una ventaja.
—¿Y?
Ash giró por una avenida más estrecha.
—Todavía no.
—¿Porque no confías en mí?
—Porque no sé qué harás si te digo la verdad.
Me reí, pero no sonó bien.
—Probablemente algo brillante y violento.
—Exacto.
No contesté. Por una vez, no porque no tuviera respuesta.
Porque acababa de decir la verdad.
Ash continuó sin mirarme:
—Una semana.
—¿Qué?
—Te quedas en tu casa una semana.
Me reí.
No pude evitarlo.
—Claro. Y después hacemos pulseras de la amistad.
—Sin salir. Sin club. Sin visitas. Sin buscar información sobre Greg. Sin llamar a nadie que pueda relacionarte con él.
La risa se me murió despacio.
—No.
Ash no contestó enseguida.
No hizo falta.
Su silencio tenía la arrogancia de una decisión tomada.
—No sé qué parte de esta noche te ha hecho creer que puedes encerrarme en mi casa.
—La parte en la que te han visto los rusos.
—No voy a quedarme encerrada una semana porque Viktor Orlov me haya mirado feo.
—No te miró feo.
Su voz bajó.
—Te midió.
Eso me cerró la boca un segundo.
Solo uno.
—Me da igual.
—No te da igual. Pero prefieres hacer ruido antes que admitir que entiendes el peligro.
Giré hacia él en el asiento.
—No voy a aceptar tus órdenes.
—Entonces no las aceptes.
Eso me desconcertó.
Ash giró por una avenida más estrecha, el motor bajo y limpio como una amenaza cara.
—Hazlo por inteligencia.
—Qué bonito. Ahora insultas mejor.
—Ahora estoy siendo paciente.
—No. Estás siendo controlador.
Por fin me miró. Un segundo, muy poco, suficiente para que el coche pareciera más pequeño.
—Si quisiera controlarte, Denci, no estaríamos teniendo esta conversación.
Se me tensaron los dedos sobre el cinturón.
—No me amenaces.
—Te estoy avisando.
—¿De qué?
Ash volvió la vista a la carretera.
—De que si no aceptas quedarte en casa, cerraré la puerta desde fuera.
El silencio que siguió no nació del miedo.
Nació del cálculo.
Lo miré de perfil. La mandíbula dura. Las manos firmes en el volante. Nada en él parecía teatral y nada sonaba a farol.
Eso era lo peor.
—Inténtalo —dije muy bajo.
—No me obligues.
—No puedes encerrarme.
—Puedo.
—No te atreverías.
Ash tardó un poco en responder.
—Con los rusos buscándote, me atrevería a cosas peores.
El aire del coche cambió.
O quizá fui yo.
Porque esa frase no era una amenaza contra mí. Era una amenaza contra todo lo que viniera por mí.
Y aun así me enfureció.
Porque la jaula seguía siendo una jaula, aunque alguien la llamara protección.
Me giré hacia la ventanilla. Las luces de la ciudad se rompían en el cristal.
—Te odio.
—Esta noche es lo más sensato que has dicho.
Quise discutir. Quise hacerle sangre. Pero la palabra semana seguía ahí, aplastándome el pecho.
Una semana encerrada.
Una semana quieta.
Una semana dejando que otros movieran el tablero.
Imposible.
Insoportable.
Necesario.
Y esa última parte fue la que más odié.
Ash no volvió a hablar hasta que salimos de la avenida principal.
Yo tampoco.
No porque no tuviera nada que decir. Tenía insultos, preguntas, amenazas pequeñas y grandes. Tenía una lista entera de formas de explicarle que nadie me encerraba en ninguna parte.
Pero también tenía la palabra necesario clavada entre las costillas.
Una semana.
Siete días.
No era mucho.
Eso era lo peor.
No era perder la guerra. No era rendirme. No era abandonar el país, cambiar de nombre y fingir que no me estaba pudriendo en otro idioma.
Era una semana para dejar que el polvo se asentara. Para que Ash averiguara si Viktor Orlov me había guardado en la memoria como una curiosidad, una amenaza o una forma de llegar a él. Una semana para no hacer nada.
Qué castigo tan vulgar.
El coche giró por una calle más estrecha, lejos del ruido caro del centro. Las farolas eran más viejas allí. La luz caía amarilla sobre las aceras, sobre los muros de ladrillo, sobre edificios que habían sobrevivido a varias vidas y no parecían impresionados por ninguna.
Ash redujo la velocidad.
—¿Aquí?
Miré por la ventanilla.
Mi edificio estaba al final de la calle.
Tres plantas de ladrillo oscuro, ventanas altas y marco de metal negro.
Había sido una fábrica de zapatos hacía décadas, antes de que alguien decidiera que los espacios industriales con pasado eran encantadores si una les ponía calefacción, cerraduras nuevas y suficiente dinero encima.
La primera planta era mía.
Oficialmente.
El resto también.
Eso no lo sabía casi nadie.
Y el sótano, mucho menos.
—Ahí —dije.
Ash aparcó frente a la entrada y apagó el motor.
El silencio cayó de golpe, más limpio e incómodo que el del coche en marcha.
Ash miró el edificio. No de forma curiosa, sino útil. Contó ventanas, accesos, esquinas, sombras. Vi cómo su cabeza convertía mi casa en un mapa de problemas.
Por alguna razón, eso me irritó menos de lo que debería.
—Bonito sitio —dijo.
—Fue una fábrica de zapatos.
—Eso explica muchas cosas.
Lo miré.
—Cuidado.
No sonrió.
Yo tampoco.
Ash salió del coche antes que yo y rodeó el capó. Abrí mi puerta sola, porque todavía tenía principios, aunque esa noche los hubiera ido perdiendo por partes.
El aire frío me despejó un poco.
No lo suficiente.
Ash se quedó a mi lado mientras caminábamos hacia la entrada.
—Una semana —dijo.
Cerré los ojos un segundo.
—Ya lo has dicho.
—Y voy a repetirlo hasta que sepa que lo has entendido.
Saqué las llaves del bolso.
—Lo he entendido.
—No es lo mismo que aceptarlo.
La llave entró en la cerradura con un clic demasiado fuerte.
—Una semana —dije, sin mirarlo—. Sin club. Sin Greg. Sin rusos. Sin jugar a ser más lista que todos.
—Sin salir.
Apreté la mandíbula.
—Eso también.
—Denci.
Me giré.
Ash estaba demasiado cerca, pero esta vez no invadía. Solo estaba ahí. Oscuro, serio, con la noche pegada al traje y esa mirada que hacía que todas mis mentiras parecieran de mala calidad.
—Una semana para volver a estar a salvo no es un gran precio.
No lo dijo como una orden.
Ese fue el problema.
Lo dijo como si realmente creyera que mi vida valía más que mi orgullo.
Qué hombre tan peligroso.
—¿Y después?
—Después hablamos.
—Odio esa respuesta.
—Lo sé.
Miré la puerta abierta a mi espalda. Mi casa. Mis paredes. Mis cerraduras. Mi tablero, aunque durante siete días no pudiera mover ninguna pieza.
—No voy a darte las gracias.
—No te las he pedido.
—Bien.
—Bien.
El silencio volvió.
Esta vez no fue una guerra. Tampoco una tregua. Fue algo peor, una promesa sin nombre.
Entré.
Antes de cerrar, Ash apoyó una mano en el marco.
—Cierra por dentro. Todas las cerraduras.
—Sí, papá.
La mirada que me dedicó habría asustado a alguien con más sentido común.
Yo solo estaba cansada.
—Una semana, Denci.
Asentí una vez, pequeño, casi nada.
Pero él lo vio.
Por supuesto que lo vio.
Cerré la puerta antes de que pudiera decir algo más y giré las cerraduras una por una.
Luego apoyé la frente contra la madera y escuché sus pasos alejarse.
Una semana.
Imposible. Insoportable. Necesario.
Y, por primera vez en toda la noche, eso no me pareció una derrota.
Me pareció una cuenta atrás.