Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Con razón Ryder no mejoraba. Si a mí me hubieran ingresado en aquel centro de rehabilitación de lujo, tampoco tendría muy claro querer irme. Era como el Ritz-Carlton de la rehabilitación, con spa, piscina y, lo mejor de todo, buen tiempo.

Mientras la enfermera me guiaba por las instalaciones hasta la habitación de Ryder, me explicó que los pacientes solían evolucionar mejor con un clima templado. El invierno eterno ya era bastante deprimente incluso para alguien en su sano juicio. La entendía.

El corazón me latía a mil con cada paso. Fuera lo que fuese lo que la enfermera me estaba contando, mi cerebro había dejado de procesarlo. El ruido de mi pulso ahogaba sus palabras, convirtiéndolas en un murmullo imposible de entender. Hasta que se paró ante una puerta.

—Es aquí.

Tragué saliva. Se me fue todo el aire de los pulmones. Noté el sudor en la frente y me sequé las manos en los vaqueros. La enfermera rubia, bastante atractiva, me miró antes de abrir.

—¿Te encuentras bien? Te veo un poco pálida.

—Eh... yo... —titubeé. Me apoyé en el marco de la puerta y luché por coger aire—. Entraré yo sola. Solo necesito un minuto —conseguí decir con la voz algo ronca.

—De acuerdo —sonrió la enfermera—. Avísame si necesitas cualquier cosa. Los poderes de Ryder están sedados, así que no tienes que preocuparte por tu seguridad física.

—Gracias.

Menuda gracia, porque lo que estaba en juego era mi estabilidad emocional.

Cuando desapareció por el pasillo, reuní todo el valor que me quedaba y respiré hondo.

Puedo hacerlo . Yo lo había llevado hasta allí y me tocaba tenderle la mano para sacarlo del abismo, igual que él había hecho por mí mil veces.

Abrí la puerta antes de dar un paso atrás.

A diferencia de la celda del centro de detención de la SIA, aquella habitación estaba llena de luz por todas partes.

Tres ventanales enormes ocupaban toda una pared y, en la de enfrente, había una cama y un escritorio.

Hasta tenía un baño privado escondido en un rincón.

Ryder estaba sentado de espaldas a mí, mirando el jardín frondoso que se extendía bajo la ventana.

Sus hombros tensaban la camiseta negra ajustada cuando la puerta se cerró a mi espalda.

—No deberías haber venido —murmuró.

El corazón se me encogió. Apreté la mandíbula y avancé hacia él, sin dejarme intimidar.

Solamente intentaba mantenerme a raya. No podía dejar que se saliera con la suya.

Cillian me había avisado de su actitud derrotista y, si él pensaba que yo podía hacer algo, debía intentarlo.

Me crucé de brazos, como si me protegiera el corazón, y di un paso al frente.

—Bueno, pues ya estoy aquí —dije, con un tono escéptico—. Y el próximo tren no sale hasta dentro de una hora, así que vas a tener que aguantarme.

Ryder soltó un gruñido sin apartar la vista de la ventana.

El pelo le había crecido. Los rizos rebeldes le caían sobre las orejas y casi le rozaban los hombros por detrás.

Me moría de ganas de pasarle los dedos por aquellos mechones.

Al acercarme, su olor a sándalo me envolvió y sentí miles de emociones a la vez.

Estuve a punto de perder el equilibrio. Apoyé una mano en la pared más cercana.

Las rodillas me temblaban, y lo último que necesitaba era venirme abajo.

Tenía que ser fuerte por los dos. Recorrí la habitación con la mirada para centrarme en cualquier cosa que no fuera él, y entonces vi otra silla junto al escritorio.

La cogí y la acerqué a la ventana, dejándola a apenas un metro de él, un poco ladeada.

—Luna...

Ryder seguía sin darse la vuelta.

—¿Qué? Estoy hecha polvo del viaje y yo también quiero disfrutar de las vistas —dije—. Se te olvida que vivo en un invierno eterno.

Ryder suspiró, y sus hombros se relajaron un poco.

Nos quedamos sentados en silencio durante un buen rato.

El sonido de su respiración acompasada acabó calmando el jaleo que sentía dentro.

El jardín era precioso. Una pequeña fuente de mármol se alzaba en el centro, rodeada de plantas en flor de todos los colores del arcoíris.

No reconocí ninguna, lo cual tenía sentido: todo aquel lugar era como una burbuja de magia feérica.

Pasaron diez minutos. Luego, veinte. Poco a poco, el ambiente entre los dos se fue relajando, hasta que respirar dejó de doler tanto.

Ryder se removió en la silla, y el chirrido rompió la calma.

—¿Por qué has venido, Luna?

Habló tan bajo que tuve que aguzar el oído para entenderle.

Me incliné un poco hacia delante, ganando unos segundos para pensar qué decir.

Tenía mil motivos para estar allí, la mayoría demasiado dolorosos como para admitirlos.

Desde el ataque a la academia, había una pregunta que no dejaba de darme vueltas: qué tipo de trato había hecho con Luxora.

Estaba convencida de que, detrás de su paso por el Inframundo, había mucho más de lo que yo sabía, pero algo me decía que aquel no era el momento de buscar respuestas.

Así que tiré por lo más sencillo.

—Cillian está preocupado por ti. Dice que no mejoras.

Ryder soltó un quejido y se cruzó de brazos. Desde donde estaba llegaba a ver los tatuajes en espiral que asomaban bajo la manga de la camiseta. Los músculos se le tensaban bajo la piel.

—Seguro que te contó por lo que tuve que pasar para sacarte de la prisión de supes —empecé—. No quiero que todo ese esfuerzo haya sido para nada.

—Yo no te pedí que hicieras nada de eso —soltó él.

La fuerza de sus palabras estuvo a punto de tirarme de la silla. La ira sustituyó al dolor.

—¡Pues lo hice de todos modos, y lo mínimo que podrías hacer es darme las gracias!

Ryder se giró por completo, con los ojos de ónix ardiendo.

—Te dije que me dejaras allí —gritó—. Mi sitio está en la cárcel, por lo que hice.

Se me cortó la respiración. Ver por fin su rostro después de más de un mes fue como si me tiraran agua helada encima.

Tenía unas ojeras profundas y el pelo, ya largo, le caía sobre la frente.

Su típica barba de tres días había dado paso a una barba prácticamente completa.

Me obligué a apartar la vista, porque tenerlo tan cerca sin poder tocarlo era una tortura.

Inspiré hondo y fijé la mirada en un punto por encima de su hombro.

—No es verdad. Tu sitio está aquí. Necesitas ayuda, y no sé por qué sigues rechazándola.

Ryder se levantó de un salto, con tanta fuerza que la silla cayó al suelo con un estrépito.

Sus ojos oscuros ardían mientras avanzaba hacia mí poco a poco.

Me aferré con fuerza a los laterales de mi silla y no me moví.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo: intentaba intimidarme.

Quería demostrarme el monstruo en que se había convertido.

No iba a caer en eso. Ryder se inclinó hasta quedar a la altura de mis ojos. Sus iris parecían lanzarme dagas.

—Quiero que me dejéis en paz.

—¿Para que el demonio termine de devorarte?

—¡Sí! —rugió, hundiendo los dedos en el pelo— Ya no quiero recordar, Luna. No quiero sentir nada. Quiero que desaparezcan el dolor, la culpa, los recuerdos, el amo... Todo.

Negué con la cabeza.

—Ryder Strong, eres muchas cosas, pero jamás has sido un cobarde —dije—. Puedes luchar contra esto. Sé que puedes salir adelante y empezar de nuevo.

—No —su voz sonó más débil que unos segundos antes—. No tengo nada a lo que volver.

—Eso no es verdad.

Mis pies me llevaron hasta él antes de pensarlo. Le cogí de los brazos y sentí una descarga de calor al contacto con su piel. Él se estremeció y bajó la mirada hacia el suelo de baldosas.

—Para mí no hay esperanza, Luna —murmuró.

—¿Y yo qué? —pregunté, con la voz rota— Si no te recuperas, no me lo perdonaré. Perdiste el control por mi culpa… porque nos acostamos. Mi oscuridad debió de despertar la tuya…

Ryder me miró con tantas emociones intensas bajo la superficie que casi podía tocarlas.

—Te equivocas por completo, Luna.

Una sonrisa triste le curvó los labios, dejando al descubierto el hoyuelo que llevaba meses sin ver. Soltó una risa amarga mientras se pasaba las manos por la cara.

—No fue tu demonio lo que me empujó al abismo.

Fuiste tú —dijo Ryder—. Amarte, estar contigo, hacerte el amor…

aquel fue el momento más feliz de mi vida.

Estaba tan absorto en ti... Eras todo lo que siempre había querido, lo único en lo que podía pensar.

Bajé la guardia por completo durante ese único instante de felicidad... y fue cuando lo perdí todo.

Retrocedí tambaleándome. Sus palabras me golpearon como un tren desbocado.

—No puede ser... —susurré.

Mi corazón roto se rompió todavía más, si cabía. ¿Cómo podía ser tan cruel el universo?

—¿Es que no lo ves? Tú eres buena, pura, y mereces que te quiera alguien que también lo sea. Y ese no soy yo. Nunca lo seré —dijo Ryder, y entonces se señaló el pecho con un dedo—. No lo seré mientras este monstruo siga viviendo dentro de mí.

Ahogué un sollozo. Me temblaban los hombros y las lágrimas me abrasaban los ojos, pero me mantuve firme.

Cillian tenía razón: Ryder necesitaba algo por lo que seguir luchando y, si no podía ser yo, tendría que encontrar otra razón.

Con el alma hecha añicos, reuní las fuerzas que me quedaban.

Tenía que hacerlo, aunque nunca pudiéramos estar juntos.

—Si lo que dices es verdad, entiendo por qué no podemos estar juntos. No insistiré más —dije—. Pero te necesitamos. El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales te necesita.

Ryder sonrió levemente.

—No podemos derrotar a Luxora sin ti —añadí—. Dices que has causado demasiada destrucción y que mereces estar encerrado. Entonces, ¿por qué no vas a compensarlo? Los ataques al mundo humano no dejan de aumentar y nadie conoce a Luxora mejor que tú.

Ryder negó despacio con la cabeza y volvió a ocultar el rostro entre las manos.

—No sé si podré.

—Sí puedes. Y lo harás, Ryder. No me obligues a llamar a tu madre. Si alguien puede darte un rapapolvo, es esa madre tuya tan adorable como letal. Cillian me dijo que le ocultó la verdad. Se cree que no le devuelves las llamadas porque tienes una misión secreta en el Inframundo.

Ryder me miró. Un leve destello iluminó los ojos de obsidiana.

—Me alegra que le hayan ahorrado los detalles más sangrientos —dijo.

Me planté las manos en las caderas y lo miré con severidad.

—Pues, si quieres que siga siendo así, más te vale empezar a esforzarte para salir de aquí.

Entonces Ryder sonrió de verdad y el corazón me dio un vuelco.

—¿Me estás chantajeando, fiere..., Luna?

Se me hizo un nudo en el estómago al oír el apodo familiar que estuvo a punto de decir. Tragué saliva, intentando ignorar todos los sentimientos que me invadían.

—Sí, eso hago.

Se puso a pasear delante de la ventana. Tenía la frente surcada de arrugas y los tendones de la mandíbula le latían con cada paso inquieto. Al cabo de unos segundos, se volvió hacia mí.

—Solo pongo una condición.

—¿Cuál?

Se acercó despacio, y hubo un silencio tenso. Me acarició la mejilla con la mano, lo que hizo que las rodillas me flaquearan. Tuve que hacer acopio de mis fuerzas para no venirme abajo allí mismo. Ryder clavó en mí sus ojos cansados y una sonrisa preciosa iluminó su rostro.

—Te conozco. Eres una luchadora y, sobre todo, siempre ves lo bueno en la gente.

Después de todo lo que has pasado, aún te queda sitio en el corazón para confiar y para querer.

Incluso para venir aquí y darme el empujón que necesito.

Sé que no te vas a rendir conmigo, ni con lo nuestro.

Y yo no voy a seguir haciéndote daño una y otra vez.

Así que, si acepto hacer esto, enfrentarme a mis demonios y volver a enterrarlos donde deben estar, tienes que prometerme que no vas a esperarme.

Necesito que me jures que vas a seguir adelante, pase lo que pase.

Nunca voy a estar a tu altura, y tienes que aceptarlo ahora —dijo, secándome con el pulgar la lágrima que se me había escapado—.

Te quiero, Luna. No sé cómo es posible después de todo lo que ha pasado, pero te quiero.

Y, si tú me quieres, hazme esta promesa.

Me quedé sin palabras. No podía ni tragar. Apenas cogía aire con la avalancha de sensaciones en mi interior. ¿Qué tenía esto de justo? Negué con la cabeza, sin saber qué decir.

Sus labios rozaron mi frente antes de apartarse.

—Este es mi trato, Luna. O lo tomas o lo dejas.

Bajé la mirada al suelo de baldosas. El corazón me latía con fuerza y me dolían las costillas, como si quisiera salirse para correr a los brazos del hombre al que quería con toda el alma. Cuando alcé la vista, vi el mismo torbellino de siempre reflejado en los ojos de Ryder.

Eso hizo que decir las siguientes palabras me costara todavía más.

—Trato hecho.