Capítulo 8
Sally
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Mentira.
Sí lo sabía.
Lo sabía demasiado bien.
Treinta y siete minutos. Treinta y ocho, quizá, si había contado mal cuando escuché un ruido arriba y mi corazón decidió lanzarse contra mis costillas como si eso fuera a servir de algo.
Denci había dicho dos horas.
Dos horas, como si estar atada en el sótano de una cabaña en medio de un bosque pudiera medirse con la misma calma con la que una espera el autobús o una cita médica.
Como si no fueran ciento veinte minutos enteros para imaginar todas las formas en las que una persona podía equivocarse confiando en alguien que acababa de encerrarla otra vez.
Respiré hondo.
El aire olía a frío, madera vieja y polvo. No sabía que el frío pudiera oler, pero allí olía. A tierra húmeda, a paredes que llevaban demasiado tiempo guardando cosas, a un lugar preparado para que nadie preguntara demasiado.
Moví las muñecas.
Las bridas no cortaban.
Eso era lo peor.
Si hubieran dolido, habría sido más fácil odiarla. Pero no dolían. Estaban firmes, sí, lo bastante como para que no pudiera soltarlas, pero Denci las había revisado dos veces antes de irse. Dos veces. Como si atarme fuera horrible, pero atarme mal fuera inaceptable.
Maldita Denci.
Apoyé la cabeza contra la pared y cerré los ojos.
No llores.
No llores.
No llores.
Lo repetí tantas veces que dejó de parecer una orden y empezó a sonar como una oración.
No funcionó.
Las lágrimas llegaron igual, silenciosas, calientes, humillantes. No lloré con fuerza. No tenía energía para eso. Solo dejé que cayeran porque pelearme también con mi propio cuerpo me pareció demasiado trabajo.
Quería creerla.
Eso era lo peor.
No que me hubiera traído a otro sótano. No que me hubiera dejado atada. No que me hubiera dicho “dos horas” con esa cara suya de persona que siempre estaba haciendo algo ilegal por una razón que solo ella entendía.
Lo peor era que quería creerla.
Quería creer que vendrían. Que no me había mentido del todo. Que debajo de todas esas capas de sarcasmo, violencia, secretos y locura con tacones, mi amiga seguía estando ahí.
Mi amiga.
La palabra dolía.
Denci había sido mi amiga antes de convertirse en algo que yo no sabía dónde poner.
Antes de que supiera lo que hacía. Antes de escuchar demasiadas cosas.
Antes de entender que había hombres malos que desaparecían y que, a veces, las mujeres que sonreían en la mesa de al lado sabían exactamente por qué.
No podía odiarla del todo.
Lo intenté.
Durante los primeros días lo intenté con ganas.
Pero odiar a Denci era difícil, porque siempre dejaba algo en medio. Una frase estúpida. Una botella de agua. Una manta. Una mirada que no duraba lo suficiente para ser cariño, pero sí demasiado para ser indiferencia.
Miré la puerta.
Cerrada.
Silenciosa.
Demasiado lejos.
—Dos horas —susurré.
Mi voz sonó rara en el sótano.
Pequeña.
No me gustó.
Volví a contar.
Treinta y nueve minutos.
Cuarenta.
A los cuarenta y tres, pensé que quizá nadie vendría. A los cuarenta y seis, pensé que quizá Denci había calculado mal. A los cincuenta, pensé que quizá lo había calculado todo demasiado bien.
A los cincuenta y dos, me odié por seguir confiando en ella.
Y a los cincuenta y cinco escuché algo.
Me quedé inmóvil.
Todo mi cuerpo se tensó antes de que mi cabeza pudiera decidir qué sentir. Un ruido arriba. No fuerte. No claro. Algo como una tabla que crujía, quizá una puerta, quizá pasos.
Quizá nada.
Contuve la respiración.
Otro ruido.
Esta vez sí.
Pasos.
No uno. Varios.
Pesados.
Ordenados.
Alguien estaba en la cabaña.
Mi corazón empezó a golpear tan fuerte que pensé que quien estuviera arriba podría oírlo. Intenté mover las manos por instinto, pero las bridas me recordaron que no podía hacer nada útil. No podía correr, no podía esconderme, no podía defenderme.
Solo esperar.
Odié esperar.
Odié a Denci.
Odié haberle creído.
Odié necesitar que tuviera razón.
Los pasos se acercaron a la puerta del sótano y me faltó el aire.
No pensé en héroes ni en rescates. Pensé en hombres. En manos. En voces. En que quizá Denci se había equivocado, quizá no había mandado a la policía, quizá alguien más había encontrado la cabaña, quizá había cosas peores que no volver a casa.
La cerradura sonó.
Cerré los ojos.
Por favor.
No sabía a quién se lo pedía.
La puerta se abrió.
La luz de una linterna cortó la oscuridad.
—¿Sally?
La voz era masculina, baja y firme.
No gritó. No sonó como una amenaza. Sonó como alguien intentando no asustar más a una persona que ya había tenido suficiente.
Abrí los ojos.
Y entonces lo vi.
Primero la placa.
Después los hombros.
Después la cara.
Y me reí.
No un poco. No una risa bonita ni delicada de chica agradecida que acaba de ser rescatada y mantiene la compostura porque el trauma le ha dejado modales.
No.
Me reí como una loca, como si algo dentro de mí hubiera hecho clic, se hubiera roto, se hubiera rendido o hubiera decidido que, si el universo iba a ser cruel, al menos podía tener un sentido del humor absolutamente ridículo.
El hombre se quedó quieto en el último escalón durante un segundo, lo justo para decidir, probablemente, que había llegado tarde y que yo había perdido la cabeza en un sótano.
No podía culparlo.
Yo también lo habría pensado.
—Sally —repitió, más despacio—. Soy el detective Cross. Estás a salvo.
Me reí más fuerte.
Porque claro.
Claro que se llamaba Cross.
Claro que tenía una voz de esas que no suben aunque todo alrededor esté ardiendo.
Claro que parecía el hermano gemelo de Henry Cavill si Henry Cavill hubiera decidido ponerse una placa, rescatar mujeres de sótanos y arruinarme la poca dignidad que me quedaba.
Denci.
Maldita Denci.
Se lo había contado una vez, antes de todo esto, antes de los sótanos, antes de los secretos, antes de que mi vida se partiera por la mitad y una de esas mitades siguiera teniendo su nombre escrito en alguna parte.
Se lo había contado entre risas, con una copa en la mano, diciendo que tenía una debilidad absurda por los policías guapos, por los hombres con complejo de héroe y por Henry Cavill en particular.
Y ella se había reído de mí durante veinte minutos.
Veinte.
Incluso liberándome tenía que hacerlo como si estuviera rematando una broma privada.
—¿Estás herida? —preguntó él, bajando despacio los últimos escalones.
Intenté contestar.
De verdad.
Abrí la boca, pero salió otra risa. Una risa rota, horrible, mezclada con lágrimas, miedo, alivio y todo lo que no había podido sacar durante días porque si empezaba quizá no paraba nunca.
El detective Cross se acercó con las manos visibles, muy despacio, como si estuviera tratando con un animal herido.
O con una mujer atada que acababa de reírse en su cara porque tenía la mandíbula de una fantasía que no venía al caso.
—Sally, mírame —dijo.
Lo hice.
Mala idea.
De cerca era peor.
No peor de malo. Peor de injusto.
Tenía el pelo oscuro, la cara seria, ojos claros o quizá solo parecían claros por la linterna, y una calma enorme, sólida, de esas que ocupan una habitación sin pedir permiso.
No parecía amable de una forma blanda. Parecía seguro.
Como alguien capaz de quedarse quieto entre tú y todo lo que viene a hacerte daño.
Volví a reírme, aunque esta vez sonó más cansado.
Más cerca del llanto.
—Lo siento —dije al fin, con la voz temblando—. Lo siento, no… no estoy…
—Está bien.
—No, no está bien. Nada de esto está bien. Tú no estás bien.
Él parpadeó.
—¿Yo?
Eso me hizo reír otra vez, más bajo.
—No importa.
Su mirada cambió apenas, profesional, cuidadosa, como si estuviera archivando mis palabras bajo “shock severo” y “posible crisis nerviosa”.
Perfecto.
Genial.
Mi primer encuentro con el detective salido de una fantasía ridícula y él pensaba que yo estaba clínicamente perdida.
Lo cual, para ser justos, quizá no estaba tan lejos de la verdad.
—Voy a desatarte —dijo—. ¿Puedo acercarme?
Esa pregunta casi me rompió.
No sé por qué.
Quizá porque preguntó. Quizá porque no me tocó sin avisar. Quizá porque después de tantos días de puertas cerradas y decisiones tomadas por otros, alguien me dio una opción pequeña, ridícula, preciosa.
Asentí.
—Sí.
La palabra salió como un suspiro.
Él se arrodilló frente a mí y sacó una navaja pequeña.
Me tensé antes de poder evitarlo.
Lo vio.
Por supuesto que lo vio.
Se detuvo.
—Solo voy a cortar las bridas —dijo—. Nada más.
Asentí otra vez, odiando lo mucho que necesitaba esa explicación.
Cortó primero las bridas de mis muñecas.
Las manos me cayeron sobre el regazo, torpes, ajenas, como si no fueran mías.
Me froté la piel aunque no dolía demasiado, aunque Denci había tenido cuidado, aunque no quería pensar en eso ahora porque pensar en Denci era como tocar un moratón para comprobar si seguía ahí.
Seguía.
El detective cortó las bridas de mis tobillos y luego se apartó un poco, dándome espacio.
Espacio.
Otro lujo absurdo.
—¿Puedes levantarte? —preguntó.
Miré mis piernas.
No tenía ni idea.
—Creo que sí.
Intenté hacerlo.
Error.
El sótano se movió.
O yo.
No estaba segura.
El detective Cross me sujetó antes de que cayera, con una mano firme en mi brazo y la otra sin invadir más de lo necesario.
—Despacio —dijo.
Qué voz.
No.
No, Sally.
No era el momento. Definitivamente no era el momento para apreciar voces masculinas, hombros anchos o la absurda precisión con la que Denci había organizado mi rescate personalizado como si estuviera encargando un regalo de cumpleaños traumático.
—Voy a llevarte arriba —dijo él—. Hay una ambulancia fuera y, en cuanto salgamos, llamarán a tu familia.
Mi familia.
La palabra me atravesó de una forma rara, casi física, porque durante días había intentado no pensar demasiado en ellos. No porque no los quisiera, sino porque hacerlo convertía el sótano en algo más pequeño, más cruel y más imposible de soportar.
Me llevé una mano a la boca y la risa desapareció de golpe.
—¿Y Jack? —pregunté.
El detective me miró con cuidado, demasiado cuidado, y mi corazón se detuvo.
—Vamos a avisar a las personas que necesites que avisemos —dijo—, pero primero tenemos que sacarte de aquí y que te vea el equipo médico.
No era la respuesta que quería. Tampoco era una mala respuesta. Era una respuesta de policía, de alguien correcto, de alguien que no prometía lo que no podía controlar, y por algún motivo eso casi me rompió más.
Me cubrí la cara con las manos y esta vez sí lloré. No bonito. No suave. Lloré como si el cuerpo hubiera estado esperando permiso y al fin alguien lo hubiera firmado.
El detective no dijo nada durante unos segundos.
Solo esperó.
Y eso también fue una forma de sostenerme.
Cuando pude respirar otra vez, bajé las manos y lo miré.
—Perdón.
—No tienes que pedir perdón.
Dios.
Qué hombre tan peligrosamente correcto.
Denci se habría burlado de él. Yo quería abrazarlo, volver a reírme, dormir durante un año, pegarle a mi amiga, abrazarla, odiarla y darle las gracias, todo al mismo tiempo.
Quizá sí había perdido la cabeza.
El detective se quitó la chaqueta y me la puso sobre los hombros. Olía a aire frío, jabón y algo limpio que no supe nombrar.
Me aferré a ella con las dos manos.
—¿Quién llamó? —pregunté.
Él no respondió enseguida.
Ah.
—Recibimos un aviso anónimo —dijo al final.
Anónimo.
Claro.
Miré hacia la puerta del sótano y pensé en Denci, aunque no necesitaba verla para verla: su sonrisa torcida, sus ojos demasiado atentos, su manera de hacer el bien como si fuera un crimen que había que disimular.
—¿Conoces a la persona que te trajo aquí? —preguntó el detective.
La pregunta llegó suave.
Pero llegó.
Tragué saliva.
Un sótano.
Comida.
Agua.
Nadie.
No viste a nadie.
No sabes nada útil.
No me conviertas en una historia.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, el detective seguía mirándome como si pudiera esperar toda la noche si hacía falta.
—No —dije.
La mentira me dolió, no por él, sino por mí, porque en algún lugar extraño y roto de mi pecho no se sintió solo como una mentira.
Se sintió como elegir.
—No vi a nadie —añadí, con la voz ronca—. No sé dónde estaba antes. No sé cómo llegué aquí.
El detective Cross no cambió de expresión, pero algo en sus ojos se movió, aunque no supe si me creyó o no.
Quizá los hombres como él estaban entrenados para escuchar grietas. O quizá las mujeres como yo estaban demasiado cansadas para esconderlas bien.
Pero no insistió.
Solo asintió.
—Está bien. Ahora lo importante es sacarte de aquí.
Me ayudó a subir las escaleras y cada peldaño fue un mundo.
Arriba, la cabaña parecía distinta con voces fuera, luces azules entrando por las ventanas y el ruido lejano de personas moviéndose con urgencia, como si el mundo hubiera vuelto de golpe.
Ruidoso.
Frío.
Imperfecto.
Al cruzar la puerta, el aire de la mañana me golpeó la cara y casi volví a llorar.
Había una ambulancia, dos coches de policía, árboles y cielo.
Cielo de verdad.
Me quedé quieta en el umbral, envuelta en la chaqueta de un detective que parecía diseñado por una adolescente con muy buen gusto y pésimo sentido de la oportunidad, y entonces, pese a todo, pese al miedo, pese al llanto, pese a la mentira que acababa de decir y a las que todavía tendría que sostener, una risa pequeña se me escapó otra vez.
El detective me miró.
—¿Estás bien?
No.
No sabía si volvería a estarlo.
Pero pensé en Denci diciéndome que no mirara atrás y en que, de todas las formas horribles en las que podía haber terminado aquello, ella había elegido una con sirenas, una ambulancia y mi fantasía policial personal incluida.
Maldita Denci.
Asentí, aunque era mentira.
—Sí —dije, apretando la chaqueta contra mí—. Solo… quiero ir a casa.
El detective Cross miró hacia la ambulancia y luego volvió a mí.
—Voy a sacarte de aquí.
Y quise creerle a alguien sin odiarme por ello.