Capítulo 7 #2
Sally no discutió. Quizá porque entendió que era lo más cerca que iba a estar de una confesión, quizá porque estaba cansada o quizá porque, aunque me tuviera miedo, aunque no supiera qué hacer conmigo, todavía me conocía lo suficiente como para saber cuándo dejar de empujar.
Se levantó despacio, con la bolsa en la mano.
—Cinco minutos —dije, señalando la puerta—. Y no intentes hacer nada heroico antes de tiempo.
—¿Porque habrá consecuencias?
—Porque esos pantalones son horribles y no quiero que nadie te vea así sin supervisión.
Sally miró dentro de la bolsa.
—Dios, Denci.
—Lo sé. Soy generosa hasta el exceso.
Caminé hacia la puerta, pero antes de salir me detuve con la mano en el picaporte.
—Y Sally…
Ella levantó la vista.
Durante un segundo, ninguna de las dos fingió.
—Cuando salgamos de aquí, haces exactamente lo que te diga. Sin preguntas, sin improvisar, sin intentar entender el plan antes de tiempo.
—¿Y si el plan es horrible?
—El plan es mío. Eso ya venía implícito.
Sus labios se curvaron apenas.
—Qué tranquilizador.
—De nada.
Abrí la puerta, pero su voz me alcanzó antes de que pudiera salir.
—Denci.
Me detuve sin girarme.
—¿Qué?
—Gracias.
Cerré los ojos un segundo.
Solo uno.
Luego sonreí hacia la pared, porque mirarla habría sido demasiado.
—No me insultes tan temprano, bonita.
Y salí antes de que pudiera decir algo peor.
Esperé al otro lado de la puerta con los brazos cruzados, mirando la pared como si la pared tuviera respuestas o, por lo menos, la decencia de no hacer preguntas incómodas antes de las cinco de la madrugada.
Sally tardó seis minutos.
Seis.
No cinco.
Lo cual, teniendo en cuenta que estaba saliendo de un cautiverio y no preparándose para una gala benéfica, me pareció un abuso.
Cuando abrió la puerta, llevaba los pantalones oscuros, la sudadera gris y las zapatillas que había metido en la bolsa. Le quedaba todo un poco grande, un poco triste, un poco demasiado normal para una mañana que no tenía nada de normal.
La miré de arriba abajo.
—Podría ser peor.
Sally bajó la vista hacia la ropa.
—¿Eso es un cumplido?
—Es lo más cerca que vas a estar de uno hasta que tome café.
—Ya tomaste café.
—Entonces imagina lo grave que es.
No sonrió, pero algo en su boca se movió como si lo hubiera intentado y no le quedara energía suficiente para terminar el gesto.
Bien.
Eso era mejor que nada.
—Vamos —dije.
Empezamos a caminar por el pasillo del sótano. Sally iba detrás de mí, despacio, con pasos inseguros, una mano rozando la pared de vez en cuando como si necesitara comprobar que el mundo seguía siendo sólido.
No le ofrecí ayuda.
No porque no quisiera, sino porque sabía que si lo hacía podía romper algo que ella estaba intentando reconstruir a base de orgullo, rabia y equilibrio cuestionable.
Además, yo era muchas cosas, pero no una muleta emocional con piernas.
Subimos las escaleras en silencio.
Arriba, la casa estaba oscura. Había dejado todas las luces apagadas salvo una pequeña lámpara en el pasillo que apenas iluminaba el suelo.
La madrugada tenía esa quietud pesada de las horas en las que la gente normal duerme y yo traslado problemas humanos de un lugar a otro como si eso fuera un hobby.
Sally miró alrededor.
No dijo nada.
No preguntó.
Me gustó eso.
O quizá no.
Quizá me gustó demasiado.
Llegamos a la puerta del garaje y la abrí con cuidado.
El olor a metal, goma y encierro nos recibió como un saludo seco.
Dentro nos esperaba un coche negro, grande, discreto de la misma forma en que los objetos caros fingen no querer llamar la atención.
Tenía las ventanas tintadas, matrícula limpia y un interior que no decía nada de mí, que era exactamente lo que necesitaba que dijera.
—¿Ese es tu coche? —preguntó Sally.
—Uno de ellos.
Me miró.
—Claro.
—No me juzgues. Hay gente que colecciona tazas feas con frases motivacionales. Yo colecciono formas de desaparecer.
—Eso suena ilegal.
—Solo si lo dices en voz alta.
Abrí la puerta trasera.
Sally se detuvo.
El movimiento fue mínimo, pero lo vi. Vi cómo sus hombros se tensaban, cómo su mirada saltaba del coche a mí y cómo esa pequeña confianza rara que habíamos construido abajo retrocedía dos pasos para esconderse detrás de algo más viejo, más básico.
Miedo.
No me gustó verlo.
Pero tampoco podía culparla.
—No voy a meterte en el maletero, si eso es lo que estás pensando —dije.
—No lo estaba pensando.
—Mentira.
—Un poco.
—Aprecio la honestidad. Sube.
No se movió.
Suspiré.
—Sally.
—Dijiste que hoy me iba.
—Y te vas.
—Esto no parece irme. Esto parece… otra cosa.
Sí.
Parecía otra cosa.
Parecía exactamente otra cosa.
Ese era el punto.
Me incliné un poco hacia ella.
—Te dije que el plan era feo.
—No dijiste que parecía sacado de una película donde la chica comete el error de confiar en la persona equivocada.
—Las películas exageran. Yo soy mucho más eficiente.
—Denci.
—Sally.
Nos miramos.
Durante un segundo pensé que iba a negarse, que iba a intentar correr aunque no tuviera fuerza, que iba a gritar aunque nadie pudiera oírla, que iba a elegirse a sí misma por encima de mi plan, y una parte de mí, una parte pequeña y estúpida, casi la habría respetado por eso.
Pero al final tragó saliva y subió al coche.
Bien.
Perfecto.
Horrible.
Cerré la puerta y rodeé el vehículo hasta el asiento del conductor. Antes de arrancar, ajusté el retrovisor para verla.
Sally estaba sentada muy recta, con las manos sobre las rodillas, mirando la puerta del garaje como si fuera la última cosa conocida que iba a ver en mucho tiempo.
—Cinturón —dije.
Me miró por el espejo.
—¿En serio?
—Soy una criminal con estándares, bonita.
Se lo puso.
Abrí la puerta del garaje y saqué el coche sin encender las luces hasta que estuvimos fuera. La calle seguía dormida, fría y vacía, con ese aire de mundo suspendido que tienen las madrugadas antes de que la gente salga a fingir que controla su vida.
No usé la ruta más rápida. Usé la ruta más limpia: menos cámaras, menos semáforos, menos vecinos aburridos mirando por las ventanas.
La había revisado tres veces y odiado cuatro, porque incluso los buenos planes podían salir mal y yo detestaba profundamente cuando la realidad tenía iniciativa propia.
Sally no preguntó durante los primeros veinte minutos.
Ni durante los treinta.
A los cuarenta, apoyó la cabeza contra el cristal oscuro.
—¿Cuánto falta?
—Depende.
—¿De qué?
—De si el universo decide cooperar o comportarse como de costumbre.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Estoy intentando mantener una línea estética.
Escuché una exhalación suave. Casi una risa.
Casi.
El coche dejó atrás la ciudad poco a poco. Los edificios se volvieron más bajos, las luces más escasas, el asfalto más oscuro. Después vinieron carreteras estrechas, campos vacíos y árboles que empezaron apareciendo de forma tímida a ambos lados hasta convertirse en una masa negra y compacta.
El bosque nos tragó después de algo más de una hora.
Y sí, ya sé lo que parece.
Una mujer lleva a su amiga secuestrada en un coche negro con ventanas tintadas hasta un bosque antes del amanecer.
No era precisamente una postal de amistad femenina saludable.
Pero, en mi defensa, los bosques tenían ventajas: pocas cámaras, pocos testigos y muchos árboles dispuestos a guardar secretos sin pedir explicaciones.
La gente siempre decía que el mar era el mejor lugar para esconder cosas.
Mentira. El mar devolvía cadáveres cuando se aburría. El bosque, en cambio, era más educado.
El bosque se quedaba lo que le dabas.
Aparqué a unos metros de una cabaña medio escondida entre los árboles. Era vieja, pero no vieja de “se cae si respiras fuerte”, porque no soy una aficionada, sino vieja de “nadie vendría aquí por accidente y, si lo hiciera, asumiría que no vale la pena entrar”.
Madera oscura, ventanas pequeñas, techo inclinado, una puerta reforzada que desde fuera parecía más cansada que peligrosa y un camino de tierra tan discreto que había que saber que existía para no pasarlo de largo.
Sally se inclinó un poco hacia la ventana.
—¿Dónde estamos?
—En un bosque.
Me miró por el espejo.
—Gracias. Sin ti jamás habría llegado a esa conclusión.
—De nada. Me gusta ser útil.
—Denci.
Apagué el motor y el silencio cayó encima del coche de golpe. Sin ciudad. Sin tráfico. Sin mundo. Solo árboles, madrugada y la respiración de Sally en el asiento trasero.
—No necesitas saber dónde estamos —dije.
—Eso no me tranquiliza.
—No era mi objetivo principal.
Bajé primero y abrí su puerta. Sally no se movió enseguida. Miraba la cabaña como si estuviera intentando decidir si aquello era el final del plan o el principio de una pesadilla nueva.
No la culpaba.
Desde fuera, mi plan tenía un serio problema de relaciones públicas.
—Baja —dije, más suave.
Lo hizo.
El aire frío le golpeó la cara y se abrazó a sí misma, tirando de las mangas de la sudadera hacia las manos.
—Creí que ibas a llevarme con ellos —dijo.
No sonó acusadora.
Eso fue peor.
Sonó cansada.
—Lo haré.
—¿Después de esto?
—Después de esto.
—¿Y qué es esto?
Cerré la puerta del coche.
—El teatro.
Sally frunció el ceño.
—No entiendo.
—Mejor.
Caminé hacia la cabaña y ella me siguió con pasos lentos. Abrí la puerta con una llave que no debería existir en ningún registro útil y entramos.
Dentro olía a madera vieja, polvo limpio y humedad controlada. Había una mesa, dos sillas, una estantería vacía y una chimenea que no pensaba encender porque el humo tenía la mala costumbre de anunciar cosas.
No había fotos, papeles ni nada que pudiera decir quién había estado allí.
Perfecto.
Sally miró alrededor.
—Denci…
—Ya casi.
Atravesamos la estancia principal hasta una puerta estrecha al fondo. La abrí y encendí una luz amarillenta que reveló unas escaleras de cemento bajando hacia otro sótano.
Sally se quedó inmóvil.
Ahí estaba.
La ruptura.
No grande. No teatral. Solo su cuerpo diciendo no antes que su boca.
—No —susurró.
Me giré hacia ella.
—Sally.
—No.
—Escúchame.
—Dijiste que me iba.
—Y te vas.
—Me estás metiendo en otro sótano.
Su voz tembló al final.
Apreté la mandíbula.
—Sí.
Su cara cambió. No necesitaba gritar ni llorar. Esa mirada bastaba.
Traición.
Pura.
Cruda.
Merecida, si una no tenía todos los datos.
—Dos horas —dije.
—No.
—Dos horas, Sally.
—Me mentiste.
—No te mentí. Te di información incompleta.
—Eso es mentir con maquillaje.
—Sí, bueno, el maquillaje ayuda.
No se rió.
Claro que no.
Me acerqué un paso, lo justo para que me escuchara sin sentirme encima.
—Necesito que parezca real.
—¿Para quién?
—Para todos.
—¿Y yo qué? —preguntó, y esta vez sí había rabia debajo del miedo—. ¿También tengo que parecer real?
Esa fue buena.
Dolió un poco.
Lo escondí.
—Tú solo tienes que aguantar dos horas más.
—¿Atada?
No respondí.
Sus ojos se abrieron apenas.
—Denci.
—Si te encuentran caminando por una carretera, habrá preguntas que no puedo controlar. Si te encuentran aquí, todo encaja.
—Para ti.
—Para ti también, aunque ahora no lo parezca.
Sally se apartó medio paso.
—No quiero bajar.
—Lo sé.
—No quiero.
—Lo sé.
Durante un segundo ninguna de las dos se movió.
Luego extendí la mano, no para tocarla, solo para marcar el camino.
—Pero vas a hacerlo.
Sally me miró como si buscara a su amiga en mi cara y encontrara a alguien demasiado parecido, pero no lo suficiente.
Eso era lo peor de todo.
Que seguía viéndome.
Que no podía dejar de verme.
Bajamos despacio.
El sótano era pequeño, frío y preparado. Una silla, una manta, una botella de agua, una luz que funcionaba, una puerta fuerte y nada más. Feo, sí. Pero seguro. Cerrado. Controlado.
Nada allí podía hacerle daño.
Salvo yo.
Y yo no iba a hacerlo.
—Siéntate —dije.
Sally obedeció después de unos segundos, con la cara pálida y la espalda rígida.
Saqué unas bridas acolchadas del bolsillo de la chaqueta.
Me miró.
—Eso no mejora la situación.
—Son mejores que cuerda.
—Qué detalle.
—Tengo momentos.
Le até las muñecas delante, no detrás, lo bastante firme para que pareciera real, no lo bastante para lastimarla. Luego los tobillos. Revisé dos veces la presión porque era una criminal, no una chapucera.
—¿Cómoda? —pregunté.
Sally me fulminó con la mirada.
—Muérete.
Ahí estaba.
Sonreí.
—Mucho mejor.
Me incorporé y dejé la botella de agua cerca, a una distancia que pudiera alcanzar si se inclinaba.
—Dos horas —repetí.
—Si no vienen…
—Vendrán.
—¿Y si no?
La miré.
—Entonces volveré yo.
Sally tragó saliva.
No sé si eso la tranquilizó.
A mí tampoco.
Caminé hacia las escaleras.
—Denci.
Me detuve.
—Te odio un poco ahora mismo.
Sonreí sin girarme.
—Solo un poco. Estoy perdiendo práctica.
—No bromees.
Esta vez sí me giré.
Sally estaba sentada en esa silla, atada, asustada, furiosa y viva.
Muy viva.
—No mires atrás cuando salgas de aquí —dije.
—Ya me lo dijiste.
—Soy repetitiva cuando el consejo es bueno.
—¿Y tú?
—Yo siempre miro atrás. Por eso sé dónde esconder los cuerpos.
Sally cerró los ojos con una expresión que, en otra vida, habría sido una risa.
No lo fue.
Pero casi.
Subí las escaleras, cerré la puerta del sótano y eché el cerrojo.
El sonido fue horrible.
Necesario, pero horrible.
Me quedé un segundo con la mano apoyada en la puerta.
Solo uno.
Después saqué el móvil, activé el siguiente paso del plan y salí de la cabaña antes de que me diera por convertirme en alguien sentimental.