Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

Denci

—¿Tú no piensas volver a casa?

Miré a Poppy apenas un segundo, el suficiente para decidir si iba a comportarme como una persona civilizada o como yo misma.

—¿Tú no piensas casarte para asegurar la herencia de tu padre?

—¡Denci! —exclamó Sally desde el sofá.

Le habían dado el alta porque estaba bien. Bueno, relativamente bien. Un poco baja de defensas, vitaminas y ganas de vivir, pero técnicamente viva, que al parecer era el requisito importante para abandonar un hospital.

Y que conste que no era culpa mía.

Yo había intentado que comiera cosas equilibradas.

No podía obligarla a tragárselas.

Su familia había venido la noche anterior, pero ahora descansaban en otra habitación de la suite. Sí, Elsa y Demon les habían dejado una, porque aparentemente ser millonario incluía regalar habitaciones de hotel como quien presta paraguas.

Poppy también estaba ahí y llevaba toda la mañana sin quitarme el ojo de encima, excepto cuando Sally respiraba un poco raro, pedía agua o simplemente existía.

O sea, comportamiento de perro guardián emocional.

¿Qué?

No eran celos.

Envidia tampoco.

Además, Sally estaba bien. No tenía heridas físicas… y de las otras prefería no hablar porque no estaba de humor para abrir traumas ajenos antes del mediodía. Especialmente los que yo misma había provocado.

—Déjalo en paz —dijo Sally.

—Él empezó —me encogí de hombros antes de dar otro sorbo a mi mojito.

Nicolas soltó una risa baja desde el sillón.

Sí, él también estaba allí, con esa aura insoportable de “yo entiendo cosas que vosotros todavía no”. Y lo peor era que normalmente tenía razón.

Eso no hacía la experiencia más agradable.

—En serio, Denci —insistió Poppy—. ¿No necesitas volver a tu país? ¿Trabajar?

Puse los ojos en blanco.

Oficialmente, mi país era Filipinas. El lugar donde, presuntamente, todavía estaba mi familia.

Lo que ellos no sabían era que eso ya no era verdad.

Quizá alguna vez lo fue.

Ahora no.

Y pensaba mantenerlo así.

—Yo trabajo. ¿Quién dijo que no trabajo?

Sally se atragantó con el café y Poppy se inclinó enseguida hacia ella para darle golpecitos en la espalda.

—¿Estás bien, amor? —preguntó, alarmado.

—Shh, nada de “amor”, Poppy, que luego se nos enfada el detective Cross —dije antes de suspirar—. Y bastante tensión sexual no resuelta tiene ya esta habitación.

—Yo lo vi primero, es mío —espetó Sally, con la voz todavía ronca.

La miré con absoluta decepción.

—Qué poco apoyo femenino.

En ese momento la puerta de la suite se abrió y Lukas entró como si ya supiera que había tomado una mala decisión al venir.

Saludos rápidos.

Beso en la frente para Sally.

Y luego una mirada directa hacia mí. No exactamente una amenaza, pero sí ese clásico compórtate que la gente insistía en usar conmigo como si alguna vez hubiera funcionado.

—¿Qué tal todo? —preguntó.

—Sally y Denci están peleando por la atención de Cross —explicó Nicolas desde el sillón, disfrutándolo demasiado.

Lukas asintió lentamente.

—Ah. O sea, todo ha vuelto a la normalidad.

Sally me miró.

Yo la miré a ella.

—Todo normal —susurró con solemnidad.

—Absolutamente estable —confirmé antes de beber otro sorbo de mojito.

Aproveché ese momento para comprobar el móvil.

Nada.

Ese maldito no me había llamado.

Llevaba toda la noche y toda la mañana revisando noticias sobre Greg Johns, pero no había absolutamente nada. Ni medios oficiales, ni los otros, ni una sola maldita palabra.

Como si el hombre nunca hubiera existido.

A las nueve de la mañana hice lo que cualquier persona razonable haría en mi situación: llamé a Ash-cuyo-apellido-no-conocía, porque aparentemente una noche de cadáveres y amenazas mafiosas no creaba suficiente confianza para compartir información básica.

Contestó al tercer tono.

—¿Sí?

—Ash, hola.

—Ahora no.

Fruncí el ceño.

—¿Ahora no qué? Necesito saber…

—No necesitas saber nada.

—Pero…

—Yo te llamo si hace falta.

Y colgó.

Elsa sí llamó para preguntarme si podía hacerle compañía a Sally mientras sus padres descansaban, como si todos tuvieran miedo a dejarla sola demasiado tiempo.

Así que pasé el resto de la mañana allí, soportando las miradas constantes de Poppy, las sonrisitas cómplices de Nicolas y el silencio pesado de mi propio móvil.

Sinceramente, ya estaba lista para cometer otro asesinato.

Uno muy específico.

Ash.

Necesitaba saber qué demonios estaba pasando. Necesitaba saber si Greg Johns seguía siendo un problema muerto o si, de alguna manera, se había convertido en uno vivo con contactos rusos y ganas de arruinarme la existencia.

Me puse de pie, salí a la terraza y marqué su número.

Apenas pasaron cinco segundos antes de que contestara.

—Si me vuelves a colgar voy a cortarte las orejas, cocinarlas y obligarte a comértelas.

—Vaya, sigues en modo agresivo —dijo él.

Ignoré el comentario.

—Dime lo que necesito saber.

—En este momento, nada. ¿Ahora puedo colgar? Estoy en…

—¿Una reunión? Me da igual.

Hubo un pequeño silencio al otro lado.

No completo.

Se escuchó algo de fondo.

Una respiración.

Un roce.

Una voz baja que no era suya.

Abrí mucho los ojos.

—Oh, Dios mío —solté—. ¿Por qué diablos contestas el teléfono cuando estás follando?

—Buena pregunta.

Y colgó.

A la mierda con este hombre.

Volví al salón y todos los ojos estaban sobre mí.

—¿Qué? —espeté.

—¿Problemas, Denci? —preguntó Lukas.

Y sí, sabía que su preocupación era sincera, lo cual honestamente solo empeoraba las cosas.

No, nada importante. Solo la posibilidad de acabar en prisión o muerta si no solucionaba rápido un pequeño inconveniente relacionado con un cadáver.

—Nada de lo que no pueda encargarme —respondí.

No pareció creerme.

Por suerte, tampoco insistió gracias a la llegada de Neron, que entró en la suite como si el edificio le perteneciera y lo primero que hizo fue invitarnos a su club esa noche para un evento especial.

Ya sabía lo que significaba “especial” para Neron.

Alcohol caro.

Personas, situaciones, posiciones y decisiones cuestionables envueltas en luces bonitas.

Sally rechazó la invitación enseguida. Dijo que todavía no estaba preparada para algo así.

Todavía.

—Yo sí voy —dije.

Volví a casa unas horas después y fui un poco cobarde.

No llamé.

Mandé un mensaje.

Denci: Necesito saber.

Ash: ¿No tienes que comprarte un bolso nuevo?

Ash: ¿O zapatos?

Denci: Increíble capacidad para resultar insufrible incluso por mensaje.

Ash: Adiós.

Denci: Sí, sí. Saluda a tu abuela de mi parte.

Ash: Bastante insolente para alguien que me debe una.

Me sentí ofendida. Obviamente. E hice lo que cualquier persona madura haría.

Envié el emoji que saca la lengua.

Muy digno todo.

***

El club de Neron no estaba lleno.

Estaba hambriento.

Había una diferencia, aunque la gente normal fingiera no notarla.

Las luces bajas se movían sobre los cuerpos, la música golpeaba desde algún lugar profundo del suelo y el aire olía a perfume caro, alcohol frío y ese tipo de pecado organizado que solo existe cuando alguien ha pagado mucho dinero para no llamarlo por su nombre.

Neron nos esperaba cerca de la entrada, vestido de negro, sonriendo como si acabara de cometer algo elegante y todavía estuviera decidiendo si iba a confesarlo.

—Llegáis tarde —dijo.

—Qué tragedia —respondí—. Espero que el club sobreviva.

—Sin ti, apenas.

Elsa apareció a su lado con Demon, preciosa de una forma casi injusta. Demon, por supuesto, tenía esa cara de hombre que no necesitaba amenazar porque ya había construido toda una personalidad alrededor de la posibilidad.

Lukas llegó detrás de mí y me rozó el brazo con los nudillos, un gesto pequeño, casi de hermano mayor cansado.

—Compórtate.

—Me he vestido —dije—. No seas exigente.

Poppy no se rió.

Seguía con esa expresión de perro triste con mandíbula bonita desde que Sally había decidido quedarse en la suite, descansando como una persona razonable y no venir a un club donde la mitad de los asistentes parecían necesitar un abogado antes de medianoche.

—Ella está bien —le dije, porque verlo sufrir en silencio era incómodo incluso para mí.

Poppy me miró.

—¿Te lo ha dicho?

—No. Pero si no estuviera bien ya habría encontrado una forma de hacer que todos nos sintiéramos culpables.

Eso sí le sacó una sonrisa breve.

Neron nos condujo hacia una zona reservada, no exactamente apartada del club, pero sí elevada lo suficiente para que todos pudieran vernos y fingir que no. Había sofás bajos, botellas ya abiertas y una camarera demasiado guapa para traer bebidas sin que pareciera una elección narrativa.

Me senté junto a Elsa y acepté una copa porque una mujer puede tener problemas con la ley, con la mafia rusa y con un hombre insoportable que contesta al teléfono mientras folla, pero no tiene por qué enfrentarse a todo eso sobria.

Durante un rato, casi funcionó.

Lukas discutía algo con Demon en voz baja, Poppy miraba el móvil cada tres minutos, Elsa me preguntaba por Sally con una dulzura que me hacía sentir peor de lo que estaba dispuesta a admitir y Neron, apoyado en el respaldo de mi sofá, sonreía como si supiera demasiadas cosas y hubiera decidido disfrutarlas por orden alfabético.

—Estás rara —dijo Elsa.

—Estoy preciosa.

—Eso también.

—Entonces céntrate en lo importante.

Elsa sonrió, pero sus ojos no se fueron.

Claro que no.

Nadie en ese grupo tenía la decencia de dejar a una persona hundirse con discreción.

Me llevé la copa a los labios y miré hacia la pista, hacia la gente moviéndose bajo las luces, hacia las manos en cinturas ajenas y bocas demasiado cerca de oídos que quizá no estaban escuchando nada.

Y entonces lo vi.

Ash estaba allí.

Sí, en el club de Neron.

Ese club de Neron.

Iba acompañado por varios hombres vestidos de forma demasiado informal para la clase de dinero y peligro que llevaban encima.

Ash era el único con traje, oscuro, impecable, avanzando entre la gente con esa calma fría suya que hacía que el resto se apartara incluso antes de entender por qué debía hacerlo.

Y la gente se apartaba.

Naturalmente.