Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Ya sé quién eres.

El silencio fue corto, pero suficiente.

—Entonces eso me ahorra explicaciones —respondió, recuperándose demasiado rápido para mi gusto—. ¿Y tú?

Sonreí un poco más.

—Alguien que no tiene mucha paciencia.

—Me gustan los retos.

—A mí no —repliqué—. Me gustan las cosas claras.

Hice una pausa.

Lo justo.

—Y tú no lo eres.

Eso lo descolocó más que cualquier insulto, y por un segundo casi me divertí.

Casi.

—Aun así —insistió—, déjame invitarte a algo.

Suspiré, como si estuviera decidiendo si valía la pena seguir jugando, aunque los dos sabíamos que él ya había decidido por mí hacía rato.

O creía haberlo hecho.

—Hazlo —dije al final—. Pero elige bien.

Di un paso a su lado y lo rocé apenas al pasar.

—Porque las primeras impresiones suelen ser las últimas.

Me detuve lo justo para mirarlo por encima del hombro.

Sonreí.

Esta vez sí, porque ya no estaba fingiendo tanto como él creía.

—Y tú ya vas tarde.

Pasé los siguientes cinco minutos viendo el pobre intento de Paul de conquistarme. Se esforzaba bastante mientras disimulaba las miradas hacia mi copa, esa en la que sus amigos habían echado la pastilla con la elegancia de un grupo de adolescentes haciendo algo ilegal por primera vez.

Sonreí, respondí a sus preguntas y dejé que siguiera hablando mientras el cosquilleo se volvía cada vez más fuerte.

Tan fuerte que ignorarlo habría sido una estupidez, y yo era muchas cosas, pero estúpida no.

Decidí abandonar el plan A y, después de un chequeo rápido de mi móvil, le sonreí a Paul mientras ponía la copa en su mano.

—Lo siento, pero tengo que irme —dije, sacando un boli de mi bolso—. Aun así, me gustaría volver a vernos. ¿Qué te parece si me das tu número de teléfono?

—Encantado.

Cogió el boli y apuntó su número en la palma de mi mano, sonriendo como si acabara de ganar algo.

¿Qué?

Los hombres son tan bobos que caen en estas tonterías como moscas.

Me despedí de él y de sus amigos.

Al darme la vuelta y caminar hacia la salida, moví un poco más las caderas, un movimiento que estaba segura de que ellos estaban mirando.

El problema es que no estaba segura de sí estaba coqueteando con ellos o con la persona culpable del cosquilleo.

Sí, lo sé.

Normal, lo que se dice normal, no soy.

Estaba coqueteando con el peligro.

El cosquilleo me acompañó entre la gente hasta la salida y, antes de cruzar la puerta, me giré.

Miré.

Esperé.

Algo.

Alguien.

Nada.

Suspiré y salí.

El cosquilleo desapareció.

Fruncí el ceño.

Qué decepción.

No sé qué esperaba. ¿Una sombra sexy apoyada contra una pared? ¿Un asesino con gabardina? ¿Un cartel luminoso diciendo: “Hola, soy el peligro, encantado de arruinarte la noche”?

Nada.

Solo aire frío, coches pasando y una fila de gente esperando para entrar en el club como si dentro no hubiera hombres horribles, música mala y decisiones peores.

Caminé hasta mi coche, me subí y me marché del club solo para parar en el drive-in de McDonald’s.

Porque sí.

Una puede estar cazando monstruos, pero eso no significa que tenga que hacerlo con hambre.

Pedí una hamburguesa, patatas y un refresco enorme, porque si iba a acabar la noche con un hombre atado en mi sótano, al menos quería tener el estómago contento.

Mientras esperaba, le envié un mensaje a Paul.

No tardó ni veinte segundos en responder.

Qué predecibles eran algunos hombres.

Tres mensajes después tenía una cita concertada.

No días después.

Esa misma noche.

Paul esperaba pasar una noche loca con una joven hermosa, y lo que iba a ocurrir estaba tan lejos de sus esperanzas que casi sentía pena por él.

Casi.

Conduje hasta un parque no demasiado lejos, de esos que de día parecían familiares y de noche parecían diseñados para que alguien encontrara un cadáver entre los arbustos.

Aparqué bajo una farola que parpadeaba como si también tuviera problemas emocionales y me senté en un banco con mi bolsa de comida.

Abrí la hamburguesa, le di un mordisco y cerré los ojos.

Perfecta.

No por la calidad, obviamente. Era McDonald’s. Pero había algo profundamente satisfactorio en comer comida basura en un parque oscuro mientras esperabas a que un depredador viniera voluntariamente hacia ti.

A veces la vida era amable de formas muy cuestionables.

Miré el móvil.

Paul llegaría en media hora, lo que me daba tiempo para comer, pensar y decidir cuánta diversión podía permitirme antes de meterlo en el sótano.

Le di otro mordisco a la hamburguesa.

Entonces volvió el cosquilleo.

No fuerte. No dramático. Solo una presión leve en la nuca, una advertencia pequeña, educada y absolutamente indeseada.

Dejé de masticar.

No levanté la cabeza de inmediato, porque ese era el error que cometía la gente normal. Sentía algo, se giraba demasiado rápido y anunciaba al mundo entero que estaba nerviosa.

Yo no estaba nerviosa. Estaba molesta, y eso era muy diferente.

Cogí una patata, la mojé en salsa y miré a mi alrededor como si estuviera admirando la noche.

Un camino vacío, árboles, un columpio que se movía apenas con el viento, un hombre paseando un perro al otro lado del parque y un coche oscuro aparcado junto a la calle.

Nada raro.

Y ese era el problema.

Lo raro rara vez se presenta con una camiseta que diga: “soy raro”.

El coche estaba demasiado bien colocado. No cerca. No lejos. En una zona desde donde se veía el banco sin parecer que se veía el banco.

Podía ser casualidad. También podía no serlo, y yo no creía mucho en las casualidades porque tenían muy mala reputación conmigo.

Seguí comiendo más despacio, como si no hubiera notado nada, como si no hubiera empezado a contar salidas, sombras y posibles rutas hasta mi coche.

El cosquilleo no aumentó.

Tampoco se fue.

Interesante.

Media hora después, Paul apareció.

Puntual.

Con una sonrisa que probablemente consideraba encantadora y que a mí me dieron ganas de borrar con una grapadora.

—Pensé que habías cambiado de idea —dijo, acercándose.

Yo estaba terminando las patatas.

—Lo pensé.

Se detuvo un segundo, sin saber si reír.

Eligió reír.

Mal.

—Me gusta una mujer sincera.

—No, no te gusta —respondí, limpiándome los dedos con una servilleta—. Te gusta una mujer que dice cosas que puedes fingir que entiendes.

Su sonrisa se tensó.

Solo un poco.

—Eres divertida.

—Eso dicen los hombres cuando no saben qué hacer conmigo.

Paul se sentó a mi lado en el banco sin que yo se lo ofreciera.

Claro que lo hizo.

Los hombres como Paul siempre se sentaban donde no los invitaban.

—¿Y qué debería hacer contigo? —preguntó, bajando la voz.

Me giré hacia él y sonreí.

—Portarte bien.

Sus ojos brillaron porque creyó que era un juego.

Perfecto.

—Puedo intentarlo.

—No pareces de los que lo intentan mucho.

—Depende de la recompensa.

Miré su boca, luego sus manos y después sus ojos.

Él pensó que lo estaba deseando.

Yo estaba calculando.

Peso, altura, confianza, fuerza, torpeza y probabilidad de que gritara como un cerdo cuando entendiera lo que estaba pasando.

Alta. Muy alta.

—Mi coche está cerca —dije.

Paul se incorporó con demasiada rapidez.

—¿Sí?

—Sí.

—Podríamos ir al mío —ofreció.

Sonreí.

—No.

Una palabra.

Suficiente.

Él parpadeó, pero se recuperó.

—Como quieras.

Qué frase tan bonita cuando sale de la boca de un hombre que no tiene ni idea de que ya no está eligiendo nada.

Caminamos hacia mi coche.

El cosquilleo seguía ahí, más fino ahora, más preciso, como si alguien estuviera rozándome la nuca con un dedo invisible.

No era magia. Era memoria. Mi cuerpo reconociendo algo que mi cabeza todavía no había conseguido colocar.

Un coche parado demasiado tiempo. Un hombre que no miraba el móvil. Una silueta que no se movía cuando todos los demás sí. Cosas pequeñas, tontas, de esas que la gente normal ignora porque necesita creer que el mundo es amable.

Yo no tenía ese problema.

Abrí el coche y Paul subió al asiento del copiloto como si fuera a una aventura.

Pobre.

Arranqué.

—Bonito coche —dijo.

—Gracias.

—No te pega.

—¿No?

—No sé. Te imaginaba con algo más… salvaje.

Lo miré de reojo.

—Qué decepción para ti.

Se rio.

Habló durante los primeros cinco minutos de su trabajo, de lo estresante que era, de la estrategia legal y de lo inteligentes que eran algunos hombres cuando querían sonar importantes.

Yo asentía, sonreía cuando tocaba y conducía sin tomar la ruta directa.

Primera vuelta, nada.

Segunda calle, un coche gris apareció dos cruces detrás.

Podía ser casualidad.

Giré a la derecha.

Paul seguía hablando, por supuesto.

—La mayoría de la gente no entiende lo que hacemos los abogados. Creen que todo es discutir y ganar dinero, pero hay mucha estrategia.

—Qué duro —murmuré.

—Exacto.

Pobrecito.

En la tercera vuelta, el coche gris no apareció.

Bien.

Entonces vi otro.

Negro.

Demasiado lejos para acusarlo de nada, demasiado constante para ignorarlo.

Giré sin señalizar y Paul se sujetó al salpicadero.

—¿Todo bien?

—Sí.

—Has girado de golpe.

—Me gusta improvisar.

—Eso me gusta.

Claro que sí.

A los hombres como Paul les gustaba la improvisación hasta que la improvisación los dejaba inconscientes en un sótano.

Di dos vueltas más. Una avenida, una calle lateral, una gasolinera, un semáforo en ámbar que pasé justo antes de que cambiara a rojo.

Paul dejó de hablar un momento.

Por fin.

Miré por el retrovisor.

Nada. Ningún coche repitiendo patrón. Nadie pegado detrás. Ninguna moto. Ninguna sombra clara.

El cosquilleo bajó. No desapareció, pero bajó, y eso me molestó más que si hubiera seguido igual porque significaba que había algo. Algo pequeño. Algo que no había conseguido atrapar.

Y yo odiaba no atrapar cosas.

Paul apoyó una mano en mi muslo, muy despacio, como si estuviera probando terreno.

Yo miré su mano.

Luego lo miré a él.

—No.

La retiró con una risa corta.

—Perdón.

—No pidas perdón si no lo sientes. Es de mala educación.

—Eres intensa.

—Y tú eres muy fácil de leer.

Eso lo hizo callar.

Llegamos a mi casa quince minutos después. Aparqué dentro, cerré la puerta automática y esperé.

Un segundo.