Capítulo 9
Denci
Estaba preparada.
O eso creía.
Había organizado este momento con toda la precisión del mundo, pero no había contado con los nervios, y sí, llevaba mucho tiempo sin sentirme de esa manera.
La llamada de Elsa no me tomó por sorpresa. La felicidad de su voz, sí.
—¡Sally está viva! La encontraron, ven al hospital.
Durante dos segundos no dije nada, no porque no supiera qué responder, sino porque mi cuerpo decidió quedarse quieto como una idiota, como una persona normal, como alguien a quien acababan de decirle que el mundo, por una vez, no había sido una basura absoluta.
—¿Está bien? —pregunté.
Mi voz salió perfecta.
Eso me tranquilizó un poco.
—Está viva —repitió Elsa, y había algo roto y luminoso en su tono—. No sé mucho más. Jack está allí. Demon también. Creo que Neron y Lukas van de camino. Tienes que venir.
Claro que tenía que ir. No ir sería sospechoso, ir demasiado rápido también, llorar sería excesivo y no llorar sería raro.
La vida social era un campo de minas diseñado por gente sin hobbies.
—Voy —dije.
—Denci…
El modo en que dijo mi nombre me hizo apretar los dedos alrededor del móvil.
—¿Qué?
—Está viva.
Cerré los ojos un instante.
Sí.
Lo sabía.
Esa era, precisamente, la parte complicada.
—Ya te he oído, Elsa.
—No suenas feliz.
Abrí los ojos y me miré en el espejo del recibidor. Pelo bien, maquillaje bien, cara de persona que no había pasado la noche tomando decisiones penalmente cuestionables, sorprendentemente bien.
—Estoy procesando —mentí—. Mi cerebro no trabaja gratis en situaciones de crisis.
Elsa soltó una risa pequeña, húmeda, demasiado cerca de otra cosa.
—Ven rápido.
—Voy.
Colgué antes de que su voz hiciera alguna estupidez con mi pecho.
Me miré otra vez porque, cuando una no sabe qué hacer con lo que siente, revisa si los pendientes combinan con los zapatos. Era una técnica antigua. Probablemente romana. O femenina. Casi lo mismo, salvo que nosotras sobrevivimos con mejor eyeliner.
Llevaba pantalones negros, una blusa color crema lo bastante elegante para no parecer que iba a un entierro y lo bastante neutra para no parecer que iba a celebrar una resurrección, chaqueta oscura, botines y maquillaje suave, pero no demasiado, porque yo tenía una reputación y no pensaba permitir que una crisis emocional me dejara cara de enfermera de anuncio triste.
No había sangre, no había ojeras visibles y no había grietas.
Perfecto.
La mujer del espejo parecía tranquila, una zorra fría con buen gusto.
Me gustaba.
Era una mentira muy profesional.
Me puse perfume en las muñecas y en el cuello, no porque fuera necesario, sino porque los hospitales olían a miedo, plástico y gente esperando malas noticias. Yo prefería entrar oliendo a algo caro. No solucionaba nada, pero al menos imponía una jerarquía olfativa.
Revisé el bolso por costumbre: cartera, llaves, móvil, pintalabios, gafas de sol y pastillas de menta.
La dignidad no, porque esa llevaba años desaparecida, pero nadie podía tenerlo todo.
Había mensajes de Elsa, de Jack y del grupo, demasiadas preguntas, demasiado alivio y demasiados signos de exclamación para comunicar que alguien no estaba muerta.
No abrí nada.
Todavía no.
Leerlos habría hecho que todo fuera más real, y yo ya tenía una cantidad bastante ofensiva de realidad encima.
Guardé el móvil, respiré una vez y, a la segunda, me cansé de parecer protagonista de una tragedia íntima.
Abrí la puerta.
Bajé en el ascensor sola, gracias a todos los santos, demonios y vecinos antisociales del edificio.
En el espejo pequeño de la pared metálica volví a revisar mi cara: normal, serena, un poco más pálida de lo ideal, pero nada que no pudiera confundirse con elegancia, mala iluminación o falta de interés por la humanidad.
Cuando las puertas se abrieron en el garaje, caminé hacia mi coche con pasos firmes.
Tacón contra cemento.
Un sonido precioso, ordenado, controlable.
Todo lo que la noche anterior no había sido.
Al llegar al coche, me detuve un segundo con la mano en la manilla, no por duda exactamente, sino porque al otro lado de esa puerta empezaba la parte en la que tenía que mirar a Sally a los ojos.
La parte en la que Sally podía decir cualquier cosa.
La parte en la que todos iban a estar felices, rotos, aliviados, furiosos, agradecidos y vivos.
Y yo tendría que estar allí, en medio de todo, fingiendo que no había sido una de las razones por las que Sally respiraba.
Abrí la puerta y me senté al volante.
El interior del coche olía a cuero, a perfume y a mí. Mucho mejor que a hospital. Mucho mejor que a miedo.
Mis dedos no temblaban.
Excelente.
Siempre me había gustado mi cuerpo cuando cooperaba.
Arranqué el motor y la música empezó a sonar donde la había dejado la última vez, demasiado alta, demasiado alegre y completamente inapropiada.
La apagué.
No estaba de humor para que una mujer con buena voz me cantara sobre amor, libertad o cualquier otra enfermedad contagiosa.
Salí del garaje despacio, sin prisas y sin exceso de prudencia, como una persona que iba al hospital porque una amiga había aparecido con vida, como una persona que no tenía nada que ocultar.
Como una persona normal.
Qué asco.
El móvil vibró dos veces dentro del bolso y no lo miré. En el tercer semáforo, cuando la luz roja me obligó a detenerme, saqué las gafas de sol y me las puse aunque el día estaba gris y la ciudad tenía el mismo encanto visual que una factura mal pagada.
La mujer del retrovisor parecía preparada: fría, entera, casi inocente.
Sonreí apenas.
—Puedes hacerlo —murmuré.
Y, por supuesto, la frase sonó ridícula.
Yo podía hacer cualquier cosa: mentir, sonreír, entrar en una habitación llena de gente que quería a Sally, mirar a Jack sin pensar en sus manos sujetando las de ella, mirar a Elsa sin preguntarme cuánto tardaría en notar algo y mirar a Sally sin pedirle, con los ojos, que mantuviera la boca cerrada.
Podía hacerlo.
Claro que podía.
Aparqué sin atropellar a nadie, lo cual, dadas las circunstancias, me pareció una muestra preciosa de madurez emocional.
Me bajé del coche y caminé hacia la entrada con las gafas de sol puestas. Los hospitales siempre olían igual: desinfectante, café horrible, miedo y familias esperando que alguien con bata blanca les explicara, con palabras suaves, que el mundo acababa de romperse en dos.
Respiré por la boca y seguí las indicaciones que Elsa me había mandado por mensaje.
Segunda planta.
Pasillo izquierdo.
Habitación 217.
Cada número en la pared me acercaba un poco más a una cama donde Sally estaba viva, y esa era la palabra que todo el mundo estaba usando como si fuera una palabra feliz, una palabra milagro, una palabra capaz de hacer llorar a Elsa por teléfono y de tener a Jack convertido en una ruina humana con ojeras románticas.
Para mí era otra cosa.
Era una amenaza con pulso, una testigo respirando, una chica en una cama de hospital que podía abrir la boca y convertir mi nombre en una sentencia.
Me detuve frente a la puerta solo un segundo, lo justo para quitarme las gafas de sol, alisar la blusa y comprobar que mi cara seguía siendo una obra de arte de la falsedad femenina.
Tranquila, elegante, intacta.
La clase de mujer que iba a visitar a una amiga herida, no la clase de mujer que había tenido a esa amiga encerrada.
Abrí la puerta.
Y todos me miraron.
Elsa estaba junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos rojos de haber llorado o de haber intentado no hacerlo, que a veces era lo mismo, aunque con un poco más de dignidad.
Demon estaba cerca de la puerta, apoyado contra la pared, serio, oscuro, en ese modo suyo de hombre tranquilo que podía volverse peligroso sin necesidad de cambiar de postura.
Lukas estaba sentado en una silla, con el móvil en la mano y la expresión fría de alguien que estaba ordenando datos porque ordenar sentimientos debía de parecerle una actividad vulgar y poco eficiente.
Neron estaba al otro lado de la cama.
No Aias. Neron.
Todavía era raro pensarlo así, mirar su cara y recordar que el mundo había decidido cambiarle el nombre a un problema que ya era bastante complicado con el anterior.
Y Jack estaba junto a Sally, por supuesto, inclinado hacia ella, con una mano cerca de la suya, como si necesitara tocarla para confirmar que no iba a desaparecer otra vez.
Sally estaba en la cama, más pálida, más delgada, con el pelo recogido de cualquier manera y una vía en el brazo. Parecía agotada, rota en los bordes, pero viva.
Y sus ojos encontraron los míos.
Ahí estaba.
No el alivio, ni la gratitud, ni la sorpresa.
El conocimiento.
Sally sabía. Yo sabía que sabía.
Y, durante un instante, la habitación se quedó suspendida entre nosotras, atrapada en un silencio pequeño, privado y horrible que todos los demás pudieron confundir con emoción, tensión o con ese momento incómodo en el que una amiga entra a ver a otra después de una pesadilla.
Pobres.
Qué tierno era vivir sin toda la información.
Me obligué a sonreír, no mucho, solo lo justo.
—Bueno —dije—. Veo que has elegido un plan de spa con iluminación horrible, bata de hospital y público dramático. Interesante.
Nadie se rió.
Normal.
Mi público estaba fatal escogido.
Jack me miró como si acabara de encontrarme insoportable, lo cual al menos demostraba que seguía teniendo criterio. Elsa no apartó los ojos de mí, Demon tampoco, Lukas bajó el móvil apenas y Neron siguió quieto, demasiado quieto.
Sally, en cambio, solo me miró.
Durante un segundo no hizo nada.
Luego abrió los brazos.
No mucho, porque no podía, pero los abrió.
—¿No me das un abrazo?
El aire desapareció de mis pulmones con una violencia silenciosa.
Ah.
Claro.
No iba a gritar, no iba a señalarme, no iba a decirles que la mujer que acababa de entrar con tacones caros y comentarios baratos había sido una de las razones por las que ella estaba en esa cama.
No.
Sally era mucho más cruel que eso.
Sally abrió los brazos delante de todos, me invitó a acercarme y me obligó a entrar en la mentira con ella.