Capítulo 13
Ash
¡Al diablo con esta mujer!
No era la primera vez que alguien entraba en una sala sin entender el peligro que había dentro, pero sí era la primera vez que alguien lo hacía, se sentaba en mi regazo y me llamaba amor delante de tres hombres que llevaban dos horas hablando de cómo encontrar al responsable de la muerte de Greg Johns.
Denci me sonrió.
Claro que me sonrió.
Como si aquello fuera un juego. Como si no acabara de meter la mano en una jaula llena de animales hambrientos para darle una bofetada al único que intentaba mantenerlos encerrados.
Mi mano se cerró en su cintura antes de que Viktor Orlov decidiera que aquella mujer tan enfadada, tan bonita y tan estúpidamente valiente era una distracción interesante.
No fue deseo.
No del todo.
Fue cálculo. Rápido, necesario y muy molesto.
—Denci —dije en voz baja—. Cállate.
Su sonrisa no desapareció, pero algo en sus ojos cambió.
Denci podía ser imprudente, arrogante y tener un talento extraordinario para empeorar situaciones ya desastrosas, pero no era estúpida. Había oído mi tono. No la advertencia seca de antes. No una orden lanzada por paciencia agotada.
Esto era otra cosa.
Más baja.
Más real.
Se quedó quieta sobre mis piernas.
Por fin.
Viktor soltó una risa suave desde el sofá de enfrente.
—No sabía que habías traído compañía.
Denci empezó a girar la cabeza.
Le clavé los dedos en la cintura, lo justo para detenerla. No dolió, pero entendió. Su mirada volvió a la mía y esta vez ya no sonreía tanto.
Bien.
—No la he traído —respondí, sin apartar los ojos de ella—. Ha venido sola.
—Atrevida —dijo Viktor.
Su atención bajó por la espalda de Denci con una calma que no tenía nada de sexual y todo de violencia aplazada.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba.
Ahora sí.
Ahora empezaba a entender que no había interrumpido una orgía elegante, ni una noche privada, ni una de esas estupideces que Neron vendía con cortinas negras y cuotas mensuales.
Había entrado en una conversación de hombres que no preguntaban dos veces.
Deslicé la mano de su cintura a su espalda, despacio, visible para todos, y la acerqué un poco más a mí. Suficiente para marcar una frontera. No suficiente para parecer ternura.
—Está conmigo —dije.
La sala se quedó en silencio.
Denci respiró contra mi cuello, muy despacio.
No dijo nada.
Otro milagro.
Viktor sonrió.
—¿Desde cuándo?
Bajé la mirada a Denci un instante, como si la respuesta me aburriese. Como si ella fuera un capricho que todavía no había decidido soltar. Como si no acabara de convertirse en el punto más frágil de una habitación llena de cuchillos.
—Desde que aún no he terminado con ella.
La frase dejó una marca pequeña en la sala.
No una emoción.
Una posición.
Denci seguía quieta sobre mis piernas, demasiado silenciosa para una mujer que hacía apenas un minuto había entrado allí como si pudiera insultar al mundo y salir ilesa.
Al menos aprendía rápido cuando el peligro dejaba de ser una idea abstracta.
Le puse una mano en la cintura y la aparté de mí, no con brusquedad, pero tampoco con cuidado. La levanté lo suficiente para obligarla a ponerse de pie y ella lo hizo, rígida, con la mirada clavada en la mía.
No discutió.
Definitivamente, era una noche de milagros.
Me levanté después.
La sala ajustó su atención sobre nosotros.
—Cinco minutos —dije.
Uno de los hombres soltó una risa baja.
—¿Cinco minutos? —murmuró—. Con una boca así, yo pediría más tiempo.
Denci no se movió, pero vi cómo la frase le rozaba la piel.
No respondí enseguida. Responder demasiado rápido habría parecido defensa. Responder con rabia habría parecido debilidad.
Así que solo miré al hombre hasta que la risa se le apagó.
—Por eso no la tienes tú —dije.
El silencio que siguió fue más limpio.
Más útil.
Tomé a Denci por la muñeca, lo justo para guiarla, no para arrastrarla, y caminé hacia una de las puertas laterales sin esperar permiso de nadie.
Detrás de nosotros, Viktor habló con una calma demasiado suave.
—No tardes, Ash.
No me giré.
—No pienso hacerlo.
La llevé hacia la puerta lateral sin mirar atrás. No hacía falta. Podía sentir la sala a nuestra espalda como una boca abierta, llena de dientes, esperando a ver si alguno de los dos sangraba antes de salir.
Denci caminaba a mi lado, demasiado recta, demasiado silenciosa, y ese silencio suyo era casi peor que sus palabras porque significaba que estaba pensando.
Mal momento para empezar.
Atravesamos un pasillo estrecho, más oscuro que el salón, con paredes cubiertas de terciopelo negro y luces doradas incrustadas en el suelo. Todo estaba diseñado para que la gente creyera que el pecado era elegante si costaba lo suficiente.
Su perfume llegó hasta mí antes que su furia.
Dulce.
Caro.
Inconveniente.
No la solté. No porque no pudiera caminar sola, sino porque cinco segundos antes un hombre había hablado de su boca como si fuera algo que podía comprarse por turnos, y yo necesitaba que todos los que seguían mirando entendieran que tocarla era una mala idea.
La puerta privada estaba al final del pasillo.
La abrí con la tarjeta que ya tenía preparada y la hice pasar primero.
Después entré yo.
—¿Qué mierda está pasando aquí? —gritó Denci en cuanto la puerta se cerró.
Ignoré la pregunta.
—¿Qué te dije?
Ella no reaccionó a mi tono como lo hacía la mayoría de la gente. No se encogió, no apartó la mirada y, por supuesto, no dio un paso atrás.
Maldita mujer.
—Te dije que no había nada que necesitaras saber —dije—. Nada, Denci. Absolutamente nada.
Me quité la chaqueta y la lancé sobre una silla, más fuerte de lo necesario. Después aflojé el nudo de la corbata, tiré de ella y la dejé caer sobre la cama.
La habitación parecía diseñada por alguien que odiaba la sutileza: cama enorme, luces bajas, espejos donde no hacían falta y una mesa con botellas caras que probablemente habían visto peores decisiones que nosotros.
Denci siguió de pie junto a la puerta, furiosa, preciosa e insoportable.
—¿Y tu brillante solución era ignorarme todo el día y venir aquí?
La miré.
—Mi brillante solución era mantenerte lejos del radar de la mafia rusa.
Su boca se cerró solo un segundo. No lo suficiente para considerarlo una victoria, pero sí para saber que había entendido algo.
—Pues has fallado.
Sí.
Eso era evidente.
—Por tu culpa.
Denci se quedó quieta y luego soltó una risa breve, incrédula, venenosa.
—¿Por mi culpa?
—Sí.
—Perdona, pero si hubieras hecho el mínimo esfuerzo de mantenerme informada en lugar de colgarme, ignorarme y mandarme a comprar zapatos como si yo fuera un problema decorativo, quizá no habría tenido que venir a buscar respuestas por mi cuenta.
—No tengo que mantenerte informada.
La frase salió más alta de lo que pretendía.
Denci parpadeó, no por miedo, sino por sorpresa.
Bien.
Que por una vez escuchara algo antes de morderlo.
—No trabajas conmigo —dije—. No eres parte de esto. No tienes acceso, no tienes contexto y no tienes ni la menor idea de dónde estás metiendo las manos.
—Maté a un hombre, Ash. Creo que algo de contexto sí tengo.
—Mataste a un contable de la mafia rusa en un callejón lleno de cámaras y luego decidiste perseguirme hasta una sala privada donde estaban sus jefes hablando de cómo encontrar al responsable.
Su expresión cambió.
Poco.
Lo suficiente.
—¿Sus jefes?
—Sí.
El silencio se instaló entre los dos con un peso distinto.
Más feo.
Más real.
Denci tragó despacio, pero no apartó la mirada.
Por supuesto que no.
—Entonces deberías haberme contestado.
—Entonces deberías haber hecho lo único que te dije que hicieras.
—¿Obedecer?
—Sobrevivir.
La palabra salió seca.
Demasiado seca.
Me pasé una mano por la nuca y respiré una vez, porque la habitación tenía demasiados espejos, demasiada cama y demasiado poco espacio para la cantidad de rabia que ella acababa de meter allí dentro.
—Estás jugando con monstruos que no conoces —dije—. Y tarde o temprano vas a encontrarte con uno al que no le importe lo bonita que eres.
—No soy una niña.
La miré y en ese momento entendí que no le gustaba mi mirada.
No la orden.
No el silencio.
La mirada.
Se acercó hasta no dejar ni un centímetro entre nosotros. Nada. Ni espacio, ni prudencia, ni esa distancia mínima que la gente normal conserva cuando está discutiendo con alguien.
—No soy una niña —repitió, más bajo—. Ya no. Nunca más. ¿Me entiendes?
La entendía.
Aunque no quisiera.
Aunque hubiera preferido no hacerlo.
—Alto y claro, Denci.
Tragó en seco, pero no se alejó. Seguía allí, demasiado cerca, usando la rabia como armadura, y desde esa distancia las grietas se veían demasiado bien.
—Pero me llamaste —dije—. Y es mi problema ahora. Déjame encargarme de ello.
Sus ojos se movieron sobre mi cara, buscando algo. Una mentira, una grieta, una razón.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué quieres ayudarme?
La miré.
Estaba demasiado cerca.
Demasiado furiosa.
Demasiado inteligente para no saber que la respuesta importaba.
—Porque todavía no sé si eres un problema o una oportunidad.
Sus ojos se afilaron.
—Qué halagador.
—No lo era.
—Eso lo tengo claro.
—Y porque a los enemigos se les deja cerca —dije—. A los imprevisibles, más.
Su expresión cambió.
—No eres mi enemigo.
—No he dicho que lo seas.
—Y tampoco estás en mi lista.
Eso me detuvo.
Solo un segundo.
—¿Lista?
Denci se dio cuenta tarde. Muy tarde. La vi cerrar algo dentro de ella antes de levantar la barbilla.
—No preguntes.
—¿Qué lista?
—Una metáfora.
—No.
Su boca se tensó.
—No estás en ella. Ese era el punto.
El punto, quizá.
Pero no lo único.
Una mujer que mata a Greg Johns en un callejón no usa la palabra lista por accidente. No con esa voz. No con esa precisión.
—Denci —dije—. ¿Cuántos nombres hay en esa lista?
Ella me sostuvo la mirada.
Durante un segundo pensé que iba a mentir. La vi considerarlo, elegirlo, prepararlo, y luego, por alguna razón que probablemente también iba a ser un problema, cambió de opinión.
—Mira —dijo—, puedo responder honestamente si me das tu palabra de que vas a mantenerme al tanto de lo que suceda con el pequeño lío de Greg.
El pequeño lío de Greg.
La miré.
—¿Pequeño lío?
—Estoy intentando no dramatizar.
—Mataste al contable de la mafia rusa.
—Sí, Ash, ya me lo has mencionado una o cinco veces.
—No es una negociación.
—Todo es una negociación cuando dos personas quieren algo y ninguna está dispuesta a pedirlo con educación.
No estaba equivocada.
Eso fue irritante.
Denci cruzó los brazos, todavía demasiado cerca de la cama, de la puerta, de mí y de todos los errores posibles de esa noche.
—Tú quieres saber sobre mi lista —dijo—. Yo quiero saber si mañana voy a despertarme con la policía, la mafia rusa o tu abuela llamando a mi puerta para insultarme otra vez.
—No.
Denci parpadeó.
—¿No?
—No te voy a mantener al tanto.
Su expresión se quedó quieta de una forma peligrosa.
—Eres insoportable.
—No es la primera vez que me lo dicen.
—Qué raro. Pareces una persona muy querida por la comunidad.
No respondí.
No teníamos tiempo para eso.
Miré la puerta. Luego la cama. Luego su boca.
El pintalabios seguía perfecto.
Demasiado perfecto.
—Ven aquí.
Denci entornó los ojos.
—Ni se te ocurra decirlo con ese tono otra vez.
Di un paso hacia ella, le sujeté la barbilla con una mano y pasé el pulgar por su labio inferior.
No con cuidado.
Con intención.
Su cuerpo se tensó al instante.
—¿Qué demonios haces?
—Arreglar tu desastre.
—Eso no responde a mi pregunta.
Le borré parte del color con el pulgar, arrastrándolo hacia una comisura. Después hice lo mismo con el labio superior. Lo suficiente para que pareciera besada. Lo bastante mal para que pareciera real.
Denci me miraba como si estuviera decidiendo en qué parte exacta de mi cuerpo iba a clavarme algo.
—Si vuelves ahí igual que entraste, van a pensar.
—Oh, claro, perdón por no colaborar con tu teatro sexual para mafiosos.
—Precisamente.
Le solté la barbilla.
Ella respiró por la nariz, furiosa, pero no se limpió la boca.
Bien.
Al menos entendía rápido cuando quería.
Abrí la puerta y la guie de vuelta por el pasillo. La sala seguía allí, esperando, llena de humo caro, miradas feas y hombres que confundían paciencia con poder. No la llevé hasta el centro, solo hasta la entrada, donde todos podían verla y ninguno podía tocarla sin mirarme antes.
—Vete a casa —dije, bajo.
Denci levantó la barbilla.
—No. Nuestra conversación no ha terminado.
La paciencia se me acabó.
No hizo ruido.
Tampoco avisó.
La tomé del brazo, la aparté del marco de la puerta y la llevé contra la pared del pasillo antes de que pudiera volver a abrir la boca. No fue un golpe ni violencia gratuita. Fue una orden hecha cuerpo.
Denci chocó contra la pared lo justo para entender que esta vez no estaba negociando conmigo.
Sus ojos ardieron.
Bien.
Los prefería furiosos a muertos.
—Entiendo el control, Denci —dije, muy cerca de su cara—. Más de lo que crees. Pero confía en mí: este no es el momento.
Su respiración me rozó la boca.
No se movió.
Tampoco bajó la mirada, por supuesto.
—No vuelvas a desafiarme delante de ellos —añadí—. No porque me importe tu orgullo, sino porque a ellos les encantaría verlo sangrar.
Algo cambió en su expresión, apenas, pero lo suficiente.
Detrás de nosotros, la sala seguía viva, llena de voces bajas, vasos caros y hombres que no necesitaban levantarse para ser peligrosos.
Solté su brazo.
—Vete a casa.
Denci no se movió enseguida. Durante un segundo pensé que iba a desafiarme otra vez, porque parecía físicamente incapaz de elegir la opción que la mantenía viva si esa opción venía con una orden incluida.
Pero sus ojos bajaron a mi mano.
Luego a la puerta.
Luego otra vez a mí.
Y ahí estaba.
El control.
No el mío.
El suyo.
Aferrado con uñas, dientes y rabia a una mujer que probablemente había aprendido demasiado pronto que la seguridad era solo otra forma de jaula si alguien más tenía la llave.
Conocía esa clase de pensamiento.
No me gustó reconocerlo.
—Ahora —dije.
Porque si suavizaba la voz, ella lo oiría.
Y si ella lo oía, los hombres del otro lado también.
Denci respiró hondo, se apartó de la pared y pasó junto a mí sin tocarme.
No miró atrás.
Bien.
La vi alejarse por el pasillo, con el pintalabios corrido, la espalda recta y suficiente orgullo roto para prender fuego al club entero si alguien le daba una cerilla.
Después volví hacia la sala.
Viktor seguía esperando.
Greg Johns seguía muerto.
Y Denci acababa de convertirse en una variable que ya no podía dejar fuera del tablero.