Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Pagué el taxi y estaba cerrando la puerta del coche cuando escuché unas palabrotas en un idioma que no entendía del todo, pero reconocía lo suficiente como para saber que alguien estaba deseándole una muerte lenta a otra persona.

Me giré sonriendo y vi a Elsa bajar las escaleras del restaurante con una mirada asesina, el bolso colgado del hombro, la mandíbula tensa y esa elegancia fría suya que incluso enfadada parecía cara.

—¿Quieres que lo mate por ti? Sabes que Demon nunca fue mi favorito —dije.

Elsa se detuvo al pie de las escaleras y me miró. Le tomó un segundo analizar mis palabras, quizá decidir si estaba bromeando o si debía preocuparse por mi estabilidad mental, y luego sacudió la cabeza.

—Demon no es el que merece morir hoy, pero mi nuevo cliente, que me llamó quince minutos después de la cita para cancelar, sí.

Abrí los ojos con fingido horror.

—Ah, esto sí que es un crimen que merece un castigo serio.

El rostro de Elsa cambió apenas un segundo, lo suficiente para que yo entendiera que el cliente cancelado no era el verdadero problema.

—Come conmigo —dije, señalando la entrada del restaurante—. Tengo mesa.

Elsa arqueó una ceja.

—¿Tú? ¿Aquí?

—No pongas esa cara. También sé fingir que soy una persona sociable durante noventa minutos.

—Lo dudo.

—Yo también, pero el vestido ayuda.

Elsa me miró de arriba abajo, evaluando el vestido verde oliva que me había obligado a ponerme como si fuera una declaración diplomática entre mi odio por lo elegante y mi necesidad de infiltrarme en sitios donde la gente hablaba demasiado bajo para esconder que decía cosas horribles.

—Te queda bien —dijo al final.

—Lo sé. Me está cortando la circulación en tres zonas diferentes, pero lo sé.

Elsa soltó una risa breve.

No fue una risa feliz.

Entramos juntas y el portero nos abrió la puerta con esa reverencia mínima que la gente cara hace cuando reconoce a alguien más caro que ellos.

O cuando finge hacerlo para no equivocarse.

El interior del restaurante olía a dinero, flores frescas y aceite de trufa, que era básicamente la forma legal de cobrar veinte euros extra por una patata.

Nos llevaron a una mesa junto a una ventana enorme, con vistas a una calle bonita, limpia y completamente indiferente a mi mala mañana.

Perfecto.

—¿Vino? —pregunté cuando el camarero se fue.

—Es mediodía.

—No he preguntado la hora, he preguntado si vino.

Elsa suspiró.

—Una copa.

—Sabía que seguías siendo mi tipo de persona.

Pedimos sin mirar demasiado la carta, porque en sitios así todo tenía nombres largos, porciones pequeñas y una descripción emocional. Yo elegí algo con pescado porque sonaba menos comprometedor que “menú degustación” y Elsa pidió una ensalada que seguramente costaba más que el alquiler de alguien.

Cuando nos quedamos solas, la miré por encima de la copa de agua.

—Entonces… ¿cliente asesinado mentalmente o hay algo más?

—No quiero hablar de eso.

—Perfecto. Cuéntamelo sin querer.

Me lanzó una mirada.

—Eres insoportable.

—Y muy útil en crisis emocionales. Tengo referencias. Malas, pero tengo.

Elsa respiró hondo y miró por la ventana. Durante unos segundos pensé que iba a cambiar de tema, pero no lo hizo.

—Demon y yo hemos discutido.

Ah.

Eso sí era interesante.

Y peligroso.

—¿Por qué?

Elsa bajó la vista a la servilleta perfectamente doblada sobre su regazo.

—Por lo de mi empresa.

No pregunté qué. No hacía falta. Me lo había contado el día anterior y, sinceramente, ese tipo de problemas no mejoran en veinticuatro horas. Solo aprenden a ponerse zapatos más caros y a llamar a la puerta con más fuerza.

—¿Ha pasado algo nuevo?

—Sí.

Su voz salió fría, controlada, casi quirúrgica. Esa era Elsa. Cuando algo dolía, no sangraba; se convertía en hielo y esperaba a que los demás se cortaran solos.

—Demon cree que todavía podemos solucionarlo sin destruir a nadie.

La miré un segundo.

Luego otro.

—Qué asco.

—Sí.

—¿Y la persona que intenta perjudicarte?

—Sigue intentando perjudicarme.

—Insistente. Odio a la gente con vocación.

Elsa soltó una risa seca, sin alegría.

—Lo bastante importante como para saber dónde tocar y lo bastante cobarde como para hacerlo desde la sombra.

—Peor todavía —dije—. A los cobardes hay que castigarlos con creatividad.

El camarero apareció con el vino, nos sirvió y desapareció antes de que cualquiera de las dos pudiera decidir si necesitaba testigos.

Elsa tomó la copa, pero no bebió.

—Yo quiero destruirlo —dijo.

Sonreí despacio.

—Me caes mejor cada día.

—No estoy bromeando, Denci.

—Yo tampoco.

Elsa me miró y ahí estaba. El cansancio. La rabia. Algo más blando debajo, algo que ella odiaba enseñar.

—Demon no quiere —susurró—. Dice que hay formas de solucionarlo sin quemarlo todo.

—Qué decepcionante.

—Dice que si cruzo ciertas líneas, no podré volver atrás.

Me quedé callada un instante.

Qué bonito.

Qué conveniente.

Qué mentira.

O quizá no.

—Los hombres siempre dicen eso cuando no es su casa la que están intentando incendiar —dije.

Elsa apretó los dedos alrededor de la copa.

—Lo peor es que quiere perdonarlo.

La palabra quedó flotando entre nosotras como un insulto.

Perdonarlo.

Casi me reí.

Casi.

—¿Perdonar a alguien que está intentando joder tu empresa?

—Según Demon, todavía hay margen para que esa persona se retire sin provocar una guerra.

—Según Demon, ¿o según el santo patrón de los imbéciles con brújula moral?

Elsa soltó una risa pequeña, pero se le rompió antes de llegar a los ojos.

—Me hace sentir mal.

—¿Demon?

—Sí. No porque me grite. No lo hace. No porque me obligue. Tampoco lo hace. Pero me mira como si todavía creyera que puedo ser mejor de lo que soy.

Tragué saliva.

Eso me molestó.

No por ella.

Por mí.

—Qué arrogante por su parte.

—Lo sé.

—Nadie debería mirar a otra persona así sin pedir permiso primero.

Elsa bebió un sorbo de vino.

—Y aun así, me duele que no esté de mi lado.

Ahí estaba la verdad.

No quería venganza solo por la empresa. Quería que Demon eligiera su rabia. Que la validara. Que se ensuciara las manos con ella.

Lo entendía demasiado bien.

Y eso no decía nada bueno de mí.

—Quizá está de tu lado —dije, odiando cada palabra—. Solo que no quiere verte convertirte en alguien de quien luego no puedas escapar.

Elsa me observó con atención.

Demasiada atención.

—Eso ha sonado casi sensato.

—Ha sido un accidente. No lo repitas.

—¿Estás bien?

No.

Claro que no.

Tenía a una chica encerrada en una habitación, a un hombre imposible metido en la cabeza y a una rubia preciosa preguntándome si estaba bien como si yo fuera el tipo de persona que podía responder a eso sin mentir.

Sonreí.

—Estoy fabulosa.

Elsa no me creyó.

Pero, por suerte, llegó la comida.

El almuerzo terminó con dos cafés, una cuenta obscena y la sensación incómoda de que ninguna de las dos había dicho todo lo que quería decir.

Elsa dejó la taza sobre el plato con cuidado, demasiado cuidado, como si temiera que un movimiento brusco hiciera caer algo más que la porcelana.

—Tengo que irme —dijo.

—¿A matar al cliente?

—A trabajar.

—Qué decepción.

Elsa tomó su bolso y se puso de pie con esa elegancia suya que hacía parecer intencional incluso el cansancio. Yo también me levanté, aunque mi vestido decidió recordarme que respirar seguía siendo un lujo y que la moda era una forma socialmente aceptada de tortura.

Salimos juntas del restaurante.

El sol de mediodía fue una grosería. Demasiado claro, demasiado limpio, demasiado normal para dos mujeres que acababan de hablar de venganzas, límites y hombres que intentaban salvarte de ti misma sin pedir permiso.

Elsa se detuvo junto a las escaleras y miró hacia la calle.

—Gracias por la comida —dijo.

—Gracias por no convertirla en una escena de crimen. Hubiera sido incómodo explicar la sangre en un restaurante tan caro.

La comisura de sus labios se movió apenas.

Casi una sonrisa.

—No prometo nada para la próxima vez.

—Eso me tranquiliza. Estaba empezando a pensar que el matrimonio te había domesticado.

Elsa me miró.

Fría.

Bonita.

Peligrosa incluso cuando parecía agotada.

—Demon no me domestica.

—No he dicho que lo consiga. Solo que quizá lo intenta.

Su expresión cambió un poco.

Lo suficiente.

Ahí estaba otra vez.

Demon.

El problema que no era el problema, sino la herida alrededor del problema.

—Él cree que protegerme significa impedir que haga cosas de las que luego pueda arrepentirme —dijo, mirando hacia su coche, aparcado unos metros más allá.

—Qué romántico. Y qué molesto.

—Mucho.

—¿Y tú qué crees?

Elsa tardó en responder, no porque no supiera la respuesta, sino porque seguramente la respuesta la dejaba en un lugar que no le gustaba.

—Creo que a veces necesito que esté conmigo, no delante de mí bloqueando el camino.

Eso sí lo entendí.

Más de lo que quería.

Asentí despacio.

—Díselo.

—Ya lo hice.

—Entonces díselo peor.

Elsa soltó una risa breve, esta vez un poco más real.

—Eres una influencia horrible.

—Gracias. Lo intento.

Me miró un segundo más, y por un instante tuve la horrible impresión de que iba a preguntarme otra vez si estaba bien, como si mi cara hubiera decidido traicionarme a plena luz del día.

Por suerte, no lo hizo.

Solo se acercó y me dio un abrazo rápido.

Demasiado rápido para ser sentimental.

Lo justo para ser peligroso.

—Cuídate, Denci —murmuró.

Me quedé quieta medio segundo antes de devolverle el gesto.

—Qué palabra tan fea.

—¿Cuál?

—Cuidarse. Suena a gente que toma buenas decisiones.

Elsa se apartó y negó con la cabeza.

—Entonces intenta tomar una que no sea terrible.

—No prometo milagros.

—Ya lo sé.

Se dio la vuelta y caminó hacia su coche con el bolso colgado del hombro, la espalda recta y esa manera de moverse que hacía parecer que el mundo entero tenía dos opciones: apartarse o aceptar las consecuencias.

La vi llegar hasta el vehículo, abrir la puerta y entrar sin mirar atrás.

Bien.

Perfecto.

Eso era lo normal.

La gente se iba.

La vida seguía.

Una mujer rubia con problemas matrimoniales y ganas de venganza volvía a su coche, y otra mujer con demasiados secretos se quedaba frente a un restaurante exclusivo esperando un taxi como si no tuviera una chica rota en una habitación, un hombre imposible en la cabeza y una sensación estúpida bajándole por la nuca.

Saqué el móvil del bolso para pedir el taxi.

La pantalla se iluminó y mi reflejo apareció sobre el cristal negro durante un segundo.

Me vi demasiado arreglada.

Demasiado tranquila.

Demasiado convincente.

Casi me dio risa.

Casi.

Entonces lo sentí.

No fue un sonido.

No fue una sombra.

Fue ese pequeño cambio en el aire, esa certeza absurda que aparece antes de que pase algo y que siempre llega demasiado tarde para llamarla instinto y demasiado pronto para llamarla prueba.

Levanté la mirada.

Un coche negro se detuvo justo delante de mí.

La puerta trasera se abrió y un hombre bajó con una calma irritante: primero un zapato negro sobre el asfalto, luego una mano en el borde de la puerta, después todo él saliendo a la luz del mediodía como si no acabara de aparecer delante de mí, sino como si yo hubiera estado esperándolo sin saberlo.

Ash.

Maldita sea.

Llevaba una americana oscura sobre una camisa blanca abierta en el cuello, sin corbata, sin prisa, sin una sola explicación. Cerró la puerta con una suavidad casi ofensiva y se abrochó un botón de la americana sin apartar los ojos de mí.

Uno.

Solo uno.

Y aun así sentí el gesto en lugares donde la lógica no tenía permiso para entrar.

Me quedé quieta, con el móvil en la mano y el taxi sin pedir, mientras Ash me miraba como si mi vestido, mis tacones, mi sonrisa falsa y todas mis mentiras fueran de cristal.

No sonrió.

Claro que no.

Los hombres como él no necesitaban sonreír para ser peligrosos. Bastaba con que aparecieran.

—¿Necesitas que te acerque a algún sitio?

—De ti no necesito nada.

No respondió.

Ni siquiera pareció ofendido.

Solo me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario y luego se dio la vuelta.

Caminó hacia la entrada del restaurante y yo me quedé donde estaba, con el móvil todavía en la mano y una respuesta amarga en la lengua que ya no servía de nada porque él se estaba yendo.

Y eso, por algún motivo estúpido, me molestó más que si se hubiera quedado.