Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 21
70%

Capítulo 21

Mañana era el gran día. Bueno, en realidad hoy también lo era, pero la gran carrera de unipegs se quedaba en nada comparada con la visita a Ryder.

La semana se me había hecho larguísima, y los nervios por volver a ver al que fue el amor de mi vida no hacían más que crecer.

Puede que me estuviera engañando con lo de «fue», pero me había prometido mantenerme fiel a la VDR y pensaba aguantar lo que pudiera.

Hasta que Ryder volviera a romperme el corazón, como siempre, cuando me plantara en el centro de rehabilitación.

—¿Estás nerviosa?

Drake apareció detrás de mí y me dio un tironcito juguetón de la coleta mientras ajustaba la cincha alrededor del lomo de Zeus.

—Sí… —dije, negando con la cabeza— Bueno, no.

—Deberías. Apolo está en plena forma y todos sabemos lo increíble que soy yo.

—Y humildísimo, además.

Sonreí con ironía mientras soltaba las amarras y pasaba junto a Drake para sacar a Zeus del establo. Me siguió con Apolo ya ensillado y listo para salir.

—¿Vienen hoy Kimmie-Jayne y Fenix?

—No. La enfermera de la familia no se separa de mi hermana. Por lo que sé, deberá guardar reposo absoluto. Si empeora, pasará el resto del embarazo en la enfermería de la guarida.

Drake hizo una mueca.

—Vaya, lo siento. Espero que no tenga nada que ver con el viaje al Palacio de Wintersbee.

—Y yo —asentí. Era imposible no sentirme culpable.

—Bueno, Elrian sí ha venido.

Drake señaló con la cabeza el estadio flotante mientras llevábamos a nuestros corceles al campo de prácticas y montábamos.

—¿Con media Corte de Invierno detrás?

El príncipe asintió, con el ceño fruncido.

—Cuando gane, no me beses —le advertí—. Tu primo Julias nos lo echaría en cara cada dos por tres y tu hermano me mataría si pongo en peligro la alianza con la Corte de Primavera.

Drake se rió y negó con la cabeza mientras trotaba a mi lado por el campo.

—Parece que ya le has pillado el truco a la política feérica con una sola visita exprés.

—Aprendo rápido, qué quieres que te diga.

—Te prometo que no volveré a besarte en público sin tu permiso.

Los ojos lila de Drake brillaron y una sonrisa pícara le curvó los labios. No pude evitar darle vueltas a lo de «en público». ¿Eso quería decir que me besaría en privado? Sacudí la cabeza para quitarme esas ideas de encima y lo achaqué al estrés acumulado de los últimos meses.

—¿Listos, chicos?

Cinder y Raf se acercaron al trote y señalaron el estadio flotante.

—Sí.

Espoleé a Zeus y sus alas se desplegaron.

Su pelaje irisado dejó una estela de colores en el cielo.

Apolo le seguía el ritmo mientras nos acercábamos a la línea de salida.

Barrí las gradas con la mirada, con la esperanza de que K.J.

hubiera convencido a Fenix para venir, pero no había ni rastro de ellos.

Eso sí, me encontré con una mirada lavanda familiar.

Sonreí y saludé a Elrian con un gesto de cabeza y, para mi sorpresa, articuló en silencio: «Buena suerte».

No tenía claro si algún día llegaría a entender a aquel rey feérico enigmático.

Era muchísimo más desconcertante que su hermano.

Miré de reojo a Drake. Él estaba inclinado sobre Apolo y le susurraba algo.

Cuando se incorporó de nuevo, tenía la mandíbula totalmente tensa y toda la concentración puesta en la carrera.

No podía ni imaginarme la cantidad de presión que debía llevar encima.

A lo mejor debería ser maja y darle un pequeño respiro…

Va a ser que no.

—¡Buena suerte, Luna! —gritó Cinder desde el otro lado de Raf.

Estaba justo en medio del Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales. Ojalá pudiéramos hacer a mi mejor amiga miembro oficial.

—¡Gracias! ¡Igualmente! —respondí mientras la profesora Thornberry y el cronómetro flotante aparecían sobre la línea de salida. Treinta segundos.

—Nos vemos en la meta.

Drake sonrió con esa expresión de suficiencia tan suya.

—Sí, cuando consigas pillarme de una vez.

Sonó el zumbador y el estadio estalló en vítores.

Zeus salió disparado incluso antes de que pronunciara las palabras mágicas.

Aquella bestia loca tenía tantas ganas de ganar como Drake.

Tras unos cuantos aleteos potentes, Zeus y Apolo se despegaron del resto.

Iban codo con codo. Mientras tanto, la brisa fresca me echaba mechones de pelo a la cara.

Una vez más, el frío glacial típico del reino invernal brillaba por su ausencia gracias a la magia feérica.

La temperatura era sorprendentemente agradable y, por un momento, me dieron ganas de frenar a mi astuto unipeg y limitarme a disfrutar del paseo.

Hoy no tenía la cabeza en la carrera. No sabía si era por los nervios de ver a Ryder al día siguiente o por la desesperación que había visto en Drake.

Apolo se puso por delante y Drake me lanzó una mirada veloz.

—Venga, humana. ¿Estamos compitiendo o de paseo?

Qué tío más pesado . Se me aceleró el pulso y apreté los talones contra los flancos de Zeus.

—¡Velocem! —grité.

Sus enormes alas batieron con más fuerza mientras aceleraba para recortar la distancia con Apolo.

Al completar la segunda vuelta, la multitud se volvió loca.

Los feéricos coreaban el nombre de Drake y, para mi sorpresa, un buen número de estudiantes y otros espectadores gritaban el mío.

Anda. Resulta que tenía fans de verdad .

El zumbido de unas alas batiendo a toda velocidad a mi espalda me hizo girar la cabeza.

Zephyr y su unipeg, Flame, se nos echaban encima.

¿De dónde habían salido? Drake también debió de darse cuenta, porque una oleada de poder tiró de su lazo lila y, al instante, Apolo salió disparado hacia delante.

Solamente había recurrido al poder de mi equipo una vez: el día que Luxora atacó la academia.

Había sido necesario, porque Nicodemus me había bloqueado la magia con aquellas esposas mágicas.

Aun así, había algo en todo aquello que no terminaba de encajar.

La magia oscura se enroscó alrededor de mi corazón y envolvió los demás lazos.

Ahí estaba: mía, al alcance de la mano. Su poder latía con muchísima fuerza.

Cada uno de aquellos lazos me llamaba. Todos, excepto el de Ryder. El suyo llevaba demasiado tiempo frío.

Por extraño que pareciera, pensar en mi instructor me despejó y aparté la magia oscura de mis pensamientos.

No quería saber nada de la porción de sangre demoníaca que corría por mis venas.

Era poderosa y tentadora. Me quité aquello de encima y me centré en la carrera.

La meta estaba a media vuelta. El cronómetro rojo iba descontando los segundos.

Zephyr y Flame me pisaban los talones, y Drake y Apolo iban apenas medio cuerpo por delante.

Zeus tiró de las riendas, con la cabeza echada hacia delante.

Al acercarnos a la meta, volvíamos a ir codo con codo.

Drake ni siquiera me miró; tenía los ojos clavados en la brillante línea roja.

Me incliné sobre Zeus para cortar el viento y le di un toque para que apretara el paso.

—¡Vamos, chico! ¡Ya lo tenemos!

Sonó el pitido cuando Apolo y Zeus cruzaron la meta prácticamente a la vez. De nuevo.

La grada estalló en aplausos. Todo el mundo se puso en pie, con la mirada fija en la pantalla flotante que había aparecido sobre la línea de meta.

Aguanté la respiración mientras hacía trotar a Zeus en círculos por la zona de enfriamiento, esperando a que el resto de mis compañeros acabara la carrera.

Drake estaba al otro lado del campo, con una expresión de lo más fría.

Pensaba que había perdido. A mí me había parecido tan ajustado que era imposible saber quién había ganado, aunque, claro, yo no tenía los poderes de un feérico.

Miré la pantalla suspendida, igual que el resto de mi clase y los espectadores. Por fin se encendió y mostró un primer plano de los dos unipegs. El tordo moteado había cruzado la línea roja un milisegundo antes que el negro. El grupo de los feéricos estalló en vítores.

—¡Príncipe Drake! ¡Príncipe Drake!

Se me encogió el corazón. Había perdido. Como una marioneta a la que le cortan los hilos, todo mi cuerpo se vino abajo. Hasta que mis ojos se cruzaron con los de Drake.

Apolo trotó hacia delante y habría jurado que el animal sonreía, pero no era nada comparado con la expresión del príncipe. Tenía el semblante completamente iluminado y sus ojos lila brillaban como un millón de estrellas. No pude evitar sonreír yo también.

Me alegraba por mi amigo. Por mucho que disfrutara haciéndole la vida imposible al príncipe de hielo, era uno de mis mejores amigos y se merecía esa victoria. Por eso, cuando pasó a mi lado, lo agarré del brazo, tiré de él y le planté un buen beso en la mejilla.

—Bien hecho, príncipe de hielo.

Su sonrisa se ensanchó aún más, algo que parecía imposible. Lo solté y se perdió entre la multitud mientras cientos de seres feéricos embelesados se arremolinaban a su alrededor.

Zephyr, Raf y Cinder aparecieron a mi lado, todos sudorosos y despeinados por el viento.

—Nada mal, Zephyr. Casi me pillas —bromeé.

Puso los ojos en blanco.

—La próxima vez, Luna. Más te vale ir con cuidado.

—Qué pena que no hayas vuelto a ganar —dijo Cinder—. Ya tenía montada una buena fiesta.

—No pasa nada. La hacemos en la habitación de Drake.

Mi mejor amiga ladeó la cabeza.

—No me lo puedo creer —dijo—. ¿De verdad estás encajando la derrota así de bien?

Me reí.

—¿Qué quieres? He madurado mucho este año. Drake ha ganado sin hacer trampas y se lo merece. Aunque me cueste admitirlo, me enseña mucho y no habría llegado tan lejos sin él.

Cinder sonrió y entrecerró los ojos con picardía.

—Igual deberías decírselo.

—Ya se lo diré algún día.

Mientras mis amigos hacían cola para felicitar a Drake, hice bajar a Zeus hasta el suelo.

No me veía capaz de aguantar ni a una feérica más deshaciéndose por el príncipe sin que se me revolviera el estómago.

Tras quitarle los arreos al animal resoplante y darle un buen baño, me quedé en su cuadra dándole elaria, su fruta favorita.

Masticaba tan contento mientras yo le deshacía las trenzas de la crin.

Entonces oí unos pasos por el suelo de cemento.

Miré hacia la entrada de la cuadra. El príncipe de hielo estaba allí, bloqueando el paso con una sonrisa.

Me llevé la mano al pecho porque aquello no me lo esperaba. Solté un suspiro hondo.

—Por Dios, Drake. Voy a tener que ponerte un cascabel.

El príncipe corrió adonde estaba, más rápido que nunca.

Me apretó contra la pared y me plantó un beso antes de que pudiera decir nada.

Su forma de besar era suave y sensual, nada que ver con los besos del día en que ocupé el cuerpo de su admiradora feérica, Electra.

Noté su lengua colarse entre mis labios y yo le seguí el beso.

Nos quedamos así unos segundos, hasta que volví en mí y me separé.

Los labios de Drake se apartaron de los míos y me miró con una expresión difícil de entender.

O quizá era yo la que no quería ver lo que pasaba.

—Gracias —murmuró.

Mi cara se torció. Aquello era lo último que me esperaba.

—¿Gracias?

—Por hoy. Por la carrera...

Me planté con las manos en las caderas y lo miré de arriba abajo.

—No te dejé ganar, Drake —dije—. Yo no regalo carreras.

—¿Ah, no?

—¡Que no!

Drake se mojó los labios mientras se frotaba la barbilla.

—¿Por eso me has besado? —susurré.

Él se encogió de hombros y esbozó una sonrisa tímida.

—Puede ser.

Resoplé y negué con la cabeza ante aquel príncipe insufrible, con gesto de desaprobación.

—¿O sea que solo fue un beso de agradecimiento? ¿Nada más?

Drake frunció el ceño sin apartar la vista de mí.

—¿Quieres que sea algo más?

—No —repliqué. Seguidamente hice una pausa, con dudas—. No lo sé.

Me dejé caer sobre el heno que cubría el suelo de la cuadra y me tapé la cara con las manos. Drake se sentó a mi lado, con el hombro rozando el mío.

—Perdona —dijo Drake—. No debería haberlo hecho. Sé que mañana vas a ver a Ryder y... Me dejé llevar por el momento. Y pensé...

Levanté la vista hacia él. Sus ojos lila me escudriñaban con una intensidad casi irreal.

—No te disculpes, por favor —dije—. Estoy hecha un lío y pasando por un momento bastante raro. No sé qué está pasando realmente entre nosotros, pero algo ha cambiado. Quizá, después de ver a Ryder, todo este lío de emociones se aclare. Y quizá entonces...

Dejé la frase en el aire, porque ni yo misma sabía cómo terminarla.

Drake asintió, bajó la mirada y entrelazó las manos sobre las rodillas.

Sabía lo difícil que le resultaba al príncipe de hielo bajar la guardia, y no quería ser yo quien le hiciera volver a levantarla.

Me invadió la culpa por el lío que llevaba dentro.

Tras unos segundos en silencio, le di un leve codazo.

—Bueno, deberías estar ahí fuera celebrándolo —dije—. Te lo has ganado.

Drake sonrió levemente.

—Supongo que sí.

—¿Fiesta en tu habitación esta noche? —pregunté mientras se levantaba.

—Solo si vienes tú.

—Solo si me invitas a un poco de tu vino feérico —repliqué.

Él se rio mientras salía tranquilamente de la cuadra.

—No te pases de lista, humana.