Capítulo 5 #2
—Eso ha sido interesante —murmuré, dejando que una media sonrisa apareciera como si aquello fuera un juego—. Ahora explícame cómo lo has hecho.
No me moví.
No retrocedí.
No le di nada.
—Una chica lista como tú no debería cometer errores —dijo con calma—. Y volver al lugar del crimen siempre lo es.
Sonreí.
Luego me acerqué, miré a todos lados como si de verdad me importara que alguien pudiera escucharnos y, al inclinar la cabeza, susurré:
—¿Has cometido un crimen? Cuéntame más. Prometo guardar tu secreto.
No sonrió.
Ni siquiera pareció interesado en hacerlo.
Como si mi respuesta no fuera inesperada, como si ya hubiera escuchado versiones mejores y peores de lo mismo demasiadas veces para reaccionar a otra más.
No tenía prisa.
Eso también me molestó.
—No me interesa lo que haces —dijo al fin, con una calma que no buscaba imponerse y aun así lo hacía—. De hecho, es difícil no apreciar la precisión.
Ahí sí reaccioné.
Muy poco.
Pero lo suficiente.
No había juicio en su voz. Tampoco desprecio. Solo una especie de reconocimiento incómodo que no sabía si me gustaba más o menos.
—Pero tengo un problema contigo —añadió.
Me crucé de brazos, apoyando el peso en una pierna, obligándome a parecer relajada.
—Qué suerte la mía.
—Mis clientes no suelen desaparecer después de tomar una copa en mi club.
Silencio.
Un club.
Clientes.
Desaparecer.
Las piezas encajaron demasiado rápido como para fingir que no lo entendía.
Había estado mirando.
No una vez.
No por casualidad.
Lo suficiente como para estar aquí.
Y aun así seguía de pie frente a mí, sin tensión, sin urgencia, como si no tuviera nada que demostrar.
Solté una pequeña risa, más por costumbre que por diversión.
—Tu club, tus clientes, tus problemas —murmuré—. Suena caro.
No reaccionó.
Otra vez.
Esa falta de reacción empezaba a parecerse demasiado a una ventaja.
—Haz lo que quieras —añadió—. Pero no vuelvas a cruzarte en mi camino.
No lo dijo como una amenaza.
Lo dijo como quien establece una regla que ya espera que se cumpla.
Lo miré un segundo más, intentando encontrar algo que me devolviera terreno, una grieta, una duda, cualquier cosa que pudiera usar.
No encontré nada.
Solo esa calma.
Esa seguridad.
Esa sensación incómoda de que, si hubiera querido hacer algo más que hablar, no estaríamos teniendo esta conversación.
Di un paso hacia él.
Uno solo.
Lo suficiente para romper la distancia sin romper el equilibrio.
—No recuerdo haberte pedido permiso —dije, sosteniéndole la mirada.
El silencio volvió.
Y entonces entendí algo que no me gustó nada.
No necesitaba que se lo pidiera.
Aparté la mirada un segundo, lo justo para ordenar ese pensamiento antes de volver a él.
—¿Y si no lo hago? —pregunté.
Esta vez sí respondió.
—No me obligues a convertir esto en un problema.
Lo dijo sin emoción, sin prisa, sin esa necesidad tan masculina de explicar cada amenaza para sentirse importante.
Y por primera vez desde que lo había visto, el cosquilleo dejó de ser una molestia y pasó a ser una advertencia de verdad.
—El problema es mi segundo nombre —dije.
—No. Es Anne.
Wow.
Este hombre estaba lleno de sorpresas.
¿Primero mi nombre y ahora el segundo? Qué detalle. Un acosador con investigación previa. Mi tipo favorito de pesadilla.
—Estoy impresionada —dije, dando un paso más hacia él porque sí, porque algo me empujaba a hacerlo y yo nunca he sido muy buena ignorando las malas ideas—. Deberías ser un caballero y decirme tu nombre también.
Sonrió.
Y maldita sea mi suerte.
Esa sonrisa.
No fue de esas que suavizan el rostro ni de las que invitan a confiar antes de tiempo. Fue algo más contenido, más medido, casi breve, como si no estuviera pensada para gustar y aun así lo hiciera.
No mostró demasiado. Ni dientes, ni emoción clara, ni intención suficiente para acusarlo de nada.
Pero ahí estaba.
Y bastó.
Porque por un segundo rompió esa calma perfecta que lo rodeaba, y en ese pequeño gesto hubo algo peor que el silencio.
Seguridad.
De la que no necesita hacer ruido.
De la que sabe exactamente lo que tiene delante y no parece preocupada en absoluto.
Tragué saliva.
Error.
Pequeño, pero error.
Porque no era solo la sonrisa. Era lo que venía con ella.
Antes de que pudiera decir algo, se movió.
Un paso.
Su mano encontró la mía con una facilidad que no me gustó nada, como si no fuera la primera vez, como si no hubiera ninguna razón para dudar, pedir permiso o preguntarse si debía hacerlo.
Me sostuvo la mano.
Firme.
Cálida.
Demasiado segura.
Bajó apenas la cabeza y rozó mis nudillos con los labios, un gesto breve, preciso, sin rastro de cortesía real. Más cerca de una costumbre que de una intención.
No dijo nada mientras lo hacía.
Y eso fue lo peor.
Cuando levantó la mirada de nuevo, ya no estaba sonriendo.
—No necesitas mi nombre.
Me encogí de hombros.
—Entonces no me lo digas. Se me olvidaría igual.
—Los dos sabemos que eso es mentira.
Me encogí de hombros otra vez, con esa media sonrisa que no prometía nada.
—No vuelvas a mi club, Denci Anne.
No fue el “mi club”, ni siquiera la forma en la que lo dijo, como si fuera dueño de algo más que ese sitio. Fue mi nombre completo otra vez, sin duda, sin esfuerzo, sin una sola pausa que indicara que lo había aprendido hacía poco.
Sabía.
Lo miré sin prisa, dándome el tiempo suficiente para intentar encontrar algo que me devolviera terreno, una grieta en ese control tan limpio que llevaba encima como el traje.
No encontré nada.
—Eso suena caro —murmuré al final, inclinando apenas la cabeza—. Perder clientes así debe doler.
—No me duele —respondió con la misma calma—. Me molesta.
Dio un paso, solo uno, suficiente para cambiar la distancia sin romperla, y mi cuerpo lo registró antes de que mi cabeza decidiera si debía hacerlo o no.
Interesante.
—Y no suelo repetir las cosas que me molestan.
No lo dijo como una amenaza, ni siquiera como una advertencia. Lo dijo como un hecho. Una de esas cosas ya decididas que no necesitan permiso para existir.
—Entonces tendrás que aprender —respondí, sosteniéndole la mirada—, porque no suelo seguir instrucciones.
El silencio que siguió tuvo más forma que los anteriores, como si ese intercambio hubiera colocado las piezas en su sitio.
—No es una instrucción —dijo al fin—. Es una regla.
El cosquilleo dejó de ser ruido y se volvió más claro, más preciso, una advertencia que ya no podía empujar a un lado con tanta facilidad.
—¿Y si no la sigo?
No dudó.
—Entonces sí será un problema.
Lo sostuvo.
Yo también.
Y ahí estuvo el error.
No suyo.
Mío.
Porque por un segundo lo creí.
Era la segunda vez que mencionaba el problema y, sinceramente, no me molestaba lo más mínimo.
¿Qué podía hacerme?
¿Matarme?
¿Enviarme a la cárcel?
Blah.
¿Un encuentro con el diablo o el resto de mi vida con cama y comida asegurada?
Mierda.
No permitían móviles en la cárcel y yo no podía vivir sin mi juego.
Mierda.
—Verás, ahora tengo yo un problema —dije—. No me gusta que me den órdenes. Dime, ¿cómo lo arreglamos?
—La solución depende de ti.
Dio un paso más.
—Puedes seguir haciéndolo… o puedes hacerlo mejor.
¿Qué demonios significaba “mejor”?
Oh, Dios.
Este hombre no sabía con quién estaba hablando. No tenía ni puñetera idea de lo que yo había conseguido en los últimos años.
¿Se atrevía a decirme que no lo hacía bien?
—Puedes cerrar la boca ahora —dijo.
Doble maldición.
Había fallado.
Había dejado caer el escudo, aunque solo fuera un segundo, y él lo había visto. Lo suficiente para entrar donde nadie entraba.
—Si no lo hiciera bien, no estarías aquí hablando conmigo.
—Lo estás haciendo mal, créeme. Lo sé demasiado bien. Y cometerás un error.
—No sabes nada. Nada.
En ese maldito momento, el viento decidió jugar en mi contra y me tiró un mechón de pelo directo a los ojos.
¿Por qué digo maldito?
Porque él, como el caballero oscuro que claramente no había pedido ser pero le salía demasiado bien, dio el último paso que nos separaba y levantó la mano.
Lo apartó.
Despacio.
Me colocó el mechón detrás de la oreja con una naturalidad que no le había dado permiso a tener.
Bueno.
En ese momento pasaron dos cosas.
La primera, que su colonia estaba haciendo su trabajo demasiado bien. Lo suficiente como para que, por un segundo, considerara acercarme un poco más solo para comprobar si era tan buena como parecía.
Ahhh.
Y la segunda, que llevaba demasiado tiempo sin sexo.
Porque vamos a ver, ¿quién en su sano juicio piensa en eso en medio de la nada, con un desconocido delante, un desconocido que sabe tu nombre, tu segundo nombre y probablemente la talla de tus botas?
Yo.
Claramente yo.
No me moví. Ni hacia delante ni hacia atrás, porque retirarme habría sido darle algo que no pensaba regalarle, y acercarme habría sido un problema completamente distinto.
Su mano seguía demasiado cerca.
No tocándome.
Pero cerca.
El calor todavía estaba en mi piel, demasiado reciente para ignorarlo y demasiado evidente para fingir que no había pasado nada.
Y él tampoco se apartó de inmediato.
No rompió la distancia. No hizo nada que pudiera usar para recuperar terreno, como si ese pequeño gesto hubiera sido solo eso para él.
Pequeño.
Irrelevante.
Error.
Porque no lo fue.
Levanté la mirada despacio y me encontré con la suya a una distancia que ya no era cómoda, pero tampoco lo bastante incómoda como para justificar un paso atrás.
—Te gusta jugar con fuego —dijo en voz baja.
No sonaba impresionado.
No sonaba preocupado.
Sonaba seguro.
Demasiado.
Incliné la cabeza, dejando que una media sonrisa volviera, porque eso sí lo sabía hacer bien.
—Y a ti te gusta acercarte demasiado —respondí, sin apartarme—. Mala combinación.
Sus ojos bajaron un segundo, lo justo para registrar la distancia, antes de volver a los míos con esa calma que empezaba a parecerme menos natural de lo que debería.
—No suelo equivocarme.
Ahí estaba otra vez.
El golpe.
Limpio.
Sin esfuerzo.
Solté una pequeña risa, más por reflejo que por diversión.
—Todo el mundo se equivoca —murmuré—. Algunos solo tardan más en darse cuenta.
No retrocedí.
No rompí la mirada.
Pero algo había cambiado.
Pequeño.
Sutil.
Suficiente para molestarme, porque por primera vez desde que había llegado no estaba completamente segura de quién estaba jugando con quién.
—Cometerás un error —dijo, sin cambiar el tono, como si no fuera una posibilidad sino una certeza que ya había aceptado antes de que yo llegara—. Y cuando ocurra, si estoy de buen humor, quizá decida echarte una mano.
Antes de que pudiera responder, su mano se movió otra vez. Esta vez llevaba algo entre los dedos.
Una tarjeta.
Negra.
Simple.
La sostuvo un segundo, hasta asegurarse de que la veía, y luego la dejó en mi mano con una naturalidad que no pedía permiso, como si no fuera más que un detalle sin importancia.
Error.
La miré.
Un segundo.
Dos.
Y luego hice lo único que tenía sentido.
La arrugué despacio, sin apartar la mirada de su rostro, y la dejé caer al suelo entre nosotros como si no valiera nada, como si no fuera a cambiar absolutamente nada.
—No suelo pedir ayuda —murmuré.
No respondió.
Claro que no.
Simplemente me sostuvo la mirada un instante más, el tiempo justo para dejar claro que había oído cada palabra, y luego se dio la vuelta sin ninguna prisa, sin mirar atrás, como si la conversación ya estuviera cerrada y no hubiera nada más que añadir.
Lo observé mientras se alejaba.
No porque quisiera, obviamente.
Solo porque una debe asegurarse de que el peligro se va de verdad antes de volver a respirar normal.
Su figura se volvió menos definida a medida que avanzaba hacia el borde del bosque. La oscuridad y la llovizna empezaron a tragárselo poco a poco, pero su ritmo no cambió. No dudó ni una vez. No miró atrás.
Qué irritante.
Y luego ya no estaba.
Ni un sonido.
Ni una señal.
Solo ese espacio vacío que había dejado atrás.
Me quedé allí un momento más, sin moverme, asegurándome de que no volvía, de que no había truco, de que no quedaba rastro de su presencia más allá de ese maldito cosquilleo que ahora se había apagado.
Entonces bajé la mirada.
La tarjeta seguía en el suelo, arrugada, empapándose poco a poco bajo la llovizna.
Suspiré, más molesta conmigo misma que con él, y me agaché para recogerla.
La deshice con los dedos, alisando el papel lo justo para poder leer.
Una sola palabra.
Ash.
Y debajo, un número de teléfono.
Sonreí, lenta, porque al final los dos sabíamos que no iba a olvidarlo.