Capítulo 5 – Jugando con Fuego
El sobre llegó a las nueve de la mañana.
No tenía remitente.
Solo el nombre de Valeria escrito con tinta negra.
Tomás lo interceptó antes de que cruzara el vestíbulo de Blackwood Manor.
—Lo revisamos primero.
Valeria negó con firmeza.
—No.
Adrián dio un paso al frente.
—Podría ser una trampa.
—Toda esta historia lo es.
Ella tomó el sobre.
Lo abrió lentamente.
Dentro encontró una única fotografía.
La misma que Russo había observado horas antes.
Tres personas.
Eleanor Blackwood.
Su padre.
Y un tercer hombre con el rostro destruido por cortes.
En el reverso había una frase.
"Pregúntale a Adrián por el incendio de Ravens Hill."
Valeria levantó la vista.
—¿Qué ocurrió en Ravens Hill?
El silencio de Adrián fue demasiado largo.
Ella comprendió la respuesta antes de escucharla.
Él sabía exactamente de qué hablaba la fotografía.
—Hace doce años —dijo finalmente Adrián— hubo un incendio en una finca de los Blackwood.
Oficialmente fue un accidente.
Valeria cruzó los brazos.
—¿Y en realidad?
Adrián sostuvo su mirada.
—Nunca encontré pruebas suficientes para afirmar otra cosa.
—No te pregunté por pruebas.
Te pregunté por la verdad.
Él respiró hondo.
—La verdad es que alguien provocó ese incendio.
Y tres personas desaparecieron esa noche.
Una de ellas era tu padre.
Valeria sintió que el suelo temblaba bajo sus pies.
—Me dijiste que murió años después.
—Eso era lo que todos creíamos.
Tomás intervino.
—Hasta que encontramos la cinta de Eleanor.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Las certezas empezaban a derrumbarse.
Esa tarde, Adrián condujo hasta Ravens Hill.
Valeria insistió en acompañarlo.
La antigua finca permanecía abandonada.
Los muros ennegrecidos seguían en pie como un recuerdo imposible de borrar.
El viento atravesaba las ventanas vacías.
Todo olía a madera húmeda y ceniza.
Valeria avanzó despacio.
—Aquí pasó algo más que un incendio.
Adrián observó el lugar.
—Sí.
Caminaron hasta lo que había sido la biblioteca principal.
Entre los restos del suelo apareció una trampilla metálica.
Oxidada.
Oculta bajo tablas quemadas.
Adrián hizo fuerza.
La abrió.
Una escalera descendía hacia un antiguo refugio subterráneo.
Encendieron las linternas.
El aire era frío.
Pesado.
Como si el tiempo nunca hubiera entrado allí.
En el fondo encontraron archivadores cubiertos de polvo.
Y una caja de madera con el emblema de los Blackwood.
Valeria levantó la tapa.
Dentro había documentos.
Cartas.
Un reloj de bolsillo detenido a las 9:17.
Y un anillo con el sello de la familia Blackwood.
Debajo del anillo descansaba una nota.
"Si encontraron esto, significa que ya no estoy vivo para explicar lo que hice."
La firma era inconfundible.
Alexander Blackwood.
El padre de Adrián.
Antes de que pudieran seguir leyendo, un ruido metálico resonó sobre sus cabezas.
Adrián apagó la linterna.
Alguien caminaba en la planta superior.
Un segundo paso.
Luego otro.
No estaban solos.
Valeria contuvo la respiración.
Adrián le hizo una señal para permanecer inmóvil.
Las pisadas se acercaban a la trampilla.
Entonces una voz rompió el silencio.
—Sabía que terminarían viniendo.
No era Russo.
Era una mujer.
Desconocida.
La trampilla comenzó a abrirse lentamente.
Una silueta apareció recortada por la luz del atardecer.
Cabello oscuro.
Gabardina gris.
En una mano sostenía un arma.
En la otra...
Una fotografía de Eleanor Blackwood.
La mujer miró directamente a Adrián.
—Llegas tarde.
Como tu padre.
Después dejó caer la fotografía al suelo.
En ella aparecía una inscripción que ninguno de los dos había visto antes.
"La verdad nunca estuvo enterrada aquí. Solo los que intentaron ocultarla."
La mujer dio un paso atrás.
Y, antes de desaparecer entre las sombras, pronunció un nombre que hizo que Adrián perdiera el color del rostro.
—Vivian.
Valeria lo miró, desconcertada.
—¿Quién es Vivian?
Adrián cerró la caja de golpe.
Por primera vez desde que comenzó aquella guerra, no encontró una respuesta.
Y comprendió que el incendio de Ravens Hill no había sido el principio de la historia.
Había sido el intento desesperado de impedir que alguien descubriera quién movía las piezas desde el principio.