Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 3
12%

Capítulo 3

Denci

Odiaba correr.

Quien dice que le gusta levantarse a las cinco de la madrugada y salir a correr por el bosque, el parque, las calles o lo que sea, tiene que hacerse un chequeo en la cabeza. ¡En serio!

Con lo bien que está una en su casa, con su café caliente y fuerte, mirando la lluvia por la ventana. Pero no. Hay que salir a correr porque, a veces, ser rápida es lo único que puede salvarte la vida.

Así que ahí iba yo.

En el bosque, con la lluvia fría como único acompañante, una lluvia que había conseguido colarse a través de mi chaqueta a prueba de agua, esa que me había costado medio riñón y que, al parecer, también tenía días malos.

Me quedaba media vuelta cuando sentí el cosquilleo.

—Muéstrate o vete a la mierda —grité, aunque mis palabras quedaron medio ahogadas por la lluvia.

Alguien habría tenido que estar justo a mi lado para escucharme.

Y no había nadie.

Eso no lo hacía mejor.

Apreté el ritmo a pesar de las quejas de mis músculos y no dejé de mirar entre los árboles hasta llegar a casa.

Allí me metí directamente en la ducha, me vestí y tomé mi café caliente, demasiado caliente, casi me quemé la lengua porque la paciencia no era lo mío cuando se trataba de café, mientras analizaba mi armario como si dentro estuviera la respuesta a todos mis problemas.

No estaba.

Pero había vestidos.

El brunch en el nuevo hotel de Elsa era algo que llevaba semanas esperando. Según ella, tenía que ser el mejor de los mejores, y teniendo en cuenta que ya había ganado un montón de premios por ser la dueña de los mejores hoteles, su ego no necesitaba más alimento.

Después era día de batalla y pensaba escaquearme, pero todavía no había encontrado una buena excusa.

Para mi enfado, mis ojos siempre volvían al mismo vestido.

Blanco.

Escote generoso.

Falda larga y vaporosa.

Parecía un hada… o una virgen a punto de ser sacrificada.

Perfecto, entonces.

El hotel de Elsa no decepcionaba, lo cual era irritante porque Elsa ya tenía suficiente ego sin que el edificio también le diera la razón.

No era exagerado ni chillón. No gritaba lujo desde la acera como esos sitios que intentan convencerte de que valen más de lo que cuestan. Este era peor. Era bonito sin esfuerzo, caro sin pedir perdón y ordenado de una forma que solo podía significar dos cosas: dinero y control.

Muy Elsa.

Antes de entrar, miré el reflejo de la calle en los cristales.

Nada.

Nadie.

Eso no me tranquilizó.

Entré dejando atrás el ruido de la calle y, en cuestión de segundos, el mundo cambió. Voces bajas, vajilla sonando con suavidad, café recién hecho y algo dulce que no conseguí identificar, pero que prometía problemas.

Buenos problemas.

El brunch estaba en una zona abierta, con ventanales enormes que dejaban entrar la luz gris del día, filtrada por la lluvia. Mesas bien distribuidas, nada de aglomeraciones, nada de prisas. Todo parecía medido.

Como ella.

Localicé al grupo casi de inmediato.

No porque fueran ruidosos, sino porque destacaban.

Elsa estaba de pie, hablando con alguien del personal, impecable como siempre, con esa presencia suya que no necesitaba levantar la voz para que todo el mundo obedeciera. A su lado, Demon esperaba con una tranquilidad que no era descuido, observando más de lo que parecía.

Neron estaba sentado, revisando algo en el móvil, ajeno al resto del mundo o fingiendo estarlo. Lukas tenía delante una taza de café y una expresión de estar analizando algo muy serio, aunque probablemente solo estaba escuchando.

Y Kookie…

Kookie miraba alrededor como si estuviera evaluando el sitio, la gente y las salidas.

Bien.

Siempre bien.

Me acerqué sin prisa, dejando que mis pasos marcaran mi llegada antes de decir nada.

Elsa fue la primera en mirarme.

Por supuesto.

—Llegas tarde —dijo.

Sonreí.

—Llego cuando quiero.

Demon levantó ligeramente la vista.

Neron no reaccionó.

Lukas sí.

Kookie ya me estaba mirando antes de que yo la mirara a ella.

Tomé asiento sin pedir permiso, dejé el bolso a un lado y observé la mesa como si lo más interesante del mundo fuera decidir entre café o algo más fuerte.

—¿Qué me he perdido? —pregunté.

—Nada —respondió alguien.

Mentira.

Siempre pasa algo.

Cogí la carta, aunque no la necesitaba, y dejé que mis ojos recorrieran el lugar una vez más.

Todo en su sitio.

Todo perfecto.

Demasiado perfecto.

Y aun así había algo que no encajaba. No en el hotel. En mí. En esa sensación vieja y desagradable de estar sentada en un sitio precioso mientras una parte de mi cuerpo seguía esperando que alguien saliera de una esquina con malas intenciones.

Bajé la carta despacio.

Sonreí.

Normal.

Tranquila.

Como si nada.

Como si no hubiera pasado la noche anterior preguntándome quién demonios me estaba mirando.

—Voy a necesitar café —dije—. Mucho café.

Y, por primera vez desde que entré, dejé de mirar directamente a la gente.

Pero no dejé de observar.

—Espero que haya comida —añadí—. Me habéis obligado a madrugar. Exijo compensación.

—Nadie te ha obligado —respondió Kookie sin mirarme—. Has venido porque quieres.

—No me gusta cómo suena eso —murmuré—. Parece que me conoces.

Lukas soltó una risa baja sin levantar la vista de su taza.

Elsa sonrió.

Demon no dijo nada, pero estaba mirando.

Siempre estaba mirando.

—Hay comida —dijo Elsa—. Y buena. No pienso quedar mal en mi propio hotel.

—Más te vale —respondí, cogiendo la carta—. He pasado frío esta mañana. Necesito algo que lo compense.

—¿Corriendo otra vez? —preguntó Lukas.

Le lancé una mirada.

—No vuelvas a usar ese tono de admiración conmigo. Es preocupante.

—No era admiración —dijo—. Era curiosidad clínica.

—Mucho mejor.

Neron levantó la vista del móvil en ese momento.

—Yo no corro —dijo—. No veo la necesidad.

—Tú no corres porque no hay nadie persiguiéndote.

—Eso no es cierto —añadió Kookie—. Hay varias.

—Eso era antes —replicó él, apoyándose en la silla—. Ahora soy un hombre nuevo.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Luego me reí.

—¿Nuevo? —repetí—. ¿Viene con garantía o lo devolvemos directamente?

Elsa disimuló una sonrisa.

Lukas directamente no disimuló nada.

Kookie levantó una ceja.

Demon seguía observando.

—Estoy hablando en serio —insistió Neron—. Estoy buscando algo diferente.

—¿Cómo qué? —pregunté—. ¿Una mujer que no sepa quién eres?

—Una mujer que no me quiera por lo que soy.

Lo miré.

—Eso puede ser un problema, teniendo en cuenta lo que eres.

Lukas soltó una carcajada.

—Tiene razón.

—No la tiene —replicó Neron—. Solo necesito encontrar a la adecuada.

—Claro —dije—. La única mujer del planeta que va a ignorar tu historial.

—El pasado no define a nadie.

Me quedé mirándolo un segundo más de lo necesario.

—Depende del pasado.

Kookie apoyó el codo en la mesa.

—Yo le doy dos semanas.

—Eres muy optimista —añadí—. Yo le doy diez días.

Elsa negó con la cabeza, divertida.

—Sois horribles.

—Somos realistas —respondí.

—Pues yo voy a demostraros que os equivocáis —dijo Neron.

—Por favor, hazlo —murmuré—. Me vendría bien una sorpresa.

La camarera apareció y pedimos. Café, comida, cosas normales que mantenían la ilusión de que aquello era un brunch cualquiera y no un grupo de personas que, en su mayoría, tenían demasiadas cosas en la cabeza.

Cuando se fue, Lukas dejó la taza sobre la mesa.

—¿Habéis entrado hoy al juego?

Kookie rodó los ojos.

—Claro que ha entrado.

Por dos segundos, pero Lukas no debería saberlo.

—Tenía que comprobar algo —respondió él.

—Siempre tienes que comprobar algo —dije—. Es sospechoso.

—Es necesario —replicó—. Y tenía razón.

Eso llamó mi atención.

—Explícate.

Lukas miró a Elsa un segundo antes de hablar.

—Hemos perdido dos posiciones en el ranking del estado.

—¿Cómo? —preguntó Elsa, frunciendo el ceño—. Eso no tiene sentido.

—Ataques coordinados —dijo Lukas—. No son aleatorios.

Demon se movió ligeramente en la silla.

—¿Quién?

—No lo tengo claro —respondió Lukas—. Pero no es una sola alianza.

Kookie apoyó la espalda en la silla.

—¿APX?

—No directamente —dijo él—. Pero podrían estar detrás.

El silencio cambió un poco.

No mucho.

Lo suficiente.

—SiN no ha hecho nada —añadió Lukas—. O al menos no abiertamente.

Elsa cruzó los brazos.

—Eso no significa que no estén jugando.

—Todo el mundo está jugando —murmuré—. Esa es la gracia.

Neron dejó el móvil a un lado por fin.

—¿Nos afecta?

—Todavía no —respondió Lukas—. Pero si siguen así, sí.

Demon apoyó los codos en la mesa.

—Entonces nos adelantamos.

Elsa asintió.

—Hoy en la batalla del castillo.

Kookie sonrió ligeramente.

—Por fin algo interesante.

Miré la mesa. A ellos, a la conversación, al café, a la normalidad. Por un segundo, todo parecía exactamente lo que era: un grupo de amigos, un brunch, un juego absurdo en el que adultos con demasiados problemas reales se peleaban por castillos digitales.

No intentes entenderlo todo todavía. Básicamente, había alianzas, poder, egos enormes y gente dispuesta a quemar recursos durante horas por recompensas que luego fingían que no les importaban.

O sea, política.

Pero con dibujitos.

—Voy a necesitar algo más fuerte que este café —dije, cogiendo la taza—. Esto se va a poner pesado.

Y sonreí.

Como siempre.

Como si todo encajara.

Como si no hubiera pasado la noche anterior preguntándome quién me había seguido hasta casa.

No pude escaquearme, pero tampoco lo intenté. La batalla era importante y, además, me gustaba prender fuego a ciudades, aunque fueran pequeñas, digitales y llenas de gente que escribía peor que luchaba.

Después del brunch nos reunimos en casa de Elsa y Demon, donde todos, excepto Neron, rechazamos el almuerzo que había preparado la cocinera.

Yo había comido suficiente para tres días porque sí, el hotel de Elsa era el mejor de los mejores, y no pensaba dejar que la humildad arruinara una buena comida.

Di una vuelta para ver si desaparecía la pesadez que sentía en el estómago y me encontré con algo que no era asunto mío, pero de lo que me fue imposible alejarme.

Elsa y Demon discutiendo en voz baja.