Capítulo 15
Denci
¡Qué horror de beso!
Y una desgracia.
No una desgracia pequeña, de esas que una podía ignorar con un poco de dignidad, una copa fuerte y una mentira bien colocada.
No.
Una desgracia seria. Del tipo que dejaba pruebas en la boca, en la respiración, en ese punto ridículo del estómago donde mi cuerpo, que hasta esa noche había estado convenientemente muerto, decidió entregarse al enemigo por dos dedos bajo la barbilla y un beso que ni siquiera había durado lo bastante como para justificar tanta traición.
El mejor beso de mi vida.
Qué audacia del universo.
Ash seguía demasiado cerca. Entero. Oscuro. Tranquilo. Como si no acabara de arruinarme la boca y parte del sistema nervioso. Como si el beso hubiera sido una conversación y él hubiera ganado el argumento sin levantar la voz.
—Entonces empieza por ti —había dicho.
Lo miré.
Mi sonrisa seguía en la cara, pero ya no trabajaba para mí.
Eso me puso de muy mal humor.
Abrí la boca para decirle que podía empezar por arrancarle esa calma absurda de la garganta. O por demostrarle que su autocontrol no era más que arrogancia. O por recordarle que no era el primer hombre peligroso al que había tenido cerca.
Tenía opciones, buenas, crueles y variadas.
Ash me tapó la boca con una mano.
Me quedé inmóvil.
Luego lo miré con toda la violencia que pude meter en los ojos.
Él no se impresionó.
Eso también empezaba a parecer una costumbre.
—Ya he perdido suficiente tiempo contigo hoy —dijo en voz baja.
Intenté apartarle la mano.
No me dejó.
Su otra mano seguía apoyada junto a mi cabeza, cerrándome contra la puerta del cuarto de empleados como si el mundo se hubiera reducido a productos de limpieza, madera vieja y su maldita voz grave.
—Escucha una vez en tu vida.
Intenté morderle la palma.
Ash apartó la mano antes de que mis dientes llegaran a nada y me sujetó la mandíbula con dos dedos.
Otra vez.
Idiota.
—Si quieres arreglártelas sola con la mafia rusa, sigue hablando.
El aire se me quedó quieto.
No por miedo. Jamás por miedo. Por rabia.
Porque había dicho las únicas palabras capaces de atravesar la borrachera, el orgullo y el sabor de su boca todavía pegado a la mía.
Mafia rusa.
Greg Johns.
Viktor Orlov.
El hombre que me había mirado como si no necesitara tocarme para saber cuánto valía mi vida.
Ash bajó la voz todavía más.
—Si no, te callas y dejas que te lleve a casa.
Lo odié.
Con una pureza casi religiosa.
Podía discutir. Podía morder. Podía convertir a Ash en otro problema para no mirar el verdadero.
Pero no era idiota.
No del todo.
Apreté la mandíbula y miré hacia la puerta del cuarto de empleados. Al otro lado seguía el club. La música. Mis amigos. La noche haciendo como si no acabara de cambiar de forma.
—Habla —dije.
Ash no pareció sorprendido.
Eso me molestó.
—Sales conmigo. Te despides de tus amigos. Sonríes si alguien mira demasiado. Subes al coche.
Lo miré.
—Qué romántico.
—Estar viva rara vez lo es.
Golpe bajo.
No respondí.
Porque esa noche ya había perdido demasiadas cosas como para añadir una discusión estúpida a la lista.
Ash abrió la puerta y el ruido del club entró de golpe.
Música, voces, luces.
Todo demasiado normal.
Pasé por su lado sin cogerle el brazo.
No porque no pudiera necesitarlo.
Porque había límites.
—Camino sola.
—Lo sé.
Eso fue peor que si hubiera discutido.
Ash se colocó a mi lado. Cerca. No encima. No tocándome. Solo lo bastante presente para que cualquiera entendiera que, si miraba demasiado, el problema no iba a ser conmigo.
Caminamos hacia la salida.
Hacia mis amigos.
Con mi orgullo intacto por fuera.
Y su beso todavía en la boca, como una maldita prueba que no sabía cómo borrar.
Cuando llegamos a la mesa, Elsa fue la primera en verme. No sonrió, lo cual nunca era buena señal.
—¿Te vas? —preguntó.
—Sí.
Cogí el bolso, el móvil y la poca dignidad que me quedaba repartida entre los vasos vacíos.
Kookie miró a Ash, luego a mí y luego otra vez a Ash, como si estuviera intentando colocar las piezas en un tablero que nadie le había explicado.
—¿Con él?
—Obvio —dije—. Es más guapo que el último hombre que me folló.
El silencio fue precioso.
Neron dejó de respirar durante medio segundo. Kookie abrió la boca. Elsa cerró los ojos como si acabara de pedirle paciencia a un dios que no contestaba nunca.
Ash, por supuesto, miró a Neron.
Muy despacio.
Ay, eso sí fue divertido.
—No —dijo Neron.
—No he dicho tu nombre.
—No hacía falta.
—Entonces deja de sentirte aludido.
Lukas levantó una mano.
—No quiero saber nada, pero ahora sé demasiado.
—Bienvenido a mi vida —dijo Elsa.
Ash seguía mirando a Neron, y Neron le sostuvo la mirada con una calma tensa que me hizo sonreír por primera vez en toda la noche.
Por fin.
Un poco de control.
Una cantidad pequeña, miserable y deliciosa.
Lukas se levantó despacio. No de golpe ni con teatro, solo lo suficiente para dejar claro que el hombre de traje oscuro y cara de amenaza no iba a llevarse a una mujer medio borracha sin pasar por un mínimo interrogatorio.
Qué tierno y qué inoportuno.
Elsa cruzó los brazos.
—Denci, de verdad, no.
—Qué frase tan amplia.
—No vas a irte con un hombre que ninguno de nosotros conoce.
Ash no dijo nada. Ni una explicación, ni una palabra, ni siquiera la decencia de parecer incómodo.
Me giré hacia él.
—¿Vas a ayudar?
Ash me miró.
—No.
Claro. Perfecto. Maldito fuera.
Kookie parpadeó.
—¿Perdón?
—Es tímido —dije.
Elsa miró a Ash de arriba abajo. Traje oscuro, mandíbula dura, ojos de hombre que probablemente hacía llorar a la gente sin levantar la voz.
—Ya —dijo—. Se nota muchísimo.
Neron no apartaba la mirada de Ash, y eso sí era nuevo. No parecía divertido.
—Denci —dijo—. ¿Quién es?
Ash siguió callado.
Y ahí lo decidí.
Porque si Ash quería jugar al hombre silencioso, yo podía jugar a algo peor.
Di un paso hacia él, le puse una mano detrás del cuello y tiré hacia abajo. No fue fácil, porque el maldito hombre era demasiado alto, pero Ash bajó la cabeza lo justo.
Y yo lo besé.
Delante de todos.
Una presión rápida, descarada, más actuación que ternura, aunque mi cuerpo, el idiota, tuvo la indecencia de reconocer su boca como si ya le perteneciera.
Me aparté antes de darle tiempo a ganar otra vez y me giré hacia mis amigos con una sonrisa preciosa.
—Un desconocido —dije—. Y todos sabemos que el sexo con desconocidos es una pésima idea, pero muy entretenido.
Elsa abrió la boca. Kookie hizo un sonido ahogado. Lukas parecía a punto de necesitar terapia.
Neron no parpadeó.
—Y me va a llevar a mi casa —añadí, señalando a Ash con el pulgar—. Si me mata, ya encontraréis mi cadáver allí. Estoy segura de que alguna de las mil cámaras de Neron habrá grabado su rostro para dárselo a la policía.
El silencio también fue bastante bonito.
Ash seguía detrás de mí, quieto. Demasiado quieto.
—No voy a matarte —dijo.
Lo miré por encima del hombro.
—Eso dirías aunque fueras a matarme.
Kookie asintió, muy seria.
—Tiene razón.
Elsa la fulminó con la mirada.
—No ayudes.
—Estoy evaluando riesgos.
Neron no apartó los ojos de Ash.
—Denci.
—Neron.
—No me gusta.
—A mí tampoco me gustan muchas cosas y aun así aquí estamos.
Lukas miró a Ash.
—¿Sabes dónde vive?
—Sí —dijo Ash.
Todos me miraron.
Yo sonreí, porque era eso o admitir que no me hacía ninguna gracia que Ash supiera demasiadas cosas de mí.
—Es muy eficiente —dije.
Elsa dio un paso hacia mí y bajó la voz.
—¿Estás segura?
No.
Por supuesto que no.
Pero había muchas clases de seguridad, y en ese momento la más útil era la que tenía traje oscuro, boca peligrosa y suficiente sangre fría para mentirle a la mafia rusa sin cambiar de expresión.
—Sí —dije.
Elsa me observó durante un segundo más. Demasiado largo. Luego miró a Ash.
—Si le pasa algo…
—No le pasará.
La voz de Ash no fue alta ni amable.
Fue peor.
Fue una promesa.
Neron lo oyó también, porque su expresión cambió apenas. No se relajó. Neron no era idiota. Pero dejó de parecer a tres segundos de llamar a seguridad.
Yo levanté el bolso.
—Precioso. Ahora que todos hemos participado en este momento incómodo, me voy.
Kookie levantó la mano.
—Manda mensaje cuando llegues.
—Si sigo viva.
—Denci —dijo Elsa.
Suspiré.
—Vale. Mandaré mensaje cuando llegue.
Ash se movió a mi lado. No me tocó. Solo ocupó el espacio suficiente para que mi salida dejara de parecer una fuga y empezara a parecer algo decidido.
O casi.
Pasé junto a Neron.
—Tus cámaras funcionan, ¿verdad?
—Todas.
—Maravilloso.
Ash abrió el paso hacia la salida.
Yo caminé delante, con la cabeza alta y la boca todavía demasiado consciente de la suya.
Había usado otro beso para recuperar el control.
Y Ash, el muy desgraciado, ni siquiera había tenido que devolverlo para quitármelo.
El coche de Ash era deportivo, negro y caro.
Una decepción.
Me quedé mirándolo unos segundos.
—Esperaba más de ti.
Ash abrió la puerta del copiloto.
—Sube.
—No sé. Algo menos obvio. Un coche con personalidad. Una furgoneta sospechosa. Un ataúd con ruedas.
—Denci.
—Vale. El ataúd con ruedas quizá habría sido demasiado honesto.
Subí.
El interior olía a cuero, metal y dinero viejo. Ash rodeó el coche, se sentó al volante y arrancó sin decir nada.
El motor sonó grave, presumido y muy suyo.
Qué molesto.
Tardé tres calles en cansarme del silencio.
—¿Cuál es el plan?
—Llevarte a casa.
—El otro plan.
Ash no apartó la vista de la carretera.
—No hay otro plan para ti.
Lo miré.
—Greg está muerto. Viktor Orlov me ha visto. Sus hombres me han visto contigo. No me digas que no hay otro plan para mí.
Su mano se cerró un poco más sobre el volante.
Eso fue algo.
Poco, pero algo.
—Mañana vas a cambiar de teléfono.
Se me enfrió la sangre. No el cuerpo, solo la parte inteligente.
—¿Por qué?
—Porque si yo he encontrado tu número, ellos también pueden.
Tragué saliva.
Lo odié por notar que lo hice.
—¿Qué más?
—No vuelves al club de Neron.
Solté una risa seca.
—Eso no va a pasar.
—Ya está pasando.
—Ash.