Capítulo 9 #2
Una parte de mí quiso reír y otra, más sensata, quiso salir corriendo, aunque por desgracia ninguna de las dos mandaba en mis piernas en ese momento.
Caminé hacia la cama despacio, con cuidado, como si el suelo entre Sally y yo estuviera lleno de cristales.
Jack se apartó apenas para dejarme espacio, aunque no demasiado, porque no confiaba en mí.
Bien por él.
Siempre me había gustado la gente con instinto, incluso cuando llegaba tarde.
Me incliné hacia Sally y la abracé.
Su cuerpo estaba caliente, débil y real, y sus brazos se cerraron alrededor de mí con una suavidad que no tuvo nada de inocente.
No fue un abrazo de perdón ni de bienvenida.
Fue una cuerda.
Un nudo.
Una mano cerrándose alrededor de mi garganta sin que nadie más pudiera verlo.
—Hola, Denci —susurró.
Su voz me rozó el oído y, por un instante, uno solo, volví a verla donde no debía verla: no en una cama blanca, no con una manta de hospital, no rodeada de gente que la quería, sino en la oscuridad, asustada, respirando demasiado rápido, mirándome como si yo fuera una puerta, un monstruo o ambas cosas.
Tragué saliva con la discreción de una mujer que podía ser muchas cosas, pero vulgar jamás.
—Hola, desastre —murmuré.
Me separé antes de que el abrazo durara demasiado, antes de que alguien notara que mi espalda estaba más rígida de lo normal y antes de que Sally pudiera sentir que, durante un segundo, me había temblado algo por dentro.
Pero ella no me soltó.
Me cogió la mano.
Ah, no.
No, no, no.
Eso ya era innecesario.
Un abrazo era social, esperado, explicable, pero su mano alrededor de la mía era otra cosa. Un mensaje. Una amenaza envuelta en ternura. Sally pálida y agotada, sentada en una cama de hospital, diciéndome sin palabras:
Todavía no.
Me senté en el extremo de la cama porque, al parecer, mi cuerpo había decidido obedecer a la víctima de mis decisiones cuestionables.
Magnífico.
Sally dejó mi mano entre las suyas.
Yo miré nuestros dedos juntos y luego la miré a ella.
—Tienes un aspecto terrible.
—Gracias.
—Te lo digo desde el amor.
—Tu amor necesita modales.
—Mi amor necesita supervisión adulta, pero estamos trabajando con lo que hay.
Sally sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, cansada, casi invisible, pero lo hizo, y todos en la habitación respiraron un poco mejor.
Todos menos yo.
Yo sabía lo que costaba esa sonrisa.
Sabía demasiado.
Jack se inclinó hacia ella y le apartó un mechón de pelo de la cara con una delicadeza tan sincera que me dieron ganas de mirar hacia otro lado, aunque no lo hice, porque el autocastigo, aparentemente, estaba de moda esa mañana.
—¿Quieres agua? —le preguntó él.
Sally negó con la cabeza.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—Estoy viva.
Jack cerró los ojos como si esas dos palabras le hubieran golpeado por dentro, y después llevó la mano de Sally a sus labios para besarle los nudillos con una ternura ofensiva.
Puse los ojos en blanco.
No fue voluntario. Fue una reacción médica, algo que mi cuerpo hizo para protegerme del exceso de romanticismo postraumático.
Todos me miraron mal: Elsa primero, Demon después, Lukas con una ceja levantada, Neron como si estuviera calculando si matarme era legalmente justificable y Jack directamente como si acabara de insultar a su religión.
—¿Qué? —pregunté.
—Denci —dijo Elsa.
Su tono era advertencia, decepción y cansancio, todo mezclado en una sola palabra. Me encantaba cuando la gente hacía multitarea emocional.
—Oh, vamos, gente —dije, levantando la mano libre—. Todos sabemos que lo suyo no fue una relación de verdad.
El silencio se volvió más afilado.
Jack se quedó quieto, Sally bajó la mirada y yo seguí, porque mi instinto de supervivencia siempre había sido más decorativo que funcional.
—Fue un romance virtual, de juego, con avatares, mensajes, horarios imposibles y probablemente demasiadas promesas hechas a las tres de la mañana, que es cuando nadie debería tener permiso legal para tomar decisiones sentimentales.
—Denci —dijo Demon.
Bajo, serio y peligroso.
Lo ignoré.
Una tradición familiar, supongo, aunque no tenía pruebas.
—¿Qué? Es verdad.
Jack me miró, no con rabia del todo, sino con dolor, y eso fue peor porque la rabia era fácil, la rabia se devolvía, pero el dolor se te quedaba pegado en la piel como olor a hospital.
—No tienes ni idea de lo que estás hablando —dijo.
Su voz salió ronca.
Entonces Sally apretó mi mano una vez, muy suave, con un gesto que nadie más habría entendido.
Yo sí.
Cuidado.
O quizá no empujes.
O quizá todavía estoy decidiendo qué hacer contigo.
Qué detalle tan encantador por su parte.
—Jack —dijo Sally.
Él giró hacia ella al instante, demasiado rápido, como si su nombre en su boca fuera una orden que llevaba semanas esperando escuchar.
Asquerosamente bonito.
Sally respiró hondo. Le costó, se le notó, pero sus ojos estaban claros cuando lo miró.
—Denci tiene razón.
Jack se quedó inmóvil.
Elsa también.
Lukas levantó la vista del todo, Demon no se movió, aunque su atención cambió, y Neron miró a Sally como si acabara de escuchar algo que no esperaba.
—Sally… —murmuró Jack.
Ella negó despacio con la cabeza.
—No como lo dice ella, porque Denci tiene el talento especial de hacer que cualquier verdad suene como una bofetada con manicura, pero tiene razón.
Me habría sentido halagada si no estuviera ocupada intentando no interpretar cada palabra suya como una sentencia aplazada.
Sally miró nuestras manos unidas y luego volvió a mirar a Jack.
—Lo nuestro empezó en un juego. Era fácil allí, era bonito, era seguro. Podíamos ser lo que quisiéramos porque no había consecuencias reales, o al menos eso creíamos.
Jack tragó saliva.
—Para mí sí era real.
La habitación se quedó sin aire.
Yo aparté la mirada un segundo.
No porque me importara.
Obviamente.
Solo porque había cosas que una no debía mirar directamente sin protección ocular.
Sally lo miró con una ternura que no tenía nada de débil.
—Lo sé.
Jack no respondió, pero tenía la mandíbula apretada y los ojos brillantes, y de pronto parecía demasiado joven para todo lo que estaba sintiendo.
Qué horror.
Un hombre enamorado de verdad en una habitación de hospital.
Había torturas menos crueles.
—Y para mí también lo era —dijo Sally—. A ratos. En partes. En esa parte de mí que podía esconderse detrás de una pantalla y fingir que no tenía miedo de necesitar a alguien. Pero también era una broma, Jack. Una fantasía. Una forma de respirar cuando todo lo demás pesaba demasiado.
Jack bajó la vista hacia sus manos.
—No estoy diciendo que no importara —añadió ella, más bajo.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
—Que no sé qué era, y ahora mismo no puedo cargar con todo lo que significaba mientras intento entender qué queda de mí.
Eso sí hizo daño.
Se notó en todos: en Elsa, que se llevó los dedos a los labios; en Lukas, que miró al suelo; en Demon, que endureció la mandíbula; en Neron, que cerró una mano junto a la pierna; y en Jack, que pareció recibir la frase en mitad del pecho y aun así no se apartó de ella.
Y en mí.
Aunque eso nadie tenía por qué saberlo.
Sally me miró entonces, solo un segundo, pero fue suficiente porque esa frase también era para mí.
No puedo cargar con todo.
No con Jack. No con lo que pasó. No contigo.
No todavía.
La mano que me sujetaba seguía fría.
Demasiado fría.
—Cuando estaba allí… —empezó.
La habitación cambió. No mucho, solo lo justo para que todos dejaran de respirar igual.
Allí.
Una palabra pequeña.
Un agujero enorme.
Jack se inclinó más hacia ella.
—No tienes que hablar de eso ahora.
—Sí —dijo Sally—. Un poco sí.
Elsa se acercó a la cama.
—Sally…
—Estoy bien.
—No —dije antes de pensar.
Todos me miraron.
Otra vez.
Yo levanté una ceja.
—No está bien. Está viva, que es distinto. Podemos celebrar la diferencia sin insultar al diccionario.
Sally soltó una risa pequeña, rota, pero risa, y Jack me miró como si quisiera odiarme y agradecerme al mismo tiempo.
Pobre hombre.
La confusión emocional le sentaba fatal.
—Gracias por tu sensibilidad —murmuró Sally.
—De nada. La estoy dosificando porque no quiero que os acostumbréis.
Sally bajó la vista hacia nuestras manos y sus dedos se movieron apenas contra los míos, lo suficiente para que yo volviera a recordar esa misma mano de otra manera.
No así.
No limpia.
No tranquila.
La recordé temblando, recordé mi propia voz, recordé la habitación, recordé la decisión y recordé que todas las personas allí presentes pensaban que yo era desagradable, sarcástica, cruel, tal vez egoísta.
Nadie sabía que estaban siendo generosos.
—No recuerdo todo —dijo Sally con una voz baja y cuidadosa—. Creo que mi cabeza decidió hacerme ese favor.
—Por una vez, tu cabeza tomó una buena decisión —dije.
Ella levantó los ojos hacia mí.
No sonrió.
Yo tampoco.
Durante un instante, la habitación desapareció, y no estaban Jack, ni Elsa, ni Demon, ni Lukas, ni Neron.
Solo Sally.
Yo.
Y todo lo que ella podía decir.
Me estaba dejando vivir delante de todos, en una cama de hospital, con mi mano entre las suyas, como si no pudiera abrir la boca y convertirme en el monstruo de la habitación.
Elsa lo vio.
No la verdad.
Pero sí algo.
Su mirada pasó de Sally a mí, lenta, precisa, demasiado despierta.
Fantástico.
La rubia había encontrado un hilo y, conociéndola, no iba a soltarlo hasta que alguien se ahorcara con él.
—Había voces —continuó Sally—. A veces. No siempre. A veces no sabía si eran reales o si mi cabeza las inventaba para no sentirse tan sola.
Jack apretó la sábana.
—¿Recuerdas alguna?
Sally tardó en contestar.
—No claramente.
Mentira.
No toda.
Pero sí parte.
Lo supe por cómo sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los míos.
No me mires así, pensé.
No delante de ellos.
No hagas esto.
Sally siguió mirando a Jack.
—Recuerdo olores, ruidos, una puerta, pasos. A veces música, creo. No sé. Todo está mezclado.
Lukas habló con suavidad:
—No fuerces nada. Si recuerdas algo concreto, cualquier detalle puede servir.