Capítulo 8 – Verdades que Duelen
El video terminaba siempre en el mismo instante.
"No confíen en..."
Después, oscuridad.
Valeria lo reprodujo una cuarta vez.
Una quinta.
Una sexta.
Como si el final pudiera cambiar.
No cambió.
Adrián observaba la pantalla en silencio.
No buscaba las palabras.
Buscaba los detalles.
El movimiento de los árboles.
El sonido del viento.
La dirección de la luz.
De pronto, detuvo la grabación.
Amplió un fotograma.
Detrás de Vivian, apenas visible entre la maleza, había una pequeña cabaña de piedra.
Sobre la puerta se distinguía un símbolo grabado.
Un cuervo.
Tomás lo reconoció al instante.
—Conozco ese lugar.
Los dos lo miraron.
—Está dentro del antiguo bosque Blackwood.
Lleva abandonado más de veinte años.
Adrián tomó las llaves del coche.
—Vamos.
El bosque permanecía envuelto por una niebla espesa.
La cabaña apareció entre los árboles como un recuerdo olvidado.
Las ventanas estaban rotas.
La puerta, entreabierta.
Valeria sintió un escalofrío.
Había alguien allí.
No podía explicarlo.
Simplemente lo sabía.
Entraron.
El polvo cubría los muebles.
Pero no el suelo.
Había huellas recientes.
Tres personas.
Una caminaba con dificultad.
Otra arrastraba algo pesado.
La tercera...
Nunca llegó a salir.
Tomás señaló el fondo de la habitación.
—Hay una puerta.
Descendieron por una escalera estrecha.
El sótano era mucho más grande de lo que imaginaban.
En una pared había decenas de fotografías.
Todas unidas por hilos rojos.
Eleanor.
Alexander.
Vivian.
Russo.
Valeria.
Adrián.
Y un nombre que ninguno esperaba encontrar.
Tomás Ortega.
El jefe de seguridad retrocedió un paso.
—Yo nunca estuve aquí.
Valeria no respondió.
Pero la duda ya había nacido.
Sobre una mesa metálica descansaba un ordenador portátil.
Seguía encendido.
La pantalla solo mostraba una carpeta.