Capítulo 26
Habían sido los ocho días más largos de mi vida esperando noticias de Lucifer.
Aunque, pensándolo bien, igual la culpa la tenía el entrenamiento sin fin.
Calliope, Logan e incluso Cillian nos daban caña día y noche con combate y magia defensiva.
Hasta habían traído al profesor Arcana para enseñarnos algunos de los hechizos más oscuros que nuestro director solía desaprobar.
Ahora ya no había límites. Así que, cuando por fin Cillian soltó las palabras que llevábamos días esperando, me costó creer que de verdad estuviera pasando.
Nos íbamos al Inframundo.
Los ocho estábamos apoyados contra la pared del fondo del centro de entrenamiento, con nuestros respectivos instructores a ambos lados.
Calliope y Logan estaban tan metidos en esto como nosotros.
Se habían dejado la piel igual que el resto del equipo en las sesiones, tanto individuales como en grupo.
Logan me caía mejor cada día y, aunque Calliope y yo seguíamos chocando de vez en cuando, ahora respetaba muchísimo a la guerrera ángel.
—¿Y cuándo nos vamos? —preguntó Zephyr.
—Mañana al amanecer —Cillian cruzó los brazos sobre el pecho—.
Lucifer ha hecho que los escudos del portal, en el límite del quinto reino, fallen el tiempo justo para que Luna nos meta dentro.
Tendremos una ventana muy corta antes de que vuelvan a activarse.
Debemos llegar al sexto reino, capturar a Luxora y salir de allí antes de que los escudos vuelvan a activarse.
Lucifer no ha podido darnos un tiempo exacto, pero calcula que tendremos unas pocas horas, como mucho, antes de que alguien se dé cuenta y los reactive.
—¿Y el oráculo? —preguntó Raine— ¿Luxora no nos verá venir?
—De eso también se ha ocupado Lucifer —dijo Cillian—. De hecho, por eso ha tardado en contestarnos. El gran oráculo del sexto reino y su vidente han desaparecido sin dejar rastro.
—Qué casualidad —comentó Drake—. ¿Y cómo vamos a capturar al señor oscuro?
Todos se habían quedado bastante mosqueados cuando Cillian les explicó esa parte del plan. Yo no era la única que quería vengar la muerte de Ash y la de todos los demás estudiantes.
Cillian alzó un pequeño frasco de cristal. Dentro brillaba una poción negra y reluciente.
—El profesor Arcana nos ha preparado una poción paralizante —explicó—. Asegura que Luxora caerá inconsciente y quedará indefensa en cuestión de segundos.
—Genial —me froté las manos sudorosas por los nervios—. Tengo ganas de empezar esto...
—No habrá entrenamiento ni clases el resto del día —continuó Cillian—. Quiero que descanséis bien antes del madrugón de mañana.
El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales estalló en vítores.
Yo, en cambio, me quedé un poco chafada.
Unas clases aburridas o incluso otra sesión de entrenamiento me habrían venido de perlas para conseguir distraerme.
El equipo salió en fila y yo fui detrás con paso lento, pero vi que Cillian me hizo un gesto con el dedo para que me quedara.
Me di la vuelta hacia él mientras la puerta se cerraba tras nuestros compañeros y los instructores.
—¿Qué pasa?
—Pensé que querrías otra actualización sobre cómo va Ryder.
Tensé la cara.
—Mmm...
No podía contarle a mi director lo de la VDR 2.0. Pensaría que estaba como una cabra. Y, probablemente, tendría razón.
—He hablado esta mañana con el director del centro de rehabilitación y me ha dicho que la mejoría de Ryder es impresionante —dijo Cillian—. Nunca había visto una recuperación tan rápida. Si todo sigue así, cree que podrá recomendar su liberación en apenas unas semanas.
Me quedé de piedra. Me costó asimilar lo que acababa de oír.
—¿Unas semanas?
—Eso me ha dicho.
Tuve sentimientos encontrados al oír aquello. Me llevé la mano al pecho.
—Vaya... Es increíble —murmuré—. ¿Y qué pasará cuando lo suelten?
—Tendrá que seguir yendo a sesiones con un orientador de rehabilitación durante un tiempo. Después cumplirá el servicio comunitario que le ha impuesto el Tribunal.
Asentí.
—¿Crees que algún día podrá volver a la academia?
Cillian pareció dudar.
—Lo veo complicado, Luna. Por muy indulgente que haya sido el rey Elrian, hasta su buena voluntad tiene un límite… por mucho que Kimmie-Jayne sepa convencer.
Una leve sonrisa se le dibujó en la cara a Cillian al mencionar el nombre de mi media hermana.
Yo, en cambio, intenté disimular la decepción que me hervía por dentro, aunque en realidad fuera una tontería.
Sabía que las cosas no podían volver a ser como antes.
Debería alegrarme de que a Ryder le estuviera yendo tan bien. Y me alegraba.
—Gracias por decírmelo, Cillian. Me alegra un montón saber que pronto saldrá de allí.
—Yo también tengo que darte las gracias por salvar a mi sobrino —dijo Cillian. Carraspeó, algo sonrojado—. Sé que no te fue fácil verlo, teniendo en cuenta lo que pasó entre vosotros.
Ahora sí que me ardían las mejillas. Cogí aire, intentando calmarme un poco.
—No me des las gracias. Ya te dije que se lo debía. Ahora todos podremos pasar página.
—Sí, eso es —sonrió Cillian. Luego señaló la puerta de la sala de entrenamiento y salió conmigo—. Descansa, Luna. Mañana tenemos que estar todos a tope.
Al salir al exterior, el aire nevado me enfrió las mejillas.
Cillian se dirigió al vestíbulo principal, pero yo, en lugar de volver a la residencia, me fui a los establos.
Estaba demasiado nerviosa, y no creía que hubiera nada capaz de calmar la tormenta que llevaba dentro.
Lo único que me apetecía en ese momento era pasar unas horas a solas con Zeus.
Y quizá un buen vuelo bastara para dejarme agotada y dormir unas horas aquella noche, al menos.
Dormir, lo que se dice dormir, no dormí.
De hecho, fue casi peor que la noche anterior a mi visita a Ryder.
Casi. Antes de que amaneciera, fui arrastrando los pies junto al resto del Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales hacia el corazón del bosque feérico.
Apenas podía mantener los ojos abiertos.
No era precisamente el mejor augurio para la gran misión.
Cuando llegamos a un claro cubierto por un espeso dosel de coníferas que ocultaba la pálida luna, Cillian se detuvo. Miró el reloj, se volvió hacia mí y me hizo un gesto para que avanzara.
—Ya es la hora.
Pasé junto al resto del equipo mientras invocaba mi magia.
La sentía latiendo justo bajo la piel, como si estuviera deseando salir.
Abrir y cerrar portales se había convertido en una de las habilidades que más había practicado.
A esas alturas, me salía casi sin pensar.
Giré la muñeca con la palma hacia arriba y un orbe apareció frente a nosotros.
Lo lancé sobre la nieve y la esfera se expandió hasta volverse un portal luminoso de remolinos aguamarina.
—Qué fino —comentó Scarlett con una sonrisa tranquilizadora.
Seguro que me había oído dar vueltas en la cama toda la noche. Cillian dio un paso al frente mientras el resplandor del portal recortaba su imponente silueta.
—Atravesaremos el quinto reino sin usar el hechizo de ocultación, para guardar fuerzas de cara a los momentos en que sí nos haga falta.
Manteneos alerta. No tenemos ni idea de lo que nos espera al otro lado —dijo gravemente—.
Lucifer me ha asegurado que el punto de llegada estará bastante desierto, pero no podemos permitir que nos pillen desprevenidos.
Todos asintieron, y lo hicieron con tanto entusiasmo que las armas que llevaban al cinto tintinearon al moverse. Antes de cruzar el portal, Cillian volvió a mirarnos uno a uno.
—Sé lo que os dije sobre capturar a Luxora, pero si al final hay que elegir entre su vida o la nuestra, no lo dudéis —añadió con vehemencia—. Del enfado de Lucifer ya me encargo yo.
Se me dibujó una leve sonrisa al alzar la vista hacia nuestro intrépido líder. O quizá «intrépido» no fuera la palabra más acertada.
Él también tenía miedo por nosotros. Y yo también. Había sido yo quien había empujado al equipo a bajar al Inframundo. Si a alguno de nosotros le pasaba algo, la culpa sería mía. Con ese pensamiento tan deprimente dándome vueltas en la cabeza, Cillian asintió al equipo.
—Vamos a ello.
Unos instantes después, el portal nos escupió en el quinto reino del Inframundo.
Mientras recuperaba el equilibrio tras la caída, mis pulmones se llenaron de aire tóxico.
El olor a azufre y a huevos podridos se me pegó a la piel, y arrugué la nariz mientras echaba un vistazo al paisaje.
No había ni un árbol ni el más mínimo rastro de vegetación.
Nos rodeaban riscos de arena rojiza y un suelo tan árido como el del Sáhara.
Pasé un poco de saliva por la boca para humedecerla.
Una fina capa de ceniza cubría la tierra yerma, extendida a nuestro alrededor.
Alcé la vista y vi motas de ceniza cayendo desde el cielo gris.
A lo lejos apenas se distinguía un conjunto de edificios oscuros, que supuse sería el centro del quinto reino.
Qué sitio más deprimente. Normal que los demonios quisieran largarse al mundo humano.
—¿Y ahora por dónde? —preguntó Triston. Un destello citrino cruzó sus ojos color avellana mientras evaluaba el terreno inhóspito.
Casi podía notar el lomo de su lobo erizado. No me extrañaba. El aire olía a maldad y desesperación, y tenía el vello de la nuca de punta.
Un lazo se tensó alrededor de mi corazón. Cerré los ojos un momento y busqué el lazo negro. El de Ryder. Hacía mucho que no sentía nada de él. ¿Se estaría colando mi miedo a través del vínculo y había despertado en él alguna emoción que llevaba demasiado tiempo dormida?
—Justo detrás de esas montañas está la frontera con el sexto reino.
La voz de Cillian me espabiló de una vez por todas.
Señalaba la cordillera, de un naranja quemado intenso, a cientos de metros.
Me froté el pecho y me obligué a centrarme en la misión.
Tenía que mantener las emociones a raya como fuera.
Miré la cordillera, imponente. Cruzarla a pie nos habría llevado días.
Por suerte, no pensábamos hacer eso andando.
Las alas de Cillian se desplegaron de golpe, seguidas por las de Calliope, Raf y Logan.
A diferencia de las alas suaves y emplumadas de los ángeles, las de gárgola de Logan eran correosas y finas como el papel.
El chillido impaciente de Zephyr, ya convertido completamente en dragón, me hizo apartar la vista de las peculiares alas de la gárgola.
—Ya voy, ya voy —bufé.
Me subí junto a Aeria y Scarlett al lomo de escamas granates del dragón gigantesco. Raine, Drake y Triston, en cambio, fueron cada uno con uno de los ángeles, mientras que Logan fue el único que se quedó sin pasajeros. Nuestra gárgola vigía iba armada hasta los dientes.
El vuelo sobre aquella cordillera pelada transcurrió en un silencio tenso.
La mitad del grupo no quitaba ojo al cielo; la otra, al suelo, escudriñando aquella inmensidad desolada en busca de cualquier señal de peligro.
Lucifer había dicho la verdad. La mayoría de tierras estaba en completo silencio.
De vez en cuando veíamos demonios moviéndose por debajo de nosotros, pero o volábamos demasiado alto para que nos vieran o, simplemente, les daba igual.
Veinte minutos después empezamos a descender hacia el sexto reino. Cuanto más nos acercábamos a aquella tierra rojiza y desnuda, más fuerte me latía el corazón.
Era real. Después de tantos meses, por fin íbamos a enfrentarnos a Luxora en su propio territorio.
Un velo de oscuridad me nubló la vista mientras la ira me quemaba por dentro.
Me daba igual lo que hubiera dicho Cillian sobre no aplicar el «ojo por ojo».
Había ido allí dispuesta a llevarme por delante toda la muerte y la destrucción que hiciera falta.