Capítulo 12 #2
Como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza cuándo convenía dejar espacio.
Mis dedos se quedaron quietos alrededor de la copa.
Ash cruzó el club sin mirar alrededor, sin distraerse con las luces, la música o las mujeres que prácticamente se doblaban sobre las mesas intentando llamar la atención de hombres que ya habían decidido ignorarlas desde el coche.
Una rubia se le cruzó delante, demasiado borracha o demasiado estúpida para entender la diferencia entre peligro y atractivo.
Ash le dedicó una sonrisa breve.
Educada.
Vacía.
Y siguió caminando.
Directo hacia las puertas negras del fondo.
Oh, no.
No, no, no.
Sentí el inicio de una migraña moral formándose detrás de mis ojos.
Lo que pasaba detrás de esas puertas era un misterio para la mayoría de los clientes del club.
No para mí.
Ni para los amigos de Neron, porque Neron era incapaz de guardar un secreto incluso si alguien le apuntaba a la cabeza mientras se lo contaba.
Detrás de esas puertas había sexo, lujo y suficiente confidencialidad como para destruir matrimonios, carreras políticas y probablemente algún gobierno pequeño.
Contrato de confidencialidad, cuota mensual absurda y revisión médica obligatoria porque, aparentemente, hasta el pecado necesitaba administración.
Fue Ash quien abrió la puerta negra.
Y quien dejó pasar primero a los hombres que iban con él.
Maldito hombre.
Yo llevaba todo el día preocupada por Greg Johns, por la policía, por la posibilidad de acabar en una cárcel extranjera o enterrada en algún sitio desagradable, y él estaba allí.
Tranquilo.
Perfectamente funcional.
Yendo hacia una sala privada como si no tuviera cadáveres pendientes, rusos cerca ni una mujer con ganas de arrancarle la piel en capas finas.
Me levanté.
No de golpe, porque todavía tenía algo de dignidad y un vestido que no perdonaba movimientos bruscos.
Neron, por supuesto, lo notó.
Siempre lo notaba todo cuando le convenía.
—¿A dónde vas?
—Al baño.
—El baño está a la derecha.
—Mi paciencia también estaba en alguna parte y mírala, perdida.
Pasé junto a él con la copa todavía en la mano y una sonrisa lo bastante inocente como para que no se la creyera ni un idiota.
Neron no era idiota.
Ese había sido parte del problema.
—Denci —dijo, suave.
Mi nombre en su boca seguía teniendo esa familiaridad vieja que me irritaba más de lo razonable. No porque doliera. Ya no. Sino porque alguna vez había dolido lo suficiente como para dejar marca.
Me acerqué un poco más.
—¿Me dejas pasar, dueño del infierno?
—Depende de qué parte del infierno quieras visitar.
—La que tenga menos preguntas.
Sonrió.
Y ahí cometió su error.
La chaqueta de Neron estaba abierta, elegante, cara, ridículamente confiada. Metí la mano en el bolsillo interior con la naturalidad de quien alguna vez tuvo derecho a invadirle el espacio y le robé la tarjeta antes de que su sonrisa terminara de asentarse.
Sus ojos bajaron a mi muñeca.
Luego volvieron a mi cara.
—Eso no es el baño.
—Nunca dije que fuera buena siguiendo indicaciones.
Me alejé antes de que pudiera detenerme.
O peor.
Antes de que pudiera recordarme que me conocía.
Caminé hacia las puertas negras con la tarjeta de Neron entre los dedos y una cantidad preocupante de ira ocupándome el pecho.
No era solo celos.
O no quería que fuera solo eso.
Era miedo convertido en rabia, orgullo herido, cansancio, Greg Johns respirándome en la nuca aunque estuviera muerto y Ash ignorándome todo el día como si mi vida fuera una notificación molesta que podía silenciar.
El hombre de seguridad miró la tarjeta.
Luego me miró a mí.
Tuvo la inteligencia de no preguntar nada.
Las puertas se abrieron con un sonido suave, caro, casi educado, y el ruido del club quedó atrás de golpe, sustituido por una música más baja, más lenta, diseñada para no interrumpir gemidos ni conversaciones peligrosas.
El lugar no era una habitación.
Era un pecado con presupuesto.
Sofás oscuros, mesas bajas, luces doradas, cortinas pesadas y gente repartida por el espacio con distintos niveles de ropa, vergüenza y autocontrol. Algunas parejas bebían como si aquello fuera un salón privado cualquiera. Otras estaban demasiado ocupadas para fingir normalidad.
Una mujer se reía sobre el cuello de un hombre que llevaba la camisa abierta y un anillo de casado brillando en la mano equivocada.
Precioso.
Educativo.
Repugnante.
Y entonces lo vi.
Ash estaba sentado en un sillón al fondo, con una pierna ligeramente abierta, un brazo apoyado en el respaldo, el traje intacto y la misma expresión tranquila que tendría alguien esperando un café.
No estaba tocando a nadie.
No parecía entretenido.
Ni sorprendido.
Eso me enfadó más.
Crucé la sala antes de que la parte razonable de mi cerebro pudiera presentar una objeción formal.
Varias miradas se giraron hacia mí, pero las ignoré.
Una mujer medio desnuda dejó de besar a alguien para observarme con interés, y también la ignoré, porque en ese momento mi capacidad de preocuparme por el público estaba bastante ocupada intentando no cometer un crimen delante de testigos con contrato de confidencialidad.
Ash levantó los ojos justo cuando llegué frente a él.
Solo entonces.
Como si ya supiera que iba a hacerlo.
—Denci —dijo.
Me senté en su regazo.
Sin pedir permiso, sin delicadeza y con una rodilla a cada lado de sus piernas, usando una sonrisa tan dulce que merecía una orden de alejamiento.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba debajo del mío.
No mucho.
Lo justo.
Sus manos no me tocaron. Se quedaron quietas, una en el respaldo y la otra sobre el brazo del sillón, como si hasta sus dedos necesitaran autorización legal antes de reaccionar.
Eso también me molestó.
Claro.
Porque una parte de mí, una parte muy idiota y completamente despedida de su cargo, esperaba que reaccionara.
Me incliné hacia él, lo suficiente para que cualquiera que mirara entendiera exactamente lo que yo quería que entendiera y absolutamente nada de lo que estaba pasando en realidad.
—Hola, amor —susurré—. ¿Me has echado de menos?
Ash me sostuvo la mirada.
Frío.
Serio.
Peligrosamente quieto.
—Has entrado en la sala equivocada —dijo.
Sonreí un poco más.
—Qué raro. Yo estaba segura de haber encontrado justo al hombre que buscaba.
Entonces sí me tocó.
Su mano llegó a mi cintura sin prisa y se cerró lo justo para avisar, no para hacer daño. Eso fue peor, porque no había nada torpe en el gesto, nada que pudiera usar para odiarlo con comodidad.
—Denci —dijo, tan bajo que solo yo pude oírlo—. Cállate.
Y entonces, por primera vez desde que había cruzado aquellas puertas negras, noté el silencio.
No el de antes.
No el del lujo, ni el sexo, ni la música baja.
Otro.
Uno lleno de hombres que habían dejado de respirar para escucharme.