Capítulo 3 #2
Me acerqué un poco más, intentando escuchar mejor.
—¡Denci!
Me giré hacia Lukas y le saqué la lengua.
—¿En serio? —exclamó Demon, con esa calma suya que no era calma—. ¿Ni cinco minutos?
—Sí, en serio —respondí—. Como si no supieras que aquí no hay secretos. Y menos cuando subís el volumen.
—No estamos subiendo el volumen.
—No lo necesitáis —murmuré—. La tensión hace eco.
—Esta es una conversación de pareja, ¿te importa?
Asentí con la cabeza, sonriendo como una loca.
—Obvio. Me importa muchísimo. Sobre todo la parte en la que tú hiciste algo y ahora estás intentando convencerla de que no es para tanto.
Lukas soltó aire por la nariz.
Demon entrecerró los ojos.
—No sabes de lo que hablas.
—No necesito saberlo —dije—. Solo tengo que mirarte.
Fingí no ver a Lukas, que miró al cielo, suplicando un rayo o algo que le cortara el sufrimiento. Pero era mentira. Lukas era tan cotilla como el resto de nuestra alianza.
—¡Sois idiotas! Los tres —exclamó Elsa.
Demon la miró indignado. Yo seguía sonriendo y Lukas bajó la mirada hacia sus zapatos nuevos.
—Es un asunto de trabajo. Alguien intenta sabotear la empresa, mi empresa, y Demon piensa que debería dejarlo estar —explicó Elsa.
Ah.
Esa palabra.
Sabotaje.
Qué manía tenía el universo con repetirse cuando quería ponerme de mal humor.
—¡Oh, no, Demon! ¿Cómo pudiste? —espeté—. Dejar que alguien sabotee el imperio de tu esposa suena a plan brillante. ¿También vas a traerle flores cuando todo arda?
Demon apoyó la lengua en la mejilla, claramente conteniéndose.
—No es eso.
—Claro que no —repliqué—. Nunca es eso. Siempre es “no es tan grave” hasta que lo es.
Elsa no dijo nada, pero su silencio fue interesante.
—Jesús, ven, Denci —dijo Lukas, cogiéndome del brazo—. No metas más drama.
—No estoy metiendo drama —murmuré, dejándome arrastrar—. Estoy aportando claridad.
—Estás empeorando las cosas.
—Eso depende de a quién le preguntes.
Miré a Elsa una última vez.
—Si necesitas quemar algo, me avisas.
Sonreí.
—Soy muy eficiente.
—Lo sé —dijo Elsa, guiñándome un ojo.
—Nos vas a meter en un lío gordo algún día, Denci —dijo Lukas mientras me llevaba al salón.
—Incorrecto. Yo soy la solución, nunca el problema.
Tomé asiento al lado de Neron en el sofá, pero solo para poder echar un ojo a su móvil. Como siempre, intentaba conquistar a alguna pobre mujer.
—¿No decías que habías cambiado? —le pregunté.
Me miró como si le hubiera insultado a la madre, al padre y a todos sus antepasados.
—¿Tú no tenías que escribir el correo para la alianza?
Puse los ojos en blanco y saqué el móvil de mi bolso. Suspirando, me puse a hacer mi trabajo de R4, que era muy importante y muy absurdo: repetir día sí y día también los héroes que había que usar para unirse al ataque.
Es que parecía que la gente tenía el cerebro de un mosquito.
Siempre olvidaban.
Siempre lo jodían.
Elsa y Demon volvieron diez minutos antes de empezar la batalla y parecía que todo había vuelto a la normalidad. Le pregunté con la mirada a Elsa si estaba bien y ella se encogió de hombros.
Demon no dijo nada, pero al pasar por detrás del sofá su mirada se detuvo en mí un segundo más de lo normal.
No fue evidente.
No fue incómodo.
Pero fue preciso.
Como si estuviera comprobando algo.
Sostuve la mirada apenas un instante antes de apartarla, lo justo para que pareciera normal.
Probablemente no era nada.
Probablemente.
Bajé la vista al móvil.
—A ver si hoy no hacéis el ridículo —murmuré—. Me niego a repetir esto mañana.
Y, aun así, no dejé de estar atenta.
Íbamos a perder.
Verás, la batalla era entre nuestro estado y otro.
APX quería que los ayudáramos a ganar, lo que en idioma normal significaba que nosotros poníamos el trabajo, los recursos y el estrés, y ellos se llevaban la victoria, las recompensas y esa superioridad insoportable de quien cree que mandar es lo mismo que merecer.
Lukas, como líder de la alianza, tuvo que aceptar el trato.
Yo no.
Yo no era la esclava de APX.
Si íbamos a quemar tropas y paciencia para que ellos se colgaran una medalla, prefería que ardiera todo. A veces la justicia era fea, infantil y bastante entretenida.
La batalla empezó como empiezan casi todas las tragedias modernas: con demasiada gente hablando a la vez y demasiados convencidos de que tenían razón.
Yo estaba tumbada en el sofá, haciendo lo que mejor hago cuando otros trabajan: supervisar desde la comodidad.
Elsa estaba en el suelo, apoyada contra el sofá, con una manta sobre las piernas y el móvil entre las manos como si estuviera desactivando una bomba. Cuando jugaba se volvía más fría, más precisa, más Elsa, en realidad.
Demon estaba detrás de ella, de pie, mirando su pantalla con esa calma suya que daban ganas de abofetear. Nunca parecía nervioso. Nunca parecía perder. Nunca parecía humano del todo.
Lukas llevaba cinco minutos caminando en círculos.
—Necesito que alguien me explique por qué hay dos rallies saliendo mal y media gente sigue atacando ciudades vacías.
—Porque lideras a idiotas —respondí.
—Gracias, Denci.
—Para eso me pagan.
No me pagaban.
Kookie soltó una risa desde el sillón. Tenía una libreta llena de horarios, nombres y números escritos en colores distintos. No sé por qué seguía apuntando cosas a mano cuando el juego hacía exactamente eso gratis, pero todos tenemos enfermedades invisibles.
Neron estaba tirado en la alfombra, sonriendo al móvil.
—¿Estás ligando durante Sunfire? —pregunté.
—Estoy gestionando varias cosas a la vez.
—Estás siendo inútil en multitarea.
—Y aun así brillo más que tú.
—Brillas porque el vacío refleja la luz.
Me dedicó un dedo sin mirarme. Qué detalle.
Mientras seguían discutiendo sobre tropas, abrí otra conversación.
Un nombre neutro. Sin emojis. Sin pistas.
Perfecto.
Castillo con Patrick dentro. Rally principal en 1:20. Torre norte vacía.
Enviar.
Volví al chat de alianza justo cuando Lukas estaba entrando en su tercera crisis nerviosa de la tarde.
—¿Quién canceló el rally de Marcus?
—Marcus —dijo Elsa sin levantar la vista.
—¿Por qué?
—Porque Marcus sigue siendo Marcus.
—Eso no explica nada.
—Lo explica todo —murmuré.
Demon me miró un segundo.
No dijo nada.
Era peor cuando no decía nada.
Cogí una fresa del bol de la mesa. Estaba perfecta. Dulce, fría, cara. Elsa también compraba fruta como si quisiera humillar al resto del mundo.
—Denci, escribe en chat —dijo Lukas—, que dejen de mandar tiradores al castillo y metan infantería.
—Ya lo hice.
—Hazlo otra vez.
—Si no lo entendieron la primera vez, quizá merecen perder.
—Denci.
—Vale, vale. Qué sensible te pones cuando arde el reino.
Copié el mensaje, le puse urgencia artificial con tres signos de exclamación y lo mandé sin amor.
Después volví a lo importante.
Segundo rally de APX lleva Jessie. Treinta segundos de hueco entre rallies. Entrad ahí y reforzad rápido.
Enviar.
Tuve que morderme el labio para no sonreír.
—¿Qué te hace gracia? —preguntó Demon.
—Tu faceta habladora.
—No he hablado.
—Exacto.
Elsa alzó una ceja. Kookie se rió. Lukas parecía a dos malas decisiones de llorar.
Los minutos siguientes fueron preciosos.
Nuestro marcador empezó a caer como cae la dignidad cuando la gente incompetente recibe responsabilidad. Notificaciones por todas partes. Gritos en el chat. Órdenes cruzadas. Gente teleportándose tarde. Ciudades sin escudo ardiendo porque alguien decidió ducharse en pleno SvS.
APX empezó a preguntar qué estaba pasando.
Una pregunta valiente cuando uno lleva años siendo el problema.
Lukas se quedó quieto mirando la pantalla.
—No entiendo nada.
—Eso también está siendo bastante constante hoy.
—Nos están leyendo los rallies.
—O sois predecibles —dijo Elsa.
—O hay un topo —añadió Neron, sin dejar de sonreírle al móvil como si el amor digital dependiera de ello.
Sentí la mirada de Demon antes de levantar la cabeza.
Seguía observándome.
Sin prisa. Sin gesto. Sin apenas parpadear.
Como si estuviera resolviendo una ecuación desagradable.
Le devolví una cara de inocencia que merecía premio nacional.
—¿Qué?
—Nada.
Mentiroso.
Bajé la vista al móvil.
APX vació torre oeste para reforzar el centro. Entrad ya. Y si quemáis un par de ciudades, mejorará mi humor.
Enviar.
Kookie soltó un chillido.
—¡Nos quitaron otra torre!
—Imposible —dijo Lukas.
—No uses esa palabra delante del universo. Se crece.
—Denci, por una vez, ayúdame.
Lo miré con una ternura completamente falsa.
—Te estoy ayudando a evolucionar.
—Voy a echarte de la alianza.
—No puedes. Soy contenido premium.
Elsa soltó una carcajada de verdad. Neron también. Lukas pareció debatirse entre insultarme o buscar terapia.
Demon siguió callado.
Eso sí empezaba a irritarme.
Cuando terminó la batalla, habíamos perdido Sunfire de forma humillante. El chat de APX estaba en llamas. Acusaciones, drama, amenazas de abandonar el juego que nadie cumpliría y un mensaje diciendo que aquello era una vergüenza histórica, lo cual me pareció precioso.
Lukas se dejó caer en una silla.
—Ha sido un desastre.
—No seas dramático. También ha sido educativo.
—¿Para quién?
—Para todos los que creen que mandar no cuesta nada.
Nadie respondió.
Había dicho demasiado o exactamente lo justo.
Guardé el móvil en el bolso y me levanté.
—Voy por agua.
—Tráeme paciencia si queda —murmuró Lukas.
Caminé hacia la cocina sintiendo una paz pequeña y deliciosa en el pecho. De esas que solo aparecen cuando el universo corrige algo por fin, aunque tenga que hacerlo usando mis manos y una cantidad razonable de mala leche.
Al pasar junto a Demon, habló tan bajo que solo yo pude oírlo.
—Interesante noche.
Seguí andando sin mirarlo.
—Y aún no has visto nada.