Denci (Camino de Amor nº 4)
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Capítulo 1
Denci
¡Qué pena de polla, por Dios!
Oye, que sí.
Era una verdadera pena que un hombre la tuviera tan grande. No entiendo cómo Dios, o lo que sea que esté a cargo de este circo, puede cometer tantos errores a la vez.
El rostro perfecto, el cuerpo musculoso y encima bien dotado. Demasiado bien, si me preguntas a mí, porque en serio, me lo pensaría dos veces antes de dejar que me follara.
Y por dentro, podrido.
No enfermo. Podrido.
Hay una diferencia enorme.
¿Por qué no pueden crear humanos completos? Guapos y buenos. No pido milagros, solo coherencia. Pero no. Siempre hay trampa, siempre hay algo que huele mal si te acercas lo suficiente.
Suspiré y me acerqué al hombre. Tenía los ojos cerrados, pero sabía que eran azules, de ese azul ridículo que parece sacado de un anuncio de colonia cara, preparado para vender inocencia falsa a quien tuviera ganas de comprarla.
Genial.
Ahora también me daba por poetisa.
Acerqué el cuchillo a su pierna y apoyé la punta contra la rodilla. Sin prisa.
Presioné un poco, solo para marcar el límite entre lo que era suyo y lo que estaba a punto de dejar de serlo, y de ahí empecé a subir, despacio, muy despacio, como si el tiempo fuera mío y solo mío.
Eso sí lo despertó.
Bueno, despertarlo no es la palabra correcta. Volvió del desmayo inducido por el dolor.
Sí, por el dolor que yo le había provocado.
No me mires así. Se lo merecía desde la punta de los dedos hasta la coronilla.
De hecho, estoy casi segura de que nació mal. Hay gente que viene defectuosa de fábrica y nadie lo arregla.
Intentó gritar, pero no pudo. Antes me había cansado de escucharlo, así que le metí un trapo sucio en la boca. No era elegante, pero funcionaba.
¿Qué?
¿Esperabas un quirófano?
Se me acabaron los utensilios de tortura. No tuve tiempo de ir a hacer la compra.
A veces la vida no coopera con una.
Intentó gemir. Sacó sonidos raros, ahogados, porque no era estúpido. Ya lo sabía. Ya había entendido que pronto iba a despedirse de su miembro más preciado.
Y curiosamente, fue ahí cuando me miró de verdad.
No con rabia.
Con miedo.
El miedo era mejor. Más sincero. La rabia todavía intenta negociar, todavía se cree con derecho a algo, pero el miedo no tiene tanta imaginación.
Fruncí el ceño, pensando si debía quitarme los guantes o no. Tal vez debería darle una última alegría. Una última caricia.
Oh, no.
Eso no.
Me refería a sujetarle la polla con la mano desnuda mientras se la cortaba.
¿De verdad pensaste que podría tocarlo de otra forma que no fuera para hacerlo sufrir?
Bajé la mirada, no para comprobar nada, sino para disfrutar del silencio previo, ese segundo en el que el cuerpo entiende lo que la mente todavía intenta negar.
Temblaba con pequeñas sacudidas feas, imposibles de esconder.
—Shh… —susurré, más por costumbre que por compasión—. Ya está.
No era verdad, claro.
Ajusté el agarre sin prisa. Los guantes crujieron levemente, como si protestaran, y por un segundo pensé que quizás tenían razón.
Luego recordé quién era él.
Y se me pasó.
Cerré los ojos, no porque me diera impresión, sino porque no necesitaba mirar para saber exactamente dónde cortar.
Primero llegó el sonido.
Después, el grito.
No abrí los ojos hasta que todo terminó.
Cuando lo hice, él ya no parecía tan seguro de sí mismo.
Yo seguía bastante entera, para ser una loca con un cuchillo.
Mi corazón se había vuelto loco. La sangre corría a una velocidad tremenda, golpeándome las sienes, pero mi mente estaba en paz.
Había hecho justicia.
Ah… no.
Espera.
Todavía faltaba el golpe final. O siempre podía dejar que se desangrara solo.
Caminé hasta el fregadero. Mis pasos sonaban extraños sobre el suelo de cemento, ahora pegajoso por varios líquidos que prefería no recordar.
Abrí el grifo y puse el cuchillo bajo el agua. No lo retiré hasta estar segura de que no quedaba ni un solo rastro de sangre.
Decisión tomada.
El hijo de Satanás iba a desangrarse.
Me quité los guantes con cuidado y los tiré al cubo de basura.
Mi estómago decidió que era un buen momento para recordarme que no había comido nada desde el desayuno.
Claro.
Entonces mi cerebro también me recordó que Sally debería estar hambrienta.
No eché un último vistazo al hombre. ¿Para qué?
A él nunca le importaron sus víctimas. Ni sus gritos de ayuda. Ni su dolor.
Abrí la puerta y salí.
Bajé los últimos escalones y el aire cambió.
Aquí abajo siempre era igual: más denso, más viejo, cargado de humedad encerrada, metal oxidado y ese polvo raro que nunca llega a posarse del todo porque nadie abre las puertas lo suficiente.
El sótano no estaba abandonado. Estaba escondido, que no es lo mismo.
Las paredes eran demasiado gruesas para ser normales, de hormigón antiguo, rugoso, con marcas de golpes y reparaciones mal disimuladas. Todo había sido construido para durar, para resistir y para no dejar salir nada que no tuviera permiso, ni ruido ni gente.
Las luces colgaban bajas, amarillentas, parpadeando cuando les daba la gana. No iluminaban bien, pero tampoco hacía falta. Aquí abajo bastaba con ver lo justo.
Caminé despacio por el pasillo. Mis pasos sonaban apagados sobre el suelo, como si hasta el eco tuviera miedo de molestar. Siempre me había gustado eso, aunque no era algo que una pudiera decir en voz alta sin sonar como una psicópata.
Había muchas salas.
Demasiadas para ser casualidad.
Puertas metálicas a ambos lados. Algunas cerradas, otras entreabiertas. No miré dentro porque no hacía falta. Cada una tenía su función y yo las conocía todas: mesas frías, camillas viejas, ganchos en las paredes y superficies que nunca volvían a quedar limpias del todo, por mucho que se frotaran.
Un sitio encantador para traer a alguien a cenar, vamos.
Seguí caminando hasta el fondo, donde estaba la única puerta que no parecía pertenecer a ese lugar. Era más clara, más nueva, casi ridícula entre tanto cemento y tanta mala decisión ajena.
Al abrirla, el contraste me golpeó de la forma más absurda.
Luz cálida. Un sofá cómodo. La cafetera burbujeando suavemente, como si no tuviera ni idea de dónde estaba. El televisor apagado. El frigorífico pequeño, ordenado y doméstico hasta dar vergüenza.
Mi sala.
Cerré la puerta tras de mí y dejé el resto del sótano al otro lado. Aquí dentro, por fin, nadie me miraba.
Me dejé caer en el sofá, con un suspiro que me salió más cansado de lo que me habría gustado admitir.
No pude disfrutarlo. Mi estómago rugió de nuevo, insistente, como si no hubiera pasado nada importante en las últimas horas.
Cogí una manzana del frigorífico y la mordí mientras sacaba una bandeja para Sally. Tenía de todo: proteína, verduras, algo dulce. Equilibrado. Correcto.
La empresa de catering era buena. Y cara. Pero, en serio, lo último que podía permitirme era dar a mis clientes una mala última comida.
Inserta emoji sonriente diabólico aquí.
¿Qué? Paso el día jugando y chateando. Mi vida no sería la misma sin los emoji.
Soy buena, pero no tan buena como para calentarle la comida a Sally, así que cogí la bandeja y fui hacia su habitación.
Ay, perdón.
Su prisión.
Su jaula.
No es culpa mía que no sepa lo que es bueno para ella. Mira que liarse con Aias, de verdad, no podía haber hecho algo peor.
Pausa para una confesión.
Yo también me acosté con Aias, pero yo pensaba que lo nuestro era real.
Fui ingenua.
Igual que Elsa.
Igual que las otras mujeres que se dejaron hechizar por su encanto.
Ahora sé la verdad.
Y Sally también.
El único problema es que esta chica es muy cabezota.
El trato fue sencillo: olvidar a Aias y ayudarme con mi misión, o desaparecer.
Hasta ahora no me había pedido nada más que la dejara salir, y eso era imposible. No iba a poner en peligro mi misión ni por ella ni por nadie.
Pero había otro problema.
Con cada día que pasaba, había más odio en sus ojos, y eso no era bueno. Ni para ella. Ni para mí.
Yo sé de odio. Sé mucho más de lo que debería.
Caminé por el pasillo esperando encontrar un milagro, aunque los milagros, en mi experiencia, suelen tener muy mal horario.
La habitación era casi idéntica a la otra: mismas paredes de hormigón, mismo techo bajo, misma luz blanca demasiado intensa para un lugar que no debería existir. Incluso la cama era la misma, metálica, anclada al suelo, con las esquinas redondeadas por el uso.
Aquí todo estaba limpio. Demasiado limpio. Como si alguien hubiera intentado borrar lo que pasaba dentro y solo hubiera conseguido dejarlo más evidente.
Sally estaba tumbada boca arriba, con el pelo oscuro extendido sobre la almohada, la cara pálida y los ojos abiertos. Tenía las manos atadas a los laterales de la cama, no con brutalidad, sino con cuidado, porque en algún momento había decidido hacerse daño sola y yo no podía permitirlo.
Cerré la puerta tras de mí sin hacer ruido.
Ella me miró. No se movió. No dijo nada.
Dejé la bandeja sobre la mesa metálica y di un par de pasos hacia la cama.
—Rise and shine, amor.
Mi voz salió suave, casi cariñosa, como si la estuviera despertando una mañana cualquiera y no en una habitación subterránea donde llevaba demasiado tiempo encerrada.
Sally apretó la mandíbula. Sus dedos tiraron de las ataduras por puro reflejo.
—Buenos días —añadí, inclinando un poco la cabeza—. Hoy tienes mejor cara.
Me quedé allí, observándola, sin prisa.
—Vete a la mierda, Denci —dijo de repente.
Casi me sobresalté, no por las palabras, sino por el tono.
Había vida en su voz.
Bajé la cabeza para ocultar mi sonrisa y le desaté una mano. Luego le acerqué la bandeja y, sí, me senté sobre la mesa de metal, balanceando las piernas como solía hacer cuando era pequeña.
Sigo siendo pequeña.
Mi altura es una maldición. El mundo adora repetir que el tamaño no importa hasta que importa, y entonces nadie mira a las personas bajitas con el respeto que merecen.
Sally se incorporó y empezó a comer sin mirarme.
—¿Has terminado con ese? —preguntó.
Fruncí el ceño.
—¿Con cuál?