Capítulo 10 #2
—Para la mafia rusa —repitió—. Y tú lo has matado en un callejón a dos pasos de la calle, con cámaras de la ciudad, tres clubes, dos restaurantes, un hotel y suficiente gente borracha alrededor como para que alguien haya grabado algo sin saber siquiera qué estaba grabando.
Miré hacia la entrada del callejón.
Después mis manos.
La sangre parecía más oscura ahora.
Más importante.
Más conectada.
Qué vulgar por su parte.
—En mi defensa —dije—, la parte de la mafia rusa no venía en su perfil público.
—Ese es el problema.
—¿Que los criminales ya no son transparentes? Sí, una tragedia para todas las profesionales independientes.
Ash se incorporó despacio.
—El problema es que has actuado sin información suficiente.
No gritó.
No necesitó hacerlo.
La frase cayó entre nosotros con más peso que cualquier reproche, y la odié porque no dijo “has matado a un hombre”, ni “eres un monstruo”, ni “estás loca”.
Dijo lo único que podía dolerme de verdad.
Que había sido descuidada.
Que había elegido mal.
Que había fallado como profesional.
—Tenía información suficiente para saber que era una basura —dije.
—Sabías lo que era. No sabías a quién pertenecía.
La calle volvió a reír a pocos metros de nosotros. Una risa alta, femenina, viva.
Ash no miró hacia allí, pero su cuerpo cambió apenas, como si hubiera medido la distancia, el ángulo, el tiempo y el riesgo sin necesidad de mover los ojos.
Eso también me molestó.
La eficiencia ajena siempre resultaba muy desagradable cuando una acababa de cometer una estupidez.
—¿Y tú cómo lo sabes? —pregunté—. ¿Lo de la mafia rusa?
—Porque es mi trabajo saberlo.
Ah.
Qué bonito.
Un insulto con traje.
—¿Lo estabas siguiendo?
—No.
—Entonces, ¿me estabas siguiendo a mí?
No respondió enseguida.
Y eso fue una respuesta.
No completa, pero suficiente para que algo se moviera en mi estómago. No miedo, exactamente. Más bien esa incomodidad que aparece cuando descubres que alguien ha visto más de lo que querías mostrar.
Ash desvió la mirada hacia el cadáver.
—No tenemos tiempo para esto.
—Yo diría que tenemos el tiempo justo para que me expliques por qué apareces por una puerta oxidada en menos de cuatro minutos y sabes más del muerto que yo.
—Dirías mal.
—Qué sorpresa. Un hombre misterioso con problemas de comunicación.
Ash dio un paso hacia mí, no demasiado cerca, solo lo justo para que mi cuerpo lo registrara y mi orgullo fingiera que no.
—Escúchame bien —dijo—. Si alguien encuentra este cuerpo aquí, no vas a tener un problema con la policía. Vas a tener un problema con gente que no espera juicios, no pide órdenes de registro y no deja testigos respirando por accidente.
El callejón pareció quedarse más frío.
O quizá fui yo.
Qué detalle tan poco elegante.
—La mafia rusa —dije.
—Entre otros.
—¿Entre otros?
Ash volvió a mirar el cuerpo.
—Greg Johns no trabajaba para una sola persona.
Fantástico.
Maravilloso.
Una obra maestra.
Había salido a despejarme y, de alguna manera, había conseguido matar a una navaja suiza criminal con contabilidad creativa.
—Pues tenía una agenda ocupada —murmuré.
—Y tú acabas de abrirla.
Me callé.
Otra vez.
Dos veces en una noche.
Alguien debería anotar aquello como síntoma grave.
Ash miró mi mano.
—No toques nada más.
—Gracias, estaba a punto de abrazarlo.
—Denci.
Mi nombre volvió a sonar así. Cortante, funcional, como una herramienta para detenerme.
Y, por alguna razón, funcionó.
Eso era lo más insultante de todo.
Ash miró hacia la entrada del callejón y luego hacia mí, como si hubiera ordenado el desastre en tres categorías distintas y ninguna le gustara demasiado.
—Ahora solo hay una salida rápida de este lío —dijo—. Rápida, pero con consecuencias a largo plazo. ¿Entiendes?
Asentí.
Pero mi boca, que siempre había tenido una relación conflictiva con la supervivencia, dijo:
—No.
Ash no parpadeó.
Ni siquiera pareció sorprendido.
Qué hombre tan decepcionantemente preparado para tratar con idiotas.
—Entonces te lo pondré más fácil —dijo—. Si quieres vivir, haces lo que yo te diga. Si quieres morir, sal del callejón.
Lo estaba mirando a los ojos y eso fue un error.
Uno más.
Porque, en el mismo instante en que dijo morir, mi cabeza hizo algo terrible.
Se quedó con la palabra.
La sostuvo.
La probó.
Morir.
Qué palabra tan tranquila cuando una la mira desde el lado equivocado.
No dependía de mentir, correr, limpiar sangre, deber favores ni seguir respirando con demasiadas cosas dentro.
Era una salida.
Horrible, sí.
Pero salida.
Y Ash lo vio.
No sé cómo. No sé qué parte de mi cara se rompió, qué músculo se movió o qué sombra se me cruzó por los ojos, pero lo vio.
Lo entendió.
Joder.
Daba miedo.
No por la amenaza ni por la calma, sino porque nadie era capaz de leerme tan rápido. Tan profundo. Como si mi silencio hubiera hablado antes que yo.
Ash inclinó apenas la cabeza.
—Sería una pena —dijo.
La frase cayó entre nosotros sin volumen, sin esfuerzo y sin una sola gota de dulzura.
Y aun así me atravesó.
Porque no sonó como una amenaza. Tampoco como una súplica. Sonó como una conclusión, como si mi muerte fuera un desperdicio.
No una tragedia.
No una pérdida sentimental.
Un desperdicio.
Ash no apartó la mirada de mí del todo, y mientras yo seguía atrapada en esa palabra, él hizo algo distinto. Algo más sutil. Más peligroso.
Su mirada descendió apenas un instante.
No fue lento. No fue descarado. No fue el gesto fácil de un hombre que cree entender lo que mira.
Fue cálculo.
Como si estuviera confirmando una idea que ya tenía antes de aparecer en ese callejón.
Luego volvió a mis ojos como si nada hubiera pasado.
Pero había pasado.
Lo noté.
No era deseo, no exactamente. No como lo había visto antes en otros hombres. No había prisa, ni urgencia, ni esa necesidad torpe de tocar lo que no entienden.
Era peor.
Era interés.
Frío, medido.
Como si yo fuera una ecuación que de repente incluía una variable que no esperaba, pero que valía la pena considerar.
Y eso me molestó más de lo que debería.
—¿Ya has terminado de contemplar tus opciones? —preguntó.
Parpadeé una vez. Fue suficiente para romper lo que fuera que estaba pasando dentro de mi cabeza.
—Depende —respondí—. ¿Morir sigue siendo una de las buenas?
Algo mínimo cruzó su expresión. No fue una sonrisa. Tampoco burla. Solo un cambio leve, casi imperceptible, como si hubiera llegado a una conclusión que no necesitaba compartir.
—No esta noche.
Su voz no cambió, pero la forma en que lo dijo cerró algo.
No la salida.
La idea.
Genial.
Otra cosa menos que decidir.
Ash pasó a mi lado sin tocarme, como si el callejón ya fuera suyo y yo solo estuviera ocupando espacio prestado. La distancia que dejó fue medida, intencional.
—Ven —dijo.
No fue una orden.
Fue una certeza.
Mis pies se movieron antes de que mi cabeza tuviera tiempo de protestar.
Otra vez.
Definitivamente estaba teniendo una noche excelente.
Lo seguí hasta la puerta. La misma por la que había aparecido. Él la empujó con facilidad, como si no fuera la primera vez, como si nunca hubiera estado realmente cerrada.
Antes de cruzar, se detuvo apenas.
Giró la cabeza hacia mí y, por un segundo, pensé que iba a decir algo más. Otra advertencia, otra evaluación, otra de esas frases que no parecen importantes hasta que te atraviesan.
Pero no.
Solo me miró.
Directo.
Demasiado directo.
Y ahí volvió ese pequeño desfase. Ese instante en el que su atención dejaba de ser solo estratégica.
Había algo más.
No suficiente para nombrarlo, pero suficiente para notarlo.
—Sería una pena —repitió, más bajo.
No añadió nada más.
No hacía falta.
Porque ya no hablaba de morir.
Y los dos lo sabíamos.
Giró y cruzó la puerta.
Y yo fui detrás.
Por supuesto.
Las bisagras no hicieron ruido, y eso sí que era preocupante.
El aire al otro lado era distinto, más cerrado, más contenido. Di un paso dentro, luego otro, mientras el mundo de fuera se quedaba atrás sin pedir permiso.
Entonces oí el motor.
Grave.
Pesado.
Acercándose.
Las luces de una furgoneta se colaron en el callejón justo cuando la puerta empezaba a cerrarse a mi espalda.
No miré atrás.
No hacía falta.
Por primera vez en toda la noche, lo más peligroso no se había quedado fuera.