Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Denci

—Oh, mierda —susurré.

Las voces se escuchaban con demasiada claridad a pocos metros de mí, y si alguien miraba en la dirección equivocada podía verme.

A mí.

Al hombre muerto en el suelo, quizá no.

El callejón era oscuro, sí, pero estaba demasiado cerca de demasiados clubes. El sitio perfecto para echar un polvo con alguien a quien el alcohol o las drogas habían decidido volver atractivo, o para comprar y vender cosas que nadie quería explicar a la luz del día.

Necesitaba moverme rápido.

Pero no podía.

No tenía un plan, y eso era lo peor de todo.

La situación había tomado un giro inesperado y había terminado de una manera que, siendo generosa, no era buena para mí. Había cámaras en todas partes, voces demasiado cerca, un cadáver a mis pies y un error mío manchándolo todo.

Sí.

Un error.

Maldita sea.

No era mi estilo.

O no lo había sido hasta que Sally, el hospital, Ash y esa sensación ridícula de tener demasiadas cosas dentro me dejaron con menos cabeza de la que una necesita para matar a alguien en una zona con cámaras.

Saqué el móvil del bolso y marqué un número que, de alguna estúpida manera, se había quedado grabado en mi mente.

Un solo timbre después, su voz grave resonó en mi oído.

—¿Qué?

Wow.

Interesante manera de contestar al teléfono. Fría, directa, efectiva. Muy útil si tu objetivo principal en la vida era lograr que la gente se arrepintiera de haberte llamado.

Yo casi renuncié.

En serio.

Durante un segundo vi mi dedo apartándose de la pantalla, mi orgullo recogiendo los pedazos de su vestido caro y mi dignidad diciendo que prefería pudrirse en una celda antes que pedirle ayuda a un hombre que respondía el teléfono como si estuviera aceptando una molestia administrativa.

Pero luego miré el cuerpo, la sangre, la cámara y la boca del callejón.

Y recordé que la cárcel no combinaba con mi personalidad.

Ni con mis zapatos.

Respiré, apreté el móvil contra la oreja y obligué a mi voz a salir entera.

—Necesito ayuda.

Al otro lado escuché voces. No muchas. Quizá dos. Un murmullo bajo, algo que no entendí, y luego silencio.

Un silencio limpio.

Cortante.

De esos que no preguntan porque ya están pensando.

—Intenta no cometer más errores en tres minutos.

Y colgó.

Me quedé mirando la pantalla apagada del móvil.

Oh.

En tres minutos no, claro.

Razonable.

Podía contenerme durante tres minutos. Tres minutos era una cantidad de tiempo casi elegante, aunque en cuanto lo viera quizá cometía uno pequeñito. Uno controlado. Uno terapéutico.

Guardé el móvil en el bolso con movimientos más tranquilos de los que sentía y me pegué un poco más a la pared, intentando no mirar otra vez hacia la cámara de la esquina, porque aparentemente aquella noche mi cara ya había decidido colaborar bastante con la policía.

Esperé.

Qué palabra tan horrible.

Esperar era una actividad inventada por personas sin imaginación, sin armas y sin suficiente control sobre sus propios problemas.

Las voces de la calle sonaban alegres, ligeras, absurdamente vivas.

Risas, tacones, una puerta que se abría y dejaba escapar música demasiado alta para ese callejón, alguien gritando el nombre de una chica y alguien riéndose como si el mundo no estuviera lleno de hombres muertos, cámaras mal colocadas y decisiones tomadas con la cabeza demasiado sucia.

Me quedé inmóvil.

O lo más inmóvil que podía quedarse una mujer con adrenalina en la sangre, un cadáver a pocos metros y el orgullo haciendo comentarios ofensivos dentro de su cabeza.

El hombre seguía en el suelo.

Muy quieto.

Muy inconveniente.

El callejón, que hacía unos minutos me había parecido discreto, ahora era una trampa iluminada por todos los ángulos equivocados: una luz amarilla sobre una puerta lateral, otra más azulada al fondo, el reflejo violeta de un cartel de neón entrando desde la calle principal y esa cámara, maldita, paciente, negra, mirando desde la esquina como si hubiera nacido solo para arruinarme la noche.

Respiré por la nariz.

Despacio.

No sirvió de nada, pero me dio algo que hacer, y en ese momento cualquier cosa que no fuera mirar al muerto o imaginar titulares con mi nombre me parecía una contribución valiosa a mi supervivencia.

Una pareja pasó cerca de la entrada del callejón y me tensé.

La chica iba riéndose, colgada del brazo de un hombre que hablaba demasiado cerca de su oído, y durante un segundo pensé que iban a girar, que iban a buscar oscuridad, pared, intimidad, drogas o alguna otra estupidez humana que los trajera directamente hacia mí.

No giraron.

Siguieron caminando.

La risa se alejó y yo solté el aire muy despacio.

—Bien —murmuré—. Excelente decisión. Seguid siendo idiotas en otra parte.

El cuerpo no opinó.

Agradecí su discreción.

Me miré las manos. Tenía una mancha oscura cerca de los dedos, no mucha, no escandalosa, no de esas manchas dramáticas que arruinaban una escena entera, pero estaba allí, pegada a mi piel como si quisiera participar en mi ruina personal.

Intenté limpiarla con la parte interior de la chaqueta.

Mala idea.

Ahora tenía una mancha en la mano y otra en la chaqueta.

Progreso femenino.

Fantástico.

Volví a quedarme quieta.

La música golpeaba desde la calle con un ritmo bajo y constante, mezclada con motores, voces, risas y pasos que iban y venían sin llegar nunca del todo, como si la noche estuviera jugando conmigo.

No me gustaba nada.

Yo elegía los lugares, los tiempos, cuándo alguien respiraba y cuándo dejaba de hacerlo. Esa era la regla. Esa había sido siempre la regla.

Y, sin embargo, estaba allí, pegada a una pared sucia, esperando a un hombre al que apenas conocía porque había cometido un error tan grande que incluso mi ego había decidido no presentar defensa.

Oí un sonido a mi espalda.

No desde la calle.

No desde el fondo del callejón.

A mi espalda.

Me quedé quieta. Muy quieta.

Durante un segundo pensé que era mi cabeza, porque mi cabeza, esa noche, estaba claramente presentando una queja formal contra mis decisiones, pero entonces volvió a sonar.

Metal viejo.

Pesado.

La puerta lateral.

Esa puerta que yo había visto al entrar, oxidada, sucia, con la pintura levantada y el aspecto deprimente de llevar veinte años sin abrirse para nada que no fuera humedad, ratas o cadáveres con mala suerte.

La puerta se abrió despacio.

Sin chirriar demasiado.

Lo cual me pareció personalmente ofensivo porque, si una puerta parecía abandonada desde antes de que yo naciera, lo mínimo que podía hacer era sonar como una tragedia mecánica.

Pero no.

Se abrió apenas lo suficiente para dejar pasar una sombra.

Después él.

Ash entró en el callejón como si no acabara de atravesar una puerta imposible, sino como si hubiera usado una entrada perfectamente normal, educada y prevista para hombres que aparecían en escenas criminales sin despeinarse.

La puerta se cerró detrás de él con un golpe bajo.

No dijo nada al principio. Miró hacia la entrada del callejón, luego la cámara, el cuerpo, mis manos y, por último, a mí.

Ese orden me pareció ofensivo.

Correcto, pero ofensivo.

—Tres minutos —dije en voz baja, porque por algún motivo necesitaba demostrar que seguía teniendo boca.

Ash volvió a mirar la puerta por la que había entrado, como si estuviera calculando cuánto tiempo iba a seguir siendo una salida y no otro problema.

Después me miró.

—Casi cuatro.

Ah.

Maravilloso.

Encima puntual con intención de humillar.

—¿Tú no haces nada a medias, no? —me preguntó.

Y no, no lo dijo de buena manera.

No respondí.

Raro, sí. Preocupante, incluso. Pero mantuve la boca cerrada porque, por una vez en mi vida, mi instinto de supervivencia decidió aparecer antes de que todo ardiera.

Ash miró el cuerpo.

—¿Sabes quién es este tío?

Obviamente que sí.

—¿Qué soy yo? ¿Una principiante?

Greg Johns.

Asesor financiero en una de las mejores empresas de la ciudad, absuelto el año anterior después de convencer a un jurado de que no había violado a su secretaria, aunque había suficientes pruebas para encerrar incluso a un dios, si los dioses no fueran tan parecidos a los hombres ricos cuando se trataba de salirse con la suya.

Había salido impune.

Claro que había salido impune.

El dinero siempre encontraba una grieta, y la justicia tenía la mala costumbre de mirar hacia otro lado cuando la grieta venía forrada en trajes caros, donaciones discretas y abogados capaces de convertir a una víctima en una mujer confundida con demasiada imaginación.

En otra noche habría esperado.

Habría seguido el rastro, comprobado nombres, cuentas, conexiones. Habría hecho las cosas bien, como siempre, porque esa era la parte que la gente no entendía de mí. Yo no mataba por impulso. No normalmente.

Pero esa no había sido otra noche.

Sally respiraba en una cama de hospital gracias a un plan mío y también por mi culpa. Ash seguía metido en mi cabeza como una astilla. Todo dentro de mí estaba demasiado lleno, demasiado torcido, demasiado cerca de romperse.

Y entonces el universo puso a Greg Johns en mi camino.

Un monstruo fácil.

Un monstruo conocido.

Un monstruo que no debía seguir respirando.

Yo necesitaba que algo volviera a obedecerme.

Así que cometí un error.

Ash no hizo ningún comentario sobre mi explicación, lo cual fue casi peor. Solo miró el cadáver con una calma que empezó a parecerme menos tranquilizadora y más irritante.

—Teniendo en cuenta que tienes en las manos la sangre del contable de la mafia rusa —dijo—, sí. Eso parece.

Me quedé quieta.

No por miedo.

O sí.

Un poco.

Lo cual era ofensivo y, por tanto, preferí llamarlo pausa estratégica.

—¿Perdón?

Ash se agachó junto al cuerpo, sin tocarlo todavía.

—Greg Johns no era asesor financiero.

—Trabajaba en una empresa financiera.

—Lavaba dinero.

Ah.

Bueno.

Eso era distinto.

No necesariamente peor, pero distinto.

—Qué versátil —murmuré.

Ash levantó la mirada hacia mí.

No le hizo gracia.

Aquel hombre tenía un problema serio con el entretenimiento ajeno.