Capítulo 22
Por mucho que intenté evitarlo toda la noche, cada vez que levantaba la vista, acababa cruzándome con los ojos del príncipe de hielo al otro lado de la estancia.
Aunque habíamos terminado en buenos términos después del beso en la cuadra, no podía hacer como si nada con lo que sentía a través del lazo de Drake.
Ni con lo mío. Estaba sentado, rodeado de media docena de chicas feéricas que se reían por todo y se sonrojaban con cada cosa que decía.
Y aun así, cada vez que levantaba la mirada, ahí estaba él, observándome con atención.
—Tierra llamando a Luna; responde, Luna.
Scarlett me pasó la mano por delante de la cara y parpadeé para espabilarme.
—¿Qué pasa? —dije, intentando sonar apática y dando un sorbo a la copa de vino feérico.
Llevaba toda la noche controlándome. Lo último que necesitaba era pillar una cogorza la víspera de ver a Ryder. A saber qué podía soltar entonces.
—Igual deberías subir a la habitación y descansar —dijo mi compañera de cuarto—. La verdad es que llevas un buen rato como ausente.
Cinder y Raf asintieron desde el sofá de enfrente.
La fiesta para celebrar la victoria de Drake era más tranquila que la anterior.
Había sobre todo feéricos, además de nosotros siete y, claro, Cinder.
Aeria y Raine se habían pasado casi toda la noche al otro lado de la estancia, lo cual me venía de lujo.
Con lo que tenía en la cabeza, lo último que me apetecía era jugármela a tener un encontronazo con la reina de las brujas. Era capaz de convertirla en sapo.
—¿Ves a lo que me refiero?
Negué con la cabeza y me obligué a centrarme en mi amiga.
—Perdona. Tengo demasiadas cosas en la cabeza —dije, dándome unos toques en la sien.
—No estarás enfadada porque Drake haya ganado la carrera, ¿no? —preguntó Raf.
—Qué va. Se lo merecía.
Cinder apenas había abierto la boca en toda la noche, pero no había dejado de lanzarme varias miradas llenas de curiosidad. A ella no se le escapaba ni una. Cada vez que Drake y yo nos cruzábamos con los ojos, levantaba las cejas con una sonrisa cómplice.
—Pero creo que tienes razón, Scarlett. Mañana me espera un día largo y estoy hecha polvo.
Me levanté para estirarme, y estuve a punto de bostezar. Cinder se puso en pie de un salto.
—Te acompaño a la habitación. Hay... eh... algo de lo que quería hablar contigo.
Ay, madre. Ya empezamos . Me despedí de los demás con la mano, evitando mirar a Drake, y salí de la estancia.
El beso había pasado tan rápido que no había tenido ni un segundo para asimilarlo.
Hasta ahora. Por mucho que Drake se hubiera hecho el indiferente —yo también, para qué engañarnos—, no podía fingir que nada hubiera cambiado entre nosotros.
Ya habían cambiado las cosas desde mucho antes, pero me había empeñado en no verlo.
Cinder se enganchó a mi brazo y me acompañó por el pasillo hasta las habitaciones de las chicas.
—¿Me vas a contar qué pasó con Drake o voy a tener que sacártelo con sacacorchos?
—Venga, empieza el interrogatorio...
Abrió la boca como un buzón y se paró en mitad del pasillo.
—¡Pero bueno! ¡Sí que ha pasado algo!
Al decir aquello, puse los ojos en blanco y solté un bufido. Retrocedí unos pasos y apoyé la espalda en la pared. No tenía intención de contárselo, pero me tenía acorralada.
—Me besó después de la carrera —susurré, echando un vistazo hacia la estancia para asegurarme de que estábamos fuera del alcance de cualquier oído sobrenatural.
—¿Qué? ¿Cómo?
Negué con la cabeza mientras me toqueteaba los labios. Aún tenía muy presente su beso.
—No lo sé. Pensaba que le había dejado ganar y quería darme las gracias o algo así.
—Qué raro.
—Ya. Y cuando le dije que no había sido así, le quitó hierro, como si no tuviera importancia.
Cinder me analizó con sus ojos dorados, tan sabios como siempre.
—¿Y de verdad no tuvo importancia?
—No lo sé —dije, y lo decía de verdad. Me pasé las manos por el cabello para apartármelo de la cara—. Mañana voy a ver a Ryder por primera vez desde hace meses. Sé perfectamente que él quiere que pase página; me lo dejó claro la última vez que hablamos, pero es que...
—Pero todavía lo quieres.
Asentí, sintiendo que las lágrimas empezaban a escocerme los ojos. Cinder me rodeó con sus brazos delgados y me dio uno de sus abrazos cálidos y familiares, típicos de los dragones.
—Ay, Luna. Sabes que te quiero, ¿no?
Asentí contra su hombro.
—Y sé lo mucho que quieres a Ryder —añadió—, pero quizá, según lo que pase mañana, si las cosas terminan no saliendo como esperabas, deberías dejarlo ir.
—Ya lo sé —murmuré antes de que me soltara.
—Se te olvida que, para mí, es distinto —dijo Cinder—. Siempre estoy con vosotros, pero no formo parte del grupo. Eso me da mucho tiempo para fijarme en todo. Creo que Drake siente algo de verdad por ti, y no soy la única que se ha dado cuenta. Por algo Raine está celosa.
Solté un suspiro.
—Siempre pensé que me odiaba simplemente porque es una zo... bruja.
Cinder se echó a reír, casi tapando el sonido de unos pasos que se acercaban. Las dos giramos la cabeza hacia el ruido, y sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa.
—Hablando del famoso príncipe...
Le golpeé el brazo y le lancé una mirada de advertencia mientras ella seguía riéndose.
—Me vuelvo a la fiesta a buscar a Raf. Suerte mañana, y pásate a verme en cuanto vuelvas.
—Vale —mascullé débilmente, pensando cosas feísimas por dejarme tirada.
Drake se acercó sin prisa y se apoyó en la pared, a mi lado.
—¿Te ibas sin despedirte?
—No quería meterme en tu pequeño harén feérico.
Soltó una carcajada poco habitual en él.
—¿Desde cuándo? Te metiste en mi vida casi desde el día en que llegaste a Darkhen.
Incliné la cabeza para mirarlo.
—¿De verdad lo ves así?
Drake se cruzó de brazos y suspiró.
—No sé si te has dado cuenta, pero paso una barbaridad de tiempo contigo —dijo—. Y no suelo ser precisamente una persona desinteresada.
—Entonces, ¿por qué lo haces? Sobre todo al principio, cuando ni siquiera me conocías.
—Tenía curiosidad —admitió Drake—. Eras la única humana aceptada en la academia en toda su historia. Supuse que algo especial tendrías.
Noté que hasta las orejas se me ponían rojas. Agradecí que el pelo rubio las ocultara.
—Bueno, te agradezco lo que has hecho por mí. Y quizá no te lo digo tanto como debería.
Sentí una oleada cálida en el pecho. Por una vez, Drake había bajado el muro que nos separaba.
Se inclinó hacia mí y me humedecí los labios sin darme cuenta.
De repente, oí el repiqueteo de unos tacones.
Me aparté de golpe. Por lo visto, no era la única en notar las emociones de Drake.
Raine avanzaba hacia nosotros como una leona acechando a su presa.
—Hola —dije, dando un par de pasos atrás y forzando una expresión neutra.
Raine se detuvo frente a nosotros y levantó la mano. Me encogí, casi esperando abrir los ojos convertida en sapo. Pero no: solo me encontré con su palma abierta.
—Ya lo he superado —dijo—. Me da igual lo que haya o deje de haber entre vosotros, así que podéis dejar de escabulliros por los pasillos y de comportaros de forma tan rara.
Estaba segura de que, en aquel momento, tenía los ojos tan abiertos como un personaje de dibujos animados. La expresión de Drake era prácticamente la misma.
—No hay nada... —empezó él.
Raine volvió a levantar la mano, esta vez plantándosela a pocos centímetros de la nariz.
—Ya te he dicho que me da igual. Total, ¿qué más da? Drake se va a casar con la princesa de la Corte de Primavera, y nosotras dos no habremos sido más que unos rollos de academia —dijo. Se volvió hacia mí con una media sonrisa—. Disfrútalo mientras dure, humana.
Se dio la vuelta y se alejó contoneándose, con el taconeo resonando por el pasillo en silencio.
—Bueno, eso sí que no me lo esperaba —murmuré cuando desapareció de nuestra vista.
—Ni yo —dijo, mirando la esquina por la que se había ido—. Y creo que lo decía en serio.
—Yo también lo creo.
Nos quedamos en silencio un buen rato. No era un silencio incómodo ni tampoco necesariamente tenso; tan solo teníamos demasiadas cosas en la cabeza. Cuando empecé a notar que las piernas se me dormían, me separé de la pared y me giré hacia Drake.
—Me voy a dormir. Mañana tengo que madrugar para...
—Claro —me cortó Drake.
—Buenas noches.
Volví a mi habitación, con la sensación de que su mirada seguía clavada en mi nuca todo el camino. Al cerrar la puerta, me apoyé contra la pared y solté el aire. ¿Qué estaba haciendo?
Esa noche no pegué ojo. En cuanto los primeros rayos de sol se colaron por la habitación, me levanté de un salto. Ya no tenía sentido seguir fingiendo que dormía.
Me di una ducha rápida y me puse lo primero que pillé.
Que yo no pudiera dormir no significaba que tuviera que despertar también a mi compañera de cuarto.
Por lo que había oído, Scarlett había llegado tarde la noche anterior.
Después de desayunar y tomarme un café, me puse a recorrer los silenciosos pasillos de la academia .
Aún era muy temprano para ser sábado, y la mayoría de los estudiantes seguía profundamente dormida.
Miré el reloj de la pared. Aún faltaba más de una hora para mi visita al centro de rehabilitación de supes.
¿Y si me dejaban ver a Ryder antes? Lo dudaba.
En vez de ir por el portal, como había pensado al principio, decidí ir a la antigua usanza. Un trayecto de media hora en tren hasta el límite del reino invernal, donde estaba el centro de rehabilitación, me vendría bien para matar el tiempo y, con suerte, calmar los nervios.
Veinte minutos después estaba sentada junto a la ventanilla del tren expreso con destino a la Corte de Otoño.
El centro de la SIA quedaba a pocos kilómetros de la frontera entre ambas Cortes, y desde allí podría abrir un portal.
El paisaje invernal era precioso, y enseguida me quedé embobada mirando el manto de nieve que cubría los campos.
Pero ni pasando todo el día subida a aquel tren habría logrado calmar el pánico, que crecía más y más dentro de mí.
Hacía más de un mes que no veía a Ryder.
Se me encogió el corazón cuando las imágenes de nuestro último encuentro volvieron a mi cabeza.
Lo nuestro no tiene arreglo: no hay un tú y yo, y no lo habrá nunca.
Sus palabras no dejaban de repetirse en mis pesadillas y también se me metían en la cabeza durante el día.
Por más que intentara aferrarme a la VDR, una parte de mi corazón seguiría unida al suyo siempre.
Me daba miedo que fuera así toda la vida.
El chirrido de los frenos del tren al entrar en la estación me devolvió al presente. Inspiré hondo, agarré el bolso y obligué a mis piernas a avanzar hacia la salida.
Ya no había vuelta atrás.