Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 14
48%

Capítulo 14

Denci

Me dejó allí.

De pie, con los labios todavía irritados, la rabia atascada en el pecho y una cantidad indecente de información inútil. Porque saber que estás en peligro no siempre ayuda. A veces solo te da tiempo para imaginar todas las formas en que pueden encontrarte.

Volví la cabeza hacia la salida.

La puerta estaba a pocos metros.

Podía irme.

Eso fue lo peor.

No que Ash me lo hubiera pedido. No que Viktor Orlov me hubiera mirado. No que Greg Johns hubiera resultado ser contable de la mafia rusa y no solo un cerdo con peor suerte que criterio.

Lo peor fue que podía irme.

De verdad.

Podía salir de ese club, subir al primer taxi, llegar a casa, abrir la caja fuerte y desaparecer antes del amanecer.

Dinero, pasaportes, teléfonos limpios, contactos que no hacían preguntas si se les pagaba lo suficiente.

Podía coger un vuelo a cualquier país donde mi nombre no significara nada, cortarme el pelo, cambiar de idioma, alquilar un apartamento pequeño con ventanas horribles y fingir durante unos meses que no me estaba pudriendo por dentro.

Podía dejarlo todo atrás.

Sally. Poppy. Elsa. Demon. Neron y su club de puertas negras.

Mi lista.

Mis reglas.

Mi guerra.

Todo.

La idea me dio tanto asco que tuve que apoyar una mano en la pared.

No era miedo. No iba a regalarle eso a nadie.

Era rabia.

Rabia pura, limpia, insoportable.

Porque huir era la opción inteligente, y yo odiaba muchísimo las opciones inteligentes cuando se parecían tanto a una derrota.

Respiré despacio. Una vez. Dos. Tres.

No sirvió de nada.

Me imaginé a mí misma en otro país, con otro nombre, comprando café en una calle donde nadie sabría que yo había existido. Una mujer normal. Una mujer viva. Una mujer prudente.

Qué horror.

Prefería que me dispararan.

No. Mentira.

No prefería eso.

Y ahí estaba el problema. La pequeña grieta. Esa parte de mí que no era tan invencible como fingía.

Quería vivir.

Maldición.

Quería vivir, pero no a cualquier precio. No si el precio era abandonar todo lo que había construido con uñas, dientes y cadáveres muy bien seleccionados. No si el precio era aceptar que un hombre muerto, unos rusos vivos y Ash con su maldita voz tranquila podían empujarme fuera de mi propia vida.

Me pasé la lengua por el labio.

Todavía sabía a él.

Eso me enfureció más.

—Qué asco —murmuré.

—¿Estás hablando sola o puedo entrar en la conversación?

Cerré los ojos.

Elsa.

Por supuesto.

Porque el universo no tenía sentido del pudor.

Me giré y la encontré a dos pasos, mirándome con esa expresión suya de “no voy a preguntarte si estás bien porque las dos sabemos que mentirías”.

Llevaba un vaso en la mano.

Yo lo miré.

Ella miró el vaso.

Luego suspiró y me lo ofreció.

—Toma.

Se lo quité y bebí.

—Eso era mío —dijo.

—Y ahora es una contribución a mi estabilidad mental.

—¿Está funcionando?

—No.

—Qué sorpresa.

Le di otro trago.

Elsa miró hacia el pasillo por el que yo había aparecido. No vio nada, claro. Las puertas negras quedaban demasiado lejos, escondidas detrás del ruido, las luces y la gente que pagaba demasiado dinero para fingir que no tenía problemas.

Pero Elsa no necesitaba ver nada.

Me conocía.

Y eso era muy irritante.

—¿Es por un hombre? —preguntó.

Casi me reí.

Casi.

—Qué forma tan vulgar de resumir una crisis existencial.

—Entonces sí.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Le devolví el vaso porque estaba vacío y porque necesitaba hacer algo con las manos que no fuera apretar los dedos alrededor de una garganta imaginaria. La de Greg. La de Viktor.

La de Ash.

Sobre todo la de Ash.

No.

Eso no.

—No es por un hombre —dije.

Elsa alzó una ceja.

—Ajá.

—Es por una situación.

—¿La situación lleva traje?

La miré.

Ella me sostuvo la mirada con demasiada calma.

—A veces odio lo lista que eres.

—Lo sé. Es una de mis mejores cualidades.

Respiré por la nariz y miré otra vez la salida.

Seguía ahí.

Demasiado cerca. Demasiado fácil. Una puerta normal, vulgar, casi ofensiva. La clase de puerta por la que una persona sensata saldría sin mirar atrás.

Yo odiaba a la gente sensata.

—Nada que pueda arreglar ahora mismo —dije.

Elsa no sonrió.

Eso fue peor.

—Denci.

Ahí estaba otra vez mi nombre, pero en boca de Elsa no era una orden. Era una cuerda. Una de esas que alguien te lanza cuando estás demasiado cerca del borde y no quiere decirlo en voz alta, por si te da por saltar solo para llevar la contraria.

Me molestó querer cogerla.

—Estoy bien.

—No estás bien. Estás aquí, sola, bebiéndote mi copa, mirando la salida como si te hubiera insultado y con cara de haber decidido entre matar a alguien o cambiarte de país.

La odié un poco.

Lo justo para no abrazarla.

—Cambiarme de país suena muy dramático.

—Para ti, sí. Por eso me preocupa que no lo hayas negado.

Aparté la mirada.

Mal.

Muy mal.

Elsa lo vio.

Por supuesto que lo vio.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, más bajo.

No podía contárselo.

No porque no confiara en ella. Confiaba en Elsa más de lo que me convenía admitir. Pero había cosas que no se contaban porque, una vez dichas en voz alta, dejaban de ser tuyas. Se convertían en miedo compartido. En responsabilidad. En gente mirándote con esa preocupación que te hacía sentir humana.

Y yo no tenía energía para sentirme humana esa noche.

—No voy a hablar de eso ahora.

Elsa me miró durante unos segundos.

Luego asintió.

No porque estuviera conforme. Porque me quería lo suficiente para no empujar justo donde yo estaba sangrando.

—Vale.

Esa palabra me dolió más que una pregunta.

—No uses ese tono conmigo.

—¿Qué tono?

—El de “sé que estás hecha mierda y voy a fingir que no para que no muerdas”.

—Es un tono muy específico.

—Lo has perfeccionado.

—Gracias.

Le devolví el vaso vacío.

—Necesito otro.

—Necesitas sentarte.

—También.

Elsa me pasó un brazo por el mío y empezó a llevarme de vuelta hacia nuestros amigos. No tiró de mí. No me empujó. Solo caminó conmigo, como si volver a la mesa fuera una decisión compartida y no un rescate discreto.

Se lo agradecí no diciéndole nada.

La música volvió a golpearme cuando salimos del pasillo. Las luces, la gente, el calor, el ruido. Todo seguía igual. Qué falta de respeto. Una podía estar considerando destruir su vida entera y el mundo seguía bailando encima de tacones caros.

Al llegar a la mesa, Demon levantó la vista.

—Sigues viva.

—Qué decepción para todos.

Kookie señaló mi cara.

—Tienes pinta de haber discutido con alguien.

—Tengo cara de estar sobria. Es diferente.

Elsa cogió una botella de la cubitera y me sirvió sin preguntar.

Buena chica.

Me senté, tomé el vaso y bebí demasiado rápido. El alcohol quemó, no me calmó y por eso bebí otra vez.

Demon me observó con interés.

—Eso promete.

—Cállate.

—Definitivamente promete.

Me incliné hacia la mesa y cogí otro vaso que no era mío. Puede que fuera de Lukas. Puede que de Kookie. Puede que de una persona ajena a nuestro grupo que había cometido el error de acercarse demasiado.

No importaba.

Esa noche necesitaba que algo entrara en mi cuerpo que no fuera miedo.

Aunque lo llamara rabia.

Aunque lo llamara orgullo.

Aunque lo llamara cualquier cosa menos lo que era.

Elsa se sentó a mi lado.

—Vas a beber todo lo que encuentres, ¿verdad?

Miré hacia el pasillo.

Luego hacia la salida.

Luego al vaso.

—Solo hasta que deje de parecerme buena idea ser inteligente.

Y bebí.

Dos horas después, seguía en la mesa.

Más o menos.

Mi cuerpo estaba sentado, mis piernas cruzadas, mi mano alrededor de un vaso que alguien había vuelto a llenar sin pedirme permiso y mi cabeza en algún lugar bastante lejos de allí.

No lo bastante lejos para olvidarme de Viktor Orlov.

No lo bastante lejos para olvidarme de Ash.

No lo bastante lejos para dejar de mirar cada pocos minutos hacia el pasillo por el que él había desaparecido.

Qué asco de noche.

—Estás sonriendo sola —dijo Demon.

—Estoy planeando algo.

—Eso no mejora la situación.

Levanté el vaso hacia él.

—Para mí sí.

Bebí un trago y el mundo se movió apenas, lo justo para recordarme que quizá había bebido demasiado. No demasiado para caminar. No demasiado para pensar. Solo demasiado para fingir que pensar servía de algo.

Elsa me quitó el vaso de la mano.

—Ya.

La miré, ofendida.

—Eso era mío.

—Todo lo que tocas se convierte en tuyo.

—Exacto. Me alegra que por fin entiendas cómo funciona el mundo.

Iba a recuperar el vaso cuando vi a la mujer.

Estaba junto a una de las columnas, cerca de la barra lateral. Vestido verde oscuro. Pelo rubio recogido con una pinza. Una copa en la mano que no estaba bebiendo. Sonreía, pero era una sonrisa pequeña, tensa, de esas que no tenían nada que ver con la diversión.

El hombre frente a ella no sonreía.

Él invadía.

El cuerpo demasiado cerca. Una mano apoyada en la pared, junto a la cabeza de ella. La otra bajando despacio hacia su cintura, como si el espacio de una mujer fuera algo negociable si uno insistía lo suficiente.

La mujer apartó la cara.

Él se inclinó más.

Sentí que algo dentro de mí hacía clic.

No fue rabia exactamente. La rabia era más limpia. Esto era otra cosa. Algo viejo. Algo aburrido. Algo que ya había visto demasiadas veces.

Otro hombre que pensaba que controlar a una mujer era cuestión de acercarse lo suficiente.

Qué cansancio.

Dejé el vaso sobre la mesa.

Elsa siguió mi mirada y se tensó.

—Denci.

—Voy a saludar.

—No.

—Qué palabra tan fea.

Me levanté.

El suelo decidió inclinarse un poco hacia la derecha. Lo corregí con dignidad, que era una forma elegante de decir que apoyé una mano en el respaldo de la silla y fingí que lo hacía por estilo.

Demon empezó a levantarse también.

Le apunté con un dedo.

—Quieto.

—Eso no suele acabar bien.

—Entonces no mires.

Caminé hacia la pareja con una sonrisa amable. Muy amable. La clase de sonrisa que habría hecho desconfiar a cualquier persona con instinto de supervivencia.

El hombre no tenía.

Una pena.

La mujer me vio primero. Sus ojos se movieron hacia mí con ese pequeño destello de auxilio que nadie debería tener que aprender.

Yo le guiñé un ojo.

Luego me coloqué junto a ellos.

—Hola —dije, sonriendo.

El hombre giró la cabeza.

—¿Qué…?

No terminó.

Le di un golpe en la entrepierna con la rodilla. Firme. Limpio. Sin demasiado espectáculo.

El hombre cayó de rodillas con un sonido ahogado.

Precioso.

No tuve tiempo de disfrutarlo.

Una mano se cerró alrededor de mi brazo y me arrancó de allí antes de que pudiera decidir si merecía también el tacón.

—¿Qué…?

Ash.

Claro.

Apareció de la nada, como si el club lo hubiera escupido justo en el momento exacto para arruinarme la noche. No dijo nada. No me miró. Solo caminó, llevándome entre la gente con una calma tan peligrosa que varios se apartaron sin saber por qué.

Intenté soltarme.

—Quítame la mano.

No lo hizo.

Pasamos los aseos, el pasillo estrecho y una puerta negra sin gracia con un cartel dorado que decía SOLO EMPLEADOS.

Ash la abrió, me metió dentro y cerró de golpe.

El cuarto olía a productos de limpieza, madera vieja y electricidad caliente. Antes de que pudiera girarme, me empujó contra la puerta, no lo bastante fuerte para hacerme daño, pero sí para recordarme que esa vez no había venido a negociar.

El golpe me cortó la respiración y su cuerpo ocupó todo el aire que quedaba.

Ash apoyó una mano junto a mi cabeza. La otra seguía en mi brazo.

—¿Qué es lo que no entiendes de vete a casa?

Lo miré.

Tenía los ojos oscuros. Demasiado quietos. Demasiado cerca.

Mi pulso se rio de mí.

—Vete a la mierda —dije—. Tú y tus órdenes.

Su mandíbula se tensó.

—No decides una mierda sobre mí.

Ash se inclinó apenas, lo justo para que su voz me rozara la boca.

—Esta noche, sí.

Algo dentro de mí se partió.

No de miedo. No de obediencia. De rabia, de alcohol, de humillación y de esa necesidad absurda y brutal de arrancarle el control de las manos aunque tuviera que hacerlo con los dientes.

Ash quería una rendición.

Qué pena.

Iba a tener que atragantarse con ella.

Me puse de puntillas, porque el maldito hombre era demasiado alto, lo agarré de la camisa con ambas manos y presioné mi boca contra la suya.

Durante un segundo, Ash no hizo nada.

Nada.

Ni apartarse. Ni devolverme el beso. Ni respirar.

Bien.

Lo había roto.

Eso pensé.

Entonces su mano subió.

Dos dedos bajo mi barbilla.

Me levantó la cara apenas, lo justo para obligarme a besarlo desde otro ángulo, y mi rabia perdió pie.

No debió ser suficiente.

No debió cambiar nada.

Pero cambió todo.

Ash abrió la boca contra la mía una sola vez, lento, preciso, como una orden dicha sin palabras.

El aire se me quedó atrapado en la garganta.

Me odié por eso.

Intenté apretar los dedos en su camisa, tirar de él, convertirlo en fuerza, en choque, en algo que pudiera llamar mío.

No me dejó.

Su mano seguía bajo mi barbilla. Su cuerpo no me aplastaba. Su boca no me perseguía.

Y aun así no había ningún sitio al que ir.

Me besó como si ya supiera qué parte de mí iba a traicionarme primero.

Y la encontró.

Maldición, la encontró.

Se apartó antes de que yo pudiera morderlo. Antes de que pudiera fingir que aquello había sido un ataque. Antes de que pudiera salvarme.

Su pulgar pasó por mi labio inferior.

Despacio.

No para acariciarme.

Para borrar la prueba.

—No uses conmigo algo que no sabes controlar.

Yo seguía sujetándolo.

Qué humillante.

Abrí la boca.

Nada salió.

No porque no tuviera veneno. Tenía de sobra. Pero él acababa de dejarme la lengua inútil.

Así que sonreí.

Porque había cosas que una mujer hacía aunque estuviera sangrando por dentro.

Solté su camisa despacio y dejé que mi mirada bajara por su cuerpo.

Una provocación barata.

Pero efectiva.

O eso esperaba.

—Puedo controlar cosas mucho peores que tú.

Ash se acercó un milímetro. Solo uno. Suficiente para que mi espalda recordara la puerta y mi boca recordara la suya.

—Entonces empieza por ti.

La sonrisa se me quedó donde estaba.

Muerta.