Capítulo 5
Denci
No podía dormir.
La lluvia había parado hacía poco, y eso era lo único que me había mantenido en la cama hasta ese momento.
No sabía cuál era el problema. Yo no tenía insomnio ni problemas de conciencia que me quitaran el sueño.
Sally estaba de vuelta en su celda, la había dejado allí con una expresión extraña en el rostro y no pregunté, no porque no quisiera saber lo que pensaba, sino porque estaba agotada y necesitaba una ducha.
Pero ahora el maldito sueño se negaba a venir.
Me puse unos vaqueros, una camiseta negra, la chaqueta de cuero y las botas. De camino al garaje cogí los guantes de piel y las llaves, aunque no estaba prestando atención y agarré las de la moto en lugar de las del coche.
En fin, daba igual.
Un paseo en moto era mejor.
Aire fresco, velocidad y esa falsa sensación de libertad que una se cree durante unos minutos porque el viento hace demasiado ruido para dejarte pensar.
Y sí, cinco minutos después ya me sentía mucho mejor. La mente despejada, el cuerpo más ligero, como si me hubiera quitado un peso de encima aunque no tuviera ni idea de cuál.
Durante un rato di vueltas sin sentido, pero luego, como si mi cerebro hubiera tomado la decisión por su cuenta, cogí el camino.
El camino.
Eran las tres de la madrugada. Llovizna, oscuridad y una carretera estrecha atravesando el bosque como una mala idea que ya conocía demasiado bien.
Y toda mi paz desapareció en cuanto sentí el cosquilleo.
Fue tan fuerte que casi perdí el control de la moto.
—¡Maldita sea! —exclamé.
No había ni un solo coche en el camino.
Ni una sola alma fuera con ese tiempo.
No había peligro ninguno.
No como antes.
Nunca más como antes.
Empezaba a molestarme de verdad y, si averiguaba qué o quién lo provocaba, bueno, iba a cometer un delito.
Y sería un placer.
El camino se abrió sin previo aviso.
Los árboles desaparecieron de golpe y dejaron paso a una extensión de tierra oscura, compacta, castigada por la lluvia y el tiempo, donde la hierba apenas sobrevivía y el barro lo cubría todo con una capa irregular.
No era un lugar bonito ni casual. Era práctico, aislado, lo suficientemente lejos como para que nadie pasara por error y lo bastante accesible como para no perder tiempo en llegar.
Mi lugar.
O lo había sido.
Apagué la moto sin apartar la vista del frente.
El bosque quedaba a mi espalda y delante no había nada que pudiera ocultar a nadie. Ni árboles, ni sombras, ni excusas.
Y, aun así, no estaba sola.
El cosquilleo se disparó en el momento en que lo vi, primero como una sombra apenas definida y luego como una silueta que fue tomando forma poco a poco.
Un hombre.
Joder.
Era alto.
Obviamente tenía que acercarme, porque ese era mi lugar, no el suyo, y si alguien estaba fuera de sitio, ese alguien era él.
Era un intruso y debía echarlo.
¿No?
Con cada paso que daba, el cosquilleo se intensificaba, pero lo ignoré y me obligué a mantener el ritmo, a no frenar, a no mostrar ni una sola duda.
¿Tenía miedo? No demasiado.
Ese hombre era alto, sí, pero yo había luchado contra hombres aún más altos que él y, desde luego, mucho más fuertes.
Además, ¿miedo de qué? ¿De morir? Blah.
Me moría de ganas de conocer al diablo y tenía una lista de consejos preparada para él.
¿Tenía curiosidad? Obvio.
Cuando estuve lo suficientemente cerca como para verlo con claridad, me detuve, no por miedo, sino porque algo en la forma en la que estaba plantado ahí, inmóvil en medio de ese espacio abierto, sin intentar ocultarse, sin mirar alrededor y sin comprobar si alguien podía verlo, hizo que dar otro paso pareciera innecesario.
Llevaba un traje oscuro, demasiado limpio para un lugar como ese, demasiado caro para la lluvia y demasiado correcto para un camino de tierra donde la gente normal solo venía a perderse, morir o hacer cosas que luego negaba en una comisaría.
El traje no lo hacía parecer elegante.
Lo hacía parecer contenido.
Como si alguien hubiera cogido algo peligroso y lo hubiera metido en una tela perfecta, esperando que eso bastara para convencer al mundo de que era civilizado.
No bastaba.
Tenía las manos en los bolsillos, la postura relajada y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como si me hubiera estado esperando desde hacía más tiempo del que yo estaba dispuesta a admitir.
No se movió cuando me detuve.
No dio un paso.
No hizo nada.
Y eso fue lo primero que no me gustó, porque la gente que no se mueve cuando debería hacerlo suele ser la que menos necesita hacerlo.
Lo observé un segundo más, intentando encajarlo en alguna categoría cómoda.
No era un curioso.
No era un accidente.
No era alguien que se hubiera perdido.
Era algo más.
Y eso sí empezaba a ser interesante.
—¿Te has perdido? —pregunté al final, inclinando ligeramente la cabeza, dejando que una media sonrisa apareciera como si aquello fuera un encuentro casual y no esto.
No respondió de inmediato.
Ni siquiera cambió de postura. Solo levantó la cabeza lo justo para mirarme de frente, y en ese gesto mínimo hubo algo que no supe definir, algo que hizo que el cosquilleo dejara de ser una molestia y pasara a ser una advertencia.
Entonces habló.
Una sola palabra.
—Paul Dinners.
Y por primera vez desde que lo había visto no tuve una respuesta preparada.
Ok.
Dios.
Ok.
Podía hacerlo. Había estado en situaciones peores y, aunque no me gustara admitirlo, no era la primera vez que algo no encajaba y tenía que improvisar sobre la marcha.
¿Quién podía ser?
¿Policía?
¿Y qué?
No encontraría nada, ni allí ni en ninguna otra parte, porque no había dejado pruebas, no había errores, no había nada que pudiera usar en mi contra.
Nada de nada.
Aun así… ¿quién demonios era?
—Encantada, Paul Dinners.
Sonreí apenas.
—¿Siempre te presentas así o solo a las tres de la madrugada, en medio de la nada?
Me miró y, por Dios, casi me dio algo.
Algo que no sabía explicar y que, por educación hacia mi dignidad, decidí ignorar.
Lo primero que leí en su mirada fue claro: no estoy para tus juegos.
Tenía los ojos fijos en mi rostro, como si no solo me estuviera viendo, sino leyendo, como si estuviera a dos segundos de recitar todos mis pecados sin equivocarse en ninguno.
Mi corazón estaba a punto de explotar y eso no era algo que me gustara demasiado.
No era miedo.
Eso ya lo había dejado claro.
Yo no tenía miedo a nada.
Entonces… ¿qué era?
Nada.
No dijo nada, no reaccionó y no se movió. Ese maldito silencio se alargó más de lo normal y terminó de ponerme los nervios de punta, porque no había incomodidad en él, no había duda, no había nada que pudiera usar para colocarme por encima.
Solo calma.
Una calma que no encajaba.
El viento arrastró el sonido de las hojas mojadas entre nosotros, llenando ese espacio que él no parecía tener ninguna intención de romper.
Esperé.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Nada.
Y por primera vez en mucho tiempo no sabía si quería que hablara o que siguiera callado.
—Tienes agallas, Denci —dijo, dándome el susto de mi vida.
Me quedé mirándolo.
De verdad.
No porque quisiera, obviamente. Una no se queda mirando a un desconocido en medio de la nada a las tres de la madrugada porque sí, y menos cuando ese desconocido sabe tu nombre y acaba de mencionar a un hombre que debería estar en tu sótano, no en su boca.
Pero lo miré.
La luz era una mierda, la llovizna tampoco ayudaba y aun así no necesitaba verlo con claridad perfecta para saber que había algo en él que no encajaba.
Era alto.
No alto de “oh, qué mono, alcanza la estantería”, sino alto de los que ocupan espacio aunque estén quietos, de los que hacen que una parte muy antigua de tu cuerpo calcule distancias, peso, fuerza y probabilidades de sobrevivir antes de que tu cerebro tenga tiempo de hacerse la valiente.
Llevaba un traje oscuro, demasiado limpio para ese lugar, demasiado caro para la lluvia y demasiado correcto para un camino de tierra donde la gente normal solo venía a perderse, morir o hacer cosas que luego negaba en una comisaría.
El traje no lo hacía parecer elegante.
Lo hacía parecer contenido.
Como si alguien hubiera cogido algo peligroso y lo hubiera metido en una tela perfecta, esperando que eso bastara para convencer al mundo de que era civilizado.
No bastaba.
Los hombros eran amplios, la postura recta, las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como si llevara un rato esperándome y no tuviera ninguna duda de que yo acabaría llegando.
Eso me molestó.
Mucho.
El rostro era peor.
No bonito de esa forma fácil que tienen algunos hombres, esa que te invita a confiar antes de tiempo y luego te deja con ganas de arrancarte los ojos por idiota.
No. Él era atractivo de una forma más incómoda.
Más seca. Mandíbula marcada, boca firme, rasgos duros, nada puesto ahí para suavizarlo ni para hacerte sentir segura.
Y los ojos…
Maldita sea.
Oscuros.
No negros, no de esos que una describe como noche cerrada cuando se pone dramática.
Oscuros de verdad. De esos que no te devuelven nada, que no se abren para que entres, que no prometen absolutamente nada y aun así te obligan a quedarte un segundo más del recomendable intentando averiguar qué esconden.
Error.
Porque no encontré nada.
Ni duda.
Ni curiosidad.
Ni reacción.
Solo control.
Y eso sí que era peligroso.
Nadie sabía mi nombre, a menos que yo se lo dijera. Y, aun así, ahí estaba, saliendo de su boca como si no tuviera ningún valor, como si lo hubiera estado usando desde siempre.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: un tirón pequeño en el estómago, una tensión en los hombros que no había pedido y que no me gustó nada.
Parpadeé una vez.
Y lo dejé pasar.
No iba a regalarle ni un segundo más de lo necesario.
Incliné la cabeza, observándolo con más atención, no como se mira a alguien atractivo, ni siquiera como se mira a un enemigo, sino como se mira algo que no entiendes del todo pero sabes que deberías.