Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 2 #3
10%

Capítulo 2 #3

Dos.

Tres.

El cosquilleo desapareció por completo.

No porque estuviera a salvo. No me gustaba mentirme tanto. Desapareció porque fuera lo que fuera, quien fuera, ya no podía verme.

Paul abrió la puerta del coche.

—Bonita casa.

—Es práctica.

—Me gusta lo práctico.

—No sabes cuánto me alegra.

Entramos.

Él miró alrededor con esa mezcla de curiosidad y codicia que me revolvía el estómago.

—¿Vives sola?

—Sí.

Mentira.

El sótano contaba.

Solo que todavía no tenía ocupantes permanentes.

Dejé las llaves sobre la mesa y caminé hacia la cocina.

—¿Quieres beber algo?

Paul sonrió.

—Lo que tú tomes.

Abrí un armario.

—Mala elección.

No escuchó el comentario.

Nunca escuchaban.

Preparé dos vasos. Uno para mí y otro para él.

El suyo con un pequeño extra. Nada dramático. Nada teatral. La cantidad justa para que su cuerpo se rindiera antes de que su cerebro entendiera que debería tener miedo.

Volví al salón y se lo tendí.

—Por las primeras impresiones —dije.

Paul alzó el vaso.

—Y por las segundas oportunidades.

Sonreí.

—No.

Bebió.

Yo también, aunque solo un sorbo pequeño. Simbólico.

Él terminó medio vaso en menos de un minuto.

Ansioso.

Torpe.

Muerto y todavía caminando.

Cinco minutos después, empezó a parpadear demasiado.

—¿Hace calor aquí?

—Un poco.

—Me siento raro.

—Eso pasa cuando uno no cuida lo que bebe.

Me miró.

Por primera vez, de verdad.

Ahí estaba.

El inicio de la comprensión.

El miedo.

Pequeño todavía, pero ya creciendo.

—¿Qué…?

No terminó la frase.

Sus rodillas cedieron y cayó al suelo con un golpe pesado, ridículo, casi anticlimático.

Me agaché a su lado y le di unas palmaditas suaves en la mejilla.

—Paul, cariño —susurré—. Tú esperabas una noche loca con una joven hermosa.

Sus ojos intentaron enfocarme.

No pudieron.

Sonreí.

—Y mira.

Me puse de pie.

—Al final tenías razón.

Lo arrastré hacia el despacho, que era limpio, ordenado y tan aburrido que cualquiera lo habría visto una vez y lo habría olvidado en menos de cinco segundos.

Perfecto, porque esa era la idea.

Pesaba más de lo que parecía, lo cual me resultó bastante molesto. Sinceramente, si vas a ser un monstruo, al menos podrías colaborar un poco cuando alguien intenta arrastrarte por el suelo.

Lo dejé caer un segundo para poder abrir la puerta. Había estanterías, libros que nadie leía y ese aire falso de habitación normal que tanto tranquiliza a la gente normal. Yo no necesitaba casi ninguno de esos libros, salvo uno.

Empujé la estantería con la cadera y el mecanismo respondió con un clic suave. La madera cedió unos centímetros, revelando la oscuridad que se escondía detrás.

Ahí sí.

Ahí empezaba la casa de verdad.

Volví a agarrar a Paul por los brazos y lo arrastré hasta la abertura, dejando que su cabeza golpeara ligeramente el suelo al cruzar el umbral. No reaccionó, lo cual, teniendo en cuenta lo que le esperaba, era casi un detalle amable.

Dentro, el aire era distinto. Más frío, más quieto, más cerrado. El tipo de aire que no pregunta nada porque ya sabe demasiado.

Cerré la estantería detrás de nosotros con el pie y la oscuridad duró apenas un segundo antes de que la luz automática se encendiera, mostrando el pasillo estrecho de hormigón, la puerta metálica al fondo y, a la derecha, el ascensor.

Siempre me había gustado ese detalle.

Las escaleras estaban ahí para los que hacían ruido, para los que dudaban o necesitaban tiempo. El ascensor era más limpio. Más silencioso. Más práctico.

Elegí el ascensor.

Abrí la puerta, metí a Paul dentro sin demasiada delicadeza y pulsé el botón inferior. Las puertas se cerraron con suavidad y empezamos a descender.

Paul respiraba lento y profundo, ajeno a todo, con una expresión que no tenía nada que ver con el hombre que había estado en el club hacía menos de una hora. Eso siempre me resultaba curioso, la facilidad con la que algunos pasaban de depredadores a peso muerto.

Las puertas se abrieron en el primer nivel, un espacio limpio, preparado y funcional donde normalmente dejaba a los que todavía no estaban listos para entender.

Paul no iba a quedarse ahí.

Volví a pulsar el botón.

Nivel dos.

Las puertas se cerraron de nuevo, y durante ese breve descenso tuve ese segundo raro que siempre aparecía entre un mundo y otro, cuando arriba ya no existía y abajo todavía no había terminado de reclamarte.

Después se abrieron las puertas.

La luz era más tenue allí. Menos amable.

Arrastré a Paul fuera del ascensor y lo llevé hasta la silla, la única, la de siempre, diseñada para que nadie se sintiera cómodo, ni siquiera dormido. Lo até con calma, asegurando muñecas, tobillos y pecho con movimientos precisos.

Comprobé los nudos dos veces, no por él, sino por mí.

Los errores no eran una opción.

Cuando terminé, me quedé un segundo mirándolo. Había algo absurdo en verlo así, inofensivo, ridículo y completamente a mi merced, cuando hacía menos de una hora estaba en un club buscando a una mujer a la que romperle la vida por diversión.

—Bienvenido —murmuré—. No te preocupes. Esto es lo mejor que te ha pasado en mucho tiempo.

Subí de nuevo usando el ascensor, primero al nivel uno y después al principal. El aire cambió al regresar arriba, como si nada de lo que había dejado abajo tuviera derecho a tocar esta parte de la casa.

La estantería volvió a su sitio con ese clic suave que nadie oía, y el silencio se instaló de inmediato.

Me apoyé contra la madera y respiré despacio, dejando que el cuerpo se relajara por primera vez en toda la noche, antes de alzar la vista hacia la ventana oscura del salón.

Nada.

Nadie.

Pero esta vez no sonreí.

Porque el cosquilleo había desaparecido al entrar en casa.

Y eso solo significaba una cosa.

Quien me había estado mirando sabía exactamente dónde vivía.