Capítulo 4
Denci
Era tarde cuando subí al ascensor.
Estaba cansada, pero la euforia de haberle jodido el día a APX me mantenía de buen humor mientras calentaba la comida de Sally.
Sus veinticuatro horas habían pasado y, no voy a mentir, estaba un poco nerviosa por saber qué decisión había tomado. Aunque, para ser justas, nunca había sido muy fan de dejar que otros decidieran cosas importantes.
Caminar por aquellos pasillos me trajo una paz que habría preocupado a cualquier persona decente.
Por suerte, yo no tenía ese problema.
Abrí la puerta y enseguida escuché la voz de Sally:
—Ya era la maldita hora.
Estaba sentada en un rincón, mirando sus uñas, y me di una patada imaginaria.
Sally era una mujer que se cuidaba, y mucho. Peluquería una vez a la semana, spa cada domingo y entrenador privado.
Y yo, tan mala persona era, que la mantenía aquí sin siquiera una ducha.
Mala.
—Castillo. Ya sabes cómo es.
—¿Ganamos? —preguntó.
—No, pero tampoco ganó APX.
Me acerqué y le entregué la bandeja, que ella miró con asco.
—¿Qué tengo que hacer para una margarita?
La miré un segundo, valorándolo.
—Bajar tus estándares —respondí—. Mucho.
Cogí la silla y la coloqué frente a ella con calma, como si estuviéramos a punto de tener una conversación civilizada y no esto.
—De momento, te conformas con sobrevivir.
—Vale, Dios, mi decisión es la misma de anoche. ¿Lo hacemos o no?
No respondí de inmediato.
Me quedé sentada frente a ella, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, buscándole en la cara algo útil. Una señal. Una grieta. Una excusa para decir que sí o para decir que no y seguir convencida de que yo era la parte razonable de esta locura.
No encontré nada.
Solo tensión.
Solo esa mezcla incómoda de miedo y determinación que la gente suele confundir con valentía cuando todavía no sabe dónde se está metiendo.
Incliné ligeramente la cabeza, evaluándola sin prisa, dejando que el silencio se alargara lo suficiente para incomodarla, porque si quería decidir, podía empezar sosteniendo su propia decisión sin mi ayuda.
—Dices “lo hacemos” como si fuera un plan —murmuré al final—. Como si fuera algo compartido.
Sally frunció el ceño, pero no apartó la mirada.
—¿No lo es?
Solté una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa sin humor, y me recosté en la silla.
—Depende de cuánto quieras creer que tienes control aquí.
El silencio que siguió fue distinto.
Más feo.
Más honesto.
Desvié la mirada un segundo, lo justo para ordenar un pensamiento que me molestaba bastante por existir.
No debería dudar.
Nunca dudaba.
Objetivo, acción, resultado.
Así funcionaban las cosas. Limpias. Simples. Sin este pequeño desastre emocional metido en medio.
Y aun así ahí estaba.
Molestando.
—Si dices que sí —continué, volviendo a mirarla—, no hay marcha atrás. No hay versión de ti que vuelva arriba y se siente en esa mesa a fingir que todo sigue igual.
Sally no respondió de inmediato, pero algo en su expresión cambió. Algo pequeño. Suficiente.
Lo entendía.
Bien.
Me levanté despacio y caminé hacia la salida sin decir nada más.
No la miré.
Si venía, venía.
Si no, también era una respuesta.
Salí al pasillo del primer nivel y me detuve un segundo, más por darle tiempo a ella que por otra cosa.
Escuché sus pasos detrás de mí.
No dudó.
O eso quería hacer ver.
Giré ligeramente la cabeza hacia las escaleras y luego hacia el ascensor.
—Puedes ir por las escaleras si quieres dramatizarlo —murmuré—. O puedes hacerlo rápido.
No esperé respuesta.
Abrí el ascensor.
Siempre más limpio.
Siempre más fácil.
Entré y pulsé el botón del nivel inferior.
El descenso fue corto, aunque esas cosas nunca parecen cortas cuando una parte de ti está esperando que alguien se arrepienta.
Las puertas se abrieron.
Di un paso fuera y me aparté para dejarle espacio.
—Última oportunidad —dije, con la voz tranquila—. Nadie te obliga.
No era del todo verdad.
Pero tampoco era mentira.
Esperé.
Y esta vez no estaba segura de qué respuesta quería.
La sala en la que había dejado a Paul la noche anterior era la primera y, aunque había intentado dejar todo ordenado, me habría gustado preparar mejor la escena.
En fin, no importaba para Sally.
Ella no quería perfección como yo.
Escuché sus pasos a mi espalda y abrí la puerta. Entré primero y puse los ojos en blanco al ver la reacción de Paul.
Lloriquear.
Luchar contra las ataduras.
Gritar contra la bola que tenía en la boca.
Suspiré.
Sí, suspiré, porque aquello iba a ser una noche larga y yo odiaba a los quejicas.
—Querida, tengo el desagrado de presentarte a nuestro invitado especial. Le gusta abusar de su esposa sin que ella pueda recordarlo, a veces compartirla con sus amigos y, como si eso no fuera suficiente, regalar los vídeos a extraños para leer sus elogios.
—¿Qué? —susurró Sally.
No fue solo la palabra.
Fue cómo la dijo.
El aire se le quedó a medio camino, los hombros se le tensaron y una mano buscó la pared sin darse cuenta, como si necesitara algo sólido a lo que agarrarse.
—Entra, querida, entra —dije.
Sally seguía en el quicio de la puerta, mirando a Paul con los ojos bien abiertos, sin parpadear, como si su cerebro estuviera intentando decidir si aquello era real o si por fin había perdido la cabeza.
Paul se removió en la silla, hizo ruido, golpeó el suelo con los pies, y eso fue lo que la hizo reaccionar.
Dio un paso.
Pequeño.
Inseguro.
Luego otro.
Pero no se acercó del todo. Se quedó a una distancia prudente, de esas que no sirven para protegerte de nada, pero hacen que tu cuerpo se sienta un poco menos estúpido.
—Eso es mentira… —murmuró, aunque no sonó convencida.
Negué con la cabeza.
—Ojalá.
Sally tragó saliva. Sus ojos fueron de Paul a mí, y luego otra vez a él, buscando algo en su cara que confirmara o desmintiera mis palabras.
No encontró nada útil.
Solo miedo.
Y eso, por primera vez, la hizo dudar de verdad.
—¿Cómo lo sabes?
—Tu pregunta me ofende, querida —dije, caminando hacia la mesa.
Dudé un segundo antes de elegir un bisturí.
No porque no supiera cuál usar.
Porque Sally estaba mirando.
—Pero vale, te lo diré.
Lo hice girar entre mis dedos, sin prisa.
—Un amigo me habló de la web. Entré para comprobarlo y encontré exactamente lo que esperaba: un sitio lleno de depravados convencidos de que nadie los estaba mirando.
Alcé la vista hacia ella.
—Tengo nombres, conversaciones, pagos, usuarios. Suficiente para llenar una sala de hombres importantes fingiendo que todo ha sido un malentendido.
Hice una pausa.
—Y vídeos.
Sally no respondió.
Ahí sí se le movió algo en la cara.
—Si quieres verlos, puedo enseñártelos —añadí—. No te lo recomiendo, pero puedo.
Se quedó mirando el bisturí en mi mano, luego a Paul y luego otra vez a mí, como si su cabeza necesitara varias vueltas para encajar las piezas sin romperse por dentro.
—No… —murmuró al final, dando un paso atrás—. No, eso no puede ser verdad.
No la corregí.
No todavía.
Paul volvió a moverse en la silla, haciendo ese sonido ahogado que ya empezaba a resultarme irritante. Sally dio un pequeño respingo, como si ese ruido hubiera sido más real que todo lo demás.
—Denci… —su voz bajó—. Esto no es… esto no es normal.
Sonreí apenas.
—No —admití—. No lo es.
Eso la descolocó más que cualquier explicación.
Sus ojos volvieron a Paul, esta vez deteniéndose en su cara, en el sudor, en el miedo, en la desesperación que no sabía ocultar.
Y por un segundo vi cómo dudaba.
No de mí.
De él.
—Está asustado —dijo, casi en un susurro.
Incliné la cabeza.
—Qué observadora.
—Es una persona —añadió, más firme, como si necesitara recordárselo a sí misma.
—También lo eran las mujeres de los vídeos.
Silencio.
Esa frase sí hizo daño.
Sally tragó saliva y apartó la mirada, llevándola al suelo, a la pared, a cualquier sitio que no fuera él.
—No lo has visto —continué, con calma—. No sabes cómo se ven cuando no entienden por qué están cansadas todo el tiempo. No sabes cómo dudan de sí mismas cuando algo no encaja, cuando sienten que algo está mal, pero no pueden señalar qué es.
Hice una pequeña pausa.
—No sabes lo que es vivir dentro de una mentira sin saber que alguien la está construyendo por ti.
No levanté la voz.
No hacía falta.
Sally cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, todavía no había decisión en ellos, pero sí menos resistencia.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó, mirándome otra vez—. ¿Qué esperas de mí?
Ahí estaba.
Por fin.
Solté el bisturí sobre la mesa sin ruido y di un paso hacia Paul, acercándome lo justo para que dejara de moverse tanto.
—Nada que no quieras hacer —dije, sin mirarla.
Mentira.
Pero bonita.
Apoyé una mano en el respaldo de la silla y Paul se quedó quieto al instante, como si incluso a través del miedo pudiera reconocer el control.
Siempre lo hacen.
—Pero no te engañes —añadí, girándome hacia Sally—. Ya estás aquí.
Eso sí era verdad.
Sally dejó escapar el aire lentamente. Sus dedos se movieron, nerviosos, como si no supiera dónde colocarlos.
Dio un paso.
Luego otro.
Esta vez más cerca.
No lo tocó.
Pero ya no estaba lejos.
—Esto está mal… —murmuró.
No respondí.
Porque lo interesante no era lo que decía.
Era que no se iba.
Vale, hora de empezar.
Volví a la mesa, cogí de nuevo el bisturí y elegí otro más pequeño para Sally.
Se lo entregué.
Su mano temblaba al cogerlo.
Le sonreí a Paul antes de mirar a Sally y clavar el bisturí en la mano derecha del hombre. Sus gritos ahogados hicieron que ella retrocediera de golpe.
Esperé a que dejara de moverse tanto y entonces le quité la bola de la boca.
—¡Hija de puta, loca! ¡Suéltame! —gritó Paul.
Le saqué el bisturí solo para volver a clavárselo, y Sally se tapó los oídos con las dos manos.
—Mira, Paul, no tengo tiempo para tonterías y eso significa que es tu día de suerte —dije—. Dile la verdad a mi amiga. Dime si le hiciste daño a tu esposa.
Esto no iba como yo esperaba.
Sally no estaba mirando, y ese era exactamente el problema. Tenía las manos presionando sus oídos, los ojos cerrados con fuerza y el cuerpo echado hacia atrás, como si unos centímetros pudieran protegerla de lo que estaba pasando delante de ella.
No.
Así no funcionaba.
—Míralo.
No levantó la cabeza.
—Sally —repetí, esta vez más bajo, con esa calma que siempre funciona mejor—. Míralo.
Negó con la cabeza, un gesto pequeño, casi infantil, completamente instintivo.
Solté aire por la nariz, conteniendo la irritación.
—No puedes tomar una decisión con los ojos cerrados.
Eso sí la alcanzó.
Bajó las manos despacio, como si temiera que el sonido pudiera volver en cualquier momento y golpearla otra vez, y abrió los ojos con cuidado.
Paul la miró en cuanto pudo.
Y ahí fue donde todo cambió.
El miedo dejó de ser inútil y se transformó en algo más práctico.
—¡Ayúdame! —dijo, desesperado—. No sé quién es esta loca, pero te está manipulando. ¡No he hecho nada!
Sally no respondió.
Sus ojos iban de él a mí, de mí a él, intentando sostener dos versiones de la realidad que no podían existir al mismo tiempo.
Bien.
Eso era mejor.
Me apoyé en la mesa con calma, sin prisa, dejando que el peso del momento hiciera su trabajo.
—Díselo otra vez —murmuré—, pero esta vez intenta sonar convincente.
—¡Es mentira! —insistió él—. ¡Todo lo que te ha dicho es mentira!
Sally frunció ligeramente el ceño.
No mucho.
Pero lo vi.
—Y los vídeos… —susurró, tragando saliva—. Si no hiciste nada, ¿por qué existen?
El silencio que siguió fue pequeño, incómodo y bastante revelador.
Paul parpadeó una vez. Luego otra.
Buscando una salida.
—Yo… no sé de qué estás hablando.
Mala respuesta.
Muy mala.
Vi el momento exacto en el que Sally dejó de creerle, no porque hiciera nada grande, sino porque su expresión cambió apenas un poco, como si hubiera quitado algo de dentro para poder seguir mirando sin romperse.
—Mientes —dijo.
Y esta vez no sonó como una duda.
Sonó como una decisión.
Me incorporé ligeramente, sin perderla de vista.
Ahí estaba.
Ese era el punto.
No la violencia.
No el castigo.
El momento en el que una mentira deja de servir.
—¿Ves? —murmuré—. No era tan difícil.
Sally no me miró.
Seguía mirándolo a él, pero ya no estaba retrocediendo.
Sonreí.
Vale.
Ahora sí podíamos empezar.