Capítulo 4 – Secretos que Nadie Debe Saber
El sello de cera permanecía sobre la mesa.
R. V.
Tres letras.
Una amenaza.
Valeria no apartaba la vista del sobre.
—Todo empezó con estas iniciales.
Adrián asintió.
—No.
Ella levantó la mirada.
—Empezó mucho antes.
Blackwood Manor.
Dos de la madrugada.
La lluvia había regresado.
El viento hacía crujir los ventanales mientras el equipo de seguridad revisaba cada acceso de la propiedad.
No habían encontrado huellas.
Ni cámaras alteradas.
Ni puertas forzadas.
Era como si el visitante hubiera atravesado los muros.
Tomás entró en el despacho.
Su expresión era grave.
—Encontramos algo en el ala antigua.
Adrián se puso de pie.
—Enséñamelo.
El ala oeste llevaba cerrada casi diez años.
Nadie vivía allí desde la muerte de Eleanor Blackwood.
La madre de Adrián.
El olor a madera envejecida llenaba el pasillo.
Los retratos familiares parecían observar cada movimiento.
Valeria sintió un escalofrío.
—Nunca había estado aquí.
—Casi nadie lo ha hecho.
Al final del corredor encontraron una puerta entreabierta.
No debería estarlo.
Adrián empujó lentamente.
Las bisagras chirriaron.
Dentro había un despacho cubierto por el polvo.
Una biblioteca.
Un escritorio.
Un reloj detenido exactamente a las 9:17.
Y una caja fuerte empotrada en la pared.
Tomás habló en voz baja.
—Estaba abierta cuando llegamos.
Adrián frunció el ceño.
Eso era imposible.
Él era el único que conocía la combinación.
Se acercó.
Dentro solo quedaba un objeto.
Un viejo frasco de perfume.
Valeria lo tomó con cuidado.
Reconoció el aroma al instante.
Jazmín.
Ámbar.
Sándalo.
Su respiración se cortó.
—No puede ser...
Adrián la observó.
—¿Qué ocurre?
Ella cerró los ojos.
—Mi madre usaba este perfume.
El silencio cayó como una losa.
Adrián sintió un vuelco en el pecho.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Valeria giró el frasco.
Había una inscripción grabada en la base.
"Para E. Siempre cumpliré mi promesa."
Adrián palideció.
"E."
Eleanor.
Su madre.
Las piezas dejaron de encajar.
Porque nunca habían pertenecido al mismo rompecabezas.
Minutos después, los dos revisaban los cajones del escritorio.
Papeles antiguos.
Cartas.
Fotografías.
Hasta que Valeria encontró un compartimento oculto.
Dentro había una cinta de casete.
Y una nota escrita con la elegante caligrafía de Eleanor.
"Si alguien encuentra esto, significa que ya no pude proteger la verdad."
Adrián respiró hondo.
Tomó la vieja grabadora del despacho.
Introdujo la cinta.
El mecanismo comenzó a girar.
Después de unos segundos se escuchó una voz femenina.
Serena.
Triste.
Era Eleanor.
—Si estás oyendo esto... significa que Russo ya ha empezado su última partida.
Valeria sintió un escalofrío.
La grabación continuó.
—Hay secretos que destruyen familias. Pero existe uno capaz de destruir generaciones. Adrián... si eres tú quien escucha esto... prométeme que nunca permitirás que Valeria descubra quién era realmente su padre.
La cinta se detuvo.
Un chasquido metálico.
Silencio.
Nadie respiró.
Valeria quedó inmóvil.
Su voz apenas fue un susurro.
—¿Qué quiso decir con eso?
Adrián no respondió.
Porque, por primera vez en muchos años, él tampoco tenía la respuesta.
Muy lejos de la mansión, Russo contemplaba el amanecer desde el ventanal de su oficina.
Sobre el escritorio había una fotografía antigua.
En ella aparecían tres personas.
Eleanor Blackwood.
El padre de Valeria.
Y un tercer hombre cuyo rostro estaba rasgado con un cuchillo.
Russo pasó el pulgar sobre la imagen.
—Ya encontraron la cinta...
Sonrió con una calma inquietante.
—Ahora empezarán a hacerse las preguntas correctas.
Dejó la fotografía dentro de un sobre negro.
Escribió un único nombre.
VALERIA.
Luego llamó a uno de sus hombres.
—Entrégalo personalmente.
—¿Y si Adrián intenta impedirlo?
Russo observó cómo el sol comenzaba a romper la oscuridad.
Su sonrisa desapareció.
—No podrá.
Porque el secreto más peligroso...
...es el que alguien cree haber enterrado para siempre.