Capítulo 9 #3
Cualquier detalle.
Qué frase tan fea.
Había muchos detalles que podían servir. Demasiados. El perfume, la voz, una palabra, una risa, un color, mi cara.
Aunque esa última, gracias a Dios y a mi absoluta falta de confianza en la humanidad, no había sido tan fácil.
Demon cruzó los brazos.
—La policía querrá hablar con ella.
—La policía puede esperar —dijo Neron.
No levantó la voz. No hizo falta.
Sally giró la cabeza hacia él.
—¿Y tú puedes?
Neron no respondió.
Por primera vez desde que entré, vi algo moverse en su cara, no mucho, pero lo suficiente.
Sally estaba en una cama, pálida, rota y cansada, pero seguía teniendo dientes.
Bien por ella.
Había creado un monstruo educado.
O quizá solo había despertado a uno que ya estaba allí.
—Nadie aquí va a presionarte —dijo Elsa, con una voz firme, demasiado firme, como si necesitara creerlo.
Sally le sonrió.
—Lo sé.
Elsa se acercó y le tocó el brazo con muchísimo cuidado, como si temiera romperla.
—Te hemos echado de menos.
Sally respiró hondo y su cara cambió, no se rompió del todo, pero casi. Jack reaccionó al instante, acariciándole la mano.
Yo no me moví, porque Sally todavía me sujetaba y porque, si me soltaba, tal vez todos notarían que debería haberme soltado mucho antes.
—Yo también —susurró Sally.
Elsa se inclinó para abrazarla con cuidado.
Jack no soltó su otra mano.
Yo tampoco.
La escena era absurda, hermosa y repugnante: Sally abrazando a Elsa mientras sujetaba mi mano, Jack sujetando la otra, el novio virtual convertido en novio de carne y hueso, la amiga preocupada, los hombres peligrosos en modo protección y yo, la causa oculta, sentada en el borde de la cama como si tuviera derecho a estar allí.
Si el universo tenía sentido del humor, era un cabrón.
Cuando Elsa se separó, Sally apoyó la cabeza en la almohada y pareció cansada, no de sueño, sino de existir.
Jack lo vio y volvió a inclinarse.
—Tienes que descansar.
—Llevas diciéndome eso desde que llegué.
—Porque es verdad.
—Mandón.
—Sí.
—Pesado.
—También.
Sally lo miró un segundo y entonces, con una sonrisa mínima, añadió:
—Novio virtual insoportable.
Jack sonrió.
Pequeño.
Roto.
Precioso, si una tenía mal gusto y una debilidad por los hombres emocionalmente arruinados.
Yo puse los ojos en blanco otra vez, más suave, pero Elsa me vio, por supuesto, porque Elsa veía demasiado para su propio bien y, sobre todo, para el mío.
—¿Otra vez? —preguntó.
—Estoy enferma —dije—. El romanticismo me provoca espasmos oculares.
Sally soltó otra risa, más débil que la anterior, pero real, y esa risa hizo que algo en la habitación se aflojara un poco, como si todos hubieran estado esperando una prueba de que Sally seguía ahí debajo de todo lo que le habían hecho.
De todo lo que yo le había hecho.
Jack me miró mal, pero con menos ganas de arrancarme la cabeza.
Progreso.
A este ritmo, para Navidad quizá podría insultarlo en reuniones familiares.
—No te metas con él —dijo Sally.
—No me estoy metiendo. Estoy haciendo una observación clínica.
—Denci.
—Está bien. Me callo. Pero si vuelve a besarte la mano, no prometo nada.
Jack levantó una ceja.
—Puedo oírte.
—Esa era la idea, Romeo.
—Jack.
—Detalles.
Sally negó con la cabeza, pero seguía sonriendo, y esa sonrisa me hizo daño, no porque fuera bonita, sino porque yo sabía exactamente lo cerca que había estado de no existir nunca más.
Sally volvió a mirarme y la sonrisa se apagó despacio, no del todo, solo lo suficiente para que yo entendiera que la tregua se había terminado.
—Gracias por venir —dijo.
No.
No hagas eso.
No uses frases normales para una situación que no tiene nada de normal. No me des una frase que todos puedan entender de una manera y yo de otra.
Apreté su mano antes de poder evitarlo.
Un error pequeño, pero error.
—No seas dramática. Me pillaba de camino.
—Mentira.
—Sí, pero una mentira elegante.
Sally me sostuvo la mirada y volvió a apretarme los dedos, una vez, más despacio, más fuerte.
No voy a decir nada.
Todavía.
La palabra no existió, pero la escuché igual.
Todavía.
Qué palabra tan desagradable.
Qué palabra tan justa.
Me solté con cuidado, no de golpe, no como si me quemara, aunque me quemaba, y me acomodé en el borde de la cama con una sonrisa que fingía que nada de aquello estaba pasando debajo de la piel.
—Además, alguien tenía que venir a comprobar que este grupo no había convertido tu habitación en una reunión de crisis con testosterona, lágrimas y café horrible.
—Demasiado tarde —dijo Lukas.
—Lo sabía.
Elsa cruzó los brazos.
—Has tardado.
—He venido.
—Eso no responde.
—Era una frase completa. No abuses.
Elsa me miró otra vez con esa expresión que todavía no acusaba, pero ya estaba reuniendo pruebas contra una sensación.
—Estás rara —dijo.
La habitación se quedó quieta lo justo para que Jack levantara la vista, Demon mirara a Elsa, Neron me observara con demasiada atención y Sally dejara de respirar durante medio segundo.
Yo sonreí con calma, con práctica y con la cantidad exacta de veneno.
—Cariño, estoy en un hospital, rodeada de gente emocionalmente inestable, viendo a Sally vestida como protagonista de anuncio de seguros médicos y escuchando a Jack respirar como si cada inhalación fuera una declaración de amor. Si no estuviera rara, deberíais preocuparos.
Elsa no sonrió.
Sally sí.
Y esa diferencia fue peligrosa, porque Elsa lo vio.
No supo qué era.
Pero lo vio.
Antes de que pudiera decir algo más, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes firmes, profesionales, de esos que no piden permiso del todo porque ya saben que van a entrar.
La sonrisa de Sally desapareció, Jack se enderezó, Demon se separó de la pared, Neron giró la cabeza, Lukas guardó el móvil y yo sentí el calor fantasma de la mano de Sally todavía en la mía.
La puerta se abrió.
El detective Cross asomó al interior.
—Buenos días. Siento interrumpir. Necesitamos hacerle unas preguntas a la señorita.
Sally lo miró.
Y entonces ocurrió algo absurdo.
Sonrió.
No mucho. Apenas una sombra, apenas una grieta en medio de todo lo que todavía no había dicho.
Pero yo la vi.
También vi cómo sus ojos viajaban hacia mí, lentos, cansados, casi divertidos.
Ah.
Claro.
Porque el universo era un enfermo con sentido del humor.
De todos los hombres posibles, de todas las placas posibles y de todos los finales posibles, tenía que ser él. El policía. Su fantasía. Su chiste privado. El hombre que Sally había inventado una vez para sobrevivir al aburrimiento, al miedo y a la espera.
Y yo, en un acto de generosidad criminal y pésimo gusto narrativo, había conseguido que fuera él quien la encontrara.
Sally soltó una risa pequeña, rota, imposible.
Todos la miraron como si acabara de hacer algo frágil y milagroso.
Yo solo la miré de vuelta.
No sonrías, pensé.
No te atrevas.
Sally sonrió un poco más.
Maldita fuera.
La víctima tenía sentido del humor.
Y eso, sinceramente, era una falta de respeto.