Denci (Camino de Amor nº 4) Epílogo #3
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Epílogo #3

Cuando el último invitado se fue y la casa quedó en silencio, yo estaba cansada de una manera que no parecía humana. Tenía los pies doloridos, la cabeza llena de ruido y una sospecha creciente de que mi cuerpo estaba fabricado con piezas defectuosas.

—Nunca más —dije, subiendo las escaleras hacia el dormitorio.

Ash venía detrás de mí.

—¿Nunca más qué?

—Fiestas. Gente. Amor. Esculturas de hielo. Cumpleaños. Todo.

—La fiesta fue idea tuya.

—No uses detalles contra mí.

Entré en el dormitorio y me quité los zapatos con un suspiro que habría dado pena si yo fuera una mujer con menos dignidad. Ash cerró la puerta detrás de nosotros y apoyó la espalda contra ella.

Lo miré por el espejo mientras intentaba quitarme un pendiente.

—¿Qué?

—Nada.

—No me mires con cara de nada. Tu cara de nada siempre trae problemas.

Ash metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.

Ah.

El regalo.

—No —dije.

Ni siquiera sabía qué era y ya no.

—Todavía no he hecho nada.

—Estás a punto. Se te nota.

Sacó la caja pequeña de Elsa.

La dejó sobre la cómoda.

Yo miré la caja.

Luego a él.

—Si eso vibra, me voy a enfadar.

Su boca se curvó apenas.

—No vibra.

—Eso no me tranquiliza tanto como crees.

—Ábrela.

—Es tu regalo.

—No exactamente.

No me gustó.

Nada.

Me acerqué a la cómoda con el mismo entusiasmo con el que una se acerca a una bomba mal envuelta. La caja era bonita, por supuesto. Elsa podía regalarte una maldición y aun así hacer que pareciera cara.

Levanté la tapa.

Vi el contenido.

Parpadeé.

Luego volví a cerrar la caja.

—Ni muerta.

Ash no dijo nada.

Muy sabio por su parte.

Volví a abrirla porque quizá mi cerebro, además de estar muriéndose, había decidido inventar objetos ofensivos.

No.

Seguía allí.

Una prueba de embarazo.

Una maldita prueba de embarazo.

Levanté la cabeza y miré a Ash.

—Ni muerta —repetí, más claro, por si el universo tenía problemas de audición.

—Denci.

—No.

—Nena.

—No, Ash. No. Me niego. Esto es una conspiración. Elsa está loca, tu abuela está peor y tú… tú tienes esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de hombre que ya está eligiendo nombres y comprando una casa con jardín, aunque ya tienes una casa con jardín, lo cual demuestra que esto es grave y que necesito sentarme antes de cometer un asesinato.

Ash se acercó.

Yo levanté un dedo.

—No.

Se detuvo.

Bien.

El hombre aprendía.

—No estoy diciendo que estés embarazada.

—Me acabas de dar una prueba.

—Elsa me dio una prueba.

—Y tú me la has dado a mí. Eso te convierte en cómplice.

—Tienes síntomas.

—Tengo estrés, mal carácter, sueño atrasado y una relación con un hombre que me da órdenes cada día, piensa que soy suya para mandar y encima tiene la indecencia de hacer que me guste. Cualquiera estaría rara.

Ash intentó no sonreír.

Fracasó.

Lo odié por eso.

—Si me has dejado embarazada —dije, señalándolo con la caja—, seré madre soltera porque tú estarás muerto.

—Eso dificultaría bastante mi papel como padre.

—Deberías haberlo pensado antes de ponerme en esta situación.

—¿En qué situación?

—La situación de tener que hacer pis sobre un palo mientras tú me miras con esa cara de felicidad contenida.

Ash se acercó otro paso, despacio, como si yo fuera un animal salvaje.

Lo cual era ofensivo.

Y correcto.

—No voy a mirarte si no quieres.

—Claro que no vas a mirarme. Estarás ocupado escribiendo tu testamento.

—Ya lo tengo escrito.

—No me provoques.

Llegó hasta mí y me quitó la caja de las manos antes de que pudiera lanzársela a la cabeza. Luego la dejó otra vez sobre la cómoda y me tocó la cara con los dedos, suave, demasiado suave para una conversación sobre asesinatos, embarazo y traiciones de amigas ricas.

—Mírame.

—No quiero.

—Denci.

Lo miré.

Qué débil.

—Si no lo estás, no pasa nada —dijo.

—Obviamente.

—Y si lo estás…

—No termines esa frase.

—Si lo estás —continuó, porque el hombre tenía una relación pésima con la supervivencia—, tampoco estás sola.

La garganta se me cerró.

—No sé ser madre —susurré.

Ash me sostuvo la mirada.

—Yo tampoco sé ser padre.

—Eso no ayuda.

—Aprenderemos.

Me reí.

Fatal.

—¿Aprenderemos? ¿Con qué? ¿Un manual? ¿Un curso? ¿Amenazando a otras madres en el parque si sus hijos miran mal al nuestro?

—Eso último parece más probable.

No debería haberme hecho gracia.

Me hizo.

Ash apoyó la frente contra la mía.

—No tienes que decidir nada esta noche.

Miré la caja de reojo.

—Tengo que decidir si mato a Elsa.

—No.

—¿Mutilarla?

—Tampoco.

—Lo que yo decía, mandón.

Su risa me rozó los labios.

—Haz la prueba, nena.

Cerré los ojos.

Pensé en Eleonor pidiendo bisnietos, en Elsa mirándome como si yo fuera un misterio muy fácil de resolver, en Sally sonriendo.

En Ash, que llevaba meses hablándome del futuro como si fuera un lugar real y no una trampa.

Luego pensé en una criatura pequeña con sus ojos.

O con los míos.

Pobre cosa.

—Si sale positivo —dije—, quiero que conste que la culpa es tuya.

—Acepto.

—Y si vomito, también.

—Acepto.

—Y si lloro, lo negarás ante cualquier persona que pregunte.

—Por supuesto.

Abrí los ojos.

Ash estaba sonriendo.

No mucho.

No como un idiota.

Peor.

Como un hombre que ya había decidido que, pasara lo que pasara, aquello también era suyo.

Maldito hombre.

Maldito futuro.

Maldita vida buena que una empezaba a querer justo cuando se volvía peligrosa.

Cogí la caja de la cómoda y respiré hondo.

—Vale —dije—. Pero si esto sale como Elsa cree, mañana le compro un regalo horrible para vengarme.

—¿Qué clase de regalo?

Lo miré.

—Uno con tu apellido.

Ash se quedó quieto.

Qué bonito.

Por fin.

Y entonces me fui al baño antes de que pudiera decir algo tan serio, tan romántico o tan suyo que me hiciera llorar otra vez.

Una mujer tenía límites.

Incluso embarazada.

No.

No.

Ni muerta.

Cinco minutos después averigüé que no me estaba muriendo, solo estaba embarazada.

Salí del cuarto de baño con la prueba en la mano y Ash leyó mi expresión en medio segundo.

Tuvo la decencia de no alegrarse demasiado.

Lo intentó, por lo menos.

Pero no pudo esconder ese brillo orgulloso en los ojos, esa cosa absurda, primitiva y masculina que decía su mujer, su hijo, su mundo.

Hombres.

Todos cavernícolas con trajes caros.

—No digas nada —le advertí.

Ash miró la prueba.

Luego a mí.

Me quedé mirándolo con la prueba en la mano, el corazón en la garganta y unas ganas muy serias de besarlo o empujarlo por la ventana.

Las dos opciones parecían razonables.

Miré la prueba otra vez.

Dentro de mí había algo.

Alguien.

Una cosa pequeña, inocente, estúpida, sin ningún instinto de supervivencia, que había decidido instalarse en mi cuerpo como si yo fuera un lugar seguro.

—No puedo hacer esto —susurré.

Ash dejó de sonreír.

Se acercó despacio, como había aprendido a hacer cuando mi cuerpo no sabía si quería quedarse o salir corriendo. Me quitó la prueba de la mano con cuidado y la dejó sobre la cómoda, lejos de mí, como si aquel trozo de plástico pudiera morderme.

—Sí puedes.

Negué con la cabeza.

—No, Ash. No me vengas con frases de hombre enamorado porque no estoy de humor. No sé ser madre. No sé cuidar algo limpio sin ensuciarlo. Ni siquiera sé qué se hace con un bebé. ¿Se le habla? ¿Se le amenaza? ¿Se le pone seguridad privada antes o después de aprender a caminar?

Su boca se curvó apenas.

—Después. Antes sería excesivo incluso para nosotros.

Lo miré mal.

O lo intenté, porque los ojos me ardían y eso le quitaba bastante autoridad a mi amenaza.

—Esto no tiene gracia.

—No.

—Ash.

—Lo sé.

Y ahí estuvo el problema.

Que lo sabía.

Que me miraba y lo sabía.

Sabía que no estaba hablando de pañales, ni de cunas, ni de nombres, ni de si el niño iba a heredar sus ojos o mi capacidad de convertir cualquier reunión familiar en una investigación criminal.

Estaba hablando de miedo. Del mío. Del viejo.

Del que no se iba solo porque Carlos estuviera muerto y yo tuviera a un hombre delante dispuesto a casarse conmigo como si aquello solucionara todos los agujeros.

—Tengo miedo de quererlo —dije, y la frase salió tan baja que casi preferí no haberla dicho—. Tengo miedo de quererlo demasiado. De no saber hacerlo bien. De despertarme un día y descubrir que soy como todos los adultos que deberían haberme cuidado y no lo hicieron.

Ash me tocó la cara.

No me limpió las lágrimas porque todavía no habían caído y, sinceramente, me pareció un detalle precioso por su parte no darles ideas.

—Tú no eres ellos.

—No sabes eso.

—Sí lo sé.

—No puedes saberlo.

—Denci, acabas de amenazarme de muerte porque crees que estás embarazada. Esa criatura no va a poder respirar demasiado fuerte sin que quieras revisar sus pulmones, su habitación, sus ventanas y la lista de antecedentes de cualquier persona que se acerque a menos de diez metros.

Solté una risa rota.

Fatal.

—Eso no es maternidad. Eso es paranoia.

—En nuestra familia, probablemente sea lo mismo.

Ahí sí lloré.

Mierda.

Lloré lo suficiente para que Ash me acercara a él y yo escondiera la cara contra su pecho antes de que pudiera verme convertida en una persona sentimental con prueba de embarazo positiva y amenazas pendientes.

—No quiero hacerle daño —dije contra su camisa.

Sus brazos se cerraron a mi alrededor.

—No lo harás.

—No prometas cosas que no puedes controlar.

—Entonces prometeré lo que sí puedo controlar. Voy a estar contigo. Voy a estar con nuestro hijo. Y si algún día tienes miedo de no saber hacerlo, me lo dices y lo hacemos juntos.

Nuestro hijo.

El muy desgraciado lo dijo como si tuviera derecho.

Como si ya existiera en algún lugar entre los dos.

Como si no fuera una locura.

Me aparté lo justo para mirarlo.

—No puedes decir “nuestro hijo” con esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa. La de hombre que acaba de conquistar el mundo entero.

—Tienes razón, tener un hijo contigo es mucho más importante.

Me tapé la cara con las manos.

—Voy a matarte.

—Después de la boda.

Bajé las manos despacio.

—No hay boda.

Ash me miró con esa calma suya que debería haber sido ilegal en varios países.

—Nos casamos pronto.

—Eso no ha sonado como una pregunta.

—No lo era.

—Estoy embarazada desde hace cinco minutos y ya estás dándome órdenes.

—Te doy órdenes todos los días.

—Sí, y normalmente me molesta.

—Normalmente te gusta.

Lo odié.

Muchísimo.

Quizá un poco menos cuando volvió a tocarme la cintura y me acercó a él como si el mundo no se acabara de abrir debajo de mis pies.

—Si crees que voy a casarme contigo solo porque me has dejado embarazada…

—No —me interrumpió—. Vas a casarte conmigo porque me amas, porque vivimos juntos, porque ya tienes media vida metida en mi casa y porque si espero a que dejes de buscar excusas, nuestro hijo tendrá edad para llevar los anillos.

Parpadeé.

—Eres insoportable.

—Y tú vas a ser mi esposa.

—Sigue hablando y seré viuda antes.

Ash sonrió.

No de esa manera orgullosa de cavernícola con traje caro.

Peor.

Sonrió como si yo acabara de darle algo que llevaba esperando toda la vida.

—Te amo —dijo.

Me quedé quieta.

Con miedo.

Con la prueba sobre la cómoda.

Con una vida pequeña y absurda dentro de mí.

Con Ash delante.

Con todo el futuro intentando entrar por la puerta a patadas.

—También te amo —murmuré—. Pero como le digas a tu abuela que estoy embarazada antes de que yo procese esto, te juro que nuestro hijo crecerá sin padre.

—Entendido.

—Y sin abuelo paterno si se pone pesado.

—Eso también puede arreglarse.

Suspiré.

Por primera vez en mi vida, el futuro no parecía una amenaza lejana.

Parecía una amenaza en mi propio cuarto, con ojos de Ash, una prueba positiva y demasiadas posibilidades de hacerme feliz.

Qué horror.

Pero sí, dos meses después nos casamos.

Sally fue mi dama de honor junto a Elsa. El universo tenía una manera muy extraña de hacer las cosas porque, de todas las personas del mundo, Sally fue la que caminó delante de mí hacia el altar, la que atrapó el ramo de novia y la que bailó toda la noche.

Al fin y al cabo, el secuestro no la dejó tan traumatizada.

Tuve un hijo, justo como quería Ash.

Un heredero.

Para mí fue el momento más aterrador de mi vida y mira que había pasado por bastante.

Me pusieron esa criatura sobre el pecho, llorando como si quisiera despertar a los muertos, y no sé, algunos lo llaman amor a primera vista, magia, instinto maternal o cualquier otra cosa que suene bien en libros escritos por mujeres con menos armas escondidas en casa.

Yo solo supe que era mío.

Y que iba a quererlo, cuidarlo y protegerlo el resto de mi vida.

Con la ayuda de Ash.

Porque sí, Ash era el hombre de mi vida cuando no tenía ideas idiotas como el nombre que pensó que era adecuado para nuestro hijo.

Paul.

Casi dejé a mi hijo huérfano de padre en la sala de maternidad.

Fin