Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

Denci

El día esperado había llegado.

Esperado o fatal, todavía estaba por ver, aunque cualquiera de las dos opciones prometía ser mejor que mi noche.

Joder, qué noche.

Joder, qué pesadilla de hombre.

Vale, ok. Lo admito.

Había soñado toda la noche con él. Una combinación perturbadora de pesadilla y sueño erótico con ese… ese… es que ni siquiera sabía cómo llamarlo, y eso me molestaba casi tanto como haber soñado con él.

En fin, tenía cosas más importantes que hacer que quejarme de lo que mi subconsciente hacía cuando yo dormía, sobre todo porque mi subconsciente claramente era una traidora con mal gusto y muy poca disciplina.

Me salté el desayuno porque eran las cuatro de la madrugada, no tenía hambre y tampoco tiempo.

Bajé al sótano y fui directamente a la habitación de Sally. No llamé antes de entrar porque, después de todo lo que había pasado entre nosotras, fingir educación habría sido raro incluso para mí.

Sally estaba despierta.

Sentada en la cama esta vez, con la espalda apoyada en la pared, las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros. Seguía pálida, delgada, con esas ojeras que ya no parecían cansancio sino parte de su cara, pero había algo distinto en sus ojos.

Algo más despierto.

Más Sally.

—Hoy te vas —dije.

Sally parpadeó una vez.

Luego otra.

—¿De verdad o es una de tus sorpresas horribles?

La miré.

Ahí estaba.

Cansada, asustada, rota por los bordes, pero ahí.

—Las sorpresas horribles son mi lenguaje del amor, bonita. No las critiques.

Sus labios se curvaron apenas. No fue una sonrisa completa, pero casi, y ese casi me hizo sentir más cosas de las que estaba dispuesta a manejar a las cuatro de la madrugada.

Entré del todo y dejé una bolsa sobre la silla.

—Hay ropa dentro. Algo cómodo. Feo, obviamente, porque no he tenido tiempo de organizarte una salida de cautiverio con estilista y champán.

Sally miró la bolsa, luego me miró a mí.

—¿Voy a casa?

—Vas a salir de aquí.

—Eso no responde mi pregunta.

—Es lo más parecido a una respuesta honesta que vas a conseguir antes del amanecer.

Suspiró y apartó la mirada hacia la pared de enfrente, como si necesitara preparar su cuerpo para creerme solo un poco.

—¿Tengo que tener miedo?

—Siempre —dije—. Pero hoy no de mí.

Volvió a mirarme.

La habitación se quedó en silencio.

No uno cómodo. Esos ya no existían entre nosotras. Pero tampoco era el silencio de los primeros días, cuando cada respiración suya parecía preguntar si yo iba a hacerle daño y cada una de las mías respondía con una broma estúpida porque no sabía hacer otra cosa.

Ahora sabía demasiado.

Ella también.

Y eso era peor. O mejor. Quién demonios podía saberlo.

—Tengo reglas —dije.

Sally soltó una risa mínima.

—Claro que tienes reglas. Ni siquiera puedes liberar a alguien sin hacerlo complicado.

—Me gusta mantener una marca personal coherente.

—Tu marca personal necesita terapia.

—Mi marca personal secuestra terapeutas.

Esta vez sí sonrió.

Un poco.

Y luego la sonrisa desapareció, porque ninguna de las dos era tan idiota como para olvidar dónde estábamos.

Me crucé de brazos.

—Cuando te encuentren, esto es lo que vas a decir: estuviste en un sótano. Te daban comida y agua. No viste a nadie. No sabes dónde estaba. No reconociste voces, no viste caras, no sabes cómo entraba la comida y no puedes describir nada útil.

Sally bajó la mirada a sus manos.

—Un sótano —repitió.

—Sí.

—Comida. Agua. Nadie.

—Exacto.

—Y tú no existes.

Algo me tocó por dentro, no fuerte, solo lo bastante para molestar.

—Yo nunca he existido demasiado bien.

Sally levantó los ojos hacia mí y, por un segundo, vi a mi amiga de antes. La que se habría reído, la que me habría llamado dramática, la que quizá habría dicho que yo existía demasiado y que ese era precisamente el problema.

Pero esa Sally ya no estaba entera.

Y aun así, seguía ahí.

—¿Y si me preguntan por lo que oí? —dijo.

Mi mandíbula se tensó.

—No oíste nada.

—Denci…

—Sally.

Su nombre salió más duro de lo que quería. Ella no se encogió, y eso me gustó. También me dolió un poco, pero decidí ignorar esa parte porque ignorar cosas era prácticamente mi deporte olímpico.

—No puedo desoírlo —susurró.

—No te estoy pidiendo que lo desoigas. Te estoy pidiendo que no lo repitas.

—Hay una diferencia.

—Una enorme. Por eso te estoy hablando despacio.

Me miró durante unos segundos largos, demasiado largos para una mujer que seguía pareciendo a punto de romperse si el aire cambiaba de dirección.

—Los hombres que mataste… —empezó.

—No.

—Eran malos.

La habitación pareció hacerse más pequeña.

No porque me estuviera acusando, sino porque no lo estaba haciendo.

Ese era el problema.

Sally no me miraba como si acabara de descubrir que yo era un monstruo. Me miraba como si hubiera encontrado una puerta secreta en una casa que creía conocer y, al otro lado, hubiera visto oscuridad, sangre, cuchillos y una versión de mí que seguía siendo yo.

Más aterradora.

Más real.

—No vamos a hablar de eso —dije.

—Pero es verdad.

—Sally.

—Lo escuché.

—Y ahora vas a olvidarlo.

—No puedo.

—Entonces vas a guardarlo en una caja, ponerle un candado, tirarla al mar y fingir que nunca aprendiste a nadar.

Respiró hondo, temblando un poco, aunque no de miedo exactamente.

No solo de miedo.

—No sé qué hacer contigo —dijo.

Solté una risa baja.

—Únete al club. Yo tampoco.

—Eras mi amiga.

—Sigo teniendo un currículum impresionante en esa área, si ignoramos los últimos acontecimientos.

—Denci.

Ahí estaba otra vez mi nombre en su boca, no como amenaza ni como súplica, sino como algo que había conocido antes y que ahora no sabía dónde colocar.

Me acerqué un paso, lo justo, y bajé la voz.

—Escúchame bien. Si hablas, no solo me hundes a mí. Abres una puerta que no sabes cerrar y llamas la atención de gente que no tiene mis límites, mis manías ni mi excelente sentido del humor.

Sally tragó saliva.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una advertencia con cariño.

—Tu cariño da miedo.

—Lo sé. Estoy trabajando en una versión más comercial.

Se quedó mirándome y entonces dijo algo que no esperaba.

—Eso es lo peor de todo.

—¿Qué?

—Que te creo.

No respondí.

No había nada que decir. Esa frase era más íntima que un abrazo y más peligrosa que una confesión.

Sally se pasó una mano por la cara y soltó el aire muy despacio.

—No sé si estoy orgullosa de ti o si me das miedo.

Sonreí, porque era eso o hacer algo estúpido como sentir.

—Puedes hacer las dos cosas. Soy muy versátil.

Sus ojos brillaron, pero no lloró.

Nunca sabía qué hacer con eso.

—No estoy orgullosa de esto —dijo, señalando la habitación con un movimiento pequeño de la mano.

—Me tranquiliza. Habría sido raro.

—Pero lo demás…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Lo demás eran los hombres, las historias escuchadas a medias, las razones que no aprobaba, pero entendía más de lo que quería admitir.

Me miró como si ya no supiera en qué cajón meterme. Amiga, secuestradora, loca, justiciera, problema. Todo le quedaba demasiado pequeño.

—No conviertas eso en algo bonito —dije.

—No lo es.

—Bien.

—Pero tampoco es nada.

Eso me dejó callada.

Maldita Sally.

Incluso rota tenía la mala costumbre de decir cosas que se quedaban pegadas.

Me giré hacia la bolsa porque necesitaba que la escena volviera a ser práctica antes de que empezara a parecerse peligrosamente a una conversación de sentimientos.

—Ponte la ropa. Nos vamos en diez minutos.

—¿A dónde?

—A un sitio.

—Qué descriptiva.

—Gracias. Es parte de mi encanto.

—Denci.

—Sally.

—¿Voy a volver con ellos?

La pregunta salió pequeña. No débil. Pequeña, como si le diera miedo ocupar demasiado espacio.

La miré de nuevo.

—Sí.

Sus dedos se cerraron sobre la manta.

—¿Hoy?

—Hoy.

Algo se rompió en su cara.

No de dolor esta vez.

De alivio.

Y eso fue casi peor.

—¿Por qué no me llevas directamente?

—Porque no soy idiota.

—Eso está por debatir.

—Mira quién vuelve a ser desagradable. Me emociona muchísimo.

Sally bajó la mirada, y aunque no sonrió, su respiración cambió un poco.

Más viva.

—El plan es feo —dije—. Incómodo. Probablemente vas a odiarme un poco más durante unas horas, pero funciona.

—¿Cuánto más?

—Dos horas.

Me miró.

—¿Qué pasa en dos horas?

—Te encuentran.

El silencio cayó entre nosotras.

Esta vez sí vi el miedo.

—¿Quién?

—Alguien que debe encontrarte.

—¿La policía?

—Una versión muy decorativa de la policía, si mis fuentes no me han decepcionado.

Sally frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Significa que, si el universo tiene sentido del espectáculo, te rescatará alguien con mandíbula de anuncio y complejo de héroe.

—Estás enferma.

—Un poco. Pero soy eficiente.

Sally me miró durante unos segundos y luego soltó una risa baja, rota, inesperada.

No duró mucho.

Pero estuvo ahí.

Y a mí casi se me olvidó respirar.

—Vas a hacer que parezca que me encuentran —dijo despacio.

—No va a parecerlo. Te van a encontrar.

—Pero tú lo organizaste.

—Detalles.

—Denci.

—Cuantos menos detalles sepas, más creíble serás.

—Ya sé demasiados.

—Entonces deja de aprender.

Esta vez no se rió.

Se quedó seria.

—¿Y después?

—Después lloras si quieres llorar, callas si quieres callar, abrazas a quien quieras abrazar y dejas que ellos crean que el mundo les devolvió algo por una vez.

Sally bajó la cabeza.

—Jack va a estar destrozado.

—Sí.

—Elsa también.

—Sí.

—Todos.

—Probablemente.

—¿Y tú?

Me quedé quieta, porque esa pregunta era innecesaria, cruel y muy de Sally.

Qué amiga tan molesta.

—Yo tengo planes.

—Eso no es una respuesta.

—Las buenas respuestas están sobrevaloradas.

Sally me sostuvo la mirada.

—Tú también vas a perderme.

Eso sí me dio.

No por sorpresa.

Por precisión.

Me mordí el interior de la mejilla, sonreí lo justo y levanté una ceja.

—Dramática.

—Denci.

—Vas a estar viva —dije, y mi voz salió más baja de lo que quería—. Eso es lo que importa.

—No es lo único que importa.

—Para mí, hoy sí.