Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Con tu último invitado. Era muy quejica. Se lleva el premio al que más ha gritado desde que llegué. Incluso destronó al que lloró por su madre. ¿Te acuerdas?

Claro que sí.

Lo recordaba todo.

Lo que no sabía era cuánto le llegaba a Sally a través de las paredes, de las tuberías o de lo que fuera que se hubiera inventado este sótano para traicionarme.

—Sí —murmuré.

Mi corazón dio un salto.

Ella lo sabía.

La miré mejor. Su rostro era el mismo de los últimos días, pálido, cansado, demasiado quieto, pero los ojos no tenían nada que ver.

No había enfado.

Ni asco.

Ni miedo.

Brillaban.

Y no me gustó.

Fruncí ligeramente el ceño, sin apartar la vista, porque algo no encajaba y yo odiaba cuando las cosas no encajaban. Quise sentarme, analizarlo y desmenuzarlo despacio, como hacía con todo lo demás, pero no lo hice.

—¿Sabes, Denci? No sabía que lo tenías en ti. Me has sorprendido, pero hay algo que no entiendo.

Dejé de respirar mientras esperaba.

Y esperé.

Sally no tenía ninguna prisa en decirme qué era lo que no entendía.

—Suéltalo de una vez, Sally. No tengo todo el día.

—Ah… ¿es de día?

—Sally.

Sonrió.

Solo un poco.

Una sonrisa ahí abajo no era normal. No en ella. No después de tantos días mirándome como si quisiera arrancarme la cara con los dientes.

—Eres tan hermosa. Tan dulce. Tan inocente… —ladeó la cabeza—. ¿Cómo lo hiciste para engañarnos durante tanto tiempo?

No fue un engaño.

Fue mi salvación.

Sally, Elsa, Lukas, incluso Aias durante un tiempo. Ellos fueron mi lugar seguro. Allí era Denci, una más del grupo, una más del club de chicos y chicas, una más entre bromas, partidas, planes estúpidos y conversaciones que no terminaban nunca.

Éramos fuertes.

Éramos divertidos.

Éramos felices.

Éramos invencibles, hasta que dejamos de serlo.

Pero eso no me apetecía analizarlo ahora mismo.

La Denci que ellos conocían también era real. Era la parte de mí que podía respirar con ellos, la que no salía mucho a la luz porque yo sabía perfectamente lo que pasaba con las cosas blandas cuando alguien las tocaba demasiado.

Se rompían.

Con ellos estuve a salvo durante un tiempo, y si ahora estaba sufriendo, no era por ellos.

Era por los otros.

Y ya pagarían.

Pero Sally no tenía que saberlo. De hecho, nadie debía saberlo. Cuanta menos gente conoce un secreto, menos posibilidades tiene de usarlo para destruirte, y este era mío.

Lo último que quedaba entre esa Denci y lo que vendría después.

¿Qué?

Sabía perfectamente quién era, lo que podía hacer y lo que pasaría si dejaba salir todo lo demás.

—¿Soy buena actriz? —dije, encogiéndome de hombros.

Me miró. Sus ojos dejaban claro que no se creía ni una palabra, pero aun así lo dejó pasar.

—Quiero ayudarte la próxima vez.

Resoplé.

Después sonreí, aunque me salió rara, tirante, de esas que no convencen ni a quien las lleva puestas.

—Sally. No.

—¿Por qué no? Tú lo haces. Y, en serio, Denci, te conozco lo suficiente como para saber que no lo haces sin una buena razón. ¿Qué tiene de malo echarte una mano?

No era así como me había imaginado el día al despertarme.

De hecho, nunca habría apostado por esto. Ni loca.

¿Sally? Jamás.

¿Elsa? Totalmente.

Elsa siempre tuvo esa apariencia de princesa de hielo, tan correcta, tan elegante, tan incapaz de mancharse las manos delante de nadie, pero por dentro no era tan distinta a mí.

Y era una pena que se hubiera enamorado de Demon, porque el amor cambia a las personas, y cuando no las cambia, por lo menos las vuelve más prudentes.

Elsa no se ofrecería a ayudar porque eso significaría arriesgarse a perderlo.

—Mira, Sally…

—¡No! No me digas que no se puede. Llevo meses encerrada aquí. ¿Quieres que olvide a Aias? No va a pasar. Pero si te ayudo, él nunca me querrá. ¿Lo entiendes? Seré una asesina.

No estaba equivocada.

Llevaba meses intentando convencerla sin conseguir absolutamente nada, meses perdidos, tiempo tirado a la basura, y ahora resultaba que la respuesta había estado ahí todo el tiempo.

Aias había cambiado. Ahora era Neron, buscando a su media naranja, su alma gemela o lo que fuera que creyera que necesitaba para dormir mejor por las noches.

Yo no me fiaba de sus intenciones, pero tampoco hacía falta. La culpa haría el trabajo por mí. Mantendría a Sally alejada de él sin que yo tuviera que mover un solo dedo.

Porque, en serio, ¿qué hombre querría estar con una mujer capaz de hacer algo así?

Ninguno.

El plan era perfecto.

Y me jodía no haber pensado en esa opción antes.

Perfecto, claro, salvo por el pequeño detalle de que para eso tendría que soltar a Sally.

¿Y si salía de aquí y lo primero que hacía era ir a una comisaría a denunciarme? Entonces mi plan perfecto llevaría mi bonito trasero directamente a la cárcel, y no me veía yo compartiendo celda con una señora llamada Dolores que roncara como un tractor.

No.

Necesitaba asegurarme de que nunca hablaría.

Aunque, bien pensado, tampoco sería mala idea tener una compañera. Este trabajo era demasiado solitario, y una tiene derecho a socializar aunque sus hobbies sean un poco cuestionables.

Me acerqué a la cama y me senté a su lado.

—Sally, cielo… eres mi amiga. Fuiste la primera persona que me aceptó, y no sabes lo importante que fue eso para mí. ¿Recuerdas cuando no tenía ni idea de cómo jugar y pasaste horas explicándome las reglas?

—Claro. Somos más que amigas, Denci. Somos familia.

Me eché a reír.

Sí, claro. La tenía secuestrada desde hacía meses y aun así me llamaba familia.

O tenía más traumas de los que yo pensaba, o mi querida Sally estaba intentando engañarme.

—Sois mi familia, y por eso intento protegeros —expliqué—. Pero entenderás que también tengo que protegerme a mí misma.

—Sí, claro. ¿Qué quieres que haga? ¿Un pacto de sangre? ¿Firmar una confesión? Dilo y lo haré, pero por Dios, Denci, ya no puedo estar aquí sola mucho más tiempo. Voy a perder la cabeza.

Hizo una pausa.

—De hecho, ya la he perdido, porque prefiero pasar tiempo contigo torturando que estar sola. ¿Lo ves?

Bueno… sí.

Mi plan estaba funcionando mejor de lo que había imaginado.

—Ya pensaré en algo, pero mientras tanto quiero que lo medites bien. Lo que estás pidiendo te va a cambiar. Vas a perder noches pensando en lo que hiciste… eso si tienes suerte y no te enganchas. Y si lo haces, querrás repetirlo. Todo el tiempo.

Hice una pausa antes de continuar.

—Tu vida no volverá a ser la misma. Y no habrá nada en el mundo capaz de devolvértela.

—¿Pensar? ¿Qué crees que llevo haciendo estos meses? —respondió Sally—. ¿Y a quién le importa la vida? La mía ya no es la misma. Nunca volveré a ver la luz del sol.

Oh…

Ella no estaba pensando en escapar.

Oh, mi querida Sally…

Podría tenerla aquí conmigo para siempre. Bueno… durante un tiempo.

Pero no.

Eso sería cruel.

Y yo era…

Auch.

Yo era cruel.

Pero no tanto.

Me quedé mirándola unos segundos más, en silencio, como si pudiera ver algo que se me estuviera escapando.

Luego suspiré.

—Vale.

Sally no reaccionó de inmediato. Solo me observó, como si estuviera esperando la trampa.

Siempre esperando la trampa.

Me levanté sin decir nada más y me acerqué a sus manos. Deshice los nudos despacio, con cuidado. Cuando terminé, bajé a sus piernas e hice lo mismo.

Ni un gesto brusco.

Ni una palabra.

Solo el sonido de la tela cediendo.

Me incorporé y di un paso atrás.

—Tienes veinticuatro horas —dije al fin—. Para pensar. Para decidir si de verdad quieres esto.

Flexionó los dedos con cautela, como si no confiara del todo en que fueran suyos. Luego movió los pies, despacio, probando.

No intentó levantarse.

Eso me hizo sonreír.

—No es libertad —añadí—. No todavía. Pero es un comienzo.

Sus ojos se clavaron en los míos. Ya no había duda en ellos. Tampoco miedo.

Eso sí que era nuevo.

Caminé hacia la puerta, deteniéndome un segundo antes de abrirla.

—Ah… y Sally.

Esperé a que me mirara.

—Si intentas algo estúpido… no habrá una segunda oportunidad.

No sonó como una amenaza.

No lo necesitaba.

Abrí la puerta y salí al pasillo.

El aire volvió a pesar.

Y, por primera vez desde que había empezado todo esto, sentí algo raro en el pecho. Algo conocido. Algo que odiaba.

¿Estaba haciendo lo correcto?

¿Pensaba Sally en traicionarme?

Claro que sí. Yo haría lo que fuera por escapar si estuviera en su lugar.

Pero yo era más lista. Podía asegurarme de que Sally no diría nada. Ni siquiera bajo amenaza de muerte.

Susurrando una canción infantil, me dirigí a mi habitación.

Tenía que preparar el plan para Sally. Pero antes necesitaba una víctima.

Y sabía exactamente dónde encontrarla.