Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

Denci

No dormí nada.

Le eché la culpa a ese maldito hombre cuyo rostro fue imposible de olvidar y de encontrar. Pasé horas delante del ordenador en vano, demasiadas para alguien que no me importaba.

Nada en las redes sociales del club.

Nada de nada.

Y eso era más que raro. Incluso yo tenía un perfil en redes, uno donde compartía reels graciosos con mis amigos y daba me gusta solo para marear al algoritmo.

El número de teléfono fue otra calle sin salida. No existía en la base de datos de ninguna compañía de telefonía.

Así que solo había dos opciones: o era del FBI, de la CIA o de alguna agencia con siglas caras y yo le estaba jodiendo una investigación, o era de la mafia.

La primera opción no me convenía mucho.

La segunda, mucho menos.

¿Qué?

Ya he dicho que soy lista. No dejo pruebas de nada.

Excepto Sally.

Pero eso no contaba.

O eso me repetía.

La mafia era asunto serio. Esa gente no actuaba normal, no seguía reglas y no explicaba las cosas antes de hacerlas.

Oh.

Eran como yo.

Ni la ducha ni las dos tazas de café consiguieron despejarme la cabeza, así que pensé que un poco de conversación con Sally cambiaría mi ánimo.

Me equivoqué.

La encontré en el mismo lugar de anoche, sentada en el rincón de la habitación, con la espalda contra la pared, los brazos alrededor de las piernas y la barbilla apoyada en las rodillas.

Mirada perdida.

Maldición.

Puse la bandeja sobre la mesa y me acerqué a ella.

—Rise and shine, bonita —dije.

No respondió.

Ni un gesto, ni un parpadeo, ni siquiera ese pequeño cambio en la respiración que te dice que alguien sigue ahí, que no se ha ido del todo aunque lo parezca.

Me quedé mirándola unos segundos más de la cuenta, los suficientes para notar cómo algo incómodo se instalaba en mi pecho.

—Vale… esto ha sido incómodo incluso para mí —murmuré, cruzándome de brazos para ocupar espacio, para sentir que todavía controlaba algo—. Normalmente la gente al menos me odia con un poco más de entusiasmo.

Silencio.

Me separé de la pared y caminé hasta la mesa. Destapé la bandeja con un gesto mecánico y el olor del café llenó la habitación, cálido, normal y completamente fuera de lugar.

Esperé.

Un segundo.

Dos.

Nada.

Genial.

—Te he traído desayuno —dije, usando ese tono entre broma y advertencia que casi siempre me funcionaba—. No es de hotel cinco estrellas, pero tampoco estás aquí de vacaciones, así que podrías hacer el esfuerzo de fingir un mínimo de interés.

Ni siquiera molestia.

Eso sí que no.

Apreté la mandíbula, notando cómo algo se tensaba dentro de mí, algo que no tenía nombre o que yo no quería ponerle.

—¿Sabes qué? Esto de ignorarme no te queda bien —añadí, acercándome un poco más—. No tienes cara de mártir. Tienes cara de que hablas demasiado y sin filtro, lo cual, sinceramente, echo de menos.

Sus ojos se movieron.

Lento.

Apenas un centímetro.

Pero lo suficiente.

Ahí estás.

—Mucho mejor —dije, agachándome frente a ella para obligarla a mantenerme en su campo de visión—. Empieza por algo sencillo, no sé, un “hola”, un “vete a la mierda”, incluso un “quiero matarte”. Lo que te haga sentir más tú.

Sus labios se separaron, pero no salió ningún sonido.

Y eso no me gustó.

—Sally —dije entonces, más bajo, más firme, dejando caer el sarcasmo porque de pronto ya no encajaba—. Tienes que comer.

Parpadeó.

Una vez.

Luego otra.

Como si el mundo le llegara con retraso.

—No… —su voz fue apenas un hilo—. No tengo hambre.

Solté una risa corta, automática, más reflejo que reacción real.

—Claro que no. Nadie tiene hambre cuando está secuestrada, creo que viene en el manual o algo así.

Nada.

Ni un gesto.

Ni siquiera odio.

Y eso fue lo que me hizo apretar más fuerte los dientes.

Me incliné un poco más hacia ella, invadiendo su espacio, obligándola a reaccionar de alguna forma.

—Ey, mírame.

Tardó.

Joder, tardó demasiado.

Pero al final lo hizo.

Y prefería cuando gritaba.

Prefería cuando me odiaba con ganas, cuando había algo vivo en sus ojos, porque esto era otra cosa. Algo más quieto. Más peligroso.

¿Y si me había pasado?

La idea apareció sin pedir permiso.

La aparté.

Tarde.

—Esto no es un drama indie donde te dejas morir en una esquina mientras todo el mundo aplaude lo profunda que eres —dije, más suave de lo que pretendía—. Comes, bebes, respiras y luego ya decides si quieres odiarme o no.

Sus ojos brillaron.

Pero no lloró.

Otra vez eso.

—¿Por qué…? —susurró.

Ahí estaba.

La pregunta que llevaba evitando desde el primer momento, como si ignorarla fuera a hacerla desaparecer.

Me encogí de hombros y aparté la mirada un segundo, lo justo para recomponerme.

—Porque podía.

Mentira.

Y esta vez ni siquiera sonó bien.

Sally negó muy despacio, como si cada movimiento le costara más de lo que debería.

—No… —susurró—. No eres… así.

Solté una risa baja, sin humor, más cansada que irónica.

—Cariño, no tienes ni idea de cómo soy.

O quizá sí.

Quizá había visto más que otros precisamente porque yo la había encerrado aquí abajo, demasiado cerca de la parte de mí que siempre intentaba mantener lejos de la mesa, del juego, de las bromas y de los cafés con mis amigos.

—¿Por qué lo haces? —preguntó otra vez, con la voz rota—. De verdad.

Miré la bandeja.

El café.

Sus manos cerradas alrededor de sus piernas.

—Porque alguien tenía que hacerlo —dije al final—. Porque hay nombres que terminan en carpetas, denuncias que desaparecen, mujeres que nadie escucha y hombres que siguen cenando tranquilos como si el mundo les debiera otra oportunidad.

Sally no dijo nada.

Me odié un poco por seguir hablando.

Solo un poco.

No nos emocionemos.

—Al principio pensé que era una lista —murmuré—. Después entendí que era una misión. Suena ridículo, ya lo sé. Muy dramático. Muy de loca con demasiado tiempo libre. Pero era eso o sentarme a esperar que alguien mejor, más bueno y más limpio hiciera algo.

Volví a mirarla.

—Nadie lo hizo.

La habitación se quedó demasiado quieta.

—Eso no explica lo mío —susurró Sally.

No.

No lo explicaba.

Y ahí estaba el problema.

—No —admití—. Lo tuyo fue otra cosa.

Me salió demasiado bajo.

Demasiado honesto.

No me gustó.

Las palabras siguientes salieron antes de que pudiera detenerlas.

—¿Quieres volver a casa?

Error.

Lo supe en cuanto las escuché en voz alta, como si ya no fueran mías.

Sally se quedó completamente quieta. Más de lo que ya estaba, como si le hubiera hablado en otro idioma o como si la idea misma no encajara en ningún lugar dentro de ella.

—¿Qué…? —murmuró.

—Que si quieres volver —repetí, más seca, más distante, como si pudiera arreglarlo volviendo atrás—. A tu casa. A tu vida. A tu gente.

Sus dedos se tensaron alrededor de sus piernas, aferrándose como si eso fuera lo único sólido que le quedaba.

—No sé…

Fruncí el ceño, incómoda, irritada y algo más que no pensaba analizar.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No sé si… —tragó saliva— si sigue siendo mi vida.

Eso no lo vi venir.

Para nada.

Me levanté despacio, alejándome un paso como si necesitara espacio para procesarlo, aunque no estaba segura de querer hacerlo.

—Claro que lo es —dije automáticamente.

Sonó vacío.

Lo noté.

Ella también.

—No… —susurró—. Algo se rompió.

Y esta vez me miró de verdad.

Directo.

Sin miedo.

Sin lágrimas.

Y fue peor.

Mucho peor.

¿Y si había ido demasiado lejos?

¿Y si ya no había forma de arreglarlo?

Apreté los labios y clavé la mirada en la bandeja como si fuera una salida.

—Come —dije al final, señalándola—. Luego decides.

No discutió.

Pero tampoco se movió.

Perfecto.

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta con pasos firmes, medidos, como si nada de aquello me hubiera afectado.

—Tómate tu tiempo —añadí, sin girarme—. No tengo prisa.

Otra mentira.

Siempre tenía prisa.

Abrí la puerta y salí, cerrándola detrás de mí con más cuidado del necesario, pero aun así sentí su mirada clavada en mi espalda.

Y no estaba segura de haber hecho lo correcto.

Soltar a Sally tenía sus retos, pero no era imposible. Nada era imposible para mí. Solo necesitaba algo de tiempo para dejarlo todo preparado, tiempo que ahora no tenía porque, al parecer, mi vida había decidido convertirse en una lista interminable de problemas con piernas.

Había un restaurante al que necesitaba echarle un vistazo y solo pude conseguir una mesa para el almuerzo, que era mejor que nada y, sinceramente, mucho mejor que quedarme encerrada en casa mirando a Sally como si la culpa fuera a ponerse útil de repente.

Tenía una relación de amor-odio con la ropa.

A veces me gustaba probar cosas nuevas, jugar a ser otra versión de mí misma durante unas horas, ponerme algo que dijera “soy peligrosa, pero también sé elegir zapatos”.

Otras veces lo odiaba con la misma intensidad con la que odiaba a la gente que decía “sonríe más”.

El estilo elegante era lo peor. Esos vestidos estaban hechos para la tortura, no para llevarlos con gracia y ligereza. Pero me tocaba ponerme uno.

Elegí un vestido verde oliva, ajustado sin llegar a ser vulgar, de esos que parecían sencillos hasta que te mirabas dos segundos más y entendías que el problema no era el vestido, sino todo lo que insinuaba sin pedir permiso.

Caminé con mis tacones de diez centímetros hasta la calle principal y cogí un taxi. A veces no me apetecía conducir. A veces solo quería sentarme en el asiento trasero, mirar por la ventanilla y dejar que alguien más tuviera el volante, como si eso sirviera para algo.

Spoiler: no.

El restaurante era exclusivo. Llevaba abierto solo tres meses y no podías reservar una mesa si no eras rico, famoso o amigo de alguien importante. Estaba en el centro de la ciudad y desde la fachada ya te enviaba esa vibra de “puedes mirar, pero no tocar, cariño, eres demasiado pobre”.

Cristales oscuros, entrada discreta, letras doradas en la pared y un portero con cara de haber nacido juzgando zapatos ajenos.

Sí. Ese tipo de sitio.