Capítulo 2
Denci
A veces simplemente lo sabes.
¿Sabes? Que te van a dar ese ascenso, que el próximo semáforo se va a poner en verde o que algo va a salir mal aunque todo alrededor finja estar perfectamente en orden.
Yo siempre sé cuándo algo va a salir mal.
Es una sensación en la garganta que, si la ignoro durante demasiado tiempo, baja hasta el centro del pecho y hace que respirar se vuelva un poco más difícil.
Y lo supe.
Dios, lo supe en cuanto apagué el motor del coche.
Esta noche iba a salir mal.
¿Escuché esa sensación?
¿Alguna vez lo hago?
No.
La respuesta es no.
No porque sea valiente, ni porque sea terca, aunque también, sino porque cuando algo huele mal tengo la pésima costumbre de acercarme para comprobar cuánto.
En fin, ignoré la sensación y caminé hacia las grandes puertas negras del club.
El club de Neron era mucho mejor, más elegante, más caro, con menos olor a desesperación masculina, y seguramente se enfadaría si descubriera que le había sido infiel… bueno, que había ido a otro club.
Pero ¿qué podía hacer si este sitio era una trampa para escoria?
Yo lo llamaba así. Trampa para escoria.
El nombre real era Night Club.
No te rías, porque yo lo hice durante tres meses y todavía sonreía cada vez que pensaba en este lugar.
Era un club bastante decente si no venías sola. Como mujer. Si eras hombre, esto era el paraíso.
Drogas, mujeres, alcohol y una ausencia de policía tan descarada que casi daba risa.
Aquí nunca aparecían. Ni siquiera si los llamabas. Esto era territorio de la mafia, y la mafia tenía muchas cosas malas, pero había que reconocerle algo: sabía mantener sus negocios funcionando sin interrupciones incómodas.
Y ahora te estarás preguntando qué hacía yo aquí, ¿verdad?
Pues lo mismo que hace una cuando tiene hambre y sabe dónde ponen la comida.
Solo que mi comida tenía nombre, apellidos y antecedentes que nadie pensaba castigar.
Llevaba mi pequeño vestido negro y tacones altos. Rojos, como mis labios. El portero me dejó pasar sin hacer preguntas.
Sí, ser guapa tiene sus ventajas. Tener buen escote es la mejor de todas, porque siempre miran hacia abajo y casi nunca a la cara.
Entré sin prestar demasiada atención al ruido. La música golpeaba, las luces parpadeaban y había demasiados cuerpos moviéndose con esa confianza ridícula que da el alcohol, pero yo caminé directamente hacia el bar, donde había una sola silla libre.
El barman se acercó antes de que pudiera sentar mi trasero.
—Martini, por favor —dije, con los ojos ya buscando a mi siguiente objetivo.
Ni siquiera tuve que girar la cabeza.
Lo sentí.
Ese pequeño cambio en el aire, esa pausa casi invisible que aparece cuando alguien decide que tú eres el plan de la noche.
Apoyé el codo en la barra y esperé.
—¿Te puedo invitar a una copa?
Ahí estaba.
Giré la cabeza despacio.
Bonito.
Demasiado consciente de ello.
Lo miré de arriba abajo sin prisa, evaluando, como si estuviera decidiendo si merecía la pena.
Spoiler: no.
—Depende —respondí, con voz neutra.
Sus cejas se levantaron.
—¿De qué?
El barman dejó el Martini frente a mí y di un pequeño sorbo antes de contestar.
—De si esa es tu mejor frase o solo la más perezosa.
Se le escapó una sonrisa ladeada, de esas que algunos hombres practican frente al espejo y luego sacan al mundo como si estuvieran haciendo una obra benéfica.
—Solo intento ser amable.
—Pues intenta también no sonar como el resto —murmuré, dejando la copa en la barra—. Ahora mismo podría cerrar los ojos, girarme y encontrar a tres más como tú en menos de diez segundos.
Eso le picó.
Lo suficiente.
—Vaya… ¿siempre eres así?
Incliné ligeramente la cabeza.
—¿Así cómo?
—Difícil.
Solté una pequeña risa, seca.
—No. Soy selectiva. Que tú no pases el filtro no es mi problema.
Hubo un silencio breve, ese momento exacto en el que no saben si insistir o retirarse con dignidad.
Nunca eligen bien.
—Solo es una copa —insistió, bajando un poco la voz y acercándose más de lo necesario—. No te estoy pidiendo matrimonio.
Lo miré, esta vez directa, sin una pizca de sonrisa.
—Y menos mal.
Se quedó quieto.
No ofendido.
Peor.
Descolocado.
Di otro sorbo, tranquila, y añadí:
—Si quiero una copa, me la pago. Si quiero compañía, la elijo. Y ahora mismo no necesito ninguna de las dos cosas de ti.
Me giré de nuevo hacia la barra, dándole la espalda como si la conversación hubiera sido un simple ruido más del club.
Porque eso era.
Ruido.
Y yo no había venido aquí a escuchar.
Durante los siguientes diez minutos me concentré en mi tarea y en jugar con la copa de Martini.
Había encontrado dos posibles objetivos, pero ninguno era lo que necesitaba esa noche, así que empecé a pensar si renunciar, buscar en otra parte o hacer que vinieran ellos a mí, aunque, sinceramente, eso le quitaba bastante diversión al asunto.
El universo, que tiene un sentido del humor cuestionable, me escuchó justo en ese momento.
Y entonces lo vi.
Cincuenta y tres años.
Abogado. Casado. Rico, aunque no millonario. Feo.
Sí, señor, sí. Feo como los monstruos de esa película del anillo que nunca recuerdo cómo se llama.
¿Su crimen?
Suspiré y llevé el Martini hasta mis labios.
El señor Paul Dinners drogaba a su esposa cada noche, abusaba de ella, la grababa y luego compartía los vídeos en una web para pervertidos. En una buena noche lo hacía solo. En una mala, invitaba a sus amigos.
Su esposa no tenía ni idea.
Sus hijos tampoco sabían qué clase de monstruo era su padre.
No habría justicia para ese hombre ni para los otros cientos que eran miembros de aquella web, porque varias mujeres ya habían intentado denunciar lo que pasaba y las habían callado antes de que sus denuncias llegaran a ninguna parte.
Jueces, policías, políticos.
Había de todo en esa web. Hombres poderosos protegiéndose entre ellos, como siempre, mientras el sufrimiento de las mujeres se convertía en entretenimiento privado.
Paul Dinners iba a pagar.
Estaba sonriendo al girarme para dejar la copa sobre la barra.
Ya no sonreía cuando sentí el cosquilleo en la nuca.
Miré en el espejo que decoraba la parte de atrás del bar y escaneé la multitud, buscando al dueño o dueña de la mirada.
Nada.
Nadie.
Mujeres bailando. Hombres bailando. Gente conversando, bebiendo, tocándose demasiado, riéndose demasiado alto. Todos ocupados. Nadie prestándome atención.
Pero el cosquilleo no mentía.
Nunca.
Podía ignorar la sensación de la garganta. Lo hacía a menudo, porque soy una imbécil con buena ropa. Pero nunca ignoraba el cosquilleo.
Ese significaba peligro de verdad.
La música seguía golpeando, las luces parpadeaban y las risas llenaban el aire, pero dentro de mí todo se apagó durante un segundo. No fuera. Dentro. Ese tipo de silencio solo aparece cuando algo va mal.
No era miedo.
Era peor.
Era ese instante incómodo en el que entiendes que quizá no eres lo más peligroso de la habitación.
Sostuve la mirada en el espejo un segundo más.
Nada.
Bien.
O no.
Inspiré despacio.
Exhalé.
Decidir era fácil.
Siempre lo había sido.
Volví a sonreír, esta vez sin humor, y deslicé la copa hacia el barman sin mirarlo siquiera.
—Otra —murmuré, aunque no pensaba bebérmela.
Mis ojos ya estaban en Paul Dinners.
Seguía en su sitio, riendo, rodeado de hombres que probablemente se creían divertidos porque nadie con más poder que ellos les había dicho nunca que no lo eran.
Intocable.
Por ahora.
Me levanté de la silla con calma, como si no tuviera prisa, como si no hubiera nada más en juego que una noche aburrida en un club cualquiera.
El cosquilleo seguía ahí, ni más fuerte ni más débil, solo constante.
Perfecto.
Que mirara. Que esperara. Que creyera que no lo había notado.
Avancé entre la gente sin apartar la vista de Paul, porque pasara lo que pasara, él seguía siendo el objetivo, y esa noche alguien iba a pagar.
Estaba decidiendo qué estrategia usar para abordarlo cuando el universo, que a veces hacía su trabajo con una puntualidad sospechosa, me echó una mano y uno de sus amigos lo empujó. No fuerte. Solo lo suficiente para que mi copa acabara en mis piernas.
—Mil disculpas, señorita —dijo Paul, sacando una tela blanca del bolsillo de su chaqueta.
No pensé que se atrevería.
Pero sí.
Se agachó y pasó la tela sobre mis piernas, secando el Martini con demasiado cuidado, mientras yo flipaba un poco por dentro y sus amigos silbaban, reían y decían cosas que fingí no entender.
Perfecto.
Ya sabía el plan.
Podía invitarme a una copa y ofrecerme una pastilla que, si yo rechazaba, porque Dios, ¿qué mujer rechaza una pastilla que promete hacerte pasar una noche maravillosa con desconocidos horribles?, acabaría dentro de mi bebida en cuanto mirara hacia otro lado.
A la mañana siguiente yo no recordaría nada y ellos tendrían un nuevo vídeo para compartir.
Pervertidos.
Y esta vez habían elegido mal.
—Déjame ayudarte con eso —dijo Paul, todavía agachado, secando con demasiado interés lo que no debía.
Me quedé quieta frente a él.
Sonreí.
No amable.
—Cuidado —murmuré—. Podrías empezar a disfrutarlo.
Se detuvo un segundo antes de alzar la vista hacia mí, y ahí estaba, el brillo, el cálculo, ese pequeño movimiento detrás de los ojos que aparece cuando un hombre decide cuánto puede quitarte antes de que te des cuenta.
—Créeme, no es la primera vez que arreglo un pequeño accidente —dijo, incorporándose despacio.
—Oh, no lo dudo —respondí, sin apartarme—. Tienes pinta de tener experiencia limpiando desastres.
Sus amigos rieron detrás.
Él no.
Interesante.
—Déjame compensarte —continuó—. Una copa. La que quieras.
Incliné la cabeza, como si lo estuviera valorando de verdad.
—¿Siempre compensas así o solo cuando te descubren?
Esa sí le rozó.
Pero sonrió.
—Ha sido un accidente.
—Claro —murmuré—. Y yo acabo de llegar al mundo.
Sus amigos volvieron a reír, esta vez más bajo, y Paul dio un pequeño paso hacia mí, lo justo para intentar recuperar el terreno que había perdido.
—Podemos empezar de nuevo —dijo—. Paul.
Lo miré un segundo.